"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


sábado, 26 de abril de 2014

El transporte público en Lima Metropolitana: Una mirada a los transportistas, el sistema laboral y el rol que juegan en la problemática actual




Creo que mi ciudad ya no tiene consuelo
entre otras cosas porque me ha perdido
Mario Benedetti


Ese caos de movimiento, 
de donde la muerte llega al galope 

de todas partes a la vez
Charles Baudelaire

Cuando se nos pregunta cuál es uno de los mayores problemas que podemos encontrar en Lima hoy en día, una de las respuestas que brindamos, de forma automática casi, es el transporte público. Ya sea por la peligrosidad asociada a un viaje de un punto a otro de la ciudad, la incomodidad que sentimos mientras nos trasladamos al destino deseado, el servicio descortés y vulgar que recibimos, la suciedad de las unidades, el tiempo valioso que perdemos de forma inútil, entre otras cosas, siempre tendremos más de una respuesta de carácter negativo. Sentimos que nuestra queja tiene validez y que alguien debe corregir el problema que nos afecta. La alcaldesa, el presidente, los congresistas, los choferes o los cobradores. Siempre es alguien más quien tiene que hacer algo para solucionar esta situación caótica que padecemos a diario. No es lo común analizar reflexivamente el porqué se da esta situación. Incluso miramos a los transportistas como seres humanos incorregibles que no quieren hacer algo por mejorar el transporte y que deambulan como trogloditas en sus carros buscando atiborrarlos con pasajeros, quedándonos en la corteza del contexto, no buscando las causas últimas como dicta la razón al momento de perseguir soluciones. Según un estudio que llamó nuestra atención, pasamos aproximadamente entre tres y seis años de nuestra existencia usando el transporte público, por lo tanto es parte de nuestras vidas y no podemos ser indiferentes ante ello. Es nuestro deber como parte activa de la sociedad trazarnos como objetivo el evaluar qué sucede realmente detrás de este servicio y proponer una solución integral.

Un poco de historia…

No basta con centrarnos en cifras y estadísticas, sino que debemos ahondar en varios aspectos que vayan más allá de las deficiencias técnicas correspondientes. Remontándonos en la historia, durante el siglo XX Lima tuvo un crecimiento demográfico exponencial de forma desordenada que terminó por desbordar cualquier plan delimitado que se pudiese haber propuesto. No se tomaron factores como la inmigración a gran escala desde pueblos del interior del país en las décadas del 60, 70 y 80 que dieron origen a los llamados “conos” que se encontraban en la periferia de la ciudad formal , si entendemos a esta como la conformada por los distritos tradicionales. Estos pobladores si bien asentaron sus precarias viviendas en los sectores más alejados de la ciudad, se trasladaban hacia el centro de la ciudad y alrededores para cumplir sus faenas laborales, lo cual incrementó su necesidad de transportarse en trayectos largos que en muchos casos, atravesaban Lima de un punto a otro. Esto desbordó la oferta brindada sin otorgarse una solución efectiva que cubriera esta demanda por parte de las autoridades. Los tranvías desaparecieron al igual que los llamados grandes buses (Ikarus) posteriormente. La inacción del Estado al no poder encontrar una solución efectiva hizo que durante la época de Alberto Fujimori, se liberalizara el mercado del transporte público para que el sector privado cubriera el exceso de demanda por su cuenta mas esto no se realizó como se hubiese querido y si bien es cierto, empezaron a circular vehículos de uso masivo en rutas que no se habían tomado en cuenta, las nuevas facilidades sirvieron como plataforma a una informalidad en la creación de nuevas empresas que se aprovecharon de los vacíos legales que la normativa brindaba. Muchas empresas se hicieron de la concesión de nuevas rutas, pero no tenían una flota de vehículos propios, así que mantenían tratos con los dueños de los vehículos y así se desligaban de las responsabilidades vinculadas con los choferes y cobradores que hacían uso de estos medios de transporte.

Esto fue la génesis de las llamadas “empresas cascarón”.Por ejemplo, si ocurre un accidente de tránsito con heridos y muertos, no se puede inculpar directamente a la empresa a la que se le había concesionado la ruta en cuestión porque no era propietaria de los vehículos y tampoco cubría los daños que se daban, no existiendo vínculo contractual claro entre los operarios y los accionistas de la empresa principal. Eventos como el anterior son indicios de la distorsión que se da en todo este sector, lo cual termina afectando a los mismos operarios que terminan siendo víctimas del sistema al cual pertenecen. Un sistema bajo el cual no gozan de los beneficios laborales que deberían percibir de acuerdo a estándares legales y éticos. Realizan sus actividades diarias bajo la premisa que deben generar los mayores ingresos posibles sin importar la mayor parte del tiempo los medios que se utilicen para lograrlo. Muchos no lo saben, pero los choferes y cobradores en su mayoría no reciben un sueldo fijo mensual, sino que perciben una comisión nimia de los ingresos monetarios que reciben por el cobro de los pasajes. Eso hace que privilegien el fin sobre los medios para lograrlo, siendo esa la explicación que muchos no encontraban sobre el porqué realizan maniobras temerarias en las autopistas, sobrepasen el límite permitido de personas que deben ir en un vehículo, no paguen las multas con las que se le sanciona, entre muchos otros hechos similares que encontramos deplorables. Su concepción se vuelve utilitarista al igual que el de los agentes a los que rinden cuentas como los propietarios de los vehículos y los accionistas de las empresas dueñas de la ruta que son los que menos riesgos toman y terminan llevándose la mayor parte de las ganancias. Un problema de deshumanización del servicio en todo el proceso y que termina perjudicando a todos. Pero si es un problema que data de años atrás cabe preguntarse ¿Qué acciones han tomado las autoridades desde aquella deficiente reforma de los noventa?



Buscando responsables

Como dijimos inicialmente, la mayoría de nosotros asociamos la culpa del caos en que se encuentra sumido el transporte público a los transportistas, pero también a las autoridades, las cuales sentimos no realizan de forma correcta las funciones para las cuales se las eligió como nuestros representantes. Los sentimos como abúlicos e indiferentes a esta situación y que solo realizan acciones persiguiendo un afán demagógico o populista para captar votos de vez en cuando. El Estado es un agente importante a través del Ministerio de Transportes y Comunicaciones, y la Policía Nacional, que representan al Poder Ejecutivo; el Congreso, que emite leyes referentes al sector; y el Poder Judicial, que dictamina las sanciones y multas correspondientes por la trasgresión o incumplimiento de estas últimas. Pero la cara más visible y activa es la de la Municipalidad Metropolitana de Lima que es la que los transportistas refieren automáticamente cuando se les interroga como la autoridad más próxima a ellos, es la que vela por el ordenamiento del sector en la ciudad de manera más directa. En las últimas décadas, este organismo ha dedicado mayores esfuerzos a otros campos de su competencia en detrimento de lo que se pudo hacer en transporte. Ello porque enfrentarse a los gremios de transportistas genera riesgos políticos que las autoridades no quieren asumir y a lo más, se ha recurrido a dar ordenanzas y normas que atacan cuestiones no tan esenciales y de forma no de fondo. Incluso muchas propuestas a pesar de tener el consenso de la mayoría queda en letra muerta por la falta de control eficaz de sucumplimiento o porque los funcionarios que deben supervisarlas se dejan tentar por actos de corrupción que entorpecen y ponen trabas. Las municipalidades distritales tampoco quieren asumir su responsabilidad lo cual termina perjudicando una acción que una esfuerzos en pos de un mismo fin. Entonces surge naturalmente el cuestionamiento de qué se puede hacer si las autoridades no han logrado en los últimos años que mejore de forma significativa este desorden imperante y los transportistas se encuentran enquistados en una informalidad de la cual aparentemente no quieren salir.pa del caos en que se encuentra sumido el transporte público a los transportistas, pero también a las autoridades, las cuales sentimos no realizan de forma correcta


¿Hay luz al final del túnel?


¿Todo está perdido entonces? Creemos que no, que el escenario de desesperanza que parece inundarnos al momento de proponer soluciones se debe porque en realidad no se han brindado todas las alternativas posibles. A lo largo de estos años se ha persistido en enfrentar el problema de la manera más técnica e impersonal posible quedándonos en un enfoque analítico, creyendo que con grandes megaproyectos como el Metropolitano o el tren eléctrico son las únicas vías posibles o que mayores sanciones disuadirán el comportamiento agresivo de choferes y cobradores. Y esto no puede seguir visualizándose así porque se trata de un problema de personas, lo cual implica que debemos salir del paradigma moderno y superficial y ahondar en el lado humano. Comprender que los transportistas sobreviven bajo un régimen indigno y denigrante en el cual se mueven a diario. Su perspectiva sobre el servicio que brindan debe cambiar, pero primero el clima laboral en el que transitan. Los accionistas y dueños de las rutas y de las flotas deben comprender que no pueden seguir “sacándole la vuelta” a las normas y que no tratan simplemente con buses y micros, sino con personas con las cuales tienen un compromiso. Deben saber que a largo plazo el sistema informal que impera hoy en día es una bomba de tiempo insostenible y que si persisten es sus actitudes retrógradas afectan el bienestar no solo de los trabajadores que tienen a su cargo sino el bienestar de la sociedad en general. La formalidad debe terminar siendo la principal vía alternativa de solución ya que es la que genera mayores beneficios no solo cuantitativos sino cualitativos y que tiene efectos más duraderos, a pesar que tenga escollos en un comienzo. Y cuando nos referimos a escollos podríamos mencionar acciones como la desaparición de combis y vehículos obsoletos que no solamente son incómodos sino que ponen en riesgo la vida de las personas. Sabemos que esto puede causar perjuicios económicos a corto plazo, pero es necesario. Además llevaría a que las pequeñas empresas que pululan al margen de la ley puedan unirse y formar empresas más grandes y sólidas que brinden todos los beneficios a sus empleados. Las autoridades deben reorganizar el sistema laboral existente y esperamos que la Gran Reforma del Transporte que está emprendiendo la Municipalidad Metropolitana de Lima y que es una de sus banderas de su Plan de Gobierno se lleve a cabo, sin causar un efecto negativo en la situación de los choferes y cobradores. Estas mejoras no surtirían efecto si los transportistas no ponen de su parte, por lo que se debe capacitarlos y hacerles ver que sus acciones tienen implicancias en otras personas. Que no es un servicio cualquiera el que brindan y que son responsables de muchas vidas durante las labores que realizan. Y para que todo no quede en simples palabras, se puede brindar incentivos en un primer momento como la disminución de impuestos a aquellas empresas que cumplan con otorgar un régimen de trabajo acorde con estándares normativos, facilidades de crédito para renovar sus flota, leyes que se apliquen de forma gradual y secuencial para no presentar la formalización de forma terrorífica, entre otras.


¡No nos lavemos las manos!


Pero como dijimos en la introducción de este artículo, no se trata de que el rol por mejorar la situación recaiga solo en las autoridades y transportistas sino debemos cuestionarnos ¿Y nosotros que podemos hacer? Mucho es la respuesta. A veces de forma inconsciente favorecemos que este sistema con grado de formalidad muy bajo persista con acciones que pueden parecer intrascendentes de forma aislada pero que en su conjunto sondeterminantes. Acciones como incumplir las normas que se dan para los peatones como respetar los paraderos establecidos, aceptar el ponernos en riesgo por una cuestión de facilidad al momento de transportarnos, menospreciar a los operarios del transporte de forma despectiva y denigrante insultándolos, no alzando nuestra voz de protesta ante un mal servicio. En esto último es importante recalcar que la indiferencia que mostramos ha hecho que se acumulen años de deficiencia en el sector. Terminamos por acostumbrarnos a lo rutina y el mal servicio tomándolo como ya dado y sintiendo que no podemos hacer nada. Debemos ser agentes de cambio. También debemos llamar al apoyo del estado para que se fomente una cultura urbana más fuerte y exigente. Una cultura que permita elevar el nivel de educación de las personas y así poder fomentar el buen uso de estas herramientas brindadas por el sistema de transporte. Además, esto aseguraría que el nivel de servicio esperado por los consumidores y los futuros consumidores se eleve y así las empresas se vean obligadas a ofertar un servicio de mejor calidad, como colocar vehículos en mejores estados, estandarizar la flota y volverla propia. Sin embargo no debemos olvidar que necesitamos entender que las reformas que las autoridades puedan aplicar no tendrán ningún eco si no colaboramos y ponemos de nuestra parte también, concientizándonos que es una tarea de todos. Una perspectiva más humana e integral debe ser la enmarque este conjunto de soluciones.


Libros y documentos que podrías revisar sobre el tema:
- Bielich, C. (2009) La guerra del centavo. Una mirada actual al transporte público en Lima Metropolitana. CIES e IEP, Lima
- Defensoría del Pueblo (2008) Informe Defensorial 137. El transporte urbano en Lima Metropolitana: Un desafío en defensa de la vida. Defensoría del Pueblo, Lima
- Lima Cómo Vamos (2012) Encuesta Lima Cómo Vamos 2012. Informe de percepción sobre calidad de vida. Lima Cómo Vamos, Lima
- Vega Centeno, P., Dextre, J. y Alegre, M. (2011) Reestructuración y cambio metropolitano. Pontificia Universidad Católica del Perú y Pontificia Universidad Católica de Chile, Lima.
- UITP (2003) Por una mejor movilidad urbana en los países en desarrollo: Problemas, Soluciones y Realizaciones ejemplares. Dic 2003.


Autores: Sebastian Uribe, Luis Injoque y Rodrigo Díaz



Otras explicaciones sobre el tema





Finalmente, te dejamos este número al cual puedes llamar

























domingo, 13 de abril de 2014

La caída de Ícaro

El hoy fugaz es tenue y eterno
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno
Jorge Luis Borges

Fue uno de esos días a los que nadie toma importancia, cuando todo se vino abajo.

Estaba en una clase de cuyo contenido no tengo memoria alguna, cuando entró de forma violenta  uno de esos hipsters de tercer año, barbón y de cabellera larga, vestido con una bufanda, un pantalón sucio y unas Converse muy trajinadas, presentándose como dirigente estudiantil. Sin pedirle disculpas al profesor, indicó de forma altanera que saliéramos inmediatamente porque el Centro Estudiantil, aquel organismo que nos representaba, nos defendía, nos identificada, nos...había decidido esa mañana, durante una junta extraordinaria, tomar la facultad por medidas extremas, en una forma de protestar contra una violación sistemática del estatuto, de los derechos estudiantiles, de las leyes, de… por parte del director ladrón, el decano ladrón, el rector ladrón, el ministro ladrón, el … todos ladrones, todos corruptos. La universidad hecha una mierda por culpa de las autoridades y la desidia de los alumnos. Sí, nosotros. ¿Dónde está su espíritu combativo? Toda acción llevaba una reacción. ¿Qué diablos  les están enseñando?

Por supuesto que nosotros, alumnos recién ingresantes, nos mirábamos buscando la respuesta correcta en los ojos del otro. No quedaba otra opción mas que alzar nuestra voz, en una marcha multitudinaria hacia la Plaza San Martín, la locación escogida para la siguiente fase de la protesta, donde nos íbamos a juntar con los compañeros de otras universidades que padecían los mismos problemas. La solución en vista del atropello institucional, el caos en que se encontraba la universidad peruana, la defensa de nuestra dignidad, la...

Mientras marchábamos me preguntaba qué hacía allí. Luego de dos años, al fin había ingresado a la universidad. El sanmarquino, orgullo de toda la familia. El ejemplo para mis hermanos. La esperanza de mis padres. La envidia de mis amigos. El futuro del país. Me sentía mal porque la  verdad es que no estaba convencido sobre si ese era el camino por que el que quería que mi vida transcurriera los siguientes años. Cuando uno es pobre y tiene menos de veinte años, no son muchas las opciones que se tienen para elegir. Asumes los roles que la sociedad  te impone y finges. Finges para tus padres. Finges para tus amigos. Finges para el mundo. Yo era un ser que fingía. Como en ese momento. ¿Qué diablos hacía marchando por algo que no creía? ¿Por qué no volvía a casa? ¿Por qué no me cansaba de usar siempre una diferente careta para no ser rechazado? ¿Cuándo me iba cansar? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

 De un momento a otro caí en la cuenta que exagerando, sólo éramos unas quinientas voces en medio de la plaza . Voces que a duras penas lograban despertar de la apatía a los transeúntes que pasaban de prisa por ahí, ensimismados en sus problemas personales como habitantes de un tiempo paralelo al de nosotros. La situación ya parecía una más de esas  desilusiones juveniles cuando vimos atónitos a  dos policías que de forma casi demencial,  molían a palos a uno de nuestros compañeros. Nunca supimos si fue una reacción a un acto de provocación, pero de lo que sí estoy seguro hasta hoy, es que ese fue el catalizador.

La imagen de violencia brutal de la cual aún tengo  memoria, hizo que fluyeran vertientes de adrenalina desconocidas hasta ese momento, abandonando el estado abúlico en el que había transcurrido casi dos décadas de mi vida. Súbitamente nos lanzamos al ataque, no contra la policía propiamente, sino contra las cadenas que nos ataban a un estilo de vida exasperante y  al que no terminábamos por encontrar sentido. Por un momento incluso nos sentimos invulnerables al gas lacrimógeno, al agua disparada a chorros del rochabús, al clima turbulento del que éramos tristes protagonistas. Nadie nos callaba ni nos subyugaba, nadie iba a menoscabar nuestra protesta, no nos íbamos a rendir.

Cuando abrí los ojos, estaba en la tétrica y lúgubre carceleta de una rústica comisaría a la que a las justas llegaba algún residuo de luz natural. Tenía moretones por todo el cuerpo. Los insultos no solo venían de los que me habían colocado ahí, sino de los otros tres personajes que me acompañaban y que, según supe después, habían sido parte de un atraco a mano armada aquella mañana. El olor a orines y heces era insoportable. Las golpizas se volvieron una rutina que se repetía cada tres horas, a las que me terminé rindiendo sin reclamar. A los dos días de estar incomunicado, llegaron dos jóvenes capturados también por los disturbios. Fue por ellos que me enteré sobre el líder estudiantil que ardió en llamas mientras lanzaba diatribas contra el gobierno. Como consecuencia, el número de protestantes había crecido de forma exponencial, a la misma velocidad con la que el gobierno incrementaba la represión, acentuando la indignación generalizada. Pero esa era una realidad extraña para nosotros, olvidados en aquel lugar infernal lejos de cualquier misericordia divina o humana.

Pasaron tres meses y del entusiasmo inicial del que con tanto fervor se había contagiado la sociedad en general, no quedaron más que ecos perdidos. A mí me trasladaron a las pocas semanas de mi detención a un penal, junto con los reos más avezados y violentos de la capital, otros jóvenes en mi misma situación y varios personajes que habían preferido refugiarse en la tranquilidad que les brindaba la locura. En una revuelta general, fui víctima de varias puñaladas que no sólo atravesaron mi cuerpo, sino que llegaron a lo más profundo de mi alma. Por medio de ciertos contactos, mis padres lograron devolverme la libertad para ser atendido en un precario hospital, al que entré caminando y salí en silla de ruedas. Sin profesión. Sin trabajo. Un ser sin espíritu. Ya sólo me quedaba escribir. Escribir hasta que todo se reduzca a esto. Un mundo donde aún cabía la esperanza de que mi lenta agonía encuentre algún fin productivo hasta que la muerte me venga a buscar.




domingo, 6 de abril de 2014

Desencanto


Para Stephany, quien lo leyó primero

Hay mañanas en que me levanto, miro por la ventana, veo la cara del día y me niego, terminantemente, a recibirlo.
(Julio Ramón Ribeyro)

Solía leer tantos relatos sobre fantasmas que cuando por fin vi a uno no me sorprendí. Estaba leyendo anoche una antología especial sobre ellos cuando él apareció. Con un grito gutural trató de impresionarme mas solo atiné a responderle con una sonrisa dibujada en mi rostro, antes de bajar la mirada para seguir leyendo. Mortificado ante mi indiferencia comenzó a vociferar palabras en idiomas extraños que debían ser muy antiguos porque no me eran familiares. Hizo curiosas morisquetas que se acercaban a lo humorístico y por último rompió uno de los espejos de la habitación. Allí fue cuando reaccioné y le indiqué de forma pausada que si seguía dañando el mobiliario de la casa lo tendría que invitar, muy a mi pesar, a retirarse. Sintiéndose inútil y cansado cogió uno de los cigarrillos que estaban sobre el escritorio, lo encendió con fuego nacido de sus dedos y se sentó a mi lado.

Viéndolo cabizbajo y algo deprimido le pregunté si estaba perdido. No es común que aparezcan por estos lares, según mostraban los textos que llenaban mi biblioteca. Parece que dicha observación lo envalentonó porque orgulloso respondió que no hiciese caso a todo lo que escribían sobre ellos. Sólo un verdadero fantasma tiene la autoridad y el derecho para hacerlo ya que los mortales tergiversaban sus acciones durante el inútil intento de tratar de indagar en sus mentes para averiguar qué es lo que piensan y sienten. Calmado le respondí que no éramos muy diferentes, habiendo más similitudes entre nosotros que lo que puede afirmar la evidencia empírica.

Luego de un interminable silencio incómodo, por fin disparó. Era obvio que tarde o temprano cuestionaría el porqué no me aterré y salí despavorido de la casa al verlo aparecer. Solté una risotada y le dije que si él era un fantasma por naturaleza yo lo era por vocación. Sus ojos, entre la sorpresa y el desconcierto, suplicaron entonces una explicación. A temprana edad había decidido alejarme de la sociedad ante el desencanto y la imposibilidad de desenvolverme en ella por el simple hecho de que no terminaba de comprenderla.  El mundo y yo nos dimos la espalda de forma mutua y ninguna de las partes pareció molestarse pues, al fin y al cabo, habíamos evolucionado tan eficazmente que vencimos nuestra debilidad de depender de la comunicación directa y personal para sobrevivir sin perderse por la senda de la locura y la desesperación. Se podía obviar la situación enfermiza que se hubiera originado de persistir en el empeño de actuar como los demás.

¿Pero no era acaso mi cuarto atiborrado de libros una muestra de que no era posible romper los lazos que me vinculaban con los demás? ¿Aquellos versos inscritos en el parqué del piso no mostraban la necesidad de vivir a través de lo que otros sentían? ¿A quién le escribía las montañas de papeles que impedían el libre tránsito por el departamento?

Contesté que los libros me brindaban la opción de crear mi propia realidad, una que estuviera ceñida a mí al ser moldeada por una sola voluntad que la transformaba interpretándola a su gusto. Una realidad donde los seres ficticios parecían más humanos que las sombras que pululaban por las calles en estos momentos. Todos van tan de prisa en este mundo que se rechaza toda propuesta de establecer una pausa. No hay pausa para condenar el horror, menos para tentar la felicidad. La indiferencia terminó por absorber nuestras relaciones. Y ser un fantasma que vive por y para la literatura va siendo la mejor opción, sino la única, para oponer resistencia.


Me levanté sin prisa para mirar por la ventana. Una ciudad luchando con sus luces artificiales contra la oscuridad, que trataba de tragársela como una ballena todopoderosa saciando sus salvajes instintos. Esta visión reforzaba mi autoexilio. Al voltear vi una tenue gota recorrer de forma irregular aquel extraño rostro antes de que reaccionara y cambiara de actitud. Claro que no charlamos de estas cosas durante las horas que siguieron. Intercambiamos curiosas anécdotas sobre otros tiempos, breves escenas que escapaban a la rutina que terminaba homogeneizándolo todo. Ante mi insistencia me respondió que la vida en el más allá no era lo que Alighieri imaginó, dejándome a la expectativa sobre si debía tomar dicho dato como una noticia alentadora. Bebimos dos botellas de vino y criticamos ciertos clichés enraizados en nuestras mentes sobre la existencia de los colegas de mi interlocutor. ¿Cuando has visto un fantasma que busca de forma desesperada la forma más rápida de embriagarse? gritó, alzando la copa llena, tras lo cual soltó una sonora carcajada que se debió escuchar hasta el inframundo. Antes de que el irritante astro rey lanzara las primeras señales de su presencia, me dijo que se había hecho tarde para ambos. Nos abrazamos como si fuésemos dos viejos camaradas, haciendo la firme promesa de tratar de volvernos a ver pronto, en este o en el otro mundo. No sé si fue en esa milésima de segundo que se desvaneció. Sólo estoy seguro que fui a la cocina a prepararme un café bien cargado para comenzar a leer otra vez.