"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


martes, 6 de abril de 2021

[Entrevista] Cristhian Briceño: “Más que un lector, he sido un televidente”

La producción editorial en nuestros días es tan vasta y precipitada que una de las secciones que más se ve perjudicada es la de la contratapa, al punto que uno le da la decisión de Salinger de no poner comentario alguno en ellas. Elogios desmedidos y poco creíbles o sinopsis llenas de lugares comunes. Sin embargo la del más reciente volumen de cuentos de Cristhian Briceño (Lima, 1986), publicado en Seix Barral,  es una excepción pues resulta una invitación a la lectura. Como muestra cito un fragmento: “En lugar de presentarnos un antihéroe patético y débil inmerso en su devenir hacia la intrascendencia, Su seguro servidor da cuenta de un momento posterior (un futuro cercano) en que a este ni siquiera el intercambio de una vida entregada al capitalismo, a formar parte del engranaje de una sociedad que trata a sus ciudadanos como piezas de una perfecta maquinaria autónoma a cambio de ciertas alegrías menores, es posible”. Sobre ese futuro cercano y otros temas conversamos con él en la siguiente entrevista.

 

  1. Una de las primeras críticas, desde tus ficciones, al sistema socioeconómico actual es su afán de homogeneizarnos a todos a gran escala, bajo una aparente celebración de la diversidad, provocando que nos “extraviemos de nosotros mismos”. ¿Piensas que la pandemia ha ayudado de cierta forma a desmantelar esta maquinaria o esta ha encontrado la manera de seguir intocable?


La homogenización es un instrumento que el sistema emplea a manera de embrague, es decir, para acoplar y desacoplar ciertas partes que requiere en circunstancias dadas. No olvidemos que en los inicios del Perú como nación soberana existía una república de indios y una de blancos. La gran mayoría de indios, obviamente, no sabía de la existencia del Perú como Estado, ni siquiera como territorio, ni eran informados del cambio que esto, en teoría, entrañaba. El Estado, en todo caso, era un ente abusivo y los indios añoraban la autoridad de un rey que impartiera justicia. Medio siglo después, durante la Guerra del Pacifico, la siguiente generación de estos mismos indios era obligada a enfrentarse al invasor vistiendo ropa de diario, con munición enmohecida y usando el mismo armamento con el que se expulsó al último virrey; obviamente, cada quien debía agenciarse sus alimentos; casi la totalidad no comprendía por quién o por qué se estaba arriesgando el pellejo.

No se puede desmantelar la maquinaria porque nunca estuvo cubierta con nada, siempre ha estado expuesta como un recordatorio de la infamia. La pandemia no va a cambiar nada, menos en un escenario electoral como en de ahora, infestado de un caudillismo que apesta a siglo diecinueve. Cambiar eso es como pretender que un gato ladre.

 

  1. Bajo un aparente estado de apatía, tus personajes intentan camuflar ciertos arrebatos de violencia y rabia contra los que los rodea, y uno como lector lo conecta con las noticias de estallidos salvajes de ciudadanos que siempre suelen ser tranquilos y discretos en las noticias, sobre todo en el primer mundo. ¿Esto ya se replica en Perú? ¿estamos camino a ello?

Ya está desde hace mucho. En la década del treinta del siglo pasado, un comerciante español mató a su compatriota en una habitación del hotel Comercio, que quedaba en los altos del edificio donde hasta ahora funciona el bar Cordano. El asesino parecía una persona corriente, sin visos de violencia. Clemente Palma escribió una nota entusiasmada sobre el asunto. Decía que ahora Lima ya estaba a la altura de otras capitales del mundo en cuanto a crímenes.

 

  1. “Los recuerdos felices, ah, esos son los peores, le dijo la vieja, porque solo sirven para medir cuánto hemos perdido”. Inevitable asociar dichas líneas de “Una temporada en el invierno” con este último año donde muchos entramos en un período de limbo o agujero negro. ¿Fue este un cuento escrito o reescrito en plena pandemia?

Fue escrito hace por lo menos cinco años, y apenas tuvo cambios previa publicación. De cualquier manera el tópico de la evocación dolorosa es bastante común en la literatura. Basta recordar ese diálogo de muertos en el que Luciano de Samósata da voz a un Aquiles quebrado, anhelando regresar a la vida siquiera para trabajar como labriego. O el Dante-personaje de la Comedia, cuando dice aquello de que no hay mayor dolor que recodar los tiempos felices desde el lugar de la desgracia. O Enid Lambert, en las Correcciones, deprimiéndose ante el recuerdo de las navidades pasadas, cuando su familia estaba reunida y era felices y comían perdices. Miles de ejemplos. También creo que se tiende a magnificar un hecho, uno tiene la impresión estar venciendo la adversidad de, por ejemplo, no ver en persona a un amigo para perder el tiempo. La verdad es que antes tampoco éramos felices, sino que la normalidad se vuelve valiosa por contraste. Hay gente que en verdad la pasa mal, y el sufrimiento de las personas que tienen tiempo para leer esto, comparado con el de los otros, está a años luz.

 

  1. “Él era más humano: creía en la familia, en el ahorro y en el Dínamo de Moscú”. Tres instituciones erigidas en torno a la fe en el futuro. En este presente desesperanzador, ¿crees que se hayan visto más debilitadas o se han vuelto más vitales que nunca como soporte para sobrevivir?

Difícil saberlo. Pero, como dije antes, no creo que la pandemia cambie demasiado las cosas. El cambio viene de antes, lo demás son contingencias, eventos que crean una ficción con la que solemos interpretar ese cambio. Muchas cosas han sido puestas en entredicho el siglo pasado, sobre todo, a un nivel, más que filosófico, social, del día a día, aunque, claro, las bases están en textos clave, como por ejemplo cuando lee lo que piensa Stuart Mill sobre la naturaleza o la libertad, etc. Pero si quieres una respuesta más personal, yo sí creo en la familia por experiencia propia. Por mi padre creo también en el ahorro como una forma de adelantarse a las eventualidades. La tercera institución a la que aludes la podría emparentar con el fanatismo y, por ello, con la religión. Yo creo en algo que no es precisamente el dios de los hebreos o cualquier ente que pueda revelar alguna característica antropomórfica para ser asimilado por mi fe. No confío, eso sí, en cualquier institución que genere odio entre las personas. La Iglesia, por ejemplo, y sus falsas atribuciones. Cualquier institución con poder tiende inevitablemente a corromperse, es axiomático.

 

  1. En “Los trabajos”, recreas un mundo donde la oscuridad lo ha sumido todo por completo, transformando las formas de contacto humano debido a esta externalidad inesperada. Al terminarlo uno corrobora que la situación de peligro constante termina tornando en seres más indolentes que antes. ¿Podría interpretarse como una lectura del mundo en general o de sociedades bajo regímenes específicos?

No fue escrito con esa intención. El relato parte de una noticia que leí en internet. Al parecer en una ciudad asiática la contaminación era tal que el alcalde se había visto obligado a poner varias pantallas led en zonas estratégicas, para que los habitantes puedan saber que estaba amaneciendo. Me resultó curiosa la idea, aunque podría profundizarse más e intentar una narración que prescinda de los sentidos que más nos socorren, algo así como El pozo y el péndulo, pero más extremo. Más que una ficción política es simplemente el desarrollo de un tema cualquiera que puede ser interpretado a placer por el lector.

 

  1. En “Su seguro servidor” abordas el dolor del duelo y la necesidad de anularlo mediante el uso indiscriminado de narcóticos, en una especie de relectura de “Un mundo feliz” de Huxley. Cuando salgamos de este encierro, si salimos, ¿seguiremos así de aferrados a esta anulación de cualquier emoción negativa? ¿Le tememos al dolor o a la posibilidad latente de no salir una vez que caemos en ese estado?

Tal vez la anulación de las emociones cree vacíos aún más nocivos. El relato intenta formular la pregunta de cómo sería llenar estos vacíos con otro tipo de emociones, no menos dolorosas, sino más asimilables. El dolor es un hecho inevitable, es una lección; también es parte de nuestra evolución y va de la mano con nuestra supervivencia como animales, desde el momento en que los organismos primitivos “deciden” ser criaturas inervadas. Eso en cuanto al dolor físico, pero quead el dolor emocional, que también es un rasgo evolutivo que podría partir desde el momento en que algún homínido empezó a sospechar de la naturaleza del tiempo y sus implicaciones en la realidad y, a su vez, le heredó esta característica a su descendencia. Debió haber un momento en que algo muy parecido al ser humano actual vio a un semejante muerto y de pronto empezó a llorar sin saber bien por qué, quizá enfrentado a la intuición de lo irremplazable.

Obviamente le tememos al dolor y a que exista un escenario en que nada pueda lidiar con él, por ello se dice que el verdadero castigo que promete el infierno no es la severidad de lo que ah´ñi se siente sino la eternidad misma. Esto me recuerda al Retablo de Iseheim, de Mathias Grunewald, colgado en un hospicio para pobres almas infectadas de peste y sífilis. La lógica era que ver a un Cristo crucificado y retorciéndose de dolor te ayudara a aceptar el sufrimiento. Eso, quizá ahora sería una salvajada, pero entonces debía ser algo parecido a lo que propongo en ese relato.

 

  1. El mundo literario descrito en “Es el futuro” está lleno de personajes indolentes, sin empatía, crueles por decisión, siempre atentos a la imagen que los demás perciben de ellos, sobre todo atentos a no mostrar signos de debilidad. Y al analizar históricamente el medio local, este no ha sido ajeno a confrontaciones y disputas, sobre todo al ser tan reducido. Sin embargo, parece que las redes han exacerbado los desencuentros a la vez que las han banalizado las discusiones literarias. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Siempre he tratado de mantenerme alejado de todo eso. Como en todo espacio en que se pone en juego algo de poder o beneficio (y en la literatura peruana actual esta gracia es ínfima, a menos que previamente ya la poseas y no hagas más que gozarla ostentando un membrete de “escritor”) siempre se generarán esa rencillas idiotas que son, de por sí, un género literario. Yo mismo, siendo un autor tan poco conocido, tengo un instagram donde a veces opino sin censura sobre ciertas cosas, y te creas la ilusión de que la gente comprende tu postura y la respalda. Pero creo que debo añadir a mis contadas cualidades como autor la de cerrar la boca y dedicarme a lo mío.

 

  1. Una de las cuentos más entretenidos es “El corazón de los sencillos”, donde haces haces una especie de “lados-B” de escenas bíblicas clásicas.¿Cuál es tu relación de lector con la Biblia? ¿Cómo lo percibes desde el punto de vista literario en nuestros días?

No fui un lector precoz, creo que empiezo a leer con cierta conciencia pasados los veinte años. Sí recuerdo que unos de los pocos libros que leí de pequeño fue una versión de la Biblia preparada por los Testigos de Jehová, de tapa dura color amarillo y el título en letras rojas brillantes; creo que se llamaba Mi primer libro de historias bíblicas. Me encantó desde la primera página y creo que ese momento me di cuenta de la potencia que subyace en la lectura. Después, cuando leí varios libros de la Biblia me di cuenta de que me llegaban a conmover de una forma que no lo hacían otros textos y creo que es por la idea de fe que tienen todos estos personajes, siempre esperanzados en encontrar a Dios hasta debajo de la más mínima piedra del desierto. Debe ser esa construcción de la fe lo que mueve este libro. Los evangelios sinópticos coinciden en las palabras de Jesús cuando le dice a la mujer que sufre de descensos y que ha tocado su manto con la esperanza de sanarse: Tu fe te ha sanado. Es curioso que Yavhé no se enfade con él por no darle crédito, etc. en fin. ¿Influye la Biblia hoy en día? Obvio. Podría nombrar un poemario reciente, El libro de la enfermedad, de Mateo Díaz. En un capítulo de la cuarta temporada de Rick y Morty, Rick dice que la Biblia es el infierno de los escritores. no sé bien cómo interpretar esa frase, pero podría ser por su circularidad.

 

  1. ¿Son los Simpson una referencia al momento de escribir? Leyendo tus cuentos fue inevitable asociarlos con capítulos como el del Señor Burns sumiendo a Springfield en una noche eterna o la revisita de momentos históricos de manera socarrona.

Sí, es un hecho. Más que un lector, he sido un televidente. Cualquier información que haya podido llegar a mí luego intento revertirla en la ficción. Hay que saquear todas esas influencias que la academia puede mirar por encima del hombro. Ciertas animaciones como Los Simpson o Ren & Stimpy son parte del canon de muchos. Todas las series de bajo presupuesto o lo que usualmente se desecha a la primera mirada puede llegar a ser valioso en cuanto el autor revierte los códigos, las procesa y posteriormente las vuelve literatura a secas. 


(Texto publicado en Buensalvaje)

Reseña: "Un artista del mundo flotante" de Kazuo Ishiguro

Anagrama, 2006 (Edición Compactos). 222.pp

Hace cuatro años la Academia Sueca decidió otorgarle el Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), gesto que se interpretó como un intento por calmar las aguas tras el escándalo que supuso el año previo la premiación a Bob Dylan. Novelista fulgurante a fines del siglo pasado, integrante de esa armada inglesa conformada por figuras de la talla de Rushdie, McEwan, Amis (hijo), Kureishi o Barnes, y autor de una distopía con casi medio millón de puntuaciones en Goodreads (Nunca me abandones), Ishiguro parecía el elegido para congraciar a los críticos y llenar los escaparates de las librerías otra vez. Sin embargo, el efecto no fue el deseado y la recepción fue poco más que tibia. ¿Había pasado su tiempo? ¿Otros lo merecían más? Fue así que me aventuré a leer Un artista del mundo flotante. ¡Qué prodigio de novela!


Situada en el Japón de la posguerra, con ciudades erigiéndose sobre los escombros causados por dos bombas atómicas y una sociedad con el orgullo mellado, aunque no capturada del todo aún por el neoliberalismo recalcitrante de las décadas posteriores (“No tenemos ningún interés en recibir una cantidad mayor que la del precio fijado. Lo que tenemos intención de hacer a partir de ahora es, podríamos decir, una subasta de prestigio”, pág. 13), la novela nos presenta a un pintor en el epígono de su vida cuya preocupación mediata es asegurar el matrimonio de su hija y que este no vuelva a ser cancelado, usando como moneda de cambio la fama y el prestigio obtenidos por su arte. Es en dichos trámites y peripecias, que vamos accediendo a escenas, pinturas de su pasado que van iluminando las razones de este reconocimiento y los mecanismos, no siempre honorables para obtenerlo.

Marcado desde temprana edad por la censura paternal a su vocación artística, es la ambición el móvil de toda la vida del protagonista:

“No tengo el menor deseo de verme dentro de unos años sentado ahí donde está ahora padre, hablándole a mi hijo de cuentas y dinero. Si acabara de ese modo, ¿se sentiría usted orgullosa de mí? (…) Yo no me sentiría orgulloso de mí mismo. La ambición de la que he hablado me impulsa a querer llegar más lejos” (pág. 55).

Ambición aunada a un propósito que es el de sobresalir y ascender socialmente, huyendo de la mediocridad de sus contemporáneos, una peste. El capital económico reemplazado por el artístico, que inevitablemente tendrá como consecuencia la obtención del primero, parece ser la premisa del protagonista, aunque sin ser el único motor de sus acciones. Es la vejez el estado desde el cual el balance de una vida permite tener una perspectiva mucho más compleja, completa y, por qué no, dolorosa, capaz de asimilar la vergüenza por el cometimiento de acciones condenables, al punto de reconocerla. Reconocer la traición, por ejemplo, y las vidas torcidas, quebradas y devastadas por acciones personales cometidas bajo el amparo de ideales erosionados por la derrota. O la exacerbación nacionalista, al costo de apoyar una guerra que se llevó consigo a un hijo. Por ello, cada encuentro del personaje con antiguos conocidos supone un estallido de acusaciones y emociones, donde el pasado acecha con furia y arroja todas sus recriminaciones.

El mundo flotante al que alude el título de la novela, va más allá de ese microcosmos de las noches de farra que se menciona en algún momento. Refiere también el valor oscilante de la obra artística y la vida, atadas por el aprecio y la firmeza de su legado. Cómo puede cambiar todo de un momento a otro. ¿Valió la pena intentarlo? Casi hacia el final, el protagonista afirma lo siguiente:

“Naturalmente, puede ocurrir que, con el paso de los años, ya no valoremos nuestros actos del mismo modo, pero, aun así, siempre es un consuelo saber que en la vida hemos tenido uno o dos momentos de satisfacción como el que sentí aquel día en lo alto del sendero” (pág. 217).

Y no sabemos si está convencido de ello. La virtud narrativa de Ishiguro se ve reflejada en todo su esplendor en pasajes así, donde la grisura de la duda se apropia de cada escena, por más que los personajes afirmen lo contrario, haciendo que la novela pase a tener el efecto de una pintura de Goya, llena de claroscuros y vacilante.

Un implacable retrato de la derrota.


(Texto publicado en Buensalvaje)

viernes, 17 de julio de 2020

Reseña: "Cómo comportarse en la multitud" de Camille Bordas

Malpaso, 2017. 288 pp.

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

‪ «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.


En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.

(Texto publicado en "Bitácora El Hablador")

Reseña: "Adiós a la revolución" de Francisco Ángeles

Literatura Random House, 2019. 364 pp. S/.49

¿Qué alternativas le restan a una generación desilusionada y cansada de esperar los cambios que sus ideologías prometían? ¿Qué se hace con ese descontento? ¿Y acaso dicho deseo de cambio político no encubre también un deseo por modificar por completo un aspecto más íntimo? «Cuando un guerrillero empuña las armas, en el fondo su único deseo es tirarse a quien los hábitos económicos, sociales, culturales o incluso estéticos no se lo permiten», menciona el protagonista de la cuarta novela de Francisco Ángeles y es a partir de esta afirmación que se empieza a deslizar la tensión entre las pulsiones sexuales y la teoría y praxis política que se desarrollará durante todo el libro.

Emilio, catedrático peruano en una de las instituciones académicas de mayor prestigio en los Estados Unidos, casado y reducido, según sus propias palabras, a un «revolucionario de escritorio», se ve confrontado con la oportunidad única de cambiar dicho escenario de aparente estancamiento al conocer a Sofía, joven estudiante, inteligente y guapísima, perteneciente a la clase alta norteamericana, con la cual empezará a relacionarse valiéndose del conocimiento de este sobre las revoluciones latinoamericanas, específicamente la liderada por el subcomandante Marcos en Chiapas. Ello expandirá la atracción carnal inicial hacia una obsesión intelectual y, en última instancia, una aventura capaz de llevarlo al corazón de los temas que ha abordado por años desde el plano puramente teórico y que ahora deberá confrontar con la realidad, aun cuando ello implique acercarse al borde del abismo y la posibilidad de perderlo todo, llevándolo a interrogarse si valen la pena los riesgos de sacrificar su estabilidad conyugal y emocional.

Adiós a la revolución es una historia donde los principales conflictos parten de revisitar los anhelos y deseos fallidos de la adolescencia, exacerbados por la distinciones producidas a partir del choque de clases sociales y económicas en unas de las esferas donde estas marcas puede alcanzar sus más altos extremos. Pero, además, con un trasfondo policial donde el misterio a resolver es de una profundidad más existencial a la que acostumbra este tipo de género, apoyándose en una galería de inolvidables personajes como Licho Best, el Noventero y el mismísimo Emilio, cuya transformación se alimenta de los sucesivos cuestionamientos en los que se ve sumido y en los cuales estará acompañado por Sofía, quien también ve alteradas sus creencias debido al resquebrajamiento de su fe en un cambio social que parecía tan realizable.

Una estupenda novela, llena de guiños intertextuales a Bolaño, Fuguet, Marías, Zambra y, como no podía ser de otra manera, Ricardo Piglia, en un homenaje que profundiza en ese arrebato de perseguir una idea, una estética y soportar el impacto que estas pueden tener en las existencias comunes, concibiendo la vida como un terreno para ponerlas a prueba, restaurar de sentido a nuestras experiencias, y así intentar salvarse de la terrible incertidumbre de nunca intentarlo, como lo hace este libro tan desgarrador y redentor del que es imposible salir indemne tras su lectura.

(Texto publicado en la revista Buensalvaje)

Reseña: "Mona" de Pola Oloixarac


Literatura Random House, 2019. 160 pp. S/.59


Una convención de escritores en el fin del mundo se convierte en un feroz campo de batalla en el que sus gigantescos egos se ven confrontados en una competencia donde el desprecio por las ideas del contrincante se convierte en el arma más nociva e implacable. Aplastar al que discrepa se vuelve la consigna en una lucha donde el capital y la valía de cada autor son otorgados en función del «exotismo» de su procedencia, lengua o color; atractivo y prestigio erigidos a partir de una diversidad determinada por quienes ejercen el poder en el ecosistema académico-literario en el que la joven narradora peruana, Mona, se ve inmersa, partícipe de múltiples paradojas del gato de Schrödinger que la llevan a reflexionar sobre lo que es «correcto» decir y no decir; la postura de moda a la cual debe fingir adhesión; la dependencia tecnológica capaz de permitirse, y el sutil equilibrio entre pudor e inhibición necesarios para ligar. Todo ello la lleva a evasiones de la realidad, ya sea consumiendo drogas o mediante pesadillas que la atormentan y generan dudas sobre qué es en verdad imaginario. Pero no es la única. ¿Acaso no son los festivales literarios psicodélicos a mayor escala?

Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades letradas y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas. Un viejo fantasma puritano que, revivido con los rezagos de ideologías otrora consideradas como revolucionarias, sirve como mecanismo de dominación mental y corpóreo, inhibiendo la expresión artística. Es así que el apetito sexual y su consumación se vuelven gestos de resistencia frente a los distintos niveles de represión social de la actualidad, desde el plano más íntimo que supone el control sobre los cuerpos y la atracción entre estos, hasta el de la planificación genética, temerosa de las olas migratorias capaces de recodificar las estructuras socioculturales del Primer Mundo. La libertad creativa, en sus múltiples manifestaciones, es puesta en cuestionamiento en una magnífica novela en la que civilización y barbarie se dan cita con un lenguaje que alterna, de buena manera, inteligencia y lujuria. The world is yours?



(Texto publicado en la revista Buensalvaje)


jueves, 26 de marzo de 2020

Reseña: “La mujer soviética” de Dany Salvatierra



Planeta, 2019. 364 pp.

Para escribir sobre este libro se torna necesario describir su recepción en los medios literarios. Aparecida en abril del 2019, la novela de Dany Salvatierra (Lima, 1980) tuvo poca o nula atención de la crítica más allá de las entrevistas que se le hicieron a su autor. Este ninguneo resalta mucho más porqué “La mujer soviética”, por trama y extensión, no es una novela que se circunscriba a una tendencia dentro de la narrativa peruana de los últimos años. Y la extensión no es un tema menor en un contexto donde se alzan voces que, erróneamente a mi parecer, critican la brevedad de las novelas peruanas y, sin embargo, guardaron silencio sobre este libro de más de 350 páginas. Existen otros factores, como la fecha de aparición, su distribución, la editorial que lo publicó, que hace más inexplicable aún el silencio frente a este libro Quizá un intento por evadir la condena de “amiguismo” en un circuito literario como el limeño, donde la mayoría de sus integrantes se conocen, sea la razón de esta indiferencia. Inevitablemente quienes escribimos reseñas nos toparemos con libros de escritores a los que conocemos personalmente y el mérito no será evitar hablar sobre ellos, sino en hacerlo de manera honesta, resaltando sus virtudes y señalando sus defectos. Pero ya es momento de cerrar esta introducción y pasar al libro en sí.

Hay que dar pocas luces sobre el argumento al escribir sobre un thriller. “La mujer soviética” la protagoniza Jacqueline Metalius, diva y leyenda de las telenovelas latinoamericanas, cuyo esplendor se remonta a las últimas décadas del siglo XX, cuando el internet no tenía el monopolio de la atención mediática. Esta se verá envuelta, a raíz de un mensaje anónimo y perturbaciones de carácter anormal en su residencia de Miami, en una adictiva trama que combina una posible red de espionaje de rango internacional  con la obsesión fanática de un admirador (como en “Misey” de Stephen King)  que la hará retornar a la capital peruana.

La novela de Salvatierra destaca nítidamente por la construcción de su protagonista. Ya de por sí resulta encomiable el  uso sin chirridos  de la primera persona con un personaje del sexo opuesto (piénsese en J.M. Coetzee o Junot Díaz), y más al dotarlo de una fuerte personalidad evadiendo los clichés típicos atribuidos a las estrellas mediáticas, con una voz sin filtros para verter un ácido discurso sobre quienes la rodean y sus acciones. Si hay algo que detesta Metalius es la denominada “pose woke”, la corrección política llevada a sus últimas consecuencias y es desde ese sitial que dispara contra varios aspectos sociales sobre los que cualquier crítica negativa  se tornaría tabú: los estudios de género, la moral de los poetas, la empatía de las figuras televisivas, el activismo de redes sociales y la adicción a los horóscopos. Esta frescura para hablar sobre  la sociedad  actual, que recuerda a Houellebecq, se da sin caer en un discurso sociológico como en el que suelen caer varios autores actuales, y más bien ayudan a sostener el libro en torno a su personaje principal, apoyado en otros recursos literarios como la construcción de diálogos verosímiles, recursos idiomáticos que revelan la clase social de sus protagonistas con facilidad y giros sorpresivos  en la trama bien dosificados.

Si se trata de establecer conexiones, “La mujer soviética” es heredera de la estética pop  de  Andy Warhol. A lo largo de la novela se va revelando la construcción artística a partir de la imitación y el uso de géneros populares como insumos. Si hay algo que predomina en los grandes productores de telenovelas son los reciclajes de guiones, la  adaptación de historias para cada época con distintos protagonistas. Se utilizan las antiguas ficciones como materia  para las nuevas, y es ahí donde Metalius se erige como artista, impregnándole su sello a la caracterización de los personajes arquetípicos de las ficciones televisivas sin olvidarse la esencia del enganche con los televidentes, los elementos  eficaces para cautivarlos.

“La falsedad anunciada, la repetición a un paso de la hoguera y todo por culpa de la ficción. Nos ganamos la vida mintiéndole al público. El afán de imitar vidas ajenas es también un tipo de muerte (…) la ficción es un disfraz que nos condena a desaparecer y nos vuelve inmateriales, unidimensionales, fantasmas del melodrama, iguales a los espíritus que habitan el camerino y los demás rincones de la mansión”.
(pág.9)

La muerte rodea constantemente a los personajes de la novela, convirtiéndose en la guía de sus acciones tanto en su aspecto simbólico como real. Es a través de la inmortalidad de la ficción que Metalius busca dejar un legado, una estela alumbrada por su nombre y de ahí su rivalidad feroz con las jóvenes promesas televisivas. La eterna disputa de lo nuevo y lo viejo toma un carácter nocivo, llevando a desprenderse de cualquier vínculo, materno incluso, siendo este un campo desacralizado de tal manera que termina por convertirse en una carga nefasta para la consecución de los anhelos de los  personajes y en el origen de su perversidad.

En detrimento a una trama paralela que busca calzar de forma infructuosa una exploración sobre el mundo de la dark web,  uno de los mayores atributos de “La mujer soviética” es el planteamiento de la ficción, a través de la parodia de las telenovelas, como un elemento de dominación de masas, un sueño colectivo.

“El gobierno ejercía el control de los canales de televisión y empezó a transmitir Coral en los quince países de la Unión y en simultáneo, a las siete de la noche, la hora en que las familias se sentaban a cenar frente al televisor. El resultado fue un suceso nunca antes visto. Era la primera vez que transmitían una telenovela de Hispanoámerica, una realidad distinta donde no existían la Guerra Fría ni la crisis económica, donde los problemas eran más cotidianos”.
(Pág. 137)

El recurso del melodrama se ve reflejado como una manera de captar la atención mediática a través de la construcción artificial de historias cuyo alcance ya quisieran tener otras formas artísticas, al punto de ser esencial para validar una estructura social de manera constante. La telenovela más grande fue la del ser humano queriendo exterminarse a sí mismo, se dice hacia el final,  y al leer  el desmoronamiento moral  y físico de los personajes y su derrota progresiva frente al paso del tiempo, uno se da cuenta, que incluso siendo una parodia del mundo de los melodramas televisivos, los protagonistas están viviendo el suyo fuera de las pantallas confundiéndose la realidad y  la ficción en un inquietante policial que por momento recuerda a Rubem Fonseca. La novela de Dany Salvatierra fue una de las más gratas apariciones narrativas del año pasado, sin duda, y merece seguir leyéndose.

(Texto publicado en la Revista El Hablador)


martes, 22 de octubre de 2019

Reseña: “Nueva York es una ventana sin cortinas” de Paulo Cognetti



Navona, 2018. Traducción de Miguel Izquierdo. S/. 65. 186 pp.

¿Qué es lo que hace que un libro sobre viajes alcance vuelo literario? ¿Una descripción hiper detallada de escenarios? Eso lo hace una guía turística, Google Maps u otro de lo miles aplicativos existentes para el celular. ¿Anécdotas amenas? Puedes encontrar millones navegando en los comentarios de webs especializadas. ¿Fotos impresionantes? Para eso mejor entrar a Instagram. Esbozaría varias respuestas a la primera pregunta, pero me quedo con una que da Alberto Fuguet en “Apunte autistas”:  “ Lo literario de viajar es que uno después recuerda algo parecido a un cuento o una novela donde el protagonista es uno mismo. Rara motivación pero, a la vez, gran motivación. La mejor de las motivaciones. No todos los turistas puros buscan la naturaleza virgen o paisajes épicos. Muchos desean estar donde otros estuvieron antes.”
El libro del italiano Paulo Cognetti calza perfecto con dicha idea al abordar Nueva York como una suma de experiencias únicas que escapan a las del viajero tradicional, aquel coleccionista de souvenirs constantemente estresado por cumplir con un checklist diseñado antes de subirse al avión o bus, a como de lugar. Motivado por conectar con sus experiencias como lector y admirador de grandes escritores, Cognetti logra vincular dicho pasado con un presente en constante movimiento y en donde muchas veces solo tiene como respaldo poder mezclar  ficción con realidad frente a la desaparición física de muchas de las locaciones que le pertenecieron en las historias disfrutadas durante su infancia y juventud logrando resultados más que satisfactorios.

El autor nos invitar a adentrarnos en otros lugares ajenos a los de las típicas postales de la Gotham, el nombre literario de la gran metrópoli del hemisferio occidental, no por un arrebato esnobista, sino por aprehender un territorio lleno de ficción, con la fe puesta en la imaginación y así  descubrir “la ciudad de los cazadores de fortuna, de los poetas visionarios y los sueños rotos” (pág. 17) Es por eso que conecta con un lector que nunca haya pisado dicha ciudad, pues las experiencias que se narran rebozan erudición al servicio de la restauración de las emociones motivadas por las distintas partes de la ciudad que va recorriendo en distintos periodos. Para ello se vale de diversas historias como la de la verdadera motivación de la construcción del Empire State (pág. 17), la reivindicación de una autora como Grace Paley (págs.. 94-97) o  el paralelo de las cíclicas vidas de Melville y Whitman (págs. 21-37) que le permite enlazar distintos siglos como en las siguientes líneas:

“Antes de morir, Melville y Whitman pudieron admirar la obra que iba a consumir la unión de sus dos ciudades. Todavía hoy, la visión del puente de Brooklyn es una de aquellas que te reconcilian con el género humano, permitiéndote olvidar sus defectos para reconocer su gusto, inteligencia, valentía, fuerza de voluntad y afán de progreso. La combinación de granito y acero-dos torres de noventa metros de altura y miles de alambre de acero- convierte su estructura en maciza y ligera al mismo tiempo, una catedral suspendida en el viento que sopla sobre el tío.” (pág. 35)

La mirada social está presente pero no de manera informativa o didáctica. Cognetti señala la sangre que recorre las venas de la ciudad, conformada por distintas culturas, antiguas y/o nuevas, que han aportado un matiz particular a la ciudad. Características que se integran y amalgaman. Siendo un forastero y escapando a las masas, la voz se permite extraviarse y mirar detalles que escapan a los lugares comunes, “como si el viaje a una ciudad desconocida fuera una historia de amor en sus inicios, cuando la atracción es máxima pero la intimidad incipiente.” (pág. 73) Hay lugar para la amistad y las risas, pero también para información que no saldría fácilmente en los manual, como las prohibiciones de beber en ciertas locaciones o restaurantes no tan comunes. No hay lector, opino, que al terminar este libro, no diga que no lo atrapó al menos un par de capítulos. Cognetti escribe con la pulsión de quien sabe que el lenguaje no abarcará todo lo que quisiera expresar, pero es la única y mejor herramienta con la que cuenta y eso siempre se agradece. Aquí unas líneas más:

“Hay lugares de los que no te vas tranquilo: sabes que seguirán allí mientras no estás, te esperarán intactos como los recueros de infancia o la casa de tus padres. Volverás a encontrar los objetos de antaño y el mismo viejo olor. Otros son como las personas: mientras tú viajas, aprendes y evolucionas, las sigues imaginando iguales, aunque en el próximo encuentro habrán cambiado al menos tanto como tú, y deberás recomenzar de cero. Nueva York es así. He ahí el problema cuando se intenta explicarla: cualquier palabra sobre ella lleva grabada su fecha, y empieza a caducar tan pronto como la has escrito.” (pág. 170)

Texto publicado en la web "Página en blanco"