"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


sábado, 26 de diciembre de 2015

Entrevista a Pola Oloixarac: “Siempre me han gustado los nerds”





Invitada a la última edición de la Feria Internacional del Libro de Lima para presentar su novela Las constelaciones oscuras, publicada por Penguin Random House, tuve la oportunidad de conversar con la genial escritora argentina Pola Oloixarac, el último día de la Feria antes de su conversatorio con Danny Salvatierra.




Mi primera pregunta sobre un aspecto de esta nueva novela, y que también había percibido en Las teorías salvajes, era sobre la fascinación por los nerds. Ese grupo de individuos que fracasan al momento de socializar en su adolescencia y juventud, pero que al final terminan controlándolo todo de alguna u otra forma. Quería saber cuándo nace este interés ¿Fue en el colegio? ¿En la universidad? ¿Convives con ellos en el día a día?


Siempre me han gustado los nerds porque es gente que como que está un poco en el límite, ¿no?No sabes a veces si es muy inteligente o muy tonta (risas). Pero hay una evolución curiosa. Porque en los años ochenta, por ejemplo, ser nerd implicaba ser considerado como el animal omega de la clase, ya que los nerds eran pisoteados y se les consideraba una especie de hazmerreír de otros seres que tenían un lugar más preponderante en la cadena alimentaria de egos. Y es muy curioso, porque creo que en los últimos años esa situación se ha revertido totalmente, porque como de alguna manera han ganado una lucha de clases contra todos estos seres que los oprimían y de esa manera digamos, ahora tenemos otra noción del nerd. Ahora lo percibimos como un ser triunfal dentro de las categorías, como del ser y del éxito capitalista. Entonces, esa es una evolución divertida. Me parece que tiene mucho que ver con la época. Con la forma en que hay un montón de factores que han revolucionado totalmente la manera en la que se hace dinero y la manera en que el valor es contabilizado. La forma en la que pensamos el conocimiento y el valor de éste en la sociedad.


Justo ahora que mencionas el aspecto económico, he podido percibir que en esta ciencia como en otras, existen facciones donde predomina una especie de ultrarracionalidad. Esta se encuentra presente también, en mi opinión, en los grupos de poder que controlan todos los aspectos de nuestras sociedades. En Las constelaciones oscuras , el protagonista llamado Cassio, que es una especie de Óscar Wao, sólo es capaz de pensar el mundo de forma lógica. Y curiosamente es concebido de dos fuentes aparentemente opuestas: argentina y brasilera. Hay un prejuicio que tenemos los latinoamericanos y es que la fuente argentina es más racional, mientras que la brasilera está más ligada a lo exótico. Ese cliché de que siempre están bailando alegres. Que de esa unión de fuentes haya nacido Cassio, me lleva a preguntarte ¿Cómo percibes tú la sensibilidad de la humanidad en la actualidad? ¿Crees que hay un apego más a lo racional o a lo pasional?


¡Guau, me parece una pregunta increíble! A ver, me parece muy divertido lo que vos decís. De hecho no lo había pensado así, pero tenés mucha razón. Hay una especie de estereotipo como del argentino ligado a cierta racionalidad o al menos, el argentino como una especie de afrancesado sudamericano. Y en cambio el brasilero como mucho más vinculado a sus pulsiones. Como un ser mucho más salvaje o en estado natural. Es cierto que como los argentinos de alguna manera fundan una fascinación por Brasil, relacionada con esta idea de Brasil como una cuna de la monstruosidad donde todo es posible, lo deforme también termina siendo una posibilidad. No sé cómo pensar la cuestión de la racionalidad sin tener en cuenta la fascinación por lo no humano que me parece que es algo como muy de esta época. Creo que de alguna manera la tecnología es una forma de no humano que es capaz de captar totalmente nuestra imaginación. También la forma en que cada vez estamos más pendientes de los animales, ¿no? Ese interés por lo que les pasa. Ese interés masivo en saber quién le pegó un tiro al león Cécil. La gente se pone como loca con estos temas sobre animales, y ecológicos también. Entonces me parece que la sensibilidad pasa por cómo podemos hacer para vincular nuestra realidad y racionalidad con estos elementos no humanos que nos transforman y que transforman nuestra sensibilidad. Incluso, dentro de nosotros mismos. Creo que en un momento, estaba muy en boga la noción de inconsciente y de Freud, teniendo el psicoanálisis un discurso que parecía que tenía muchas cosas para decir. Y ahora, ese discurso ya no es tan relevante sino más bien, el interés se enfoca de alguna manera en el elemento no humano que llevamos adentro. Como una máquina que de alguna manera emerge sin que nosotros lo sepamos. Creo que la sensibilidad tiene que ver con eso.




Hace poco leí una entrevista con un titular descontextualizado, publicada en El Comercio, donde se resaltaba un “desencanto” por Borges de tu parte. ¿Te gustaría aclarar dicha entrevista y deslindar con la idea que se vendió?

Muchas gracias por hacerme esa pregunta porque de hecho vi la nota y dije “ay, no. ¿Por qué pusieron eso si a mí me encanta Borges? ”. Me parece que es un autor que no decepciona. A la vez, que sin embargo, hay un montón de autores súper interesantes, como por ejemplo Nabokov que estaba realmente decepcionado con Borges, pero él lo decía y tenía argumentos para sostenerlo que no son a los que me refería yo. Lo que yo quería decir es que hay un manejo de las fuentes por parte de Borges que es súper como material, en un sentido ingenuo. O sea, cuando vos estas como muy obsesionado con Borges, digamos,y empezás a leer de donde sacaba las cosas de la Enciclopedia Británica, te das cuenta a veces que realmente copió una definición exactamente como estaba o le daba vuelta. Él juega con un conocimiento que está dado y que es el conocimiento que va a ser mercantilizado en su literatura como universal, pero a la vez no le hace nada a este conocimiento, ¿entendés? No hay una especie de torcedura ni una subversión ante eso. Las cosas de la Enciclopedia Británica se absorben como tales o a veces se les da vuelta, pero hay una relación muy pegada a la letra en ese sentido. Por supuesto que a Borges le interesaba hacer eso, como que a uno le puede interesar hacer otra cosa. Lo que yo quería decir es que a mí me interesaba ver si se podía hacer otra cosa. Para el proyecto de Borges es totalmente genial la manera en cómo maneja la cita. En mi caso, yo tengo ganas de pensar otras relaciones con el conocimiento lo cual es lógico pues vengo de una generación distinta a la de Borges. Como ya aprendí su tecnología, es normal que esté buscando otro tipo de relaciones con el conocimiento. Si bien, como que Borges ya te mostró algunas y está buenísimas, la idea es siempre tratar de ver un poco más…de pensar un poco por afuera de cómo te enseñan los maestros. Y dentro de lo que te enseñan los maestros, siempre hay un momento en la que decís “ay, ¡pero no era que él que sabía todo esto!”. Uno es como un niño y se desilusiona. Le encontrás el truco y te desilusiona un poco. Pero eso no significa que no lo sigas queriendo y que el autor no sea igual de maravilloso.


En la novela, hay un interés latente por la ciencia. Aquello de tratar de comprobar algo. Curiosidad por comprender las cosas que se da en el campo de las ciencias exactas y que se replica en la literatura también. En el proceso de escritura de Las constelaciones oscuras, ¿Tus lecturas se ciñeron a documentos científicos o te dabas tiempo para leer literatura pura? ¿ O creías que podía contaminar el proceso?¿Te disciplinabas al momento de escribir?


Me gusta manejarme de una manera muy ecléctica con mis fuentes. Me gusta tomar fuentes muy elevadas, tipo la Enciclopedia Británica. Bueno, en particular la Enciclopedia Británica no (risas). Pero me gusta usar tratados científicos hardcore tipo Darwin o la gente que discutía con Darwin en su momento. Y también buscar cosas súper trash tipo tratados de cripstosología o tratados sobre la evolución que no fueron a ningún lado. Hay una zona de la ciencia que como que no entra dentro del ámbito de la ciencia normal, para mí es súper literario. Es literatura porque no ingresó al régimen de la “verdad”. Porque entonces, ¿ dónde está ese texto?. Es un limbo literario. Encontrar dicho tipo de textos es súper rico. Yo trato de buscar ese tipo de cosas siempre. Y para las Las constelaciones oscuras mucho más.


Las teorías salvajes, tu primer libro, fue un hit en su momento más allá de cual motivo extraliterario, ya que su calidad era innegable siendo un debut en la narrativa. Luego de más de cinco años. ¿Aún lo quieres? ¿O no deseas saber más del mismo como otros autores que lo guardan dentro de un cajón y no quieren saber más del mismo?


Bueno, yo lo quiero mucho. Quiero mucho a Las teoría salvajes. De hecho, va a salir reeditado el año que viene por Random House, asi que está buenísimo que el libro siga reviviendo y resucitando. Yo tengo una buena relación con el libro. De hecho, a veces lo tengo que revisitar pues tengo que revisar traducciones y esas cosas. A veces digo ”¡guau!”, pues me olvidé totalmente de ciertas frases que construí e igual me gustan. A veces me parecen como que demasiado barrocas. Hay cierto barroquismo que yo traté de controlar en Las constelaciones oscuras ,porque uno creo que se va entrenando, ¿no? Hay algo del proceso de escribir que tiene que ver con entrenarte. A mí por lo menos me gusta pensar así. No es sólo las cosas como salen, sino que uno tiene que tratar de controlar sus impulsos y educarse dentro de la idea que uno tiene, que es lo que puede estar bueno. Así que quiero mucho a Las teorías y espero que a la gente le siga gustando.


En la solapa de la edición peruana de Las teorías salvajes se mencionaba que tenías familia peruana. Y ahora que revisaba para la entrevista tus redes sociales, vi que habías subido una foto de un cuadro que te hicieron. ¿Cómo han sido estos días en Lima? ¿Te has acercado de nuevo a tu familia? 


Es muy lindo lo que preguntás, porque ese cuadro que mencionás lo pintó una niña que es un genio. Una pequeña limeña que se llama Elsa Bustamante y que está estudiando Arquitectura en la Unifé. Tiene un proyecto genial para hacer un laboratorio astronómico en el Perú y bueno, es una niña muy brillante. Me hizo ese cuadro que para mí fue totalmente hermoso. Lamentablemente no tengo más familia en Lima porque los que estaban murieron. De hecho, en el 2010, cuando vine pude ver a la comadre de mi abuela, y su esposo.

Por último, ¿Cuál es aquel libro que te fascinó leer de niña y que crees que debe leerse siempre?¿ Y cuál es aquel que te haya deslumbrado en los últimos meses?

Primero, el que me fascinó en los últimos meses. Lagoon, que aún no está traducido al español, de una chica llamada Nnedi Okorafor, escritora nigeriana de ciencia ficción. Es un libro completamente genial, con lagos en Nigeria rarísimos y seres que están habitando el océano. Es muy genial. Y uno de los primeros libros que yo leí, que de hecho estaba en la biblioteca de mis abuelos peruanos, fue Sandokán. Toda la serie de Emilio Salgari. Creo que la literatura de aventuras es lo mejor que le puede pasar a un niño. Es algo que está buenísimo y lo súper recomiendo, así como la lectura de Edgar Allan Poe pues el terror es una gran sensación. Y por último, también recomiendo la lectura de la Biblia, porque nada transmite el terror como la Biblia (risas).



Publicada en El Buen Librero

Carné de identidad: "Un pedigrí" de Patrick Modiano


Es común que a cierta edad, la mayoría de escritores empiecen a escribir sobre sus memorias. Empiezan a rebuscar todos aquellos hechos o pensamientos de cierta época, que merezcan ser plasmados en una obra que les sobreviva. Se alejan del territorio de la ficción para mostrarnos su vida privada. O bueno, ciertos aspectos de ella. Dicha tarea es la que se propuso Patrick Modiano en “Un pedigrí”. Rescatar parte de su infancia y juventud, intentando entender a las personas que fueron relevantes en dicha época o simplemente fueron lugares de paso. El resultado es un conjunto de líneas que intentan ahondar (de forma irregular) en la sensación de desamparo con la que tiene que lidiar el narrador, luchando lamentablemente con una maraña de datos que las opacan.

Que el lector me disculpe por todos estos nombres y los que vendrán a continuación. Soy un perro que hace como que tiene pedigrí.

Las temporadas de grandes turbulencias traen consigo frecuentemente encuentros aventurados, de tal forma que nunca me he sentido hijo legítimo, y menos aún, heredero de nada.

En las citas anteriores se puede notar la apuesta por intentar sintetizar los sentimientos de tristeza y nostalgia que lo embargaron durante la infancia (apelando incluso a la autominimización). Modiano hace para ello una enumeración de nombres, fechas y lugares, para hacer una especie de cronología que le posibilite explicar de la manera más desangelada posible la forma en la que el narrador sobrevivió a la carencia afectiva por parte de sus progenitores, y a esa figura fantasmal que fue su madre:

Era una chica bonita de corazón seco. Su novio le había regalado un chow-chow, pero ella no le hacía caso y lo dejaba al cuidado de diversas personas, como hizo conmigo más adelante. El chow-chow se suicidó tirándose por la ventana (…) debo admitir que me conmueve muchísimo y me siento bastante próximo a él.

La veía pocas veces. No recuerdo de ella ni un ademán de ternura auténtica o de protección. Me notaba siempre hasta cierto punto con la guardia en su presencia. Sus repentinas iras me perturbaban, y como asistía al catecismo, le rezaba a Dios para que le perdonase.

Y sin embargo, este acercamiento a la figura materna que pudo haber generado un mayor interés por parte del lector, se diluye como dije, entre tanto dato y detalle que no permiten avanzar con fluidez en la narración de la historia que se está contando. En vez de priorizar una mayor exploración de dicha relación a lo largo del libro, se le brinda solo pequeños espacios dentro del texto completo. En estos espacios es posible notar la desazón de Modiano por lo que considera una infancia incompleta, llena de agujeros en las que se fue colando la soledad. La ilusión de un ajuste de cuentas de una vez por todas con ese pasado. Lástima que la tarea no le salga de forma idónea a Modiano. Si quieren leer algo del Nobel francés, lo más probable es que “Un pedigrí” no sea el mejor libro para comenzar.






+Sobre el autor:

Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), uno de los mejores novelistas contemporáneos, ha recibido entre otros numerosísimos galardones el Premio Nobel en 2014. En Anagrama se han publicado todas sus últimas novelas: Un pedigrí, En el café de la juventud perdida, El horizonte, La hierba de las noches y próximamente aparecerá Para que no te pierdas en el barrio, recién publicada en Francia. Asimismo, hemos rescatado novelas anteriores tan significativas como Trilogía de la Ocupación (El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación), Villa Triste, Libro de familia, Calle de las Tiendas Oscuras (Premio Goncourt), Una juventud, Domingos de agosto, Tan buenos chicos y Accidente nocturno



Reseña publicada en El Buen Librero

viernes, 25 de diciembre de 2015

La expansión de los sentidos: Moral de Sergio Chejfec




De lunes a viernes tomo el Metropolitano para ir a trabajar. Dos veces al día, de ida y de vuelta, soy un cuerpo más en medio de la marea humana que espera la llegada del bus que lo llevará a su destino. Por lo general aprovecho para leer un libro. Alguna historia que me permita romper con la rutina. La semana pasada cargaba Moral (1990) de Sergio Chefjec. Abrí el libro y me encontré con estas líneas: “El tren arriba y pareciera que todo sucede, que el objeto mismo de las construcciones utensilios y herramientas que integran lo que se denomina “Estación”, el sentido último de aquella escenografía aislada y particular, ignorada y casi artificial, se materializa momentáneamente”.




Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía mucha alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguno de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la único novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la última Feria del Libro de Lima. Así que durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro en específico. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida, sino una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día, es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo aparentemente anodino en el que se mueve es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.



Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía mucha alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguno de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la único novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la última Feria del Libro de Lima. Así que durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro en específico. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida, sino una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día, es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo aparentemente anodino en el que se mueve es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.

Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

+Sobre el autor:

Sergio Chejfec nació en Buenos Aires en 1956. Entre 1990 y 2005 vivió en Caracas y desde entonces reside en Nueva York. 

Ha publicado las novelas: Lenta biografía (1990), Moral (1990), El aire (1992), Cinco (1996),El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999), Boca de lobo (2000), Los incompletos(2004), Baroni: un viaje (2007; Candaya, 2010), Mis dos mundos (Candaya, 2008) y La experiencia dramática (2012, Candaya 2013). Es autor también de los libros de poemas:Tres poemas y una merced (2002) y Gallos y huesos (2003), y del libro de ensayos El punto vacilante (2005). Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, portugués y hebreo. EnSergio Chejfec. Trayectorias de una escritura (Edición de Dianna C. Niebyski), quince autores de diferentes nacionalidades analizan la totalidad de su obra.







Texto publicado originalmente en El Hablador