Uno de los aciertos de esta nueva edición de Salamandra (el libro no se hallaba en ninguna librería y recién este mes ha llegado a las estanterías limeñas), es el prólogo de Atwood motivado por la serie de televisión de reciente aparición, galardonada con el Emmy, pero sobre todo por, las nuevas tendencias globales y el paralelo a la década en la que se publicó. Allí nos habla sobre cómo el telón de la Guerra Fría se dejaba sentir en Alemania, con un país dividido a la fuerza y donde campeaba la desconfianza hacia el prójimo, sensación que percibió la escritora al empezar a escribir la novela, mezclando dicha impresión con sus intereses por abordar temas como la injerencia del totalitarismo en el control de los cuerpos femeninos y la planificación social llevada a un extremismo horroroso. Hasta ahí, sólo buenas intenciones. Pero la empresa de Atwood toma cuerpo, como se nota en las páginas de la novela, al preocuparse por construir una atmósfera que recoja dichos elementos atemorizantes y personajes quebrados y llenos de dudas y frustraciones. La protagonista, de la que nunca sabemos su verdadero nombre, es víctima de un régimen obsesionado entre otras cosas con la maternidad, que le arrebata su familia y su identidad. Lo único que se espera de ella es servir de depósito para la recreación de nuevos seres humanos, elemento presente en la misión de cualquier totalitarismo: estimar y crear la servidumbre sobre la cual se ejercerá el poder. Para ello, sigue distintas fases en los que se busca aplacar cualquier deseo o pasión, reprimiéndolos hasta su extinción o la demencia como secuela. Conservadurismo radical que en estas décadas ha mutado en formas que aún hoy no somos capaces de enfrentar de manera efectiva la mayoría de veces."Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra
"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet
"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki
lunes, 23 de octubre de 2017
Reseña: “El cuento de la criada” de Margaret Atwood
Uno de los aciertos de esta nueva edición de Salamandra (el libro no se hallaba en ninguna librería y recién este mes ha llegado a las estanterías limeñas), es el prólogo de Atwood motivado por la serie de televisión de reciente aparición, galardonada con el Emmy, pero sobre todo por, las nuevas tendencias globales y el paralelo a la década en la que se publicó. Allí nos habla sobre cómo el telón de la Guerra Fría se dejaba sentir en Alemania, con un país dividido a la fuerza y donde campeaba la desconfianza hacia el prójimo, sensación que percibió la escritora al empezar a escribir la novela, mezclando dicha impresión con sus intereses por abordar temas como la injerencia del totalitarismo en el control de los cuerpos femeninos y la planificación social llevada a un extremismo horroroso. Hasta ahí, sólo buenas intenciones. Pero la empresa de Atwood toma cuerpo, como se nota en las páginas de la novela, al preocuparse por construir una atmósfera que recoja dichos elementos atemorizantes y personajes quebrados y llenos de dudas y frustraciones. La protagonista, de la que nunca sabemos su verdadero nombre, es víctima de un régimen obsesionado entre otras cosas con la maternidad, que le arrebata su familia y su identidad. Lo único que se espera de ella es servir de depósito para la recreación de nuevos seres humanos, elemento presente en la misión de cualquier totalitarismo: estimar y crear la servidumbre sobre la cual se ejercerá el poder. Para ello, sigue distintas fases en los que se busca aplacar cualquier deseo o pasión, reprimiéndolos hasta su extinción o la demencia como secuela. Conservadurismo radical que en estas décadas ha mutado en formas que aún hoy no somos capaces de enfrentar de manera efectiva la mayoría de veces.
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