En Estado de risa
Aletheya, 2025. 138 pp.
Guillermo Quiroz (Lima, 1941) aborda en Animus jodiendi el Ochenio de Manuel Odría (1948-1956), uno de los períodos más representativos de esta impronta peruana de caos gubernamental, cuyo impacto fue explorado en una de las novelas más destacadas de Vargas Llosa, Conversación en la Catedral. Aunque comparten un mismo marco histórico, encuentro a la obra de Quiroz mucho más cercana a Pantaleón y las visitadoras, siempre calificada como un título menor, pero que en los últimos años ha ido ganando significancia con nuevas lecturas[1].
Como en dicho
título, la novela de Quiroz explora la lógica del poder desde una mirada más
lúdica e irónica que convierte esta crónica novelada del ascenso y caída de
Manuel Odría en un folletín en la que cada episodio da luces sobre cómo las
formas cuadriculadas del ejercicio militar se pueden subvertir a través del humor.
Con frases exageradamente ampulosas y descripciones solemnes del accionar del
dictador y su comparsa, el estilo de Animus
jodiendi desmonta los aires de grandeza de quienes detentan los más altos
cargos militares y políticos del país desde las primeras páginas:
“Al desgranar aquellos años aurorales,
descubrimos a un cadete brillante, espada de honor de su promoción, dechado de
disciplina, estudio y talento. Aunque no era de ideas profundas ni juicios
elevados, tomaba la vida del modo más noble y generoso, esforzándose voraz y
desesperadamente por sobresalir y hacerse de un nombre en su carrera como
soldado (…) Fue así, con ínfulas de trascendencia, ansioso por elevar su
prestigio y labrarse la reputación de portento sin igual en su generación, el
joven Odría decidió conjugar la vida militar con una desconocida vocación por
la lírica que lo llevó a deslizarse hacia el reino del arte. Inflamado por el
llamado de la poesía, se introdujo en el umbral de las musas, esperando que los
versos fluyeran desde su vena de trovador iluminado de rápido ingenio.
Lastimosamente, los poemas resultaron un desafío irresoluble para sus lectores,
obligándolo a la desilusión”. (pp. 15-16)
Quiroz alterna
la narración del meteórico ascenso del militar hasta las altas esferas de la
sociedad peruana con episodios anecdóticos hilarantes. Entre ellos, destaca la
escena en la que Odría se lesiona la cadera tras visitar a un prostíbulo. Hecho
que luego intenta disimularse con excusas inverosímiles o la filtración intencional
de los secretos de Estado en ostentosas cenas.
La segunda
mitad del libro se aleja un poco del ánimo satírico para explorar una
motivación mucho más poderosa para obtener el poder que solo hacerse con él: el
miedo a perderlo. Ya sea recurriendo a golpes
de Estado, conspiraciones palaciegas, alianzas inverosímiles o elecciones
fraudulentas, la caída en desgracia de los personajes se produce por la
desesperación de no ser capaces de imaginar una vida más allá de su cargo
político y las comodidades que este ofrece. Odría y compañía terminan
resolviendo sus temores con una lógica adolescente, evidenciando que aquella
juvenil necesidad de validación externa nunca se fue del todo.
Aunque Quiroz
opaca parcialmente los logros de su novela en las últimas páginas, cuando
explicita sus reflexiones sobre los males del país en un tono didáctico,
cambiando el registro al de la no ficción, Animus
jodiendi resulta, en términos generales, una simpática parodia que retrata
el caos presente político del Perú revisitando el pasado. De ahí que la portada,
hecha por el artista Avril Olarte, sea tan simbólica: cambian los rostros,
persisten los males.
[1]
Véase ‘Mario del Perú estelar’ de Pola Oloixarac https://laagenda.buenosaires.gob.ar/contenido/84127-mario-del-peru-estelar
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