Cuerpos extraños
Duomos ediciones, 2018. 176 pp. Traducción de Marina Bornas.
Cinco días a la semana durante dieciocho años. Cuatro
mil seiscientos ochenta y días. Ese es el tiempo aproximado que Keiko Furukura lleva
trabajando como dependienta en un konbini¸ un minimarket japonés abierto
las veinticuatro horas del día. El dato por sí solo es impactante, pero no
tanto como cuando ella, a los treinta y seis años, afirma que: “La vida que
llevaba antes de ‘nacer’ como dependienta de una tienda está envuelta en una
nebulosa y no la recuerdo claramente” (pág. 14) ¿Qué personalidad puede
resistir a un trabajo así? La novela de Sayaka Murata (Inzai, 1979) es
protagonizada por una joven que no logró encajar entre sus pares ni en la
infancia ni en la adolescencia y que en la adultez sobrevive a dicha
marginación sin aspavientos, evitando preguntarse cómo relacionarse con los
demás, en gran parte por estar absorbida por un régimen de procesos estandarizados
orientado a rendir y vender, día tras día, año tras año.
Murata esboza con calma a su protagonista, retratándola, en primera persona, desde que despierta y siente que los engranajes del mundo comienzan a girar en torno al konbini, hasta su disciplinado régimen de sueño, pensado en la mejor forma de atender a los clientes el siguiente día. Así han transcurridos casi dos décadas para Keiko en una vida confeccionada en torno a su empleo por horas, el mismo que durante los últimos años ha preocupado a su familia y las pocas amigas que frecuenta. ¿Cómo se llega a una situación así?
Entre los pocos recuerdos de su vida antes de
ser dependienta, hay dos que ejemplifican el extrañamiento de Keiko. El primero
de ellos ocurre cuando, de niña, encuentran un pajarito muerto y su respuesta ante
ese hecho es proponer que se lo coman, afirmando que no había razón para
llorarlo cuando tranquilamente podían hacerlo. El segundo tiene lugar cuando detiene
la pelea entre dos niños golpeando a uno de ellos con una pala. Era lo más
práctico, dice. Una afirmación que se condice con la vía de escape frente a las
miradas juiciosas de quienes la rodean:
“A medida que fui creciendo, mi silencio
empezó a preocuparles. Pero para mí era la mejor opción, la forma más racional
de sobrevivir. “¡Deberías hacer amigos y salir a jugar!”, me anotaban los
profesores en el boletín de notas, pero yo nunca hablaba más de lo que era
estrictamente necesario”. (pág. 19)
Pasados los treinta años, Keiko Furukara
empieza a extrañarse de su propio cuerpo, al punto de concebir el uniforme que
se coloca a diario como una extensión de este y luego, como la única vestimenta
posible. Un pedazo de tela que simboliza
el hecho de no pertenecer a sí misma, sino al trabajo que cumple de forma
cotidiana y que denota a su vez cómo la esclavitud sigue operando en el mundo
contemporáneo de forma más sutil pero no menos trágica, pues supedita todo
deseo y afecto a la capacidad de producir para la sociedad. Cualquier desvío de
ello puede implicar consecuencias fatales para los clientes, la empresa y el
propio trabajador, en ese orden.
De ahí que el aislamiento de la protagonista
adquiera sentido conforme avanza la lectura de la novela, sobre todo durante
las interacciones de Keiko con sus amigas o, más aún, con las parejas de estas.
La manera agresiva con la que se juzga su soltería o su falta de ambición
profesional muestra cómo la misantropía de Keiko es un mecanismo de defensa frente
a las exigencias sociales, que, en su concepción, sólo representarían
distractores de sus funciones. Murata ilustra cómo la deshumanización producida
por su trabajo como dependienta, si bien la condena a un destino vacío en
espiritualidad, la ha protegido también de las más comunes presiones sociales. Por
ejemplo, cuando, ante la insistencia de su hermana y sus padres, intenta
cambiar de empleo, pero descubre que ya era tarde: nadie la contrata para otra
función que no sea la de ser dependienta, y sin embargo ello no la irrita en
demasía, puesto que ya tiene uno que ejercerá hasta la extenuación.
Dicho entrampamiento de años parece
interrumpirse con la aparición de Shiraha, personaje tan patético como vil, quien,
tras un errático paso por la tienda de Keiko, es despedido por su terrible
desempeño. El hombre es acogido por ella luego de que, a los pocos días, lo
encuentre incomodando clientas y en un lamentable estado de abandono. La
empatía de Keiko es correspondida con la manipulación de Shiraha, quien
cuestiona su situación social y le propone una convivencia que facilite la vida
de ambos. Y, en efecto, parece que Keiko finalmente empieza a encajar a los
ojos de su hermana y de sus colegas. Murata expone la hipocresía social de la
familia y los colegas de Keiko a través de sus reacciones desaforadas ante su
nuevo estatus social: no importa cómo o con quién sino cumplir con el rol
asignado.
La
dependienta es una novela que explora cómo la valía, en nuestros tiempos,
está supeditada a la función laboral que realizamos, agotando en el camino
cualquier resistencia a pensar en la posibilidad de un afuera del trabajo, más
aún cuando este se percibe como un refugio para impedir que sobrevenga otra
situación desagradable. Y esa incapacidad de imaginarse en un contexto
diferente, de mayor bienestar, es la tragedia que Murata retrata entre escenas
cómicas que se van tornando desesperantes con el transcurrir de las páginas:
“Me he
dado cuenta. Antes que humana, soy dependienta. Aunque como humana sea
defectuosa, aunque pueda morir de hambre si no tengo dinero para comer, no
puedo evitarlo: todas las células de mi cuerpo existen para la tienda”
(pág. 160)
La novela no resuelve la pregunta de si existe
una salida a esta problemática, pero sí invita a que al menos nos la
formulemos. Y ese gesto, aunque sencillo, podría ser un paso hacia recuperar
nuestra identidad.


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