El misterio dentro del misterio
Random House, 2004. 144 pp
¿Cómo narrar la crisis económica y, por ende, social? Abordarla de frente resulta, en la mayoría de casos, una empresa tan ardua como inútil. En el hipotético caso de éxito, es probable que ese logro llegue cuando la crisis ya sea otra. Las cifras, tan grandilocuentes a priori, terminan por disolverse en el burdo intento de estandarizar y generalizar. ¿Dónde poner el foco, entonces?
César Aira (Coronel Pringles, 1949) terminó de escribir ‘Las noches de Flores’ en mayo de 2003, apenas un año y medio después del inicio de una de las crisis económicas más conocidas y relevantes de Argentina. ¿Quiso Aira hacer un fresco de época? Tal vez sí; probablemente, no. Sin embargo, es posible vislumbrar uno en la historia de Aldo y Rosa Peyró, el matrimonio maduro que decide hacer delivery nocturno a pie para una pizzería del barrio. Ambos, descritos como miembros característicos de la vapuleada clase media, con una jubilación mediocre, aunque sin apremios graves, se ven empujados casi por casualidad a un empleo descartado por los más jóvenes. El discurso dominante de la época, que sugiere “ver en toda crisis una oportunidad”, es puesto en jaque conforme la pareja de ancianos percibe que su actividad, aparentemente inocua, guarda relación con el secuestro y posterior asesinato de Jonathan, uno de sus colegas adolescentes.“La crisis que se había desencadenado en el país parecía dar un permiso universal para hacerlo todo; ahora nadie preguntaba (…) En cuanto a la autoestima social, al “qué dirán”, tampoco se lo podía comparar, porque dependía demasiado del presente. Fiel a su nombre, el neoliberalismo había aportado una nueva libertad al mundo. Las nuevas condiciones económicas, la concentración de la riqueza, la desocupación, creaban hábitos distintos dentro de los hábitos viejos” (pág. 50)
El crimen del joven
motorizado capta el interés de la población de Flores en buena medida gracias a
su presencia diaria en los medios de comunicación, dominados aún por la
televisión y su capacidad de instalar una irrealidad que distorsiona la
capacidad de la gente para discernir qué es lo importante y qué no. El
asesinato es aludido de manera constante en la novela, a la par que se da
protagonismo a dos instituciones sociales caracterizadas por su inflexible
estructura jerárquica e invariabilidad dogmática: la policía y el convento de
monjas.
Aira, al vincular a
ambas organizaciones, ancladas en el tiempo, con Aldo y Rosita, refleja uno de
los efectos de la crisis que afecta a Flores: la alteración del orden vigente
en los roles sociales. Las clásicas digresiones de sus libros, presentes
también en esta novela, permiten observar cómo el tejido social en tiempos de
crisis se ve en la necesidad de replantearse para sobrevivir, acechado por los
peligros derivados de la necesidad económica y encaminado hacia el absurdo como
salvavidas:
“Las
monjas también tenían algo de disfrazadas. La criminalidad que había invadido
el país como consecuencia de la crisis alentaba la imaginación. En el fondo era
una cuestión de invención, de inventar antes que los otros, adelantarse en la
creación de formas nuevas, y hacerlas siempre nuevas, en la cresta de una ola
que no dejaba de avanzas. Y si parecía absurdo que una banda de ladrones, o
reducidores, o secuestradores, se disfrazara de monjas, el absurdo mismo era
una prueba a favor. Lo que podía perderlos era su afición invencible por la
pizza”. (pág. 43)
De ahí que una de las soluciones que adoptan los distintos personajes de la novela sea la de pasarse al otro lado del miedo y convertirse en delincuentes. Esto queda retratado de forma hilarante, por ejemplo, en la figura de la Fundación boliviana, que maquilla los fondos producidos por especulaciones inmobiliarias mediante becas y subsidios a artistas y escritores inexistentes. Si el arte suele anticipar las configuraciones de la realidad, ¿qué mejor para ocultar cualquier tipo de crimen y atrocidad que alterar por completo aquello que puede revelar sus pistas?
Las últimas páginas de Las noches de Flores son de las más oscuras en la obra del escritor
argentino. Como en Donoso o Bellatin, el teatro de monstruos que se va
revelando en el intento de resolver el crimen de Jonathan, aunado a la
seguidilla de revelaciones sobre las verdaderas identidades de los dos
protagonistas, se torna desconcertante en un primer momento, pero coherente
dentro de la lógica perversa de una sociedad que, frente una crisis, revela lo
fácil que es romper con el pacto social y obsesionarse por instalar lo que
antes resultaba abyecto como una nueva normalidad. Una en la que cunde la
confusión y la realidad se torna una danza macabra en la que, ante la
posibilidad de sentir miedo, se opta por infundirlo primero.






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