"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke
"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra
"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet
"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki
Gran parte de lo mejor que se
está escribiendo en la narrativa
latinoamericana actual proviene, sin duda alguna, de tierras chilenas. Conocido
por ser un país de poetas, en los últimos años ha sido una vitrina de buenos
exponentes de cuentos y novelas. Zambra, Bisama, Zuñiga, Costamagna,
Jeftanovic, entre otros. A ellos habría que añadirles un nuevo nombre: Romina
Reyes (Santiago, 1988). Reinos es su primer libro. Un cuentario galardonado
con el Premio Mejores Obras Literaria Inéditas 2013 del Consejo Nacional del
Libro y la Lectura chileno. Sí, es típico que uno por lo general empiece
escribiendo cuentos. Es en ese tipo de libros donde empiezan a germinar los
demonios con los que probablemente va a combatir el autor toda su vida. Donde
están los primeros miedos e intereses. Donde se empieza a perfilar la voz que se
espera que sacuda el mundo de la literatura. Reyes bosqueja en este libro las
angustias de ser un joven clasemediero cuyos problemas han pasado de la
sobrevivencia física, al vacío existencial. A bordear los límites de la
perdición y ahogarse en un océano de confusión. A vivir esperando una señal que
indique que ya, ya podemos desahogar todo aquello que le carcome a uno el
alma. Y convertirnos en artífices de un
destino menos angustiante y ya no seguir soñando que sea alguien más quien nos
indique la salida de la sala de espera en la que al parecer se ha estacionado
la vida.
Julio
Han pasado muchas cosas y, quizá, siguen pasando. Sofía está bien o
está igual, ya no sé. Hace un mes que todo me parece lo mismo. Me cansa la
clínica. No se puede hacer nada porque no hay nada nada que se puede hacer.
Solo esperar a que pase algo. Así empieza este primer cuento. Uno de los mejores del libro. Julio
es un padre de familia con un hijo en casa, y otro esperando conocer el mundo, mientras su madre, Sofía,
está internada en la clínica a puertas de darlo a luz. Mientras espera, Julio escribe un diario
donde empieza a manifestar su soledad, su desencanto y sobre todo su
impotencia. Ya no siente afecto. Ni para darlo ni para recibirlo. Llega al
punto de materializar y desechar a Sofía en su interior pues la lejanía no sólo
se vuelve física sino emocional. (En
estos momentos extraño a Sofía. Extraño su cuerpo, sus olores, el aire que sale
de su boca. Ahora Sofía es sólo un nombre.)(Sofía nunca me pareció exactamente
bonita, pero sí interesante. Ahora me parece sólo lo que es: una mujer gorda en
la cama de un hospital.) Llega al punto de adoptar un erizo que pueda
brindarle ese calor humano que nadie más parece dispuesto a darle. Y bueno,
tampoco es que él haga mucho mérito. Incluso empieza a desmoralizarse hasta que
conoce a su nuera. Hoy me miré en el
espejo. Miré mi guata. Estoy peludo y gordo. No pensé que acabaría así, aunque
no soy viejo, pero tampoco soy joven. Empieza a confundir las cosas. Ya no
sabe distinguir qué es real y que es onírico. El final sólo será la
consecuencia inevitable de una bomba que había estado en cuenta regresiva desde
que Sofía entró al hospital. O más bien,
desde que Julio empezó a perderse en sus dudas.
La Karen
En el fondo la gente es triste. El cuento más breve del libro trata
el proceso de cómo (no) sobrevivir a la inevitable sensación de melancolía
cuando una relación se ha extinguido. A cómo uno se enfrenta al cambio mientras
lo van atrapando sensaciones de angustia y arrepentimiento. Cómo la tristeza
busca canales a través de los cuales pueda salir y abandonar un alma rota. Y sobre todo, cómo todo lo anterior lleva a
la germinación de un veneno capaz de extender sus efectos a quienes nos rodean.
(Entonces comenzó un relato, una historia
breve pero llena de frases que transitaban en esos buenos años que siempre son
años que ya pasaron, o años que ya no existen, o años habitados por personas
desaparecidas que mantienen el nombre y la cara pero ya no siguen ahí).
Geert Lehman/Los gringos
Dividido en dos partes, el tercer
cuento de Reinos aborda el tema de
los contrastes. Contrastes en la nacionalidad,
en la forma de sentir, en el contexto que lo rodea a uno. Ello se ve en
líneas como estas: Lehman dijo que allá
en Dusseldorf vivía con su madre y dos
hermanas; Díaz, que la gente con la que vivía le parecía sólo un personaje que
cambiaba la cara constantemente. Lehman dijo que allá el frío te acuchillaba y
Díaz, que acá el frío era sólo otro estado del calor. Lehman le habló del Rihn
y Díaz, del Mapocho. Lehman quería saber si era chileno, si era posible ser
chileno. Díaz le respondió que para todo escenario, ser chileno era una
mentira. Llega a cuestionarse todo lo que uno va aprendiendo como fijo e
inamovible. Incluso Reyes se da maña para atacar el chauvinismo, un mal no
exclusivo de Chile por cierto. A
Dusseldorf lo conozco porque unos chilenos ganaron ahí un torneo de dobles, ¿te
acordái? El 2003 parece que fue. Da lo mismo, es un torneo de mierda, pero
cuando no hai ganao guerras ni hai ganao mundiales ni hai ganao olimpiadas ni
hai ganao un Oscar y no le hai ganao a nadie, cualquier hueá sirve. Ello a
través de un personaje como Geert, alemán o chileno, ni él mismo sabe que significa
cada uno de ellos. (Cuando Nicolás giraba
para traducirle algunas de las cosas, Geert optó por perderse en la soledad de
su idioma, donde tenía más palabras que cosas para nombrar.) . Y no sólo
él. En este cuento, todos se tambalean en una frontera que más allá de lo
físico, se torna mental. (Me dijo que era
de Puerto Montt y lo hizo de una manera que me hizo creer que para Nico había
algo malvado en vivir en esta ciudad o que era heroico venir de la provincia)
Larvas.
¿Qué pasa si al querer abrazar el
destino uno siente que la piedra que lo ata al pasado es demasiado fuerte para
seguir intentándolo? En este relato, dos personajes se encuentran pero nunca
llegan a conocerse del todo. Cada uno carga con una mochila tan pesada que les
es imposible comprenderse el uno al otro, pero ello no les impide conectarse de
una u otra manera. (¿Quién era ella?
Nunca podría responder a esa pregunta con claridad.). Son seres que no han
tenido las mejores familias cuyos fantasmas no paran de atormentarlos. (Una noche escuché a mi mamá gritarle a mi
papá lo más triste que le oí nunca: que ni para el sexo servía.) Y que van
desencantándose de la vida. Como si fueran cadáveres que caminan como zombies,
sin metas u objetivos. (Al final esos
gatos chicos nacieron para nada, ¿o no?) Un abuelo con un extraño secreto.
Un padre que sólo vive para embriagarse. Una madre que se ha acostumbrado a
sufrir. Todos los personajes están dañados. Son larvas que nunca llegan a
mostrar su mejor rostro. Sólo a rodearse de otros de su misma especie para no
ahogarse en la inmundicia en la que les ha tocado vivir. (El día veintiuno me di cuenta de que ya estábamos acostumbradas. A las
larvas, a las moscas y a todo en realidad).
Ana y el resto
A Ana le ha tocado vivir
esperando. Esperando que algo bueno llegue a su vida, que ha sido una triste
seguidilla de relaciones fracasadas. Apenas iluminada por luces fugaces que no
duran. (Pero yo todavía no soy un cadáver
y de pronto pienso que si lo fuera, me sentiría un fracaso, como si en mi vida
no hubiera hecho nada que valiera la pena. Lo pienso y se lo digo a Richard
quien me mira con los párpados arrugados y los ojos medio abiertos o medio
cerrados, pero no de sueño, sino como si estuviera ajustando la mirada para
comprender bien lo que estaba sucediendo.).Que vive cuestionando los
motivos de su existencia y los motivo
para seguir intentando mejorarla. Desamparo. Es lo único que parece fijo en su
vida. (Últimamente pienso mucho en esto,
en todas las formas en que podría morir por salir a caminar. A veces me
pregunto si alguien más pensará las cosas que yo pienso y concluyo que nadie o
casi nadie, lo que no sé si es bueno o es malo.). Nadie parece con la
intención de querer salvarla. De tirarle un salvavidas. (Nunca me llamó ni me escribió, y aún a veces yo espero que lo haga.
Entonces pienso que yo tenía razón, que quizá todo el mundo estaba conectado
menos nosotros. Pero ni siquiera puedo encontrar una forma de decírselo.)( A
veces me parece respetable conformarse. Debe ser desgastante vivir pensando que
hay que esperar algo, como si la vida estuviera en otra parte.) Como si
esto no fuera lo verdadero. Que es sólo una sala de espera para lo mejor que
está por llegar. (-¿Y qué pasa en tu
historia?-Alguien se va y la otra persona se queda esperando. Eso es todo).
Reinos
El cuento que a mi parecer está
más cargado de pasión y violencia. De brutalidad y golpes. Golpes no sólo
físicos sino emocionales. Una vorágine brutal cuyos efectos llegan a la cabeza
del lector que es paseado por la pluma de Reyes a través de las historias de
Sofía y Alejandra. Un reino terrible y lleno de espanto. Un cuento donde hay
una extraña forma de querer. (Qué
terrible debe ser no tener que hacer otra cosa que pensar. ¿En qué pienso yo
ahora? Pienso: todos tienen formas distintas formas de querer. Pienso que está
bien, que es cosa de acostumbrarse o de sólo contemplar para tratar de
entenderlo. Pienso que es eso, que todos tienen, todas tenemos distintas formas
de querer. Pienso que el cariño es una elección, como la política, los amigos o
el equipo de fútbol. En fin.) Pero también una monstruosa forma de
desahogarse. (Y entonces pienso en la
perra, en la rabia y en la muerte. Y luego en Sofía, en ese exacto orden.)
Romina Reyes. Una autora que si
sigue escribiendo así, promete regalarnos muchas horas de agradable lectura. No
es una joven promesa. Es una realidad.
+Sobre la autora:
Romina Reyes Ayala (Santiago, 1988). Es periodista de la Universidad de Chile y autora del libro de relatos Reinos(2014), por el cual el 2013 obtuvo el primer lugar en Mejores Obras Literarias Inéditas del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Ha trabajado en The Clinic Online, Las Últimas Noticias y está a cargo de la columna Letras y Palabras de Revista Caras.
"“(…) solo el pacto con las bestias garantiza la supervivencia.”
Pola Oloixarac
“¿Quién es esta que avanza sobre mí como el
alba, bella como la luna, demandante como el sol, imponente como ejércitos
lanzados a la batalla?”
(Cantar de los
Cantares 6, 10)
El peligro al
releer algunos libros es el de aproximarse a lo que puede ser una nefasta sensación de
desencanto. Desencanto y decepción que nos hagan cuestionar los motivos por los
que nos gustó una obra. En el caso de Las
teorías salvajes, supe que tenía que leerlo otra vez ni bien lo terminé a
mediados del verano pasado. Lo había
leído con prisa, sintiéndome atrapado por la diversidad de historias que
tomaban parte en el libro, pero a la vez frustrado por no entender todas las
referencias a cuestiones filosóficas que
se hacían en el libro. Esa sensación de frustración me llevó con el tiempo a
dudar si mi gusto por el libro fue de verdad o sólo una pose. Así que llevado
por aquella duda volví a releer la primera novela de Pola Oloixarac. ¿El
resultado? Las teorías salvajes sigue
siendo en mi opinión un coctel peligroso de historias que se puede volver
adictivo para el lector. Un libro lleno de humor y crítica. Que podré leer
muchas veces más con la sensación de seguir encontrando cosas interesantes en
cada nueva lectura, cual arqueólogo en búsqueda del entendimiento del pasado,
pero también del presente.
Las teorías salvajes empieza con la
historia de los niños de una comunidad de Papúa-Nueva Guinea y su proceso de
transición hacia la adultez. El método terrible con el que se van deshaciendo de
sus temores y pasan de presas a cazadores. No es una historia gratuita.
Encierra una idea que es transversal a todos los personajes del libro: Todos
quieren dejar de estar tan indefensos y vulnerables, para pasar a cubrirse de
una piel que les dé la fuerza suficiente para sobrevivir a las amenazas de las
cuáles son víctimas. En la mayoría de casos esta amenaza se sintetiza en la
ignorancia de no comprender lo que está sucediendo a su alrededor. Ello los
lleva a desarrollar una de las pocas armas que ha acompañado al hombre durante
toda su existencia: la razón como elemento indispensable al desarrollar una
teoría. Una teoría que vuelva al hombre un ser invencible.
“Un hombre con una teoría es alguien que tiene algo por gritar; pero un
espíritu con una teoría no es mucho más que un trozo de pan a medio masticar,
navegando la boca de su médium, resistiendo junto a esos dientes, listo para
que lo fagociten, deshagan, escupan.”
Son muchos los personajes que
transitan por las páginas del libro de Oloixarac. Una estudiante de filosofía
obsesionada con un profesor de filosofía de su facultad. Militantes de
izquierda de los años 70. Un blogger asqueado del contexto que rodea su
existencia. Un hacker. Un investigador extraviado en el África. Personajes
disímiles unidos por un perfil común
como se describe en algún momento:
“Encaja
perfecto en el perfil. Es inteligente, pero fracasado socialmente; alienado de
sus padres, tiene pocos amigos. Típico caso de reclutamiento soviético.”o
cuando se menciona“Para Kamtchosky era
como encontrarse en medio de un tablero de ajedrez y advertir que no se es
ninguna de las piezas.”
Para sobrevivir en un mundo que
los desprecia y que los hace sentir como entes extraños e inútiles (“Los dos se miraban de lejos, pero pensaban
de sí mismo que eran demasiado horrendos incluso para resultar deseables a otra
persona horrenda para ellos.”), es vital pasar de víctimas a victimarios (“(…) su mente contaminada de las obsesiones
propias de una autoestima irremontable había comprendido que el régimen de
acceso a la empatía contemporánea se encuentra vinculado al uso inteligente,
glamoroso, de la crueldad.”). Ello los lleva a unirse en algún momento a
varios de ellos y crear nexos para generar una fuerza avasalladora capaz de
combatir todo aquello que los atormenta.
Sí, la Historia ha demostrado que
el hombre ha progresado en su proceso de civilización y entendimiento de los fenómenos que lo
rodean. Pero si bien su bestialidad dejó de ser tan explícita, ésta pasó a
manifestarse de maneras más sofisticadas. (“Que
el número de integrantes de todas las formaciones fueran potencias de dos
excitó sin duda el apetito formal de Johan Van Vilet, que vio en los sintagmas
macedonios un hito de la técnica transformatorias de los hombres en bestias,
perfeccionado más tarde por el tipo de pacto multitudinario del Estado en la
república (donde el pacto de conquista es el secreto del soberano).”). El
hombre pasando a tomar el lugar de aquello que lo asusta y lo hace sentir
inferior. La obtención de poder. Poder para sobrevivir y gobernar sobre los
otros.
Poder que se manifiesta en las
aristocracias que se forman en algunas artes sin importar al final de qué lado
esté uno, mientras tenga la capacidad de ejercerlo (“(…) en este país la única diferencia entre la izquierda y la derecha
es para qué lado se pone la pija en el pantalón, nada más.”). El más claro
ejemplo: la literatura.(“Construir
aristocracias es una tecnología para tolerar la cercanía de los demás; es otra
forma de atender las necesidades de un yo necesitado de contacto, pero con
certificado de aceptación y protocolos de conducta para despreciar al resto la
mano.”). Es de destacar la forma
como Pola, describe los ambientes tanto físicos como humanos que rodean a las
colleras que se forman en las facultades académicas, y cómo dentro de ellas,
donde se supone que la razón se ha impuesto frente a cualquier prejuicio banal
y superficial, siguen sobreviviendo taras ancestrales como la envidia, la pose
y la hipocresía.
“Se trata de una recepción de una embajada latinoamericana, en homenaje
a un literato yucatense de visita en la ciudad; la promesa de bebestibles
repartidos gratuitamente en un clima de decoro había atraído a la crema de la
intellgentsia local.”
“La exigencia de la unidad mental del yo puede trocarse súbitamente en
la sensación de estar rodeado de enemigos.”
Punto aparte merecen un aspecto
del ser humano que ha manifestado cambio exteriores de forma en los últimos años, mas no de fondo:
el sexo. El ámbito sexual sigue siendo uno donde se manifiesta nuestro lado más
sensible y primitivo la mayoría de veces;donde el hombre por más racionalidad
que haya alcanzado, sigue teniendo las mismas armas para hacerlo, y es igual a
los demás en cierto modo. Además, brinda inferencias de otros aspectos del
comportamiento humano (“El espíritu de
intercambio de la promiscuidad propone una nueva versión del mito fundacional
de la democracia: hacer el ejercicio de suponernos iguales debe, por definición,
trascender las barreras de la actividad privada, las meras contingencias
íntimas. Sólo ahora, despolitizada de zanahorias tecnológicas, completamente
fría y pura, la revolución sexual retoma el sentido verdadero de las
revolutiones de Copérnico – el instinto
conservador de la vanidad como triunfo estético y moral de la democracia.”)
La presencia de adolescentes,
gordos y jóvenes con síndrome de Down funcionan como la contraparte de los que
anhelan la mayoría de estos “cazadores” del libro. La contraparte
supuestamente débil. Los denominados losers. Aquellos que el mundo rechaza,
pero que en el fondo necesita. Las situaciones que viven están lleno de
jocosidad, sí, pero también sirven de plataforma para que Pola lance los dardos
necesarios para apuntalar una idea.
“En general, los modelos exitosos que caracterizan al adolescente medio
presentan un patrón superficialmente benéfico; correlativa y simultáneamente,
su terreno empírico se manifiesta pantanoso, desmoralizador y vulgar.”
“Les encantaba que fuera el único lugar que daba trabajo a las personas
mayores, a las viejas que no tenían nada que hacer con sus vidas; McDonald´s,
incluso con el payaso ridículo y pederasta de Ronald, era el único lugar
verdaderamente democrático que conocían”.
“El relato de la víctima convertido en fábula, el clima siniestro que
rodea las nociones de jerarquía y autoridad –nociones que resulta tan evidente
rechazar- encierra una fresca operación: ser víctimas nos releva de todo juicio
moral o ético sobre nuestros propios actos.”
Las teorías salvajes es un libro ambicioso en su concepción. Trata
de abarcar una larga serie de temas, y es por ello que por momentos se siente
que la autora pierde el control de sus historias. Pero para alivio de los
lectores esto sucede sólo en contadas ocasiones y no ensucian el correcto desarrollo
de todo el libro. No, no es un libro fácil de leer. Pero en el desafío está el
gusto. Hay mucho que se puede rescatar de su lectura. No es un libro que carezca
de algo que decir cómo podría aducir un lector principiante como pretexto de su no comprensión del libro.
Más bien, tiene mucho
que expresar y es ello la razón por la que el lector se siente como un
investigador profesional hurgando en la crueldad de la sociedad en la que nos
ha tocado vivir. No sé si llegue a entender algún día el libro en toda su
dimensión. Pero no importa. Seguiré intentando mientras descubro si hay más mensajes debajo de la superficie.
“Avenidas de fuego; en las puertas exteriores, asfixia. Pintaría los
trazos de lava bajando por la tierra negra, lava venida del cielo que oculta
bajo la misma mancha de miedo a los lobos y las doncellas, una explosión de
sangre liberada –alaridos y nubes destrozarían los rastros, el eco de pólvora
loca y visiones mudas, y el ritmo que sacude el mundo me tragaría viva.”
+ Sobre la autora:
Nació en Buenos Aires, en 1977. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y es la autora de la novela Las teorías salvajes, traducida a seis idiomas. En 2010 fue elegida entre los mejores narradores en español por la revista Granta y recibió la beca de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Escribió el libreto de la ópera Hércules en el Mato Grosso, representada en el Centro de Experimentación del Teatro Colón en 2014 y en Nueva York en 2015. Ha recibido becas del International Writers Program en Iowa, Banff, Yaddo, Amsterdam Writer in Residence y Dora Maar, entre otras. Colabora con artículos para The New York Times, entre otros, y edita la revista bilingüe digital Buenos Aires Review.
Solo se pueden olvidar a los vivos que uno quiso, a los muertos jamás.
Jack Martínez
En los últimos meses ha habido una sana
coincidencia en cuanto a la temática de los libros publicados por escritores
peruanos. Ésta ha girado alrededor de la relación (tormentosa en la mayoría de
casos) entre “padre e hijo”. Pero hay un
libro que si bien aborda el tema, lo hace desde el enfoque de la orfandad. De
la ausencia de esa figura paterna y cómo ésta determina la conducta a lo largo
de la vida de uno. Ese libro es “Bajo la sombra”, la primera novela de Jack
Martínez, quien en noventa páginas es capaz de esbozar una historia atrapante y
contundente en su propósito de enganchar al lector y dejarle un mensaje que le
rondará la mente varios días después de terminar su lectura.
Joaquín, el protagonista, es un
pintor de ataúdes. El último encargado de honrar a los muertos a través de la
pintura. Pequeñas piezas de arte que convivirán bajo tierra con los muertos. Un
empleo peculiar que lo enfrenta día a día con el sufrimiento de sus clientes. Y sus problemas también. Porque
a través de ellos es posible inferir algunas hipótesis sobre cómo fue la vida
de aquellos a los que pinta. Lamentablemente, el único muerto al que le hubiese
gustado conocer es su padre. Un padre que nunca estuvo presente para él cuando
requirió su ayuda.
La orfandad del padre fue siempre
física. Pero hubo una que fue emocional,
y por ello, más trágica aún: la de su madre. Una mujer que nunca llegó a
tomarle cariño del todo. Que luego de la pérdida de su marido, se abandonó a
una macabra veneración de su figura. Una adoración y obsesión que hizo que el
hijo tomara el lugar de un estorbo. Como algo que está ahí, sobrando y
fastidiando. Condenado a convivir con la figura de aquel hombre, que ausente,
se volvía más perfecto en la imaginación de aquella mujer.Le pedí que se quede allá, a vivir en ese mundo que tal vez mi padre
logró crear para ella, pero no para mí, se menciona. Esa falta de afecto
inicial mueve a Joaquín a buscarlo, y es de ello que trata la mayor parte del
texto.
“He sido un insecto y tal vez lo siga siendo”. Digo esto porque en mis
primeros recuerdos mi madre ya me trataba como a un ser inferior y
despreciable. Yo hablaba, preguntaba, trataba de entender por qué tanto odio,
pero ella nunca contestó.
En esa búsqueda, van apareciendo
varias figuras que intentan cubrir los déficits sentimentales de aquellas
figuras paternas. Figuras como Carola, Rocío, e incluso Waldo, un criminal. Una
búsqueda que lo lleva incluso a descender a actividades delictivas, tratando de
encontrar formas de sobrevivir y salir bien librado de aquellos primeros años signados
por la tragedia de vivir en un hogar resquebrajado. Y es ahí donde la presencia
de Sebastián es determinante.
Si alguna vez tuve un referente, ese fue Sebastián. Antes de conocer
sus debilidades y sus mentiras, quería parecerme a él.
La aparición de Sebastián irrumpe
en Joaquín como una luz que se inmiscuye en esa sombra en la que está
transcurriendo su vida. Hasta ese momento, había caído en el vandalismo y
complicidad, renegando de cualquier otra motivación ya que lo importante en
primer lugar, era seguir respirando el aire de este mundo un día más. Pero la presencia de Sebastián, un pintor marginal
de la ciudad lo desestabiliza. Es alguien que sin conocerlo, lo señala como su
elegido para legarle una herencia. Una herencia que va más allá de la simple
ayuda económica. Una herencia que le muestra un aspecto de la vida a la que
Joaquín no le había prestado atención: el arte. El poder desahogar toda su
frustración a través de la pintura. Donde es capaz de expresar todo aquello que
le carcome el alma y trasmitir algo de forma más valiosa, para él y para otros.
No asumiéndolo como un camino seguro al éxito, sino como una necesidad vital.
Sebastián fue su padre
mientras estuvo presente. Un padre
cuando Joaquín más lo necesitaba. Y es en esos pasajes donde la novela alcanza
sus mejores momentos.
Hay otros aspectos que pueden
rescatarse de la lectura de este libro como la crítica certera contra aquellos
que asumen el arte (en general) como un medio para lucrar con el sufrimiento
del otro. También está el cómo la escritura se puede asumir como un oficio
donde se puede intentar salir de una sensación asfixiante de fracaso (Tras ese fracaso, lo único que pude hacer al
leer, el cuaderno de notas fue escribir estas páginas, contando mi vida, la
real, la que duele). Y claro, cómo no mencionar los diarios del padre. Una
clara alusión a cómo las palabras pueden acercarnos a alguien, a pesar que tal
vez nunca lo conozcamos físicamente. Cómo la literatura tiene esa extraña magia
de hacernos sentir que alguien nos comprende y nos muestra algo de nosotros a
la que de otra forma no podríamos acceder.No
quería abrirlo porque deseaba mantener esa esperanza con vida: la ilusión de
encontrar algún pedazo de mi padre a través de sus propias líneas. La idea de
conocer una parte de él que, de algún modo, me hablase.
Buen debut de Jack Martínez en la
narrativa peruana. La semilla de muchos libros que ya
llegarán.
Jack Martínez Arias: (Lima, Perú - 1983) estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde el año 2004 se desempeñó como periodista cultural, publicando columnas, artículos y entrevistas en diversos diarios peruanos. Es miembro del comité editorial de El Hablador
Fuguet escribe un texto que va
más allá de la figura de Cuarón, el cine mexicano o el cine en general. Es una
toma de postura sobre como concebir el arte como medio de expresión. Un
vehículo a través del cual uno puede llegar a desahogar toda la carga de
emociones que uno posee. Pero también como uno a través del cual uno quiere
lograr trascender. No ser ignorado y pasar desapercibido. ¿De qué le sirve a
uno apostar por una obra que no le va a importar a nadie? Si no se logra un impacto en la mente de alguien más, simplemente no se ha logrado nada que valga la pena. Y para que
esto última suceda debe haber talento y esfuerzo detrás. Para Fuguet estos dos
elementos (éxito y talento) no son excluyentes. Se debe agotar todos los
esfuerzos por combinar la respetabilidad artística con el éxito comercial. Si
conocemos a los grandes autores canónicos es porque de alguna u otra forma su
obra trascendió y llegó a nuestras manos.
No menos importante es su
comentario sobre la ya agotadora postura de un “compromiso moral” mal entendido
en el arte latinoamericano, por el cual se cree que todo debe llevar a una
defensa de temas sociales de manera macro, minimizando los temas vinculados a
esferas personales. Obras del primer tipo son de una calidad dudosa por los
falsos elementos con los que se construyen. En cambio una apuesta sobre los
temas con los que uno realmente se siente cómodo termina siendo mucho más
efectiva, dado que permite un número de lecturas importantes hallando muchos
más elementos enriquecedores para un público cada vez más heterogéneo y numeroso,
logrando perdurar en el tiempo
Una al año, cada otoño, por el resto de tu vida
¿Cómo identificar a un autor que
nos marcó? A alguien al que somos capaz de perdonar cualquier desliz mientras
tengamos la convicción que sólo es un traspié, que todavía le queda algo
importante que decir. La figura mítica de Woody Allen, un ídolo de Fuguet le
permite a éste, hacer un análisis desde la perspectiva de alguien que sabe que
esa figura es alguien que puede hallarse a un universo de distancia física
tal vez, pero cuya obra es más cercana a uno que cualquier compañía que pueda
establecer con algún ser (familiar o amigo) cercano. Alguien con el que se está eternamente
agradecido. Con el que se es capaz de establecer una relación de cercanía. Un
territorio de comodidad único. Donde volver a su obra es regresar a un periodo
de la existencia de uno. Marcas imborrables que perdurarán hasta el último
segundo de agonía. Y esos, son los autores, de cine o literarios, a los que uno
nunca debe negar.
Lecciones de vida
¿Es la fama artística mala? No.
Ese es el tipo de fama que lo hace inmortal. Que batalla contra los límites físicos y permite vencer fronteras infranqueables para nuestro cuerpo. Obras
que producen adeptos y no dejarán que el olvido devore el nombre de sus
autores. Autores que lo marcan a uno. Que forman parte de nuestra experiencia
vital. Que no son sólo nombres en la tapa de un libro. Son gente a la que
dotamos de un aura de divinidad muy particular. Cada uno de ellos representa
una imagen a la que le debemos adoración, sí, pero más que nada gratitud. Que
nos enseñan más sobre nosotros mismos que mil años de terapia. Que permiten
confiar en nuestros instintos al momento de emprender un proyecto similar. Autores que nos han dado, las mejores
lecciones de vida.
La infancia es radiación pura que se niega a desaparecer
Rodrigo Fresán
Quisiera
comenzar por afirmar algo. Soy un convencido de que los buenos libros no deben
estar restringidos a ser percibidos como exclusivos de cierta edad. No debe
prohibirse a lectores adultos y jóvenes como nosotros, aquellas historias que en apariencia, por
estar dirigidas a niños, no deberíamos leer. Eso es ridículo. La primaria es un libro que golpea. Golpea con cada
escena. Frases con la intensidad de un logrado poema. Imágenes brutales que
potencian historias en las que podemos reconocer a los niños que fuimos. A María
José Caro, le bastan seis cuentos para abordar de buena forma el tema de la
infancia. Al leer estos relatos recordé la emotividad que rodea la primera
época de nuestras vidas. Y la frustración de no tener en aquellos años los
recursos para plasmar nuestros sentimientos. Este libro, es un intento de hacerlo.
Y el resultado es emocionante.
A mitad de la noche
Al leer este relato sentí como si
se me hubiese dado un microscopio. Un microscopio con el cual podía observar
con gran detalle a los tres integrantes de una familia herida por la ausencia
de una figura paterna. A Macarena, una niña de seis años que, como todos los
niños, quiere ser alguien más. Dejar atrás las limitaciones de su corta edad y
ser como su hermano. A Sergio, quien guarda dentro de sí el desencadenante de
una tormenta. Y a la madre de los dos, agobiada por el camino que ha tomado su
vida (Se sentía culpable y , la mayor
parte del tiempo, no encontraba la forma de manejarlo. Lloraba y otras veces no
gritaba sin razón. Su angustia era tan grande que se le pelaban las manos, se
abrían llagas que permitían ver otras capas de piel, como buscando llegar al
centro de dolor). Una familia unida por el miedo de que el terremoto llegue
y destruya las ilusiones de cada uno. (Nuestra
ilusión se rompió como se quiebra un collar de perlas).Donde los problemas
cubren sus cabezas cual nubes oscuras cargadas de sufrimiento. Niños pequeños
viviendo a la sombra de alguien más. Padres que agradecen el silencio, viéndolo
como un signo de paz y sosiego en medio de una guerra que comienza y acaba
todos los días. Todos unidos por un solo objetivo: sobrevivir un día más.
Charcos
No tenía amigas en el colegio. Las niñas me observaban desde lejos y
cuchicheaban acerca de mí como si conocieran hasta mi ADN. Me sentía una
hormiga examinada a través de una lupa, de la cual crees saber todo, pero, por
verla desde lejos, no tienes más que una imagen agrandada y difusa. Cito el
comienzo de este cuento porque percibo que desde un inicio dispara uno de los
principales temas del mismo: el desamparo. Uno de los mayores castigos que se
le puede dar un niño es el condenarlo a la soledad. Pero no una soledad
cualquiera. Una soledad donde uno se siente como un bicho del que todos se
burlan. Como un Gregorio Samsa luego de despertar convertido en un asqueroso
insecto. En esta historia, la protagonista
sólo ruega por un poco de afecto. Salir del destierro emocional al que
ha sido condenada, a cualquier precio, incluso si eso implica combatir con la
naturaleza. Pero la desgracia se ensaña con ella. Y el lector sólo puede
compadecerse, impotente de no poder hacer nada a pesar que nos repitamos que
sólo es ficción.
Zarcos
La presencia de una mujer ajena a
la estructura familiar que uno ha asimilado durante los últimos tiempos, es la principal
causa del derrumbe del mundo de la protagonista, Macarena. Ella había estado
acostumbrada a tener los cumpleaños de la mayoría de niños con padres divorciados. A tener un padre que compensa
materialmente su culpa afectiva. Hasta que un día algo empieza a perturbar el
status quo: la irrupción de Rocío, la nueva pareja de él. Una presencia que
como las aceitunas en la comida, empieza a contaminarlo todo. A extenderse como
un virus malicioso. A corroer las bases sobre las que se había erigido un
castillo de tranquilidad, para causar lágrimas. Lágrimas calientes, estrellándose contra el interior de mis ojos, como
cuando los cohetes reingresan a nuestro planeta casi incinerándose, menciona
Macarena en un momento. Y es una imagen tan brutal como esa, la que demuestra
la aflicción encerrada en esta breve narración.
Rebote
En este relato, Macarena cede
parte del protagonismo a Pierina su amiga, obsesionada con el hermano de la
primera. A Macarena, obviamente le parece algo extraño porque no percibe en él
ahora cualidad alguna. Pero está dispuesta a ayudarla por una simple razón:
ahora es parte de un grupo. Un grupo donde no es protagonista ni parte vital,
pero del que es miembro al fin y al cabo. Es así que deciden planear un
acercamiento. Lanzarse a perseguir la obsesión infantil y los inicios de las
ilusiones amorosas. Y como todo lanzamiento, hay la probabilidad de tener éxito
como también de caer en un pozo de fracaso. Un fracaso que marca y destruye.
Una destrucción breve, pero que mientras dura, parece eterna. Y no hay quien no
se reconozca en esa sensación.
Pasajeros
El primer acercamiento de
Macarena con la muerte. De ello va este cuento. Sobre como la muerte es capaz
de separarnos de alguien, pero puede hacer cobrar vida, fugazmente, a los
vínculos que nos unen con los que todavía están vivos. Tal vez sea la ausencia
de alguien la que magnifica la necesidad de acercarse a aquellos con los que
formamos alguna vez lazos que creíamos irrompibles. Nos recuerda que no podemos
sobrevivir solos. Existe el peligro de ahogarnos en un océano de desesperación,
a menos que haya un brazo extendido al que nos podamos aferrar. Para apreciar
la vida, es necesario convivir con la muerte. Como dice la protagonista: La vida y al muerte son viajes de un
pasajero, pero cuando estás vivo el vidrio es imperceptible; a menos que seas
un piloto de caza y siempre tengas uno delante.
Fiesta
Los cumpleaños son la celebración
de un año más de vida. O de uno menos. Depende de cómo se vea. Conforme estos
se van acumulando, se van quemando etapas de crecimiento. En este último
cuento, Macarena está a puertas de dejar una parte de su vida y entrar a otra.
Y es en ese limbo donde se siente vulnerable. Quiere desvanecerse y desaparecer
por momentos. Sólo parece entenderse con aquellos que también tienen miedo de
seguir creciendo. Que se refugian en la oscuridad de las sombras. Eso:
refugiarse.
Así como nosotros buscamos
refugio en buenos libros como éste.
+Sobre la autora:
(Lima, 1985) Zurda. Coleccionista de libros. Master en comunicología por la Universidad Complutense de Madrid. Autora de "La primaria" (Alfaguara Juvenil, 2012). También he participado en la antología Palo y Astilla: padres e hijos en el cuento peruano (Alfaguara 2009) y he sido colaboradora y miembro del comité editorial de la revista literaria "Un vicio absurdo"
Los lectores siempre estamos tomando riesgos. Cogemos y
leemos libros como quien está a punto de empezar una carrera. Empezamos a leer
esperando que suene ese disparo que nos indique que la obra merece que nos
sumerjamos en ella sin más espera. Algunas veces tarda tanto que llegamos
molestos. Otras veces ni siquiera llega y abandonamos el libro como quien
siente que ha sido estafado. Pocas son las veces que el disparo llega rápido y
empezamos la carrera con gusto. “Insensatez” es uno de esos casos.
Yo no estoy completo de la mente. Con esta frase sencilla en
apariencia pero con un mensaje poderoso, comienza la novela de Castellanos
Moya. Desde ahí ya se nos va anunciando (lo que se comprobará a lo largo de la
trama) la sensación de vacío y ausencia que rodea a los principales personajes.
Más allá de posibles acercamientos a
diversos temas como la violencia o la impunidad, lo que termina imperando en
esta obra es ese fracaso que va rodeando al protagonista que se siente
incompleto y desamparado. Extranjero en cualquier circunstancia. Algo tan
universal, que rompe con cualquier intento de minimizar el sentido de esta
novela a una motivación extraliteraria
(como el de insertarse en una problemática social tanto sólo para ganar
lectores).
El narrador de esta novela es un
hombre paranoico y perturbado, un ateo vicioso al que irónicamente la Iglesia
Católica le ha encargado la revisión y documentación de los testimonios de las
víctimas de la más cruda violencia en un tercermundista país centroamericano.
Sin saber la envergadura del trabajo que ha aceptado, este comienza con sus
labores interesándose en un primer momento por detalles como la construcción
sintáctica de las frases (disparando contra aquellos que no son capaces de sensibilizarse por la magnitud de tragedia y sólo la usan como plataforma para fines egoístas) y la poesía que parece encontrarse contenida en ellas,
mientras empieza a buscar distracciones que no lo derriben emocionalmente, como
el calor de una mujer o el placer del alcohol en los bares que rodean su centro
de trabajo. Unas peleas con los
funcionarios locales complementan una primera parte donde ya empieza a
germinarse lo que será el núcleo de esta novela: la entrada a una pesadilla de
la que parece que nunca despertará .
Esta pesadilla a la que me
refiero no es más que la locura que empieza a desestabilizar al protagonista.
Desestabilización que se deriva de la imposibilidad de comprender en su
totalidad el horror mencionado en los testimonios de los indígenas que estudia
el protagonista. Durante el relato, Castellanos Moya se da maña para hacernos
comprender en todo momento, que por más que se aproxime, cualquier sufrimiento
que padezca el protagonista será mínimo ante la gravedad del que se encuentra
en las manifestaciones de las víctimas que estudia. Somos testigos del fracaso del narrador al
momento de continuar de forma constante la tarea que se la ha encargado (las
constantes pausas no son gratuitas), su fracaso al momento de establecer una
relación tanto sentimental como sexual (con una magnífica escena en la que la
atmósfera de tristeza descrita suena tan verosímil que hay el peligro de que el
lector también sea víctima de esta), el fracaso al enfrentar a los enemigos que
cree que están a su acecho, entre
otros que se van develando. Y ello conjugado con el impacto
que va teniendo su trabajo en el espíritu del protagonista. Es capaz de
imaginar las escenas terroríficas, ya sea como víctima o victimario y captar
ciertas sensaciones , pero no por completo. Siempre hay algo que lo aleja de la
comprensión total.
Su condición de foráneo, como ya
mencioné, persistirá como manifestación de la imposibilidad de encontrar un
vínculo duradero con algo. Esa constante expulsión de todos los lugares en los
que se encuentra, ya sea de forma voluntaria o no, expresa su imposibilidad de
estabilizarse emocional o físicamente, siendo la peor la emocional. Porque como
se menciona en cierto momento, el
infierno es la mente y no la carne. Ello lo lleva a comprender que su
infierno termina siendo personal. Que sus angustias emanan temores
individuales. Y que el dolor es una facultad del hombre que no puede ser
compartida por otro en su integridad. Nadie es capaz de asumir el sufrimiento
de otro. Y es cuando se llega a ese punto que la más terrible de las soledades
comienza a arrasar con uno.
Entre líneas, Castellanos Moya se
da tiempo para lanzar sus dardos a ese tipo de libros que intentan representar
“fielmente” lo que fue el horror causado por la guerra. A través de un
protagonista que revisa documentos, parece indicarse que los demonios que
rodean a un novelista que se inmiscuye en estos tipos de temática siempre serán
los propios. Las palabras tienen un gran poder, pero parecen sucumbir ante el
intento de representar de forma universal las consecuencias de una guerra. Es
mejor enfocarse en ciertos aspectos para comprender la génesis del problema.
En “Insensatez”, a pesar de que el conflicto armado ya tuvo un final para la Historia, el horror
no se ha acabado. Persiste y evoluciona en formas más sofisticadas y
psicológicas, lo cual termina siendo más peligroso. Un horror que ataca a la mente antes que al
cuerpo. Y es ese el que causa más daño porque persiste en las
sociedades y se repite cada cierto tiempo.
Este libro ha sido una grata sorpresa entre mis últimas
lecturas. Ojalá usted decida arriesgarse con esta obra también,
+Sobre el autor:
Horacio Castellanos Moya nació en Tegucigalpa, Honduras, en 1957. Criado en El Salvador, ha vivido en Ciudad de México y otras ciudades hispanoamericanas. De 2004 a 2006 residió en Frankfurt, como escritor invitado por la Feria Internacional del Libro. También ha sido escritor invitado en la Universidad de Tokio y actualmente imparte clases en la Universidad de Iowa. Es autor de diez novelas, traducidas a diversos idiomas, y la versión en lengua inglesa de Insensatez mereció el XXVIII Northern California Book Award 2009. En El sueño del retorno, Castellanos Moya retoma ciertos personajes y episodios aparecidos en algunas de sus novelas anteriores, tejiendo así su particular universo literario, en el que refleja de manera magistral la complejidad del ser humano ante el poder y la violencia, describiendo como pocos el humor, la obsesión y la angustia.
"Un mundo sin
aflicción, pensé, estaría tan incompleto y sería tan poco armonioso, tan feo,
como una escultura o un árbol que no tuviera sombra”
Tomás
González
Es común escuchar la frase Los hijos deben
enterrar a sus padres, no los padres a sus hijos, y echando un vistazo a la
literatura sobre relaciones paternales, la mayor parte de su enfoque y perspectiva, parte de estos últimos en su abrumadora mayoría. Los padres por lo
general fungen como la primera figura autoritaria y la mantienen en mayor o menor medida, a lo largo de toda ella. Muchos han
escrito sobre los traumas que esto ha significado tratando de lidiar con dichos demonios en sus libros. Otras veces, sobre cómo estos han sido vitales alentando la carrera literaria de sus hijos o
simplemente los ayudaron en momentos vitales. Su pérdida también es fuente de
muy logradas novelas marcando el inicio de una nueva etapa para los autores, por lo general en su etapa de madurez.
Pero es raro encontrar padres escribiendo sobre la pérdida de un hijo. ¿Cómo
plasmar tamaño dolor a través de palabras?¿Cómo transmitir un proceso tan
tormentoso y traumático?¿Cómo plasmar a través de la escritura una muerte de
semejante magnitud? ¿Es posible hacer una novela sobre un padecimiento tan
particular sin caer en extremos que puedan sonar inverosímiles?.
Tomás Gonzáles asume el reto y el producto es una corta novela de extraña belleza. Nos
sumerge en un estado de melancolía y solidaridad con el protagonista, a tal
grado que por momentos uno parece comprender las emociones por la que éste está
pasando.
David, un pintor de edad ya muy avanzada, decide pasar los últimos años de su
existencia en un pueblito colombiano, condicionado por un retiro “obligado”. Sus días se ven absorbidos en acciones rutinarias, ayudado por una mujer del
pueblo. Es así que se pone a escribir sobre un hecho que marcaría un antes y un después innegable en su vida: La decisión de morir de
su hijo Jacobo. Un accidente de tránsito lo dejó parapléjico a éste último,
sumiendo sus días en una constante agonía, pues el dolor
físico era tan grande que por momentos la muerte era una condena más apetecible que el padecimiento al que su físico deplorable lo había sometido.
Por más tratamientos con los que se intentó aliviar dichas dosis de dolor,
nada tuvo una efectividad destacable. Por ello, la voluntad de morir en
una ciudad de Estados Unidos viajando con su hermano. Y David, nos cuenta cómo
fue esa espera, ¿Se arrepentiría a último momento? ¿Qué pasaría por su mente en
sus últimas horas de vida? ¿Su hermano lo convencería de no hacerlo?¿Cómo lo
está tomando su madre?¿ Cómo comportarse cuando tu hijo ha decidido morir y uno
no puede más que esperar?
La ciudad de New
York sirve de atmósfera para la narración de la historia de David y su familia.
Durante las cercas de 24 horas que dura la espera de la llamada que les diga si
Jacobo murió o se arrepintió a último momento, se nos va contando parte de la
historia de David, aquella que es importante.Sus anhelos como inmigrante en los
Estados Unidos; su vida con Sara, el único amor que puede validar en su
biografía; sus amigos; su pasión por retratar aquellas imágenes en las que se
funden bellas formas que la realidad le otorga y su imaginación.
Flashbacks de distintas épocas
alternándose con su presente en el país latinoamericano y las horas de tensa
espera en la ciudad que nunca descansa. Todo encadenado de tal forma que uno no
se pierde entre tantas escenas, sino que va siendo testigo como la suma de
todos ellos sirve para el propósito de González. Pequeños puntos que
separados no nos dicen nada, pero que en conjunto tiene el valor de una pintura de notable
belleza.
No se vaya a
pensar que este libro sirve de plataforma para que González ensaye una posición sobre la
eutanasia. El autor tiene el suficiente tino como para darle al lector el suficiente espacio para su8 propia reflexión. Lo que prima en las pocos más de 130 páginas
de este libro, es un retrato, lo más verosímil posible,
sobre la pérdida de un ser, la extinción de una vida. La ausencia de alguien que ha sido
determinante durante la existencia de uno y cómo se sobrevive a ello, si es que
se es capaz de hacerlo. ¿Alguien debe ocupar su lugar? ¿Qué actitudes debe
asumir uno?¿Qué canales se usan para desahogar la tormenta que se forma y dejar
ir esa sensación de desesperación en la que uno parece ahogarse por ratos?
¿Cómo plantarle cara a la muerte?
Cómo ya he dicho
en anteriores posts, hay infinidad de temas sobre los cuales escribir. Hay
muchos mundos que no se han explorado aún. Tomás González lo ha hecho sobre el
mundo de la aflicción demostrando que la violencia colombiana no es el único
tema sobre al cual los autores de dicho país pueden avocarse ( y del que muchos autores locales pueden aprender algo)
Se consigue en Librería Communitas. Vale la pena el monto y
el tiempo invertido.
+Frases y fragmentos:
“Nunca he sido capaz de
diferenciar demasiado entre el amor y deseo, así que puedo decir que nos
tuvimos mucho amor toda la vida.”
“Han pasado ya tantos años desde
entonces que incluso la pena en mi corazón se ha ido secando, como la humedad
en una fruta, y es poco frecuente que el recuerdo de lo ocurrido de repente me
agite otra vez, como si hubiera sucedido ayer, y me haga tragar fuerte, para
controlar cualquier sollozo. Pero aún ocurre, y la congoja amenaza entonces
como doblarme. Pero pasa también que a veces pienso en mi hijo, y los
sentimientos son tan cálidos que se me ocurre pensar que la vida es eterna,
quieta y eterna, y el dolor, una ilusión.”
“El infortunio es siempre como el
viento: natural, imprevisible, fácil.”
“Me gusta cómo lo que el hombre abandona se
deteriora y empieza a ser otra vez inhumano y bello.”
“Cruel es el lugar común de que
la esperanza es lo último que se pierde.”
“Cuando pienso en eso y siento la
ausencia de Sara y el frío de esta, la inevitable soledad de la vejez humana
debo recostarme un rato, apagar el alma unos minutos como soplando una vela y
dormir.”
“Que tu armazón, como en el caracol, se tan fuerte que pueda permitir la
ternura, decía un poeta, y eso le iba a todos ellos.”
“El tiempo es materia rara.
Teníamos por delante pocas horas, ya menos de once, que iban a estar más
cargadas de pena que todo lo que les hubiera podido ocurrir a mis cangrejos
herradura en sus millones de años de existencia. Y al mismo tiempo eran horas
muertas y vacías.”
“La aflicción no es inmóvil; es
fluida, inestable, y sus llamas, más azules que anaranjadas y rojas, y a veces
de un verde pálido espantoso, lo torturan a uno por un costado en el interior
del cuerpo, a veces por el otro costado, a veces por todo el interior y con
mucha fuerza, hasta que te ves gritando en silencio como en la pintura de Munch
en la que una persona da un alarido sobre un puente.”
“El tiempo es materia elástica
que depende de la alegría o la aflicción.”
“La gran soledad es como un
lienzo aparentemente vacío, engañosamente vacío.”
“En otras palabras, hay dos
maneras de estar en la ciudad: o manteniendo bien la compostura, o esquizoide
de remate y hablando solo o con fantasmas por puentes y avenidas.”
“Y ahora que vuelvo a hacerlo
después de tantos años me asombra otra vez los dúctiles que son las palabras;
lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo
transmutable, lo poco firme de las cosas. Son iguales al mundo: inestables como
casa en llamas, como zarza ardiendo.”
+Sobre el autor:
Tomás González nació en Medellín (Colombia) en 1950. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y trabajó como barman en la discoteca El Goce Pagano, que publicó su primera novela a ?nales de 1983. Ese mismo año partió hacia Estados Unidos. Vivió tres años en Miami y dieciséis en Nueva York, ciudad en la que trabajó como traductor y escribió gran parte de su obra. Volvió a Colombia en 2002, y actualmente vive en Cachipay, a dos horas de Bogotá. Es autor de las novelas Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987, ganadora del V Premio de Novela Plaza &Janés), La historia de Horacio (2000), Los caballitos del diablo (2003), Abraham entre bandidos (2010), La luz difícil (2011) y Temporal (2012); de los libros de cuentos El rey del Honka-Monka (1995) y El lejano amor de los extraños (2013), y de un poemario, Manglares (1997/2006). Libros suyos se han traducido al inglés, al alemán, al francés, al portugués, al holandés y al coreano.
+Primeras líneas de la novela:
"Esa noche pasé mucho tiempo despierto. A mi
lado, Sara tampoco dormía. Miraba yo sus hombros morenos,
su espalda aún esbelta a sus cincuenta y nueve
años, y encontraba consuelo en su belleza. A ratos nos
tomábamos de la mano. En el apartamento nadie dormía,
nadie hablaba; de vez en cuando alguno tosía o
iba a orinar y volvía a acostarse. Nuestros amigos Debrah
y James habían venido a acompañarnos y se habían
acomodado en un colchón en la sala. Venus, la novia
de Jacobo, se había acostado en el cuarto de él. Mis hijos
Jacobo y Pablo habían salido dos días antes en una
van de Rent-a-Car con rumbo a Chicago, desde donde
habían tomado un avión para Portland. En algún momento
me pareció oír el débil rumor de la guitarra de Arturo,
el tercero de mis hijos, en su cuarto. En la calle
sonaban los gritos nocturnos del Lower East Side, las botellas
quebradas de siempre. A las tres de la mañana, o
algo así, pasaron, cavernosas, dos o tres motocicletas de
los Hell’s Angels, que tenían su sede a dos cuadras de nuestro
apartamento. Dormí casi cuatro horas seguidas, sin
soñar, hasta que a las siete me despertó la punzada de
angustia en el vientre por la muerte de mi hijo Jacobo,
que habíamos programado para las siete de la noche,
hora de Portland, diez de la noche en Nueva York."
+Entrevista:
+Edición especial de Buensalvaje Colombia sobre este autor: