"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 13 de abril de 2014

La caída de Ícaro

El hoy fugaz es tenue y eterno
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno
Jorge Luis Borges

Fue uno de esos días a los que nadie toma importancia, cuando todo se vino abajo.

Estaba en una clase de cuyo contenido no tengo memoria alguna, cuando entró de forma violenta  uno de esos hipsters de tercer año, barbón y de cabellera larga, vestido con una bufanda, un pantalón sucio y unas Converse muy trajinadas, presentándose como dirigente estudiantil. Sin pedirle disculpas al profesor, indicó de forma altanera que saliéramos inmediatamente porque el Centro Estudiantil, aquel organismo que nos representaba, nos defendía, nos identificada, nos...había decidido esa mañana, durante una junta extraordinaria, tomar la facultad por medidas extremas, en una forma de protestar contra una violación sistemática del estatuto, de los derechos estudiantiles, de las leyes, de… por parte del director ladrón, el decano ladrón, el rector ladrón, el ministro ladrón, el … todos ladrones, todos corruptos. La universidad hecha una mierda por culpa de las autoridades y la desidia de los alumnos. Sí, nosotros. ¿Dónde está su espíritu combativo? Toda acción llevaba una reacción. ¿Qué diablos  les están enseñando?

Por supuesto que nosotros, alumnos recién ingresantes, nos mirábamos buscando la respuesta correcta en los ojos del otro. No quedaba otra opción mas que alzar nuestra voz, en una marcha multitudinaria hacia la Plaza San Martín, la locación escogida para la siguiente fase de la protesta, donde nos íbamos a juntar con los compañeros de otras universidades que padecían los mismos problemas. La solución en vista del atropello institucional, el caos en que se encontraba la universidad peruana, la defensa de nuestra dignidad, la...

Mientras marchábamos me preguntaba qué hacía allí. Luego de dos años, al fin había ingresado a la universidad. El sanmarquino, orgullo de toda la familia. El ejemplo para mis hermanos. La esperanza de mis padres. La envidia de mis amigos. El futuro del país. Me sentía mal porque la  verdad es que no estaba convencido sobre si ese era el camino por que el que quería que mi vida transcurriera los siguientes años. Cuando uno es pobre y tiene menos de veinte años, no son muchas las opciones que se tienen para elegir. Asumes los roles que la sociedad  te impone y finges. Finges para tus padres. Finges para tus amigos. Finges para el mundo. Yo era un ser que fingía. Como en ese momento. ¿Qué diablos hacía marchando por algo que no creía? ¿Por qué no volvía a casa? ¿Por qué no me cansaba de usar siempre una diferente careta para no ser rechazado? ¿Cuándo me iba cansar? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

 De un momento a otro caí en la cuenta que exagerando, sólo éramos unas quinientas voces en medio de la plaza . Voces que a duras penas lograban despertar de la apatía a los transeúntes que pasaban de prisa por ahí, ensimismados en sus problemas personales como habitantes de un tiempo paralelo al de nosotros. La situación ya parecía una más de esas  desilusiones juveniles cuando vimos atónitos a  dos policías que de forma casi demencial,  molían a palos a uno de nuestros compañeros. Nunca supimos si fue una reacción a un acto de provocación, pero de lo que sí estoy seguro hasta hoy, es que ese fue el catalizador.

La imagen de violencia brutal de la cual aún tengo  memoria, hizo que fluyeran vertientes de adrenalina desconocidas hasta ese momento, abandonando el estado abúlico en el que había transcurrido casi dos décadas de mi vida. Súbitamente nos lanzamos al ataque, no contra la policía propiamente, sino contra las cadenas que nos ataban a un estilo de vida exasperante y  al que no terminábamos por encontrar sentido. Por un momento incluso nos sentimos invulnerables al gas lacrimógeno, al agua disparada a chorros del rochabús, al clima turbulento del que éramos tristes protagonistas. Nadie nos callaba ni nos subyugaba, nadie iba a menoscabar nuestra protesta, no nos íbamos a rendir.

Cuando abrí los ojos, estaba en la tétrica y lúgubre carceleta de una rústica comisaría a la que a las justas llegaba algún residuo de luz natural. Tenía moretones por todo el cuerpo. Los insultos no solo venían de los que me habían colocado ahí, sino de los otros tres personajes que me acompañaban y que, según supe después, habían sido parte de un atraco a mano armada aquella mañana. El olor a orines y heces era insoportable. Las golpizas se volvieron una rutina que se repetía cada tres horas, a las que me terminé rindiendo sin reclamar. A los dos días de estar incomunicado, llegaron dos jóvenes capturados también por los disturbios. Fue por ellos que me enteré sobre el líder estudiantil que ardió en llamas mientras lanzaba diatribas contra el gobierno. Como consecuencia, el número de protestantes había crecido de forma exponencial, a la misma velocidad con la que el gobierno incrementaba la represión, acentuando la indignación generalizada. Pero esa era una realidad extraña para nosotros, olvidados en aquel lugar infernal lejos de cualquier misericordia divina o humana.

Pasaron tres meses y del entusiasmo inicial del que con tanto fervor se había contagiado la sociedad en general, no quedaron más que ecos perdidos. A mí me trasladaron a las pocas semanas de mi detención a un penal, junto con los reos más avezados y violentos de la capital, otros jóvenes en mi misma situación y varios personajes que habían preferido refugiarse en la tranquilidad que les brindaba la locura. En una revuelta general, fui víctima de varias puñaladas que no sólo atravesaron mi cuerpo, sino que llegaron a lo más profundo de mi alma. Por medio de ciertos contactos, mis padres lograron devolverme la libertad para ser atendido en un precario hospital, al que entré caminando y salí en silla de ruedas. Sin profesión. Sin trabajo. Un ser sin espíritu. Ya sólo me quedaba escribir. Escribir hasta que todo se reduzca a esto. Un mundo donde aún cabía la esperanza de que mi lenta agonía encuentre algún fin productivo hasta que la muerte me venga a buscar.




2 comentarios:

  1. "Por medio de ciertos contactos, mis padres lograron devolverme la libertad para ser atendido en un precario hospital, al que entré caminando y salí en silla de ruedas. Sin profesión. Sin trabajo. Un ser sin espíritu. Ya sólo me quedaba escribir. Escribir hasta que todo se reduzca a esto."

    Buena.

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