"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 12 de octubre de 2014

Fiesta de promoción

Cuando más lo necesites lo descubrirás,
y ese no será
el final feliz,
pero sí un instante de vacío y felicidad.
Y tal vez entonces te acuerdes de mí,
aunque no mucho.

Roberto Bolaño


A mí me había gustado Elena desde el tercer grado. Figura espigada, cabello rubio y unos ojos color avellana que cuando se dirigían a uno causaban remolinos internos frente a los cuales cualquier resistencia era inútil. Por ello cuando llegamos al último año de secundaria decidí invitarla a la fiesta de promoción, diciéndole para salir a tomar un café (utilizando el último cupón para un café gratis de Starbucks que me quedaba) durante las vacaciones de mitad de año, con la excusa de que deseaba conversar con ella sobre un problema familiar que me venía atormentando desde hace semanas. Esperé hasta el último instante de nuestra cita (forzando la falsa excusa hasta donde se pudo) para lanzar la pregunta que había estado ensayando desde hace días.

-¿Deseas ir conmigo a la fiesta de promoción?
-No, creo que iré con alguien más.

Ella había sido mi amiga desde hacía unos cuantos meses. O bueno, ese fue el único vínculo que por defecto se había creado entre nosotros ya que ella había estado involucrada en una relación desde hacía unos dos años con un chico que ahora estaba en la universidad. Una relación que se hizo trizas cuando ella lo visitó de forma inesperada un día que cancelaron clases en el colegio y luego de minutos de tocar el timbre, vio una chica salir rauda por la puerta del patio mientras él intentaba saludarla con un tartamudeo culpable. El luto le duró algunos meses, justo durante el periodo que nos conocimos más.

Yo ya había dejado de ser el chico nerd de la promoción. Descubrí que tenía talento para el fútbol y desde el cuarto año alternaba de defensa en la selección del colegio. Aun así seguía sin ser atractivo para las chicas simpáticas con las que salían mis compañeros del equipo, aunque por lo menos ya me invitaban a sus quinceañeros. Fue en una de esas fiestas que camino al baño me crucé con Elena, que mareada trataba de estabilizarse apoyándose en los hombros de dos amigas con gestos desesperantes de no saber qué hacer. Yo me acerqué y me ofrecí a llevarla a su casa en el carro de mi papá. Así que con la ayuda de mi viejo, la recostamos en la parte de atrás del auto, mientras le contaba sobre lo que había ocurrido. Asintió y fuimos a mi casa, donde la desperté y prácticamente la obligué a que se tomara un café. Ya más tranquila, me contó sobre cuánto le había afectado el terminar una relación en la que sentía había sido muy ingenua e inocente. Le ofrecí una servilleta con la cual secarse las lágrimas que habían empezado a escurrirle el maquillaje. Mi viejo que había estado viendo la televisión en la sala intuyó que era el momento adecuado para dejarla en su casa. Al bajar del auto y despedirse, me abrazó diciendo que lo mejor qué le había pasado esa noche había sido conocerme un poco más. La tímida sonrisa que esbozó luego la atesoré por semanas.

Empezamos a juntarnos para hacer algunos trabajos en grupo que nos dejaban en el colegio, pero no era más que un pretexto para conversar sobre otras cosas, algún chisme del colegio, algún libro que uno de los dos había leído recientemente o una buena película que estaba en cartelera. En unos meses, mi figura ya era una constante en su casa y hasta sus primas más lejanas ya me conocían, cuchicheando cada vez que yo las saludaba y me dirigía a la sala y esperaba que Elena bajara. Pero a pesar de ello, la distancia tácita entre nosotros se mantenía firme, resignándome a interpretar un papel de amigo que sentía como la única forma con la que contaba para, por lo menos, estar cerca de ella.

Ella no me contaba sobre algún chico que le atrajera y al parecer yo era su único amigo, de ahí es que había anhelado un sí como respuesta a mi invitación a la fiesta de promoción. Luego de su negativa y los días que siguieron, donde percibí al mundo como una reverenda mierda, invité a salir a una amiga del otro salón que era además una vecina que conocía desde niño, que sin ser una belleza tan deslumbrante para mí como Elena, era curiosa y agradable. Amanda, aceptó mi invitación y quedamos en coordinar en noviembre todo lo concerniente a ello. Y en efecto, un mes antes de la fiesta me dijo el color de su vestido para comprar la corbata. Mi mamá, que al parecer estaba más emocionada que yo, me obligó a invertir mis ahorros en un pack promocional de Pierre Cardin en la que venía el terno, los zapatos, la camisa, la corbata y la orquídea. Lo único emocionante es que por el monto, también te daban una navaja suiza, que me acompañó por años hasta que la perdí en la última mudanza que hice. Elena me acompañó a recoger la orquídea lo cual terminó siendo una experiencia desagradable porque estaba más bella que nunca y yo sólo la contemplaba con una sensación de derrota que me apuñalaba el corazón. Le volví a hacer la misma pregunta que le venía formulando desde hace meses y la respuesta volvió a ser la misma. No, aún no me diría con quién iba a ir.

Y llegó la fiesta, y sonreí para todas las fotos que mis papás y los papás de Amanda nos tomaron. Fuimos en taxi hasta la casa de Gabriel, desde donde iba a partir la limosina que contratamos para seis personas. Paseamos por algunos sitios de los que ya no tengo memoria, y llegamos al Club Árabe. Ya estaban más de la mitad de las parejas de promoción, pero mi mirada buscaba desesperada a Elena. Amanda notó mi indiferencia y se juntó con una de sus amigas a conversar ante mi complete apatía. Y luego de diez minutos en que mis manos ya habían empezado a sudar, por fin la vi. Y sentí un zumbido horrible atravesando mis sienes.

Estaba al pie de las escaleras, con un vestido negro simple pero que le quedaba espectacular, el cabello suelto y sin los lentes que usaba en clase. Una imagen maravillosa que se ensució cuando lo vi a él a su lado, cogiéndole la mano. Él, su maldito ex.

Fui al baño, me lavé la cara con desesperación y luego de algunos minutos, salí decidido a pensar en Amanda, bailar con Amanda, conversar con Amanda y no despegarme de Amanda. Y funcionó las primeras horas, hasta que Amanda me dijo que se estaba sintiendo mal. Situación que se agravó a los minutos cuando empezó a salirle unas manchas blancas en la piel que a los pocos minutoaempezaron a hincharse. Se había intoxicado. Ni modo, tenía que ir a su casa. Llorando de cólera porque se sentía culpable por abandonarme me pidió que no la acompañase, que sus papás ya estaban en camino y que no quería que me perdiera de la fiesta. Esperé con ella hasta que llegaron sus viejos y se la llevaron. Regresé a mi mesa, y me desparramé en la silla mirando sin emoción cómo la pareja de mi lado parecía estar en una especie de trance, escena que me llegó por lo que les grité que por qué mejor no se conseguían un jodido hotel. Menos mal que se los grité ya abandonando mi sitio. En eso escuché unos gritos.

Era Elena.

Se estaba peleando con su pareja. Una discusión que empezó a escapársele de las manos. Los insultos se fueron incrementando hasta que él se hartó y se largó. Ella lo persiguió por el vestíbulo y ante su insistencia, él la empujó hacia el sillón que estaba casi a la entrada del local. Yo que los había seguido de cerca, me envalentoné y fui a encararlo. Me dijo que no me metiera. Entonces le metí un golpe, y otro y otro, y él también empezó a responder. Y así íbamos a seguir hasta que un guachimán decidió separarnos. Se largó porque dijo que ya no tenía que ver con esta maldita fiesta. Regresé a buscar a Elena, que no había parado de llorar.

Me senté a su lado, viendo como ingería una copa tras otra de whisky, ron y pisco, así en desorden, mientras se quejaba de no quererse lo suficiente. Yo la escuchaba y me quité mi saco para dárselo, en un intento de protegerla del viento que había empezado a correr. Se estaba mareando, pero no atiné a hacer nada para controlar la situación. Total, cada uno debe combatir a sus demonios de alguna manera.

De repente se levantó y me dijo para ir a bailar. Sorprendido la tomé de la mano y la llevé a la pista. Por inverosímil que parezca, bailamos bien. Ella no parecía mostrar signos de embriaguez alguna, más que el balbuceo al momento de decir algo. Así estuvimos una hora, sin importarme la mirada acusadora de sus amigas que me veían como un pendejo que se aprovechaba de las circunstancias o la de mis compañeros que pululaban como buitres alrededor de nosotros esperando que Elena se aburriera de mí y decidiese escoger a uno de ellos como pareja de baile, cosa que felizmente para mí no sucedió por mucho rato.

Ya amanecía. Ahora sí los estragos del alcohol hacían efecto sobre Elena que se sentó a mi costado, en la mesa que me tocaba. tomándome de la mano, muy adormilada. Recibió la llamada de sus papás que ya estaban afuera esperándola, enterados de la situación. La ayudé a ir a la puerta, pero en un instante que yo intuí de lucidez, me cogió del brazo y me dirigió a la otra fiesta de al lado que aún no acababa. Era la celebración de un matrimonio, al que nos colamos y donde bailamos una última canción de la cual, por más que fuerzo mi mente, no recuerdo el título. Solo que ella me rodeó el cuello con sus brazos. Y me besó.

Un beso capaz de hacer temblar el mundo.

Siendo objetivos, la verdad es que duró sólo unos segundos, pero que yo lo he transformado en el recuerdo como un acto de duración infinita. Me toco los labios ahora y evoco la textura de los suyos, nuestras lenguas buscándose desesperadas como dos anguilas furiosas. Nuestros dedos entrelazados y sus cabellos cayendo sobre mis hombros. Cuando abrí los ojos sentí una mezcla de felicidad y tristeza, cada uno de estos sentimientos, luchando por imponerse. Felicidad por lo mágico del momento, y la sensación de una tristeza infinita porque sabía que éste se iba a acabar con la seguridad de que no ocurriría nunca más.

Y es con ese beso que se acaba el recuerdo. Y no puedo evitar llorar por esa parte de mi juventud cada vez más distante, que me abandonó para siempre, así como lo hizo Elena a los pocos días de graduarnos. Una sombra que se fue erigiendo sobre nuestro pasado y que terminó por aplastar el recuerdo. Un recuerdo que recién rescato hoy, que estoy sentado fumando en la cama de una habitación que no conozco, con una chica desnuda a mi lado que no sé ni cómo se llama y que probablemente haya conocido ayer en alguna discoteca, mientras veo en la televisión el nombre de Elena como la única víctima mortal de un fatídico accidente de avión acontecido ayer en la selva.


Y sigo llorando.

Y creo que voy a seguir llorando por toda la eternidad



miércoles, 8 de octubre de 2014

Primavera 0

"El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi), informó que la primavera, que comienza este lunes 22 de setiembre, tendrá en su inicio, un tiempo inestable en la ciudad de Lima."
(La República,20 de setiembre del 2014)


Durante los últimos meses sólo pensaba en canalizar mi furia en un texto sobre las posibilidades de la victoria de Castañeda. "Vamos, haz algo, escribe sobre la indignación que sientes, ese desaliento que te invade cada vez que ves una encuesta en El Comercio". Cavilaba sobre esos párrafos precisos que tendría que aparecer en ese post que llevara a sus lectores a cambiar su posible voto "solidario", aquel que revolucionara las conciencias y sea infalible ante cualquier argumento surgido de algún espontáneo "opinólogo" de las redes sociales. Pero me sentaba, colocaba las manos sobre el teclado, miraba el espacio en blanco que llenaba la pantalla de mi ordenador y simplemente, nada se materializaba.

Leía las publicaciones de muchos de mis amigos y conocidos en Facebook y Twitter. Algunos a favor de Susana, uno que otro a favor de Heresi, por ahí mi prima siendo fiel a su filiación aprista de toda la vida. Si había alguna discusión era más sobre la figura de la actual alcaldesa. Varios escritores, pintores, dramaturgos y actores de teatro también expresaban su opinión, que podía diferir en muchas cosas, pero en lo esencial, defendían la actual gestión o por lo menos la valoraban. Entonces, ¿dónde estaba ese público lector al que tendría que ir dirigido mi hipotético post?


La respuesta me llegó por partes.


                                                                                  I

El mes pasado, mi rutina diaria se vio afectada por la puesta en marcha del Sistema Integrado del Transporte en el corredor Tacna-Arequipa. Para alguien que estudia y trabaja en Miraflores y que recorre en sus días libres las calles del Centro Histórico buscando respuestas existenciales (y libros, que es más o menos lo mismo para mí), esto significaba un cambio drástico de costumbres: levantarme más temprano, hacer cola,caminar unas cuadras de más (algo más de diez si voy de Arequipa a la Brasil de regreso a casa por la noche), ir parado, etc. Decidí aceptarlo, con la firme de convicción de que era un avance. Hace algunos meses, una amiga había regresado de Buenos Aires diciendo "Allí en la Argentina, la gente hace su cola en los paraderos..de no creerlo" y yo simplemente atiné a decirle que en Lima, la gente sólo hace cola para castigarse comprando entradas para un partido de Eliminatorias Mundialistas. Pero ahora estaba pasando.

A los dos días de inaugurado el nuevo corredor, luego del sinfín de reportajes que habían salido en los medios sobre el tema, decidí ir desde el paradero inicial en Armendáriz, hasta la Av. Uruguay cerca del Centro Cívico. Ni leer a Cortázar pudo evitar que escuchara esto:

"Esto es una tontería, ahora me tengo que levantar más temprano para hacer cola por estos buses que van repletos, ya no puedo tomar el micro que me llevaba de frente, que me cobraba un sol veinte, pero a veces volaba cuando hacía carrera. Menos mal que esto es gratis sino, ni me subía. Qué estupidez es esta, la ha cagado. Ojalá vuelva mi micro y ahora peor, nadie votar por esa alcaldesa que cree que la gente no tiene que ir a su trabajo".

Lo decía una mujer de más o menos treinta años, que viajaba con una amiga que le cargaba su mochila aprovechando que iba sentada. Su trayecto habrá durado unas veinte cuadras. Tenía ganas de decirle que esto era un avance, un impulso para mejorar civicamente, una reforma intangible...pero ya se había puesto a discutir sobre otros temas.


                                                                                   II

A las dos semanas de dicho evento, me quedé un rato por la universidad luego de la cancelación de una clase por la tarde. Estábamos hablando con un amigo de fútbol (o discutiendo mejor dicho), cuando irrumpió una chica que ambos conocíamos de la facultad. La saludamos y se coló en la conversación, por lo que tuvimos que cambiarla a una referente a clases en común. Ya estaba cayendo en el tedio, cuando le pregunté a mi amigo:

- ¿Oye, por quién votas? No me digas que por el Mudo jajaja
-Nada que ver, primero voto por el del helicóptero, jaja. Estoy entre Susana y Cornejo, aunque no me convencen.
-No sé, el bigotón es aprista. Yo sí por la tía...¿y tú? ¿también crees que la Susana si quiera pase el 20%?
-¿Quién es Susana?
-Jajajaja
-Jaja, en serio chicos, ¿Quién es Susana?
-Ya no jodas, ¿es en serio?
-Sí, es en serio.


Una de las chicas más destacadas de su promoción académicamente hablando. Para mis amigos, también de las más simpáticas.





Ok, aquí había algo.


Había estado viviendo en una burbuja en la que me sentía cómodo, dónde mi opinión era compartida por mis más allegados. Sentía que éticamente estaba en lo correcto, mi moral era irrefutable y que llegado el momento, podía salir airoso en una discusión con un votante de Castañeda. Sólo que nunca iba a encontrar a éstos en mis círculos cercanos.

Era de la minoría. Y otra vez, como el 2011, mi muro de Facebook no era una muestra representativa del Perú y por más que publicara un texto ilustrativo de muchas líneas, no iba a cambiar las cosas.Esa es la desazón que me impedía escribir. Ello y el desinterés de muchos por ir más allá de sus problemas individuales inmediatos y si quiera tener una curiosidad sobre qué diantres estaba ocurriendo en las noticias. Su desinterés en la sociedad de la que ellos forman parte.


Y no, no era un problema de esta elección, era algo más profundo y que se había enraizado en la mentalidad de una gran parte de nuestra población. Sentir que ya con los problemas que cargaba uno era suficiente en esta vida, como para andar preocupándose por la de toda una ciudad o un país entero.


Roba pero hace obras.Todo está podrido. La política apesta.

¿Sí? ¿No? ¿nos estamos condenando a sobrevivir bajo la sombra de la desesperanza como seres abúlicos incapaces de combatir lo que creemos incorrecto?

No.

No mientras aún se pueda hacer algo.



(Continúa en el siguiente post)