"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 15 de junio de 2014

El abismo que nos separa

Te regalaré un abismo dijo ella
pero de tan sutil manera que sólo lo percibas
cuando hayan pasado muchos años
Roberto Bolaño

Aquí estoy, esperándote desde hace dos horas con un crisantemo rojo en la mano. Sí, justo la clase de flor que conformaba el precioso arreglo que te llevé el día de nuestra primera cita. No sabes cuánto me costó aquella vez averiguar cuáles eran tus preferidas, pero gracias a Dios tu hermana me debía un favor. De repente en aquel momento pequé de obsesivo con los detalles más pequeños, desde revisar los pronósticos del tiempo hasta asegurarme que cada lugar al que asistiéramos tuviese el permiso municipal respectivo. Lo más difícil fue controlar mis inagotables ganas de hablar y ser el extremo de diplomático como para escuchar de forma atenta cada palabra que dejabas volar en el aire. Tanto esfuerzo felizmente sirvió para que sonrieras durante la mayor parte de aquellas horas y aceptaras salir conmigo una vez más.
 
Increíble que un objeto tan simple como una flor me haya hecho viajar a ese viejo rincón de mi memoria que parecía reprimido desde hacía dos décadas. A mi lado, hay una pareja de recién casados desesperados por saber si su avión ya está por partir. ¿Te acuerdas de mi rostro desencajado al enterarme que nuestro vuelo se había cancelado justo cuando estábamos por partir a nuestra luna de miel? Casi agarro a golpes al inocente encargado de revisar los tickets, si no fuera porque me rodeaste el cuello con tus manos y me diste un lento beso que duró dos, tres, cuatro horas. La cifra va aumentando cada vez que lo recuerdo. Cancelamos nuestro viaje y fuimos a mi casa de campo y como dos adolescentes recién enamorados, hicimos el amor en todas sus expresiones: conversamos, bailamos, reímos, follamos, nos besamos…

Dos niños peleando en la otra sala,  hicieron que me trasladara hasta los hechos de aquel verano que fuimos con Luana y Mateo a Indonesia. La semana que elegimos para dejar atrás nuestros problemas que nos iban atrapando en una extraña telaraña que no terminábamos de comprender. Año tras año una clase de anhedonia nos transformaba en dos seres pululando en una realidad en la que se sentían perdidos. Insistíamos en que ya llegaríamos a una solución, pero en cada manifestación hacíamos más alta aquella muralla que se iba levantando entre nosotros. Ciframos nuestras esperanzas en aquel paseo mas una ola dantesca se encargaría de arrasar con todas ellas. Aquella aterradora vorágine de piedras y lodo se encargó de quitarnos nuestro vínculo más fuerte y a pesar que todo pasó de forma casi instantánea, los efectos se extenderían hasta nuestros días. Me echabas la culpa de una desgracia cuya autoría no me correspondía y yo aceptaba de forma dócil que te desahogaras, esperando que la tragedia fuera capaz de unirnos más que el amor, pero día tras día se contaminaba nuestra convivencia, asfixiándonos de una forma lenta y dolorosa.

Cuando decidiste marcharte ya éramos incapaces de mirarnos ocultando el odio en que había desembocado nuestro amor. Aunque rememorando los hechos, creo que al final lo que nos  ganó (o perdió) fue la indiferencia. No nos terminamos de reponer y acusábamos en el otro las frustraciones de nuestras vidas. La recesión económica fungió como catalizador para el derrumbe de mi estabilidad financiera y todo lo que sobrevivía de nuestra primera época se esfumó sin dejar huella alguna. Los embargos y los trámites de divorcio llegaron casi por la misma época, y ya sólo te veía en ambientes judiciales, con abogados y jueces fungiendo de testigos del desvío que tomaban nuestros destinos. Destinos que creí, nunca más se volverían a cruzar.

Hasta aquella vez que leí sobre tu intento de suicidio en una nota escueta del periódico. Incapaz de sobrellevar un segundo divorcio a cuestas, ingeriste una pastilla para dormir por cada cicatriz que te había dejado aquel infeliz para recordarte lo desgraciada que se había tornado tu existencia a su lado. No me podías ver ni oír, pero cada día que estuviste internada era mi sombra la que te cubría y daba calor. Cuando despertaste y me viste ahí, recostado sobre tus pies, suspiraste y volviste a cerrar los ojos como queriendo evadir el pasado que habías dejado afuera de la habitación.

Te mudaste conmigo al modesto departamento que alquilaba con otro colega, sin dirigirme alguna palabra aún. Ni siquiera cuando te bañaba o daba de comer. A veces te escuchaba sollozar por las noches y la sala en la que dormía se impregnaba de una atmósfera deprimente que se prolongaba hasta el amanecer, una situación a la que por repetitiva terminé por acostumbrarme por inercia. Cuando recuperaste las ganas de hablar sólo fue para insultarme o gritar por cualquier motivo, incluso por las cuestiones más nimias. Nunca me quejé, e incluso llegué a agradecerlo de forma casi masoquista. Un día que volví tarde del trabajo, encontré una nota tuya diciendo “Gracias”. Así de escueto fue tu mensaje. En el historial de la computadora vi que las últimas visitas habían sido a páginas de agencias de viajes. Maldije y lloré por días aun sabiendo que dicha solución era la única posible.


Con el transcurso del tiempo tuve varias parejas, pero el desencanto terminaba por apagar cualquier fulgor inicial, por lo que devine a los cuarenta años en un ser alérgico a las mujeres, a las relaciones, a las personas, al mundo en general. A veces, trataba de buscar tu nombre en internet o los diarios pero todos los intentos eran en vano. Hasta ayer que me enteré que volvías. Por eso estoy aquí, esperándote desde hace dos horas con un crisantemo rojo en la mano, deseando que las lágrimas que me han invadido desde que me enteré de tu fallecimiento no impidan que pueda ver tu rostro por última vez con claridad, sabiendo que desde ahora el abismo que nos separa va a ser más profundo que nunca.




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