Un vocabulario para la tristeza
Alfaguara, 2017. 248 pp.
En
los últimos meses, con la proliferación y mayor acceso a herramientas inteligencia
artificial (IA), se ha intensificado el debate sobre su uso indiscriminado en
múltiples campos, incluyendo el de escritura. Aunque recientes casos polémicos se
hayan referido al campo de la creación literaria, es preciso notar que donde
más ha incidido su uso y abuso es en la escritura más cotidiana: informes de
oficina, análisis contables, resúmenes ejecutivos, correos corporativos,
correos personales, mensajes en chats, etc. Lo cual nos invita a reflexionar cómo
este tipo de escritura se tornó tan mecánica e impersonal, empezando a
percibírsela como una molestia incluso. Una pista puede surgir remontándonos al
momento en el que empezamos a escribir y la revelación de un mundo nuevo que
llegó con este aprendizaje.
Inés, la protagonista de la primera novela de Gloria Susana Esquivel (Bogotá, 1985), tiene seis años, vive con su madre en la casa de sus abuelos y está preocupada por el Apocalipsis. Este fin del mundo, anunciado en las noticias, no parece preocuparle a nadie más que a ella, lo que incrementa el ensimismamiento que ya experimentaba con las restricciones de los adultos, por culpa del abuelo, sobre todo, o la bestia, como le llama ella. Esta soledad se verá interrumpida por dos acontecimientos que ocurren en paralelo: la detonación de un bomba y la llegada de María, la nieta de la empleada de la casa. Ambos eventos, de distinta naturaleza, implicarán para Inés sus primeros contactos, por ratos claustrofóbicos, más allá de los límites de su casa. Supondrán el descubrimiento de una realidad en la que también es posible la violencia y el juego, pero en la que aún no tiene las herramientas para descifrarlo.
Esquivel
empieza la narración de la historia de Inés como una voz que recuerda a la niña
que fue, pero que en dicho ejercicio transita hacia la mirada a ese tiempo, en
el que la curiosidad y la imaginación no se ven cercenadas aún del todo por
convenciones sociales y es posible concebir a los demás como animales. Esta
percepción se verá alterada por la presencia de María, quien no responde a sus
mandatos y representa para ella un espíritu más indómito y arrojado, más libre.
Esa libertad que empieza a sentir carente bajo la tiranía de un abuelo violento
e impredecible, una madre que deja de vivir exclusivamente por ella y la
imposibilidad de ver a su padre a diario. Es justamente él, quien en una de las
salidas con ella quien le regalará una cartilla para aprender a escribir y
lidiar con el silencio cuando María deja de ir a su casa.
“Sin María,
las tardes se hacían largas y pesadas (…) La televisión también había comenzado
a cansarme, y sólo mataba el tiempo encerrada en mi cuarto, examinando la
cartilla de lectura que me había regalado mi padre Pasaba rápidamente de
árboles y ardillas, a focas y faroles que estaban seguidos de indios e iglúes y
de koalas y kumis, hasta que llegaba a la página de un pajarote gris y
jorobado, el ñandú, que con una mirada hueca y medio bizca miraba a su amigo el
ñu, una especie de toro flacuchento que tenía dibujada entre las costillas la
piel de una cebra. Podía estar horas y horas trazando con la punta del dedo la
silueta de esos misteriosos animales. Intentaba pronunciar sus nombres
adivinando el sonido de la ene y alojando toda su reverberación en la punta de
la nariz, arrugándola hasta que no podía aguantar más ese rictus. Pero esos
pasatiempos lingüísticos no alcanzaban a igualar la diversión que me
proporcionaban mi amiga y sus canciones, y eso me hacía extrañarla mucho más”.
(pág. 65)
El fragmento
anterior muestra cómo la algarabía por el lenguaje escrito y su lectura se se
ve opacada por la imposibilidad de tener cerca a María. Esquivel escribe así un
goce del lenguaje y cómo este, además de develar nuevas realidades, también
supone el descubrimiento de un vocabulario para la soledad y la tristeza. ¿De
qué sirve lo aprendido si no se tiene con quién practicarlo? María volverá días
después, pero algo ha cambiado para siempre en Inés y se irá exteriorizando de
la peor manera:
“Me sacudí el abrazo de María
de encima y la agarré fuerte del brazo. Si íbamos a jugar juntas iba a ser bajo
mis reglas, pues cualquier acto de desobediencia haría que fuera a acusarla con
Julia y con la abuela y eso causaría su exilio. Lo primero a lo que quería
someter a mi amiga era a escuchar sin parar mi nuevo casete de la lambada”.
(pág. 78)
El
fastidio de Inés empieza a tornarse en desapego y rabia, al punto que siente
necesidad de dirigir hacia otra persona su malestar ante las agresiones que
recibe su madre en casa, alguien cuya forma de afrontar la vida le provoque envidia
y por ende fastidio. Ese mismo control y rigidez que se imponen sobre a ella, lo
ejercerá sobre otra persona, como una forma de olvidar, aunque sea por unos
momentos, su propio padecimiento. Ese mundo animal de la infancia, impredecible
y salvaje, empieza a desmoronarse en detrimento del humano, un mundo en el que es
posible el cariño paternal pero también la violencia clasista y misógina que
alcanzarán su clímax en las últimas páginas del libro.
La
primera novela de Esquivel recrea el momento, cuasi mágico, en el que se
aprende a escribir y leer, pero va más allá y expone la capacidad impresionante
que tienen estas actividades para develar la belleza y el horror, la soledad y
el amor. Como dice Giuseppe Caputo en la contratapa, en Animales del fin del
mundo el lector recuerda que el descubrimiento del mundo llega con el
descubrimiento de la tristeza. Y el lenguaje escrito juega un rol fundamental en
ello. Tan importante como para dejarlo en manos de otras personas o tecnologías
sin pensar en lo que estamos perdiendo con ello.


No hay comentarios:
Publicar un comentario