"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


sábado, 28 de julio de 2018

[Entrevista] Marcos Giralt Torrente: ““Cada vez hay más formas de concebir el matrimonio””


Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) debutó en 1995 con la colección de cuentos Entiéndame, a la que siguieron, entre otros libros, las novelas París (Premio Herralde de Novela) y Los seres felices. En 2010 publicó la novela autobiográfica Tiempo de vida, uno de los libros más influyentes de los últimos años, y en 2011 ganó el Premio Internacional de Narrativa Breve Rivera del Duero con los relatos reunidos en El final del amor. Pudimos conversar con él brevemente durante su paso por la Feria Internacional de Libro de Lima.

Foto: Anagrama Editorial
En “El final del amor” hay una frase que me gustó mucho: “La locura es llevar tantos tiempos juntos, habiéndonos destrozado la vida”. Dicho libro de cuentos apareció poco después de “Tiempo de vida”, hermanados por la presencia de la familia, ya sea disfuncional, en crisis o inmersa en la búsqueda de sobrevivir a la disolución del amor. ¿Cómo se relacionó la escritura de ambos libros? ¿Fue en paralelo?

-          “El final del amor” fue una desintoxicación, por decirlo de alguna manera, del “yoísmo” de “Tiempo de vida”. A pesar de que en toda mi narrativa siempre está  la figura de un narrador en primera persona, en este ultimo libro era la primera vez que ese “yo” coincidía conmigo. Así que después de la intensidad, del reto de la escritura, por lo novedoso de escribir desde esa primera persona real, necesitaba volver a la ficción, lo cual salió de una manera muy natural, muy rápida, lo que dice mucho del nivel de intoxicación que tenía antes (risas). Y sobre lo otro, sí, todas mis ficciones orbitan alrededor de la familia, de hecho ahora mi siguiente libro que saldrá por Anagrama, “Mudar de piel”, gira en torno a ese tema

 “Creo que mi padre no soportaba a mi madre, pero también que siguió enamorado de ella durante muchos años” es otra frase que sale en el libro de cuentos, lo que me lleva a consultarte sobre la institución del matrimonio como símbolo social y cómo ha variado en España durante los últimos años.

-No tengo cifras acerca de ello, pero lo que sí es un hecho es que cada vez hay más formas de concebir el matrimonio más allá del heterosexual y bendecido por la iglesia. Ahora mismo hay familias más plurales y amplias en todo el mundo, y en ese sentido me siento orgulloso que España haya sido pionera en el reconocimiento del matrimonio homosexual. Las variedades de las familias hoy son infinitas lo cual no quiere decir que antes no lo fueran también, sino que antes era  más soterrado y clandestino. Y eso es parte de la realidad sobre la que yo escribo, contra una visión estereotipada y maniquea que hace pensar que todos los matrimonios han de ser felices o desgraciados absolutos, sino que hay matices. Puedes estar muy enamorado de una persona y no soportar vivir a su lado, siendo ese tipo de paradojas son las que encienden mi necesidad de escribir o mi indagación sobre la realidad, que es al final como concibo la  literatura, como una investigación acerca de la realidad.

Han pasado ocho años de la publicación de “Tiempo de vida” ¿ Qué representa dicho libro en tu obra, ahora?

-          Soy un escritor lento, concienzudo. Me demoro mucho entre libro y libro, por lo que no me gustaría destacar uno por encima de otro ya que todos son como piezas únicas (risas). Pero “Tiempo de vida” es un libro que me ha dado muchas felicidades, pues ha sido uno de los más reconocidos, premiado en España e Italia, y el más vendido, lo cual tampoco hay que ocultarlo (risas). No lo he releído. Para mí fue un reto necesario el hacerlo, no tanto por una necesidad autoimpuesta de tipo terapéutico, sino convencido de que era una buena historia y así lo sigo creyendo.  Mi libro fue tomado con mucha generosidad por escritores que han tomado el testigo, reconociendo esta influencia, lo cual siempre agradezco..

¿Cómo ves la labor del crítico hoy en día, tú que la has ejercido por muchos años, en un panorama donde agobiados por la instantaneidad los libros aparecen y desaparecen de los estantes con una velocidad impresionante?

-           Desgraciadamente, antes que llegásemos a esta crisis donde  parece que no hay pausa ni tiempo para hacer nada duradero, viviendo por la dictadura de lo novedoso, multiplicado por las redes sociales y en el que se ve afectado los periódicos y hasta la literatura, pues en mi país, España, no había un espacio real para la crítica. Había crítica universitaria muy metida en su mundo y desconectada de la literatura que se venía escribiendo, y luego  estaba el reseñismo de los periódicos, pero no había ese lugar intermedio como sí hay en Estados Unidos, con esas grandes reseñas. que le permitían a uno entrar a fondo con un libro. De manera que veo este estado de las cosas  con mucha preocupación, pero siendo consciente que se remonta a más tiempo. Hemos perdido el tiempo de reflexión en la sociedad contemporánea y el futuro no augura cosas muy buenas. El pensamiento crítico es necesario y necesita apoyarse en la lectura y ciertos escenarios culturales que cada vez son más deficitarios,  donde prima lo espectacular o novedoso, de lo verdaderamente engarzado con una tradición y hecho con sentido.

Libro recomendado por el autor: “Apegos feroces” de Vivian Gornick

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

Reseña: “Días laborables” de Diego Otero



Literatura Random House, 2018. 140 pp. S/.49

Hay autores que ejercen una fuerte impronta en uno, un quiebre en la manera de concebir la literatura (y tal vez la vida) al punto de provocar la escritura de una obra que les rinda homenaje como el que, a mi parecer, ha hecho Diego Otero (Lima, 1973) a la figura de Jorge Varlotta, mejor conocido por todos sus lectores como Mario Levrero, en su primera incursión en la narrativa.

El desaparecido escritor uruguayo dejó libros que intentaron escapar de los moldes de su época, cómoda en la extrañeza que provocaba,  pero en la que es posible identificar algunas etapas, con sus luces y sombras,  percibidas de manera latente en la novela de Otero. El protagonista es un oficinista, subgerente de Recursos Humanos (o inhumanos, mejor dicho), que se acaba de mudar a un edificio con unos vecinos enigmáticos, se encuentra en el epígono de su relación amorosa a distancia y su rutina radica en no hacer más que lo suficiente para mantenerse en su puesto de trabajo. Pero la llegada de un dúo brasilero de dudosa procedencia  a la compañía, con el objetivo de poner en marcha una “reingeniería organizacional” empieza a resquebrajar su estado de ánimo al punto de poner a prueba, no solo sus aptitudes para la función que desempeña, sino su capacidad de acomodarse a las nuevas y adversas circunstancias que se le presentan y frente a las que debe decidir si actuar o no.

Levrero fue un fiel lector de la obra de Kafka y Carroll, presentes de marcada manera sobre todo en sus primeros libros, y cuyos elementos también se hallan en esta novela. Del checo, nos encontramos con ese sujeto al que parece venírsele el mundo encima de un momento a otro, como si todos quienes lo rodearan se hubiera puesto de acuerdo para hacerle la vida imposible, sobre todo en el cada vez más agobiante mundo de la oficina, conjugado con el legado del autor de “Alicia en el país de las maravillas” a través la ruptura de la monotonía de la realidad con la evocación de un disparatado mundo onírico y la transformación de la realidad en un juego,  ¿Te gusta jugar?”  (pág. 38) le pregunta Marconne, uno de los dos brasileros al protagonista, como amenaza velada y que funde de disparador de las acciones , sosteniendo la intriga durante las poco más de cien páginas y la cruzada del hasta ese momento, apático personaje. ¿Debe cambiar su forma de responder a la adversidad?¿Es posible resistir o postergar esa decisión “hasta algún punto extremo” (pág. 27)? ¿Hasta qué punto es posible seguir siendo un Bartleby, y negarse, soportando la anhedonia como se muestra en pasajes como el que sigue?

“A veces, especialmente durante los últimos años, todo se me hacía tedioso y desagradable, y me desesperaba; entonces venía la sospecha de que adentro de mí estaba incubándose  una criatura huidiza y rabiosa. Pero luego me olvidaba y me quedaba pegado en alguna cosa que encontraba en Internet. O me levantaba del asiento y permanecía quieto frente al paisaje de cubículos, cabezas bien peinadas y luces fluorescentes.” (pág. 17)

Es en esa confusión sobre qué es real y qué no, que la novela logra sus mejores escenas con alegorías humorísticas  a la competencia desmedida y el abuso consentido como se vislumbra en los pasajes del show de los monos, cuyo montaje de domesticación laboral se usa como ejemplo de lo que se puede lograr si se inserta en el inconsciente de los trabajadores aquellos mantras llamados “competitividad” y “productividad”. Sin llegar a lo didáctico,  Otero parodia el mundo oficinesco, apoyándose en otros personajes exagerados, pero bien esbozados, como la practicante hipersexualizada o el empleado despedido que encuentra su vocación en la penuria del despido.

Pero este homenaje, también refleja los elementos pulp de sus obras menos logradas como “La banda del ciempiés” y “Nick Carter”, al acumular otros personajes sin propósito alguno, que no aportan mucho a la novela, como los gángsters con los que el protagonista se ve obligado a hacer trato o los vecinos del cuarto piso del edificio donde vive, cuya irrupción no termina de ser lo simbólica que parecía buscar Otero, presentes tanto al inicio como al final del libro. Simbólico sí es el recuerdo cruel de infancia de desacato a la autoridad (pág. 114) o la búsqueda de la luz, el espíritu y la iluminación de la experiencia como materia artística como hizo Levrero en la llamada “Trilogía Luminosa”: “El mundo puede ser un lugar bastante desagradable y oscuro, pero siempre hay formas  de contribuir con la luz, aunque esa luz solo sea simbólica y de modesto voltaje. “ (pág. 21) además del uso de aves como reflejo de la presencia o ausencia de estos, por citar algunos elementos  bien logrados en esta primera apuesta narrativa de Otero, quien entrega aquí una propuesta válida, interesante y distinta en muchos aspectos de sus contemporáneos locales, dicho esto último como un elogio.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

sábado, 14 de julio de 2018

Reseña: “República luminosa” de Andrés Barba


Anagrama, 2017. 192 pp. S/. 69

Hace mucho tiempo que no leía en una novela un gesto de provocación como el que ha hecho Andrés Barba (Madrid, 1975) al cargar contra “El Principito”, una de las novelas más idealizadas en todo el planeta. En las páginas 39 y 40 se dice lo siguiente: “Lo había leído en mi infancia con cierto interés, pero al leérselo a mi hija me empezó a producir un rechazo que me costaba trabajo explicarme. Al principio pensé que me irritaba su cursilería, toda aquella instancia solitaria del niño y su mundo, el planeta, la bufandita cimbreada por el viento, el zorro, la rosa, hasta que de pronto entendí que se trataba de un libro perfectamente maligno. El Principito lega a un planeta en el que se encuentra con un zorro que le dice que no puede jugar porque aun no está <<domesticado>>. <<¿Qué significa domesticar?>>, pregunta el Principito, y, tras un par de evasivas, el zorro contesta que <<crear lazos>>. << ¿Crear lazos?>>, replica el Principito, más asombrado todavía y el zorro responde con una magnífica joya de mala fe: << Claro, todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Pero si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro.>> (…) Al igual que El Principito, también nosotros pensábamos que nuestro amor privado por nuestros hijos lo transfiguraba, que incluso con los ojos vendados habríamos podido identificar sus voces entre miles de voces infantiles. Lo confirmaba tal vez el hecho inverso: el de que aquellos otros niños que iban ocupando poco a poco nuestras calles eran versiones más o menos indistinguibles del mismo niño o la misma niña, niños <<parecidos a otros cien mil niños>>. A quienes no necesitábamos. Que no nos necesitaban. Y a los que, por supuesto, había que domesticar.”

Enfrentarse a los libros de autoayuda lo hacen prácticamente todos los escritores, lo mismo que a los políticos viles de turno. Pero hacerlo desde lo literario contra uno de los libros más citados cuando se pregunta por los “libros favoritos de toda la vida”, sí que provoca una sonrisa cómplice. Y por si no basta con ello, cuestiona políticamente de paso la idea de la “apropiación” y la valoración de solo lo que se piensa propio y que aquello que no se tiene, debe ser conquistado/ domesticado. Y Barba lo hace sin interrumpir la ficción, citando el episodio del zorro, pero que le sirve como recurso para caracterizar el sentimiento de rechazo de una sociedad por aquellos con menos posibilidades de sobrevivir como sucede en San Cristóbal, erigida en medio de una selva que iguala la pobreza, la unifica y la borra. Si no se es capaz de controlar algo, debe procederse a su eliminación.

Lo sórdido está a un pequeño paso de lo pintoresco, se dice en la novela, lo cual es cierto si nos remitimos a una trama en la que un grupo de niños de origen desconocido irrumpe de a pocos en una pequeña ciudad olvidada y empieza a robar y realizar otro tipo de delitos, y nadie parece saber dónde se esconden, aumentando la incomodidad y desesperación. Caricaturesco si se resume así, pero el ambiente de la novela se va impregnando de una oscura pátina de terror mientras vamos conociendo los hechos relatados por la crónica de este foráneo en una crónica escrita con resignación y culpa, décadas después. La novela comienza con este narrador diciendo que 32 niños perdieron la vida, transformando la curiosidad por conocer las consecuencias trágicas, en una por esclarecer los motivos que llevaron a tal fatídico desenlace.

Los niños pueden ser los seres más crueles, es una frase común, pero de tantas veces que se menciona, pierde fuerza y su terrible significado se diluye. Durante la infancia, la ley y el orden no existen o son solo mitos, construcciones de la “domesticación” por parte de los adultos. Es la edad en la que ser salvaje está permitido y con ello, la crueldad encuentra una tierra fértil donde germinar. Y parece absurdo el tan solo hecho pensar que unas criaturas de tan corta edad puedan pensar con maldad, pero “el hecho de que ciertas cosas sean demasiado absurdas no impide que suceda. (pág. 80). De ahí la incomodidad de los ciudadanos de San Cristóbal por tan solo imaginarlo, y de que estas ideas puedan aplicarse a sus propios hijos. De que el mal del otro, el rechazado pueda ser el propio también.

Barba narra con oficio, con una novela que no pierde interés en ningún momento, y que despliega los hechos sin algún tufillo moralista pero que sí apela al cuestionamiento del lector, invitando a preguntar cuál seria nuestra reacción y como el poder de crear monstruos no nos resulta ajeno, y cómo las instituciones sociales pueden pender de un hilo si la confianza se empieza a resquebrajar por un hecho tan simple como contundente: el no reconocimiento del otro como igual, sino como alguien a quien se debe “domesticar”. Muy recomendable.


(Texto publicado originalmente en el portal "Punto y Coma")

lunes, 9 de julio de 2018

Reseña: “La reunificación de las dos Coreas”


Hace unos días ojeaba una novela cuya contratapa mencionaba que iba sobre sobre la odisea del matrimonio. Sorpresivamente, las primeras páginas no daban luces sobre eso, estando compuestas más bien por pequeños párrafos sin conexión entre sí en apariencia. Hablaban sobre descubrimientos científicos, observaciones en un café cualquiera o reacciones en una conversación sin trascendencia. Pero página a página, ya enganchado, dichas líneas empezaban a reflejar algo más profundo, y uno ya empezaba a percibir el horror del vacío sentimental.

Trabajar con escenas, pequeños destellos que en su conjunto permitan acercarse y visualizar algo más profundo y significativo. De eso va “La reunificación de dos Coreas”. Veinte historias de amor en las que diez actores abordan la problemática más humana de todas y sus vertientes: qué es, cuándo se acaba, cuándo es dañina, qué pasa cuando se extingue, cuándo se confunde con la amistad, si se puede olvidar. Se muestran pequeños destellos de dichas preguntas, a veces exagerados, a veces demasiado realistas, pero siempre apelando a evocar algo en el espectador.

Hay drama, pero también humor, incluso del más oscuro. Si bien la mayoría de los actores destaca en sus roles, la continuidad de las historias provoca en algunos casos que uno no termine de procesar las sensaciones de una para pasar de manera inmediata a la siguiente o encasille a algunos en el rol de un personaje, aunque no es un detalle menor que los actores entran y salga como referencia a cómo en la vida se construyen y se diluyen las relaciones.

De las veinte historias, destaco la de la pareja que reconstruye todos los días su relación combatiendo el olvido; la del suicidio y las expectativas que genera la seguridad irracional de la pertenencia sentimental; las confesiones hilarantes en los momentos previos a un matrimonio; la ilusión amorosa de una prostituta por su cliente “religioso”; la ardua negociación entre una prostituta y un autodenominado “hombre de familia”, y la perturbadora exploración de un delito en un retiro escolar.

Como si Corea del Norte y Corea del Sur abrieran sus fronteras y se reunificaran y que la gente que había tenido prohibido verse durante años se encontrara, expresa uno de los personajes al hablar sobre cómo su relación se encuentra estancada en una frontera que va más allá de lo físico, convirtiendo así una referencia a una situación política a la que estamos acostumbrados en una reflexión sobre cómo todo puede cambiar de la noche a la mañana, y los lazos perdidos puedan terminar recuperándose, o simplemente despertar de su adormecimiento. La novela que mencionaba al comienzo se llama “Departamento de especulaciones”, y de ello va esta obra también: de especular sobre lo que sentimos y aferrarnos a ello, apostando a reconocer que hay alguien más buscando responder a las mismas preguntas que nosotros.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")



domingo, 20 de mayo de 2018

Reseña: "Moronga" de Horacio Castellanos Moya


Literatura Random House, 2018. 336 pp.


Si uno busca reseñas sobre las novelas de Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957) notará que la mayoría lo asocia exclusivamente al tema de “La Memoria” y lo describe como un narrador enfocado solo en los estragos de las guerras que asolaron Centroamérica durante décadas pasadas. Y si bien, sus ficciones se contextualizan en dicho marco, Castellanos Moya ha ahondado en libros pasados sobre otros tópicos como la represión de las pasiones y consecuentes efectos nefastos como la frustración sexual o una embriaguez desenfrenada, y sobre la violencia como modus operandi perpetuo e irrefrenable, más allá de los conflictos nacionales. “Moronga”, su novela más extensa hasta el momento canaliza estos ejes bajo la atmósfera de paranoia y psique alterada propia de nuestros tiempos, logrando una de sus mejores entregas literarias.

Castellanos Moya recupera las personalidades y voces de los personajes de “La sirvienta y el luchador” y “El sueño del retorno” para elaborar una ficción caracterizada por los contrastes. José Zeledón ya no es el joven idealista y rebelde de la década del ochenta y ahora solo intenta adaptarse a la vida de una pequeña ciudad universitaria enclavada en Estados Unidos, manteniendo una rutina en la que falta de sorpresas representa un peligro acechante, no menor a la percepción de sentirse vigilado y controlado en todo instante, incluso fuera del ámbito laboral, y en las que las líneas entre ser víctima y victimario se difuminan de forma permanente si es que uno recibe una cuota mínima de poder, añadiéndosele la marca entre ser un extranjero útil para el engranaje económico con casi nula capacidad de subversión:






“La amabilidad de esta gente es curiosa: te meten el dedo en el culo y esperan que les des las gracias, que les aplaudas con comedimiento y que les digás que son muy buenas personas, que por favor te metan otro dedo.” (pág.24) / “los gringos no tienen amigos: “Te usan y cuando ya no les servís, te dan una patada en el culo.” (pág. 44)

Avanzan las páginas y Zeledón va hundiéndose en esa lucha interna por sentirse útil para una causa, esperando ese aviso de sus antiguos camaradas para volver a la acción así no haya una causa válida para luchar como antaño. Castellanos Moya esboza muy bien su narración con descripciones cortas propias de un pasado en la guerrilla, enfoque en los hechos y una buena descripción del declive de Zeledón, en contraste con las digresiones y reflexiones , por ratos humorísticas, de Erasmo Aragón, profesor universitario, quien no podrá enfocarse de manera exclusiva a su misión de investigar los secretos detrás de las actividades políticas del poeta salvadoreño Roque Dalton con la CIA, debido a la pulsión sexual incontrolable que le provoca una misteriosa mujer cuyas verdaderas intenciones e identidad trata de desentrañar, mientras enfrenta a una “diabólica” niña cuyas ficciones pueden destruir en un santiamén la vida de un hombre, insertándose en el fuego del debate en torno al valor y credibilidad de una denuncia en estos tiempos de redes sociales.

Es asi que en “Moronga” la angustia de ambos personajes no se encuentra en lidiar con el pasado sino con los desafíos que plantea el presente cuando la posibilidad de insertarse a un sistema se hace cada vez más difícil y vital para sobrevivir ,y la intimidad se va convirtiendo en un concepto cada vez más limitado y cuestionado con una hipervigilancia capaz de alterar las relaciones humanas, comenzando por las sexuales aludidas desde el título, las cuales se ven amenazadas por la sombra del fracaso y la frustración. La primera derrota es sexual parece decirnos Castellanos Moya, quien con esta novela ha retornado a la narrativa a lo grande.

(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")

sábado, 5 de mayo de 2018

[Entrevista] Laura Fernández: “Cuando escribo quiero sentirme libre”



Uno de los libros más comentados y elogiados del último año fue Connerland (Literatura Random House) de Laura Fernández (Terrassa, 1981) Una novela que mezca sci-fi , humor y una crítica paródica de los círculos literaios, sirviendo además de homenaje a los escritores te cambian la vida, con una imaginación digna de elogiar


“Voss creía que era más sencillo convivir con un escritor sin lectores que hacerlo con uno que tuviera millones de ellos. Un escritor sin lectores era como un pequeño animalito indefenso en mitad del bosque.” (pág. 33) Hay un recelo constante en “Connerland” sobre los escritores que venden y los que no venden. Una satanización del bando contrario por parte de estos dos grupos. ¿Cómo ves dicho panorama en la actualidad? ¿Crees que la ilegibilidad puede resultar, como dice un personaje, en un pretexto para promocionarse como un escritor de prestigio ? ¿ Es menos frecuente ver best sellers de calidad hoy en día?


No creo que la culpa la tenga, en ningún caso, el escritor. El escritor escribe porque no puede evitarlo, porque no puede no hacerlo, al menos, es así en mi caso, y como dijo Kurt Vonnegut, el estilo de cada uno depende de sus limitaciones – algo que certifico, si en mis historias hay cientos de miles de personajes es porque para que avancen necesito que los personajes hablen entre ellos, y para que el protagonista hable, necesito crearle, constantemente, un interlocutor, que no siempre es el mismo, porque si fuera el mismo me aburriría, y yo no escribo para aburrirme sino para todo lo contrario, ¡escribo para pasarlo en grande! --, otra cosa ya es lo que opine el lector de lo que haces. Está claro que hay literatura hecha por escritores que salen cada día a cazar y que están siempre buscando mejores y más complejas maneras de construir sus historias, porque de otra manera, se aburrirían – el lector exigente es el lector que ha leído mucho y quiere más, y mejor, quiere empezar a disfrutar no ya con el argumento sino con el cómo se cuenta, no con el fondo sino, o también, con la forma --, y que esa literatura no puede ser disfrutada por un lector cualquiera, sino que sólo podrá disfrutar de ella un lector explorador, un lector aventurero, un lector que ya ha recorrido muchos y muy diversos caminos, y que está abierto a cualquier cosa que quieran contarle. Y ese lector no abunda. De ahí que hoy, como siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá, ninguna novela que juegue a ser algo más que una historia, se haya convertido en un best-seller, a excepción de El Quijote, claro, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro momento, como dice el clásico.

Desde las primeras páginas de tu novela, se muestra el deseo obsesivo de distintos personajes que rodean a Van Conner, por el dinero. Más allá de la parodia, ¿cómo crees que esta avaricia cada vez más acentuada está afectando la forma cómo nos relacionamos?

Guau. Ni idea. En el caso de Voss, que es también mi caso, porque, aunque no lo parezca, en la novela todo lo que ves es todo lo que hay – hay una parte de mí en cada uno de los personajes, y no siempre es una parte agradable --, la preocupación por el dinero se limita a no tenerlo y a lo complicado que es todo cuando no lo tienes, viviendo como vivimos en un mundo en el que existir es consumir. Así que no sé bien, pero supongo que la manera en que ya nos afecta tiene que ver con la deshumanización. Hoy en día, cada vez más, todos somos productos, nos vendemos en cada red social, y lo hacemos porque estamos obligados a hacerlo si queremos existir, aunque sea como máscara.

“Cuando eres alguien poderoso no importa lo que haces, lo único que importa es que eres alguien poderoso” repite el más famoso agente literario de “Connerland”, el Gran Ghostie Backs. El poder en nuestros tiempos legitima cualquier tipo de comportamiento, tanto en lo político (Trump) como en otros ámbitos. Lo que parece incrementarse a la par es la permisividad con ello. ¿Estamos acostumbrándonos a tener gente así en el poder que ni se cuestiona de manera real, más allá de las redes?

Por supuesto. Pero insisto en que esto no creo que sea algo nuevo. Piensa en Julio César. No sé, el poderoso es siempre alguien a quien le trae sin cuidado el resto. Y cada vez más, todos somos como niños mimados. Sólo esperamos que nos miren. Sea quien sea, que nos miren. Y estamos normalizando la idea de que quien sea que haya Ahí Arriba (la presidencia del país que sea) sea un despiadado crío sin escrúpulos. Estamos quedándonos con lo peor de la peor de las infancias posibles: la de un niño malcriado.

Tu novela está cargada de mucho humor, parodiando de buena manera el mundo editorial y la relación de los editores con los escritores y los libros que se terminan publicando. Profundizas en su rol clave y fundamental. ¿Cómo ha sido la acogida de este retrato entre las personas que conoces de este sector?

¿La verdad? ¡Nadie me ha dicho nada! Supongo que se lo han tomado con humor. En realidad no es mi intención atacar a nadie, sí lo es ridiculizarlo todo, porque, después de todo, somos ridículos, diminutos seres en un mundo inmenso preocupados por sus absurdos problemas. John Barth en esa, para mí, piedra angular de la literatura (grave) del absurdo que es La ópera flotante lo explica muy bien: nada tiene sentido, no intentemos encontrárselo, pero disfrutemos mientras tanto.

“Los escritores no son famosos”, se afirma en la novela. Y puede que tenga razón el personaje, pues a diferencia del cine, la literatura no es un arte masivo , pero hay un público devoto igual que está a la espera de lo siguiente que se publicará. ¿Cómo afecta esta exposición y el hecho de soportar la presión por el siguiente libro (si el primero tuvo acogida, claro)?

En alguien como yo no afecta en absoluto. Yo me sigo sintiendo cada día como la niña que sólo quiere escribir y que roba tiempo, como quien roba pequeños tesoros, para hacerlo. Cuando eres fiel a ti mismo, y eso, en mi opinión, es lo que debería ser todo el mundo, escritor o no escritor, artista o no artista, el único rival eres tú. Tú vas a asegurarte de que lo siguiente que harás será mejor, porque tú mismo quieres pasártelo aún mejor, y utilizar todo lo que has aprendido hasta el momento. La inseguridad es el peor enemigo de cualquier artista, pero ningún artista que conozca, ninguno que lo sea realmente, ha sido nunca inseguro.

Los escritores de ciencia ficción como Van Conner, suelen ser muy prolíficos y publicar constantemente ¿Cuáles crees que sean los factores vinculados a dicho patrón? ¿Por qué el público lector, en su mayoría, conoce más sobre sus biografías, pero no sobre su obra en sí?

La razón, supongo, es la precariedad. Durante mucho tiempo, la ciencia ficción, en tanto que género de evasión, no se consideraba LITERATURA, con mayúsculas, sino producción. Puesto que había mucho público potencial, las editoriales producían una cantidad ingente de títulos, y eso hacía que los escritores tuviesen a lo sumo dos semanas, un mes, para acabar cada novelita, y eso, evidentemente, pese a las genialidades de los que lograron sortear el obstáculo tiempo (mi querido Robert Sheckley, Philip K. Dick, Fredric Brown, los grandes), hacía que las obras no pudiesen ser gran cosa (aunque muchas lo eran precisamente por eso: la cantidad con la que se producía hacía que los argumentos fuesen totalmente delirantes y que no tuviesen tiempo de tenerle miedo a nada). Quizá por eso sabemos más de las biografías de esos escritores que de sus obras. Y también está el componente heroico. Todo escritor que ame su oficio siente una admiración infinita por aquel que vive sólo de él, abriéndose camino a machetazos que son novelas cada quince día, en mitad de la jungla. Yo nunca me he considerado escritora de ciencia ficción porque para mí sería un enorme honor que me lo consideraran.

Rompes en la novela con el orden y la mecanización a la que la rutina nos tiene acostumbrados, con la tiranía de los tiempos rígidos. ¿ Es la ciencia ficción uno de los campos más liberadores de la literatura?

Totalmente. Siempre he dicho que no me considero escritora de ciencia ficción pero sí que utilizo todos los recursos que puedo de ella porque me parece el género más libre de la literatura. Y yo cuando escribo quiero sentirme libre. Poder contar cualquier cosa y desde cualquier punto de vista. Eso se lo debo a Richard Brautigan, a Robert Coover, a Kurt Vonnegut, a Thomas Pynchon, a Donald Barthelme, a los escritores posmodernos norteamericanos de los 50 y los 60, ellos me mostraron el camino: ahí lo tienes, haz lo que quieras, me dijeron, y eso es lo que hago, sin olvidar de incorporar cada nuevo tesoro que encuentro por el camino. Pienso, por ejemplo, que mientras escribía Connerland leí un libro divertídisimo de Gail Parent que se titula Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York e incorporé sin casi darme cuenta el diálogo dentro del diálogo que aparece sólo en una parte de la novela (la parte en la que estaba leyendo a Gail Parent), y lo hice porque podía hacerlo, porque cada una de mis novelas, o mis relatos, es una caja de herramientas, o una caja de hallazgos, de sorpresas, que son las que yo como lectora voy encontrando por el camino.

“Jóvenes que se dedican a tomar notas en sus libretas en vez de pasársela en grande.” (pág. 203). ¿Es la dinámica generalizada entre los escritores de nuestro tiempo o va a terminar siendo un cliché arcaico? ¿ Es necesario cierto tipo de aislamiento? Ghost dice, exagerando tal vez, que “Los escritores se hacen daño todo el tiempo” (pág. 352).

Es lo que creo. No creo que sea una dinámica arcaica y no creo que vaya a desaparecer. Hay muchos tipos de escritores, pero, para mí, el verdadero escritor es aquel que no puede evitar escribir. Y que está escribiendo todo el tiempo, que no deja de pensar en ese otro mundo que está creando, que vive con un pie en éste, y otro en su propio universo de papel y letras en la pantalla. Y para ese escritor siempre va a ser mejor, insuperablemente mejor, lo que puede aportarle aquello que está creando, en tanto que felicidad, una felicidad poderosamente infantil e indestructible, que el mundo real. Fíjate en la vida de Voss, o en la del propio Jubb Renton: por fuera no es gran cosa, pero por dentro es apasionante. Insuperablemente apasionante. En mi caso es así también, e imagino que lo es también en el de Robert Coover o Thomas Pynchon, sus novelas son casi cuadros de El Bosco: cualquier cosa es posible y lo es de una forma alucinante.

Los escritores mueren pero sus personajes estarán vivos siempre, se dice al final de “Connerland”. ¿ Cuáles son en tu caso, los personajes de la literatura que más atesoras hasta ahora?

Arturo Bandini es mi personaje favorito de todos los tiempos. Leer Pregúntale al polvo me cambió la vida. En serio. Hasta entonces me había sentido más rara de lo normal, casi completamente sola en mis delirios de grandeza estúpidos, y cuando leí esa novela de John Fante me dije: “Ahí lo tienes, un tipo que va por la vida como tú, creyendo que todo esto es mentira y que además nadie le valora lo suficiente pero que algún día todo el mundo recordará que ARTURO BANDINI pisó esta baldosa”. Me pareció la mejor manera, una manera genial, de relatar lo que siente todo escritor que se ha sentido alguna vez (o se siente, siempre) invencible: esa idea de que no importa lo que los demás opinen de ti, porque tú eres el mejor y lo sabes, aunque en realidad no te tomas en serio en absoluto y sabes que nada tiene sentido y que todo es absurdo en realidad. La idea de reírte de ti mismo y de que reírte de ti mismo es lo único que te hará invencible. Eso me dio Arturo Bandini. De hecho, le puse a mi hijo, que ahora tiene nueve años, Arturo, en honor al grandísimo Bandini. Y podría decir muchos más: Ignatius J. Reilly, claro, pero también Esther, la protagonista de La campana de cristal, y Sal Paradise, Rick Deckard, Kilgore Trout, y Reginald Perrin, ¡miles! Pero de entre todos me quedo con Arturo Bandini. Hasta le dediqué mi primera novela. Los personajes son, a veces, siempre, en los casos indicados, mejores que sus autores, son esos mismos autores perfeccionados, aunque sea en el peor de los sentidos, y eso me encanta.

(Entrevista publicada originalmente en el portal web "Punto y Coma")

[Entrevista] Mario Mendoza: ”Nos vamos acercando a un narcisismo virtual centrípeto”




Pasaron muchos meses desde que esta entrevista se produjo durante la visita del reconocido escritor colombiano Mario Mendoza (Bogotá, 1964) a la capital peruana, pero no ha perdido ápice alguno de vigencia. Vino a dar una charla a docentes, sobre la que pudimos interrogarlo, pero más enriquecedor fue consultarle sobre algunos tópicos literarios que ha abordado durante los últimos años y ese viraje a la ciencia ficción que le ha permitido acceder a una mayor cantidad de lectores en su país y otros de la región, además de su visión sobre el devenir del mundo contemporáneo con una crítica en particular al tedio y el narcisismo rampante de las nuevas generaciones



Si bien has comenzado tu carrera literaria joven, paralelamente también ejerces la docencia en Colombia. Desde un punto de vista pedagógico, ¿crees que hay un cambio en la percepción de la lectura tanto de las autoridades políticas o académicas?

Dos ciudades tuvieron ventaja: Bogotá y Medellín. Nosotros tuvimos durante la época de los 90 un alcalde físico, matemático y filósofo llamado Antanas Mockus. Fue una persona que cambió el panorama de la ciudad, incrementó las bibliotecas públicas e hizo inversiones muy particulares en el tema. Medellín tuvo a Sergio Fajardo. Primero fue alcalde y después gobernador del departamento de Antioquía. Fajardo fue físico y profesor universitario. Como académico se dio cuenta de que una manera de luchar contra el narcotráfico era quitarle a las nuevas generaciones. ¿Cómo logras eso si no otorgas becas, si no logras incorporarlos en ciertas dinámicas creativas, culturales y educativas? Entonces, hay que invertir. Pero son ejemplos desafortunadamente aislados. Nosotros tenemos en América Latina políticos que son analfabetos funcionales. Son políticos que saben leer y escribir en teoría, pero no pasan por las librerías, no compran libros, no leen y mientras tengamos esa clase política es muy difícil. Tienes que empezar a modificar desde las altas esferas del poder y muchas veces a este no le interesa que la gente lea mucho porque inmediatamente llegas a ser una masa crítica y una masa crítica no votaría por ellos.

¿Qué piensas de las nuevas plataformas como series, internet, celulares, smartphones? ¿Cuál crees que es la medida más efectiva para fomentar la lectura en los jóvenes? ¿La idea es competir con esas plataformas o complementarlas?

No. Yo no creo que tengamos que entrar en el pensamiento binario de esto o esto. Eso se llama un pensamiento de oposición simple. Yo creo que hay que pensar complejidades. No hay que estar siempre oponiendo porque lo se trata es pensar en la complejidad. Yo creo que hoy en día por fortuna está la red que es enormemente creativa. La red es dinámica y vertiginosa. Ahora, la red también tiene un lado oscuro. La red tiene un lado siniestro porque produce adicciones, destruye y aísla, ¿verdad? Hay grandes teóricos que están hablando que a mayores autopistas de información, menos nos estamos comunicando. Pero ese lado oscuro hace parte de nuestra condición humana. Creo que el lado creativo, el lado comunicativo, el derecho a una democracia participativa ya pasa de manera inevitable por la red. Yo tengo un blog en el cual dialogo con los lectores permanentemente. Subo columnas semanalmente, recomiendo textos y películas. Aviso a veces que estoy en tal lado y me parece que ese dialogo con los lectores a través de la red es muy enriquecedor. A mí me ha producido una enorme riqueza y una fraternidad y casi hemos entendido que solos y aislados somos muy débiles. Pero si logramos interrelacionarlos, discutir sobre ciertas temáticas, me parece que somos mucho más fuertes.

Tú venías escribiendo cosas muy fuertes y cargadas de mucha violencia, pero de pronto cambias a ciencia ficción con mitos de Latinoamérica. ¿Cómo fue ese paso? ¿Qué es lo que más rescatas de este género?

Como lector de ciertas sagas, la pasé muy bien. Pero me hice una pregunta, ¿por qué no había una saga americana? ¿Por qué no pasa por América? ¿Por qué no existe una saga de la América Latina profunda? Si no la consigo, si no la puedo leer, la voy a escribir. Y empecé a viajar desde México a la Patagonia. Viajamos con los ilustradores e hicimos un trabajo de campo para cada uno de los volúmenes. Hicimos un trabajo de campo. Investigamos mucho. Después yo montaba la historia. Y así es maravilloso y extraordinario. Yo creo que América Latina sigue sin ser descubierta. Yo creo que está pendiente. Yo creo que vivimos en un continente que desconocemos. En un continente que incluso despreciamos. Soñamos con viajar a Europa, con ir a Estados Unidos, Disneyworld. Siendo poco imaginarios, un poco clichés. Pero creo que no. Se trata más bien de todo lo contrario. La idea es crear una dinámica interna; una lógica interna y a partir de ésta podemos entender el afuera. Pero si no entiendes el adentro estás mal.

¿Cómo fue tu experiencia en Machu Picchu? ¿Ya lo habías visitado antes?

En Huasao nos pasó una cosa increíble. Yo lo tenía referenciado como un caserío donde había muchos chamanes indígenas. Y alguien en la plaza del pueblo me dijo: “yo lo estoy esperando”. Y yo le dije: “no, no tengo cita aquí con nadie”. Me dijo: “sí, tiene una cita conmigo porque lo he estado esperando”. Y fue una lectura de hoja de coca. Pasé un par de horas con este personaje que aparece dentro de la novela y el libro está dedicado a él incluso. Y fue maravilloso y extraordinario porque iba de alguna manera confirmándonos la hipótesis de que sí hay un continente de brujos, hechiceros y magos que es el nuestro. Creo que viajas a otros lugares y es muy difícil. Quizás en Asia, pero creo que América es el continente más mágico de todos.

Siento que hay un desdén muy injusto y elistista a la ciencia ficción y a sagas como el Señor de los Anillos o Harry Potter. ¿Tomaste como referentes estos fenómenos para escribir tu novela?

.El realismo ha sido esa manera de responder a las condiciones históricas. Pero creo que eso ha conllevado a que los imaginarios estén restringidos. Es como si no nos fuera permitido. Como si estuviera prohibido. Como si de alguna manera fuera un pecado soñar más allá. Construir supra realidades, ¿verdad? Y unas de las formas en las que me he liberado de alguna manera de esa condición es la saga. Me dijo que por qué siempre estamos condenados a la inmediatez, a la noticia, al titular de los periódicos. ¿Por qué no hay una corriente fuerte de ciencia ficción latinoamericana? Hay exponentes por supuesto, pero no es nuestro fuerte. ¿Por qué no hay una corriente de literatura de anticipación? ¿Por qué no hay una corriente de literatura fantástica y poderosa? Entonces me dije que había que empezar a construir unos imaginarios distintos; pasar a dimensiones desconocidas, universos paralelos. De alguna manera, la saga es una forma de responder a eso también.

En la saga lo que me llama la atención es que tú tomas elementos de culturas prehispánicas (mayas, incas). ¿Siempre escribiste sobre estos temas o quizás redescubriste lo que estudiaste en el colegio?

No. Fue gracias a un profesor llamado Pablo Gamboa de la Facultad de la Universidad Nacional. Él es historiador y también es un experto en arte precolombino. En la medida que iba viajando y recorriendo Teotihuacán e iba bajando a Tikal en Guatemala; iba explorando el Museo de Oro y algunas zonas colombianas, bajé por Machu Picchu, iba conectando por Puma Punku en Bolivia, nos dimos cuenta que no entendíamos que era lo que estábamos viendo. Tú estás en la Calzada de los Muertos en México y tienes una sensación astronómica. Pero no dicen cómo es que tienen un calendario más perfecto que el nuestro, sino tenían telescopios. ¿Cómo hicieron? ¿Cómo es posible? Nosotros tenemos un desperfecto cada cuatro años. Las culturas precolombinas tenían calendarios más ajustados astronómicamente. Si no hay telescopios a ojo es imposible. No puedes entender el tiempo cósmico solo con el ojo. Entonces, ¿cómo hicieron? No hay respuestas. Tú le preguntas a cualquier guía y no logra darte la clave. Entonces, Felipe (mi protagonista) es un chiquito de 10 años que viaja con un tío que es un arqueólogo, un antropólogo, un historiador y en la medida que va recorriendo el continente de pronto pasa a realidades paralelas y entra en dimensiones e intersticios de lo real y gracias a esos viajes interdimensionales es que va captando la profundidad del continente. Lo mismo nos pasa en el Amazonas. Lo mismo nos pasa con los trances chamanicos. No hay manera de entender lo que estás viendo bajo presupuestos meramente occidentales.

Tú que tienes jornada con los alumnos y profesores. ¿Qué es lo que más les impacta cuando terminas una novela? ¿Qué te comentan?

Que Pipe es real. Pipe es un chiquito que yo me encontré en una zona cerca a Bogotá que se llama Villa de Leiva. Es un pequeño pueblito colonial muy impactante por su belleza. Es un sitio de monasterios en la mitad del desierto. Fue un lugar de peregrinaciones místicas durante el siglo XVI y XVII. Hay congregaciones religiosas que fundaron grandes monasterios y conventos en la zona. Es un lugar de una enorme espiritualidad y alguna vez me refugié para escribir ahí. Justo estaba trabajando en otro libro y un chiquito de 10 años se me acercó y me preguntó: “¿Quién eres tú? Tu eres el escritor, ¿puedo hablar contigo?”. Entonces le pedí permiso a sus padres poder hablar con él en el jardín del hotel colonial. Él empezó a decirme que había bajado a una ciudad subterránea. A mí al comienzo eso me pareció literatura fantástica y yo dije de pronto algún día escribo esta historia porque es una historia muy bella. Pero en la medida que empecé a investigar y entrar a mirar ciudades subterráneas me tropecé con Derinkuyu, con Cobeclipete, con Caimaincli y con una cantidad de ciudades contemporáneas construidas para el fin del mudo. Esa futuropolis en Kansas. Hay más de 5000 bunkers alrededor de Moscú que están listos para el fin del mundo. Hay grandes multimillonarios que ya construyeron refugios y que están preparados por si viene una guerra nuclear con Corea o algo por el estilo. Esa gente ingresa a los búnkeres en dos o tres horas. Entonces, si viene la nube radioactiva ya hay gente que está lista para sobrevivir a un desastre de esas dimensiones. Y mientras más investigaba más me sorprendía. Entonces me dije que había que empezar a escribir la historia. Empecé a reunirme con este muchacho. Hoy en día ya tiene 17 años. Ya se está graduando del colegio y conversando con él,decidí finalmente escribir la historia. Eso es lo que más le sorprende a los chicos en el colegio. Yo les voy mostrando diapositivas y vídeos de cómo fuimos construyendo la saga y se sorprenden porque Felipe es un muchacho real.

Antes la violencia en las ciudades de Latinoamérica se vinculaba de forma directa a los paramilitares y las FARC. Pero ahora se parece más a la de primer mundo que es la cotidiana. Por ejemplo, en Estados Unidos por problemas internos y por la miseria que acecha las ciudades y que no está atendida. ¿Cómo están respondiendo los jóvenes frente a la problemática?

Claro. Yo creo que, como tú bien acabas de explicar, hubo una violencia política.Pero ahora los sociólogos hablan de violencia transpolítica. Es decir, es una violencia que ya no está afuera del establecimiento, sino al interior del establecimiento: el bullyng en los colegios, la violencia de género, la violencia racial, la segregación social. Hay una cantidad de violencias que parecen invisibles y no se llevan los titulares de prensa, pero que son las peores violencias que estamos padeciendo hoy en día. Violencia laboral, la del transporte, la de la agresión permanente con los vecinos y es la razón por la cual muchos muchachos han decidido refugiarse en la red o en el mundo virtual. No hay nada que le guste más a un muchacho que no salir un fin de semana y quedarse metidos en sus aparatos todo el fin de semana. Viendo Netflix, películas, contestando correos electrónicos, porque salir a la calle es muy agresivo. Buena parte de las generaciones contemporáneas sufre alguna fobia. Ya incluso Japón llega a un punto de tener Hikikomoris que son estos chicos que deciden nunca más volver a salir de la habitación. América Latina ya tiene varios Hikikomoris. Eso demuestra que nosotros ya somos una amenaza para el otro. Ya no nos gusta interrelacionarnos o crear vínculos o lazos con los otros. Hay como una especie de monologo permanente. Selfies, selfies, selfies. Y estoy atrapado en una dinámica que me condenan a la red. Esa violencia me interesa a mí también y creo que los narradores colombianos están respondiendo muy bien y los jóvenes por eso llegan a los libros y se ven reflejados ahí en esa soledad. Somos personajes amnésicos, catatónicos, sin proyectos de vida. El mundo contemporáneo es un mundo muy duro.

Irónicamente justo cuando estamos en una “era de la hiperconectividad”

Lo que se ha generado es lo contrario, una inmensa soledad. Yo creo que incluso vamos a tener que enfrentar a algo como le pasó a Japón. Y es que también las redes nos están condenando a no tocarnos. Yo creo que se acerca una sexualidad de orden virtual. La gente prefiere ingresar a las redes, estar en una sexualidad virtual que acariciarse, tocarse o acostarse con otro en la vida real.

Es como un nuevo tabú del cuerpo

Yo creo que es un asco a los virus, a la contaminación, a que puedo en cualquier momento quedar contagiado, embarazos, enfermedades venéreas, SIDA. Hay una cantidad de cosas que me van generando rechazo o fastidio y en el fondo es mucho mejor acostarme con un avatar. Entro a un programa dentro de la red, elijo un avatar y me erotizo y quedo finalmente en mi mundo masturbatorio,en el onanismo. Esa es la cultura de selfie también. Quedo atrapado en mí. Creo que nos vamos acercando a un narcisismo virtual centrípeto.

Es algo que precisamente la ciencia ficción de los 80 ya habían predicho.

Claro. Nexus Seil Modelo de Placer, Ragel. Yo una vez le preguntaba a un chico que estaba recluido en una clínica psiquiátrica. Yo le decía: ¿por qué estás acá? Y me dijo que era adicto al porno por internet. Pero no a páginas de porno comunes y corriente. Me dijo que entraba a una página de avatars y ahí tenía 135 amantes. Me dijo: “Elijo la edad, la estatura”. “Puedo hacer lo que quiera, incluso entrar en salón de sadomasoquismo”. “Puedo elegir menores de edad y como está prohíbo a fuera nadie me va a meter a la cárcel porque tener relaciones con una menor de edad avatar”. “Después cuando salgo al mundo, mis compañeras de mi universidad no me atraen en absoluto”. “Yo soy virgen en el mundo de mis compañeras, pero soy un adicto sexual impulsivo en el mundo de los avatars”… De alguna manera creo que vamos por allá. Vamos hacia Ragel o Nexus seis Modelo de Placer. Entonces hay que narrar eso e ingresar a esos mundos.

¿Algún libro que quisieras recomendar?

A mí me gusta un filósofo alemán de origen coreano que se llama Byung-Chul Han. Tiene un libro que se llama “La sociedad del cansancio”. Se los recomiendo muchísimo. Es un libro que habla sobre la sociedad el rendimiento. Primero nos vendieron la idea del éxito, del triunfo, de una persona que tiene que hacer dos o tres profesiones, dos o tres trabajos; es la sociedad del Red Bull, es la sociedad de los termos de café, es la sociedad de las Coca Cola, de las metanfetaminas, de la cocaína, de Wall Street y de las grandes empresas. La sociedad de la “sobreexplotación”. La sociedad de la gente que duerme poco. Él dice que ya pasamos por ahí. Ahora estamos en la sociedad del cansancio, en la sociedad de la fatiga. Es decir, no nos podemos levantar de la cama. Ya hay un cansancio brutal, despiadado. Ya no queremos ir a trabajar. Ya no queremos hacer nada. Lo mejor que nos puede pasar es que llegue el fin de semana, no bañarnos, cerrar la cortinas de la habitación, quedarnos con el control de la habitación en la mano horas enteras, dormir siesta, dormir de día, dormir de noche, no bañarnos y al día siguiente volver otra vez y quedarnos ahí. Y el lunes es muy difícil levantarse de la cama para regresar a nuestros oficios, a nuestros estudios. Dice: “esa es la sociedad de la depresión zombie”. De alguna manera todos estamos en un The Walking Dead. Y ya no queremos nada. Y estamos muy cansados. No hay que creernos ese discurso de la sobreexcitación laboral, de hacer muchas cosas, de estar exigiéndonos horarios, horas extras, horarios excesivos. Hay que descansar. Hay que dormir. Hay que tener tiempo de ocio. Hay que salir y sentarse en el parque. Los aparatos también producen una sobreexcitación permanente. Hay un temblor al estar pendiente de quien me llama o quien me envía correo. Entonces creo que hay que desenchufarse, relajarse. No hay que permitir que el establecimiento te destruya de esa manera tan brutal. Hay que mirar lo que se llama síndrome de fatiga crónica. Hay una cantidad de gente que se no pueda parar de la cama. Gente famosa como Lady Gaga. Ella sufre de eso. Si tú ves el último documental de Lady Gaga es muy doloroso. La ves en acupuntura, tomando calmantes y pastillas permanentemente. La ves con masajistas profesionales dentro del documental para poderse levantarse de la cama. Y es un exceso de cinismo. Hay que poner el ego en una medida más modesta y no hay que sobre exigirse tanto Yo creo que es un gran libro. Para mí ha sido de uno de los grandes pensadores contemporáneos. Tiene muchos más, pero particularmente recomendaría ese.

Transcripción: Alejandro Alva

(Entrevista publicada originalmente en el portal "Punto y Coma"