"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 16 de agosto de 2015

Rabia juvenil: “Matacabros” de Sergio Galarza


“Si yo pudiera hacer el mundo tan puro y extraño como lo veo”
Lou Reed

Cuando bordeas lo veinte años y has encontrado en la literatura un refugio, es posible que surja la necesidad de escribir. Expresar a través de la escritura una incomodidad con la realidad que le ha tocado vivir a uno. Narrar aquellas historias que a uno le gustaría leer pero que nadie, más que uno mismo, podría escribir. Desahogar toda la rabia contenida escribiendo. “Mostrar la cara” como diría Alejandro Zambra.

Comentando algunos libros peruanos de los años noventa con unos amigos, surgió el nombre de Matacabros. Un cuentario escrito por Sergio Galarza, cuando éste tenía veinte años, en 1996. De ello pasó un par de semanas, cuando haciendo hora en la librería El Virrey del Centro de Lima, encontré un ejemplar abierto. Hojeando las primeras páginas encontré este fragmento donde Galarza explica la experiencia de escribir este libro, 16 años después de su publicación:

Mi intención cuando empecé a escribir fue llenar un vacío en mi vida. Deseaba gozar las experiencias que, según había visto en las películas, correspondían a la juventud. Pero yo acababa de cumplir la mayoría de edad y no me había enamorado, no tenía un grupo de amigos que compartieran mis gustos musicales, es decir, no tenía amigos para emborracharme en un concierto, la gente que conocía buscaba otras cosas. Estaba solo, lo suficiente como para crear un  universo paralelo de drogas, sexo y rock, que existía en Lima pero yo no había visitado. Creo que ese es el espíritu de Matacabros: una banda de adolescentes y jóvenes que buscan compañía sin importarles el peligro, sacrificando hasta su dignidad.

Sin pensarlo dos veces, lo compré y leí sin parar durante toda una madrugada. Era increíble como un libro de cuentos publicado hace casi veinte años, cuando yo aún estaba yendo al nido, era capaz de conectar conmigo en la actualidad. Esa urgencia por buscar experiencias tan propia de la juventud expresada en los distintos cuentos que iba leyendo y que, a pesar de los años pasados, no había perdido vigencia alguna. Me identificaba con varios personajes, vinculando las historias con ciertos momentos de mi vida. Si un libro logra eso, es porque es bueno. Y vaya que este lo es.

El día de mi suerte

Rocky espera el momento de defender su honor. La palabra empeñada.

Nadie parecía saber la verdadera razón por la que se había pactado. Tenían tantas cosas en qué pensar. Pero eso no importaba, porque a la hora de defender el honor cualquier razón era válida. Y Rocky, a sus quince años, lo sabía mejor que todos.

Un chico de quince años que se ciñe a las reglas de la “ley de la calle”. Una normativa donde la violencia es la única autoridad. Adolescentes pertenecientes a una generación acostumbrada a enfrentarse a la vida a través del uso de máscaras.  Aparentar personalidades para sobrevivir en la “selva de cemento”. En una historia que evoca al primer cuentario de ese demiurgo que es Vargas Llosa, Galarza es capaz de expresar el miedo en una pelea que más allá del contacto físico, es la psicológica con uno mismo.

Encapuchados, polo manga cero, jeans roto sin basta, zapatillas desamarradas, sucios. Por fuera eran mierda, carajo, puta y gramputa. Pero por dentro: harto miedo y ganas de mejor lo dejo ahí.

Domingo sin Ruth

Diente de Leche, el protagonista de esta historia es un chico enamorado de Ruth. Una chica que más que querer, idolatra. La  tiene en un altar. Y sobre todo es capaz de hacerlo pensar en sus carencias. En su cobardía y timidez. Su falta de “virtudes” necesarias en la turbulenta época de la juventud. Una diosa todo poderosa que controla todas sus acciones con su sola imagen.

Si no fuera porque eres cobarde como una gallina y solo sabes empollar los huevos, le hubieras sacado la mierda al Lanza, Diente de Leche. Se la hubieras sacado por burlón, por cizañero, pero no por mentiroso, porque tú sabes que la Ruth es así. Con moto y plata cualquiera, piensas. Y tú no tienes ninguna de las dos. De nada te sirven tu cara bonita, tus ojos verde agua sucia de pileta, tus buenos modales, si eres misio, Diente de Leche.

No importa cuánto Ruth lo rechace. Él no es capaz de olvidarla, convirtiéndola en una obsesión casi religiosa. La máxima expresión de devoción. Una devoción por la que muchos sin duda hemos pasado durante el proceso de idealizar a alguien creyendo que es el amor de toda la vida.

Cada vez que alguien te pasa la voz para ir al troca, te chupas. Según tú, te estás guardando para cuando la Ruth se case contigo. Ya están empezando a creer que tiras para el otro lado, por eso a veces te meten la mano, te bajan el pantalón y se frotan con tu culo.

Esperando a Alice

Alice llega al barrio para cambiarlo todo. Una norteamericana, que como un violento huracán arrasa con las costumbres de los jóvenes vecinos. (A partir de entonces la mancha adoptó hábitos y posturas hippie, tal y como Muñeco había entendido que le gustaban los chicos a Alice.)  Una chica que llega para despertar en el joven protagonista sentimientos hasta ese momento desconocidos. Galarza narra una historia de amor inolvidable en pocas páginas, donde además es capaz de describir las poses juveniles que uno ya de viejo evoca con nostálgico pudor.

Alice decía que éramos bohemios, artistas, aunque ninguno excepto yo hiciera algo que nos pudiera catalogar como tales. Íbamos a exposiciones de pintura para beber gratis, a conciertos en el Centro y acabábamos en charlas de cantina. / (…)Había bastado  con su presencia para quebrar nuestra orden. Las vestimentas seudo hippie, los aretes en la nariz y el ombligo, las reuniones en el parque, eran parte de una cultura que ella nos había inoculado.

Alice es la imagen de la pérdida de la inocencia y el inicio de una etapa mucho más sórdida y violenta. El descubrimiento del sexo en sus facetas más luminosas y oscuras.  Uno termina desolado con este cuento, pero satisfecho por haber leído un genial relato también.

Historia para tres

Una relación enfermiza donde hay más golpes que caricias. Una chica débil y un chico patán. Ellos dos y un joven narrador que los observa destruirse. Atacarse sin mesura, ignorando las consecuencias. 
Admirador de uno:

Sebastíán era nuestro héroe. Veíamos en él al tipo irreverente y despreocupado que todos queríamos ser. Disponía de su propio dinero mientras que nosotros seguíamos atados a las propinas que nos daban en casa. A cualquier lugar al que iba, por muy recóndito que fuese, lo conocían desde el vigilante de la puerta hasta el dueño del local. Y por si fuera poco, tenía a Adriana, la chica a la que todos pretendíamos.

Y enamorado de ella:

Para quienes la conocíamos un poco, o al menos habíamos intercambiado alguna palabra con ella, nos era casi imposible comprender cómo podía sentir amor, compasión o lo que fuera por un tipo de la calaña de Sebastián. Ella soportaba que él se acostar con otras, la insultara y a veces le pegara. Su relación era enfermiza para todos. Nadie sabía qué pasaba en realidad.

La ambivalencia de sentimientos y la aceptación de migajas de pasión son temas que recorren las páginas de este cuento cuyo final lo deja a uno con un grito contenido.

Cruzando la frontera

¿Cuántas veces se ha querido dejar todo lo que uno está haciendo atrás?¿Cuántas veces se ha tomado la decisión e efectivamente hacerlo? Un chico se escapa de casa y se pone a recorrer el Sur peruano. Huyendo de sus problemas, incapaz de enfrentarlos (La moral la dejaba para los que renegaban de su falta de huevos.)En el camino se encuentra con un personaje que entra y sale de su vida en momentos clave. Que lo hace pensar en su propia situación. Y sobre todo, reflexionar sobre la validez de lo que está haciendo. Sobre su condición frente al mundo que conoce. El autor nos describe una metáfora de la huida. De la sensación de fracaso de una generación que no encuentra el camino donde se sientan cómodos sus miembros.

Era verdad, había tenido miedo de enfrentarme a la realidad. Yo no quería ser, odiaba, rechazaba la idea de convertirme en uno más de aquel grupo de burgueses que había visto desfilar ante mí. A diario, en mi mundo, por las avenidas con sus carros último modelo, luciendo la felicidad de su riqueza en reuniones, trabajando como esclavos en las cárceles de cemento. Había buscado evadirme.

Perdidos en la noche

No lo puedo evitar, lo mío no es el agarre, soy un tanto conservador, un romántico, un huevón como dirían mis patas

Así se describe el protagonista. Por lo que sabemos de ante mano, que está perdido en una época donde lo que sirve es actuar y no “pensarla tanto”. Un chico vulnerable al enamoramiento que idealiza en demasía y no es capaz de actuar con la malicia necesaria en un periodo donde esto es un defecto fatal.

Para mí las mujeres bellas se diferencian de las otras por la impresión que causan en uno, y aquello fue lo que me sucedió con Lauren. La impresión que me causó fue tan demoledora, que hasta ahora me estremezco al evocar su nombre en la oscuridad de mi cuarto.

Leyendo el cuento, uno se da cuenta de los inexpertos que somos al momento de lidiar con el sexo opuesto durante estos años. De ello, y ciertas cuestiones que uno piensa (para bien o para mal) pero nunca expresa a esta edad como en las siguientes líneas.

Lauren era una de esas fulanas recontra liberales que asumen el sexo como un deporte. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran desconcertantes, soltaba frases sin sentido para que los otros notaran que estaba ahí nada más. En Lima abundan este tipo de fulanas, loquitas pitucas que les encanta estar a la moda lo que equivale a : subirse en motos, drogarse y ser tan populares como se los permitan sus agallas. También están las artistas, esas sí que fuman duro, lo suyo es la pintura, la escultura, los libros (Kerouac y Ginsberg, por supuesto), aunque no sepan ni dibujar y no entiendan ni un carajo. Por último, en el rubro rucas, están las auténticas guerreras, estas no creen en nadie y arrasan con todo a su paso como un torbellino. Lauren no encajaba en ninguna de las categorías, había algo en ella que la hacía diferente, podía acostarse con cualquiera pero yo la sentía diferente.

Ruta al centro

El Centro de Lima sirve de metáfora para describir la frustración de un joven que padece los sinsabores del fracaso. En una estética que evoca al Ribeyro cuentista, se narra la pérdida de autenticidad de un joven que termina ahogándose en la apatía y la insatisfacción de la masa que camina junto a él.

Los rayos solares afinaban su puntería sobre las cabezas de los transeúntes. Gabriel era uno de ellos, uno de los tantos que se confundían entre el mar generado en el Parque Universitario. El estómago le gruñía, el calor de la gente lo bañaba en sudor y un sentimiento de insatisfacción aprisionaba sus sentidos.

Al que sin importar cuánto se ha esforzado, la vida ha condenado a un rol mínimo e ínfimo. Un papel sin importancia en una sociedad que no dudará dos veces antes de pisotearlo para seguir avanzando.

¿Qué hacía allí?, se preguntaba. ¿Para qué seis años de estudios?¿Para que lo envíen a recoger partidas, revisar expedientes, pelear en pasillos oscuros con secretarias y escribanos?¿Por qué era el único en la oficina que no tenía carro o tomaba taxi?

Sociedad conformada por personas que casi como autómatas son gobernadas por sus respectivas rutinas. Ya no importa el otro. Lo que importa es sobrevivir primero. Si queda tiempo, ya se pensará si se atiende al resto.

Arrimado a un costado del charco de sangre que bañaba la pista, el cuerpo del policía asesinado semejaba un bulto fangoso. La gente lo miraba de reojo al pasar y seguía su camino. Alguien llegó a exclamar: “Borracho”.

Un cuento que esconde más de un mensaje, y cuyas líneas que más me deslumbraron fueron estas donde describen al Centro de Lima de mi infancia. Donde me críe. El lado B de una metrópoli a la que le cuesta aceptar sus defectos.

El Centro no había cambiado en nada desde que Gabriel recordara haber ido por primera vez. Sus calles llenas de desperdicios, los orates y mendigos estirando la mano para golpearte o pedir limosna; los edificios con sus paredes negras de hollín y llenas de afiches, las casonas antiguas, refugio de las familias más respetables en sus buenos tiempo, convertidas ahora en focos de prostitución. El más optimista no hubiera podido decir que el Centro era siquiera un recuerdo de lo que fue.

Matacabros

Sobre el último cuento, que le presta su título al libro, hay mucho que decir. Pero quisiera ceñirme a dos temas. El primero es la genial forma en la que Galarza describe la rabia y desazón que reinaban en los noventa y cuyo eco aún nos alcanza. La forma violenta de expresar las frustración: personal primero, y luego colectiva. Y segundo, la manera como en medio de esa espiral sanguinaria se da luz a una herida del pasado, determinante en la conducta de un grupo de jóvenes bestializados.

Ríen como enajenados, como huevones que no entienden que les pasa, fuera de sí. Hasta que sus miembros erectos dejan de chorrear y se suben las braguetas. Lucy está irreconocible, tiene el rostro hinchado y la carne morada, celeste, verde. Ni siquiera ha gritado, no ha tenido tiempo para hacerlo, los golpes le han caído uno tras otro. Casi no respira . ¿Estará muerto ya?, se preguntan. Seguro.



Conclusión: Matacabros es un libro que sobrevivirá al inclemente paso del tiempo. 

+Sobre el autor:


Estudió Derecho pero nunca ejerció dicha profesión. Trabajó en una universidad, fue redactor de noticias para un canal de televisión y editor de cultura para una revista. Colabora con las revistas Letras Libres, Etiqueta Negra, El Estado Mental y la librería digital Kiputeca. En la actualidad es dependiente en una librería donde se permite la entrada a los perros, y jugar al fútbol es su droga.

Su primer libro de cuentos es Matacabros y el último Algunas formas de decir adiós, XI Premio de Relatos Cortes de Cádiz 2014. El reportaje Los Rolling Stones en Perú, coescrito con Cucho Peñaloza, fue reeditado en España por la editorial Periférica (2007).

Por su novela Paseador de perros (Candaya, 2009), que tuvo una excelente acogida de crítica y público, Sergio Galarza fue considerado Nuevo Talento FNAC. En 2012 publico JFK, segunda parte sobre su trilogía sobre Madrid y la soledad en las ciudades contemporáneas, completada con La librería quemada.

miércoles, 5 de agosto de 2015

A history of violence: “Derretimiento” de Daniel Mella


No sé cuántos de los que leen mis textos han tenido la oportunidad de ver la película de Cronenberg (protagonizada por Viggo Mortensen y María Bello) que da título a esta reseña. Una película donde la violencia se va incrementando con el correr de los minutos, llegando dicha atmósfera a trascender la pantalla del televisor y ser capaz de aturdir a quien esté viendo la película en la tranquilidad (luego de la película, desterrada) de su sala. Una película imprescindible.  De ella me acordé mientras avanzaba con las páginas de “Derretimiento”. De esa película y de la “La naranja mecánica”, un clásico de los setenta. Pues en este libro abundan las escenas escabrosas. Aquellas que lo dejan a uno atónito por ver el nivel de decadencia moral al que puede llegar el ser humano en situaciones límite,y posteriormente, en su vida cotidiana. Pero no escenas aisladas para impactar por momentos. Sino una que construyen una historia,con un mensaje: el hombre puede ser el más vil de los seres que habitan este planeta si se lo propone.

Acostado boca arriba podía respirar sin dificultad, quizás fuera ese el único movimiento que se permitía. Era como estar apretado entre dos paredes, la nariz y la cara y el resto del cuerpo aplastados.   El protagonista de esta novela, es un psicópata que empieza a rememorar su infancia cuando se hallaba postrado en una cama. Inmóvil e indefenso antes los abusos de los cuales era parte. Débil por una enfermedad que lo carcomía físicamente. Un pedazo de ser humano para los demás, cuyos cuidados iniciales se van perdiendo con el transcurrir del tiempo. Nótese en estas líneas:

Me convertí, para ellos, en una botella o una caja de latón, vacía no solo de alimento sino también de respuestas vitales, de sentimientos, y que además debía ser constantemente cuidada, limpia, ser vida.

¿Acaso no recuerda al personaje rechazado por excelencia de la literatura del siglo XX? Sí, a Gregorio Samsa. El protagonista se vuelve asqueroso como un insecto para su familia. Algo de lo cual buscan deshacerse. Una cosa que no hace más que generar repulsión. Mi cuerpo era un muñeco con las terminales nerviosas irritadas cuyos cables llegaban, como ríos afluentes, hasta la posición medular, mi extenso podio interior. Pero había otra cualidad esencial en ese cuerpo, tal vez la más determinante: la memoria.

Una infancia destruida por la enfermedad. Tanto la física como la que dañaba su espíritu de seguir sobreviviendo. Se me notaba en la cara; suspiraba mucho. Pero lo peor era la tristeza. El deseo de reincorporarme a las actividades de los demás sin ser una carga se veía frustrado una y otra vez. (…) Me derrumbaba llorando, y alimentaba lástima. //En la mente se me produjo un agolpamiento de preguntas e imágenes que no conducían a nada. Mi cabeza daba vueltas imprescindibles; sentía la agitación del pecho, podía oír sus sonidos graves;  eso la debilidad, eso era ser pequeño, indefenso, inútil, desprovisto de todo.

Ya de grande, en su proceso de adaptación a una sociedad de la cual se ha ausentado por año, es testigo de una brutalidad sin igual.  Las imágenes que recibe en sus primeros acercamientos son capaces de estremecer incluso, a aquellos que se consideran "de piedra". La imagen del asesinato de un indefenso animal es narrada de una manera tan limpia y directa, que uno termina preguntándose qué más puede esperarse al seguir avanzando el libro que sea capaz de superar ese nivel. ¿ Se puede?. Y Daniel Mella nos dice que sí. Que aún falta el verdadero descenso a los infiernos.

Intento gritar pero ni un gemido. La materia igual me envuelve, me hundo y no encuentro un fondo. Cuando la onda está a punto de ahogarme, cierro los ojos y la ilusión desaparece.

El viaje al desierto (representado en las dunas de un litoral costero), como en el Nuevo Testamento sirve como metáfora del aislamiento. De la preparación mental de lo que está por venir. Pero a diferencia de la Biblia, lo que viene no es el sufrimiento de quien vuelve al mundo de los mortales. Sino el de los demás.El de ellos. Es un demonio que desciende a la Tierra para verla arder. Para causar caos y desatar la locura. Para volverse un ser sin conciencia moral. Sin dudas éticas.

Los llevo como puedo hasta la choza. A veces los cargo, otras los arrastro. El detalle de que no se suelten me hace sentir una inmensa repulsión, no hacia mí ni hacia ello, sino respecto a algo que no puedo definir ni tocar.

Que no tiene contemplaciones para ver a los demás seres humanos como materia que puede desecharse. Algo intercambiable y que no tiene valía más allá de un cuerpo con límite de tiempo: La veía, una gorda llena de bufidos y huesos esponjosos, hundida en los almohadones, y no servía para nada; ni para ella misma.

Que no ha encontrado más mecanismo para desahogar toda su rabia y odio contenidos a través de los asesinatos. Pero sobre todo, su frustración. Eso.  La frustración de haber sido tratado como menos que un ser humano de niño. De no haber tenido la misma oportunidad de percibir el mundo como los demás. La desigualdad. Y que por ello no llega a encontrar un sentido a su vida. Crisis existencial que lo lleva a una degeneración total.Hay una cuota de rabia que llevo desde hace tiempo, y que arruina estos momentos, probablemente únicos en el día, haciéndolos más preciosos pero más patéticos también. Me maldigo, y ese es, quizás, el único dolor que llego a sentir, el más profundo; los ojos se me anegan de lágrimas.¿ Qué es de mí? Eso es lo que no sé.

Y que lo acompaña hasta sus últimos días.

Bueno, esa es la vejez. El tiempo medido por los pasos cortos de un mastodonte. Y ese ovillo, hecho de recuerdos e imágenes, distorsionados por la ficción y rodeados de la apestosa nebulosa que proporciona la compasión por uno mismo.

Poco más de 100 páginas le sirvieron a Daniel Mella, cuando tenía 22 años (sí, 22 años), para escribir una historia de terror y esbozar a su vez la degradación moral en la que se encuentra el mundo hasta nuestros días. Capaz de crear atmósferas de cine gore y explorar la mente de un psicópata, estremeciendo al lector que por momentos llega a temer lo que está por venir, pero igual sigue leyendo.  “Derretimiento” es una novela de culto, que gracias a la nueva editorial independiente “Santuario” llega a nuestras manos, más de una década después de publicada por primera vez en Uruguay y España.


Si quieren temblar con un libro, este es uno de los indicados. 

-Reseña publicada en la web literaria Solo Tempestad

+Sobre el autor:

Montevideo, 1976. Publicó su primera novela con veintiún años: Pogo (Aymará, 1997; HUM, 2007), a la que le siguieron Derretimiento (Trilce, 1998; Lengua de Trapo, 1999; HUM, 2007, 2009) y Noviembre (Alfaguara, 2000; Irrupciones, 2010). Participó de las antologías El vuelo de Maldoror (Aymará, 1997), Líneas Aéreas (Lengua de Trapo, 1999), El descontento y la promesa (Trilce, 2008). Lava (HUM, 2013) fue Premio Bartolomé Hidalgo 2013. Actualmente es colaborador de El País Cultural.