"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


sábado, 26 de diciembre de 2015

Entrevista a Pola Oloixarac: “Siempre me han gustado los nerds”





Invitada a la última edición de la Feria Internacional del Libro de Lima para presentar su novela Las constelaciones oscuras, publicada por Penguin Random House, tuve la oportunidad de conversar con la genial escritora argentina Pola Oloixarac, el último día de la Feria antes de su conversatorio con Danny Salvatierra.




Mi primera pregunta sobre un aspecto de esta nueva novela, y que también había percibido en Las teorías salvajes, era sobre la fascinación por los nerds. Ese grupo de individuos que fracasan al momento de socializar en su adolescencia y juventud, pero que al final terminan controlándolo todo de alguna u otra forma. Quería saber cuándo nace este interés ¿Fue en el colegio? ¿En la universidad? ¿Convives con ellos en el día a día?


Siempre me han gustado los nerds porque es gente que como que está un poco en el límite, ¿no?No sabes a veces si es muy inteligente o muy tonta (risas). Pero hay una evolución curiosa. Porque en los años ochenta, por ejemplo, ser nerd implicaba ser considerado como el animal omega de la clase, ya que los nerds eran pisoteados y se les consideraba una especie de hazmerreír de otros seres que tenían un lugar más preponderante en la cadena alimentaria de egos. Y es muy curioso, porque creo que en los últimos años esa situación se ha revertido totalmente, porque como de alguna manera han ganado una lucha de clases contra todos estos seres que los oprimían y de esa manera digamos, ahora tenemos otra noción del nerd. Ahora lo percibimos como un ser triunfal dentro de las categorías, como del ser y del éxito capitalista. Entonces, esa es una evolución divertida. Me parece que tiene mucho que ver con la época. Con la forma en que hay un montón de factores que han revolucionado totalmente la manera en la que se hace dinero y la manera en que el valor es contabilizado. La forma en la que pensamos el conocimiento y el valor de éste en la sociedad.


Justo ahora que mencionas el aspecto económico, he podido percibir que en esta ciencia como en otras, existen facciones donde predomina una especie de ultrarracionalidad. Esta se encuentra presente también, en mi opinión, en los grupos de poder que controlan todos los aspectos de nuestras sociedades. En Las constelaciones oscuras , el protagonista llamado Cassio, que es una especie de Óscar Wao, sólo es capaz de pensar el mundo de forma lógica. Y curiosamente es concebido de dos fuentes aparentemente opuestas: argentina y brasilera. Hay un prejuicio que tenemos los latinoamericanos y es que la fuente argentina es más racional, mientras que la brasilera está más ligada a lo exótico. Ese cliché de que siempre están bailando alegres. Que de esa unión de fuentes haya nacido Cassio, me lleva a preguntarte ¿Cómo percibes tú la sensibilidad de la humanidad en la actualidad? ¿Crees que hay un apego más a lo racional o a lo pasional?


¡Guau, me parece una pregunta increíble! A ver, me parece muy divertido lo que vos decís. De hecho no lo había pensado así, pero tenés mucha razón. Hay una especie de estereotipo como del argentino ligado a cierta racionalidad o al menos, el argentino como una especie de afrancesado sudamericano. Y en cambio el brasilero como mucho más vinculado a sus pulsiones. Como un ser mucho más salvaje o en estado natural. Es cierto que como los argentinos de alguna manera fundan una fascinación por Brasil, relacionada con esta idea de Brasil como una cuna de la monstruosidad donde todo es posible, lo deforme también termina siendo una posibilidad. No sé cómo pensar la cuestión de la racionalidad sin tener en cuenta la fascinación por lo no humano que me parece que es algo como muy de esta época. Creo que de alguna manera la tecnología es una forma de no humano que es capaz de captar totalmente nuestra imaginación. También la forma en que cada vez estamos más pendientes de los animales, ¿no? Ese interés por lo que les pasa. Ese interés masivo en saber quién le pegó un tiro al león Cécil. La gente se pone como loca con estos temas sobre animales, y ecológicos también. Entonces me parece que la sensibilidad pasa por cómo podemos hacer para vincular nuestra realidad y racionalidad con estos elementos no humanos que nos transforman y que transforman nuestra sensibilidad. Incluso, dentro de nosotros mismos. Creo que en un momento, estaba muy en boga la noción de inconsciente y de Freud, teniendo el psicoanálisis un discurso que parecía que tenía muchas cosas para decir. Y ahora, ese discurso ya no es tan relevante sino más bien, el interés se enfoca de alguna manera en el elemento no humano que llevamos adentro. Como una máquina que de alguna manera emerge sin que nosotros lo sepamos. Creo que la sensibilidad tiene que ver con eso.




Hace poco leí una entrevista con un titular descontextualizado, publicada en El Comercio, donde se resaltaba un “desencanto” por Borges de tu parte. ¿Te gustaría aclarar dicha entrevista y deslindar con la idea que se vendió?

Muchas gracias por hacerme esa pregunta porque de hecho vi la nota y dije “ay, no. ¿Por qué pusieron eso si a mí me encanta Borges? ”. Me parece que es un autor que no decepciona. A la vez, que sin embargo, hay un montón de autores súper interesantes, como por ejemplo Nabokov que estaba realmente decepcionado con Borges, pero él lo decía y tenía argumentos para sostenerlo que no son a los que me refería yo. Lo que yo quería decir es que hay un manejo de las fuentes por parte de Borges que es súper como material, en un sentido ingenuo. O sea, cuando vos estas como muy obsesionado con Borges, digamos,y empezás a leer de donde sacaba las cosas de la Enciclopedia Británica, te das cuenta a veces que realmente copió una definición exactamente como estaba o le daba vuelta. Él juega con un conocimiento que está dado y que es el conocimiento que va a ser mercantilizado en su literatura como universal, pero a la vez no le hace nada a este conocimiento, ¿entendés? No hay una especie de torcedura ni una subversión ante eso. Las cosas de la Enciclopedia Británica se absorben como tales o a veces se les da vuelta, pero hay una relación muy pegada a la letra en ese sentido. Por supuesto que a Borges le interesaba hacer eso, como que a uno le puede interesar hacer otra cosa. Lo que yo quería decir es que a mí me interesaba ver si se podía hacer otra cosa. Para el proyecto de Borges es totalmente genial la manera en cómo maneja la cita. En mi caso, yo tengo ganas de pensar otras relaciones con el conocimiento lo cual es lógico pues vengo de una generación distinta a la de Borges. Como ya aprendí su tecnología, es normal que esté buscando otro tipo de relaciones con el conocimiento. Si bien, como que Borges ya te mostró algunas y está buenísimas, la idea es siempre tratar de ver un poco más…de pensar un poco por afuera de cómo te enseñan los maestros. Y dentro de lo que te enseñan los maestros, siempre hay un momento en la que decís “ay, ¡pero no era que él que sabía todo esto!”. Uno es como un niño y se desilusiona. Le encontrás el truco y te desilusiona un poco. Pero eso no significa que no lo sigas queriendo y que el autor no sea igual de maravilloso.


En la novela, hay un interés latente por la ciencia. Aquello de tratar de comprobar algo. Curiosidad por comprender las cosas que se da en el campo de las ciencias exactas y que se replica en la literatura también. En el proceso de escritura de Las constelaciones oscuras, ¿Tus lecturas se ciñeron a documentos científicos o te dabas tiempo para leer literatura pura? ¿ O creías que podía contaminar el proceso?¿Te disciplinabas al momento de escribir?


Me gusta manejarme de una manera muy ecléctica con mis fuentes. Me gusta tomar fuentes muy elevadas, tipo la Enciclopedia Británica. Bueno, en particular la Enciclopedia Británica no (risas). Pero me gusta usar tratados científicos hardcore tipo Darwin o la gente que discutía con Darwin en su momento. Y también buscar cosas súper trash tipo tratados de cripstosología o tratados sobre la evolución que no fueron a ningún lado. Hay una zona de la ciencia que como que no entra dentro del ámbito de la ciencia normal, para mí es súper literario. Es literatura porque no ingresó al régimen de la “verdad”. Porque entonces, ¿ dónde está ese texto?. Es un limbo literario. Encontrar dicho tipo de textos es súper rico. Yo trato de buscar ese tipo de cosas siempre. Y para las Las constelaciones oscuras mucho más.


Las teorías salvajes, tu primer libro, fue un hit en su momento más allá de cual motivo extraliterario, ya que su calidad era innegable siendo un debut en la narrativa. Luego de más de cinco años. ¿Aún lo quieres? ¿O no deseas saber más del mismo como otros autores que lo guardan dentro de un cajón y no quieren saber más del mismo?


Bueno, yo lo quiero mucho. Quiero mucho a Las teoría salvajes. De hecho, va a salir reeditado el año que viene por Random House, asi que está buenísimo que el libro siga reviviendo y resucitando. Yo tengo una buena relación con el libro. De hecho, a veces lo tengo que revisitar pues tengo que revisar traducciones y esas cosas. A veces digo ”¡guau!”, pues me olvidé totalmente de ciertas frases que construí e igual me gustan. A veces me parecen como que demasiado barrocas. Hay cierto barroquismo que yo traté de controlar en Las constelaciones oscuras ,porque uno creo que se va entrenando, ¿no? Hay algo del proceso de escribir que tiene que ver con entrenarte. A mí por lo menos me gusta pensar así. No es sólo las cosas como salen, sino que uno tiene que tratar de controlar sus impulsos y educarse dentro de la idea que uno tiene, que es lo que puede estar bueno. Así que quiero mucho a Las teorías y espero que a la gente le siga gustando.


En la solapa de la edición peruana de Las teorías salvajes se mencionaba que tenías familia peruana. Y ahora que revisaba para la entrevista tus redes sociales, vi que habías subido una foto de un cuadro que te hicieron. ¿Cómo han sido estos días en Lima? ¿Te has acercado de nuevo a tu familia? 


Es muy lindo lo que preguntás, porque ese cuadro que mencionás lo pintó una niña que es un genio. Una pequeña limeña que se llama Elsa Bustamante y que está estudiando Arquitectura en la Unifé. Tiene un proyecto genial para hacer un laboratorio astronómico en el Perú y bueno, es una niña muy brillante. Me hizo ese cuadro que para mí fue totalmente hermoso. Lamentablemente no tengo más familia en Lima porque los que estaban murieron. De hecho, en el 2010, cuando vine pude ver a la comadre de mi abuela, y su esposo.

Por último, ¿Cuál es aquel libro que te fascinó leer de niña y que crees que debe leerse siempre?¿ Y cuál es aquel que te haya deslumbrado en los últimos meses?

Primero, el que me fascinó en los últimos meses. Lagoon, que aún no está traducido al español, de una chica llamada Nnedi Okorafor, escritora nigeriana de ciencia ficción. Es un libro completamente genial, con lagos en Nigeria rarísimos y seres que están habitando el océano. Es muy genial. Y uno de los primeros libros que yo leí, que de hecho estaba en la biblioteca de mis abuelos peruanos, fue Sandokán. Toda la serie de Emilio Salgari. Creo que la literatura de aventuras es lo mejor que le puede pasar a un niño. Es algo que está buenísimo y lo súper recomiendo, así como la lectura de Edgar Allan Poe pues el terror es una gran sensación. Y por último, también recomiendo la lectura de la Biblia, porque nada transmite el terror como la Biblia (risas).



Publicada en El Buen Librero

Carné de identidad: "Un pedigrí" de Patrick Modiano


Es común que a cierta edad, la mayoría de escritores empiecen a escribir sobre sus memorias. Empiezan a rebuscar todos aquellos hechos o pensamientos de cierta época, que merezcan ser plasmados en una obra que les sobreviva. Se alejan del territorio de la ficción para mostrarnos su vida privada. O bueno, ciertos aspectos de ella. Dicha tarea es la que se propuso Patrick Modiano en “Un pedigrí”. Rescatar parte de su infancia y juventud, intentando entender a las personas que fueron relevantes en dicha época o simplemente fueron lugares de paso. El resultado es un conjunto de líneas que intentan ahondar (de forma irregular) en la sensación de desamparo con la que tiene que lidiar el narrador, luchando lamentablemente con una maraña de datos que las opacan.

Que el lector me disculpe por todos estos nombres y los que vendrán a continuación. Soy un perro que hace como que tiene pedigrí.

Las temporadas de grandes turbulencias traen consigo frecuentemente encuentros aventurados, de tal forma que nunca me he sentido hijo legítimo, y menos aún, heredero de nada.

En las citas anteriores se puede notar la apuesta por intentar sintetizar los sentimientos de tristeza y nostalgia que lo embargaron durante la infancia (apelando incluso a la autominimización). Modiano hace para ello una enumeración de nombres, fechas y lugares, para hacer una especie de cronología que le posibilite explicar de la manera más desangelada posible la forma en la que el narrador sobrevivió a la carencia afectiva por parte de sus progenitores, y a esa figura fantasmal que fue su madre:

Era una chica bonita de corazón seco. Su novio le había regalado un chow-chow, pero ella no le hacía caso y lo dejaba al cuidado de diversas personas, como hizo conmigo más adelante. El chow-chow se suicidó tirándose por la ventana (…) debo admitir que me conmueve muchísimo y me siento bastante próximo a él.

La veía pocas veces. No recuerdo de ella ni un ademán de ternura auténtica o de protección. Me notaba siempre hasta cierto punto con la guardia en su presencia. Sus repentinas iras me perturbaban, y como asistía al catecismo, le rezaba a Dios para que le perdonase.

Y sin embargo, este acercamiento a la figura materna que pudo haber generado un mayor interés por parte del lector, se diluye como dije, entre tanto dato y detalle que no permiten avanzar con fluidez en la narración de la historia que se está contando. En vez de priorizar una mayor exploración de dicha relación a lo largo del libro, se le brinda solo pequeños espacios dentro del texto completo. En estos espacios es posible notar la desazón de Modiano por lo que considera una infancia incompleta, llena de agujeros en las que se fue colando la soledad. La ilusión de un ajuste de cuentas de una vez por todas con ese pasado. Lástima que la tarea no le salga de forma idónea a Modiano. Si quieren leer algo del Nobel francés, lo más probable es que “Un pedigrí” no sea el mejor libro para comenzar.






+Sobre el autor:

Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), uno de los mejores novelistas contemporáneos, ha recibido entre otros numerosísimos galardones el Premio Nobel en 2014. En Anagrama se han publicado todas sus últimas novelas: Un pedigrí, En el café de la juventud perdida, El horizonte, La hierba de las noches y próximamente aparecerá Para que no te pierdas en el barrio, recién publicada en Francia. Asimismo, hemos rescatado novelas anteriores tan significativas como Trilogía de la Ocupación (El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación), Villa Triste, Libro de familia, Calle de las Tiendas Oscuras (Premio Goncourt), Una juventud, Domingos de agosto, Tan buenos chicos y Accidente nocturno



Reseña publicada en El Buen Librero

viernes, 25 de diciembre de 2015

La expansión de los sentidos: Moral de Sergio Chejfec




De lunes a viernes tomo el Metropolitano para ir a trabajar. Dos veces al día, de ida y de vuelta, soy un cuerpo más en medio de la marea humana que espera la llegada del bus que lo llevará a su destino. Por lo general aprovecho para leer un libro. Alguna historia que me permita romper con la rutina. La semana pasada cargaba Moral (1990) de Sergio Chefjec. Abrí el libro y me encontré con estas líneas: “El tren arriba y pareciera que todo sucede, que el objeto mismo de las construcciones utensilios y herramientas que integran lo que se denomina “Estación”, el sentido último de aquella escenografía aislada y particular, ignorada y casi artificial, se materializa momentáneamente”.




Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía mucha alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguno de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la único novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la última Feria del Libro de Lima. Así que durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro en específico. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida, sino una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día, es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo aparentemente anodino en el que se mueve es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.



Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía mucha alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguno de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la único novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la última Feria del Libro de Lima. Así que durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro en específico. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida, sino una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día, es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo aparentemente anodino en el que se mueve es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.

Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

+Sobre el autor:

Sergio Chejfec nació en Buenos Aires en 1956. Entre 1990 y 2005 vivió en Caracas y desde entonces reside en Nueva York. 

Ha publicado las novelas: Lenta biografía (1990), Moral (1990), El aire (1992), Cinco (1996),El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999), Boca de lobo (2000), Los incompletos(2004), Baroni: un viaje (2007; Candaya, 2010), Mis dos mundos (Candaya, 2008) y La experiencia dramática (2012, Candaya 2013). Es autor también de los libros de poemas:Tres poemas y una merced (2002) y Gallos y huesos (2003), y del libro de ensayos El punto vacilante (2005). Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, portugués y hebreo. EnSergio Chejfec. Trayectorias de una escritura (Edición de Dianna C. Niebyski), quince autores de diferentes nacionalidades analizan la totalidad de su obra.







Texto publicado originalmente en El Hablador

domingo, 4 de octubre de 2015

Infancia salvaje: "Orientación vocacional" de Pierre Castro

Recuerdo que hace años leí un brevísimo libro llamado “El pequeño Nicolás”. Si bien en la portada se indicaba que estaba recomendado para niños, me dio curiosidad y lo leí a pesar de tener 18 años.  Fue el primer libro que me destornilló de risa. El año pasado lo releí y volvió a causarme el mismo efecto pero por momentos la risa desaparecía para darle paso a un sentimiento que entremezclaba  tristeza y nostalgia.  Similar situación a la de hace unas semanas mientras leía “Orientación Vocacional” de Pierre Castro.

¿Quién no tiene anécdotas de su etapa escolar? Historias que se siguen relatando año tras año. Las que se cuentan los amigos mientras beben y se abrazan. Añadimos y quitamos elementos, pero la esencia de esas escenas del pasado queda como uno de los pocos vínculos que sobrevivirán de aquella etapa.  Y sin embargo pocos son los que se atreven a rescatarlas y narrarlas en un texto.  Más aún, hacerlo siendo capaz de evocar dichas sensaciones.

Pierre Castro se tomó la tarea de hacerlo y el resultado es muy bueno. En sus veintinueve historias y con un lenguaje coloquial  (alejado de cualquier solemnidad innecesaria para las tramas) se evocan diversas escenas de la infancia y adolescencia que el lector podrá relacionar a la de su propio pasado. Desde el primer cuento “ Tironasaurio” se nos muestra la incomprensión con la que se mira dicha época cuando uno se aleja generacionalmente y que aquí se trata de dejar a un lado. Una época de descubrimientos, locuras y conchudez (es la palabra que mejor define la forma de tomar ciertas decisiones en dichos años).  Un nivel de desenfado que se defiende en todo momento (“Dalí pintaba relojes y nadie le sugirió que fuera relojero”), una radiografía de lo risible que eran los primeros enamoramientos (“A veces, incluso, era la propia historia de mi amor choteado. Y cuando te ríes de tus propias desgracias, estás así de cerca de pasarles por encima.”) (“El mundo cruel del amor adolescente, en el que el único dragón al que Billy tenía que matar era su propio miedo.”), descripciones hilarantes (“William no era precisamente el niño más gordo del salón pero tenía una barrigaza. Una panza de alcalde de provincia. Su camisa parecía estar pintada a su cuerpo, y si le mirabas la panza fijamente, sentías como cuando estás inflando tu pelota en el grifo y sabes que si no sacas el pitón a tiempo te estallará en la cara.”) y espacios para la reflexión desde los adultez (“Crecemos y de pronto conservar amigos es como tratar de no soltarle la mano a alguien en medio de una procesión.”).

Una mención aparte merecen los tránsitos entre ciertas etapas como los inicios de los quinceañeros:

 “Tuvimos que ir en terno como pequeños capos de la mafia. Vestidos así, casi no se notaba lo lacras que éramos. Parecía que aquel traje sacaba lo poco de civilizado que teníamos dentro. Caminábamos con elegancia, llevábamos pañuelos, le sacábamos brillo al zapato frotándolo contra la pantorrilla, bebíamos champagne de a pocos y saludábamos a nuestras amigas con un beso o les decíamos lo lindas que estaban, cosa que jamás se nos hubiese ocurrido hacer en el patio del colegio.”

Y como dije en un inicio, el libro no sólo provoca sonrisas. En cuentos como “Maicol” o “Milkito”, se gestan nudos en la garganta imposibles de controlar. En muchos de los cuentos, detrás de las sonrisas provocadas yace la crueldad de la que éramos capaces a dicha edad. Muchos la superamos. Otros no.

A veces es saludable la aparición de este tipo de obras para restarle ese seriedad que algunos quieren imponer a la fuerza en la literatura, cuando no es necesario, y que encubre fines extra literarios como la obtención de premios o reconocimientos que más allá del ego del escritor no generan lectores. Obras que busquen contarnos historias con las que podamos sentirnos identificados.


“Y comprendí entonces que los verdaderos actos de rebeldía no nacían del odio ni la furia, sino que aquello con lo que realmente jodíamos a la autoridad, estaba inspirado por nuestro amor a lo verdadero y a lo imposible.”


+Sobre el autor:

(Trujillo,1979) Ha publicado el libro de cuentos "Un hombre feo" (2010) y en el 2012 ganó el Premio Copé de Plata con su cuento "El río". También puedes leer sus historias en su blog huesohueso.blogspot.com o en su muro de Facebook

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Llenando el lugar de la ausencia: "Facsímil" de Alejandro Zambra

Entre las muchas cuestiones en las que pensaba mientras leía Facsímil, destacaba el recuerdo de la traumática experiencia del examen de admisión a la universidad. Durante el proceso de lograr una vacante para la universidad es común sentirse perturbado por la culpa, agravado por los vacíos típicos de la adolescencia. Basado en la estructura de la Prueba de Aptitud Verbal chilena, en su modalidad vigente hasta 1994, que incluía noventa ejercicios distribuidos en cinco secciones, Zambra nos brinda un libro inclasificable que bebe de la poesía y el relato, en un experimento capaz de causar tanto risas como lágrimas. Aquí los lectores asumen un rol más activo de lo normal. La posibilidad de marcar opciones es una invitación a recorrer más de un camino: no hay una sola forma de determinar qué es correcto y qué no. Faccísimil es una crítica feroz a un sistema que intenta estandarizar la forma de concebir el mundo; una reflexión sobre nosotros, sobre quienes nos rodean y sobre el país donde nos ha tocado vivir (o sobrevivir).

Para los que han tenido la grata experiencia de leer a Zambra, encontrarán ecos de sus libros anteriores: los pecados de los padres, la desazón de los hijos, las cicatrices de la infancia, la escasa resistencia de las relaciones actuales de pareja, y el pasado y presente de Chile. A ellos, les suma otros como el sistema educativo, el rol de los profesores, el matrimonio (y el divorcio), la enfermedad, las normas (y su rompimiento), Dios, el ateísmo, etc. Pero sobre todo, el libro es una indagación sobre la importancia de la familia, la construcción de nuestra personalidad y las primeras alegrías y tristezas que son posibles gracias a ella.


Zambra se escapa de los moldes que muchos escritores asumen como fijos e inamovibles, y explora nuevas formas de expresión al convertir un siniestro examen en una serie de textos tan conmovedores como impactantes, sin abandonar ese lenguaje lleno de ironía y humor que le ha permitido ganarse la admiración de un gran número de lectores en distintas partes del mundo. Sin embargo, como toda apuesta arriesgada, este libro no está exento de algunos desaciertos: por momentos esta mezcla de registros puede desconcertar a quienes no hayan leído antes al autor (sobre todo en las dos primeras partes). Pero la maestría de las otras, en la que destaca la última sección (Comprensión de lectura), hace que la lectura de este libro se vuelva imprescindible dentro de una obra que ha llegado para quedarse.


 (Publicado originalmente en El buen librero)

Agujeros de melancolía: "Tres mujeres" de Susanne Noltenius

Tras la publicación de Crisis respiratoria en el 2006,  Susanne Noltenius vuelve a la narrativa con este libro conformado por tres cuentos: “Divorciada”, “Casada” y “Soltera”. Historias sobre mujeres librando intensas batallas cotidianas en sus relaciones afectivas y profesionales.  Ejecutivas intentado sobrevivir en ambientes contaminados por la apatía y la constante resignación. En el primer y más logrado relato, la protagonista tiene que enfrentar en un solo día al caprichoso deseo de su ex esposo por quitarle la custodia  de sus hijos, un caso de corrupción corporativa al interior de  su compañía, el desdén de sus hijos mayores y los problemas del menor. Todo ello, pretendiendo no sucumbir al deseo de abrir la ventana de su oficina y dejarse caer. En el segundo se narra la sensación de fracaso de una mujer que lidia con un insulso matrimonio a través de recursos como la escritura, el estudio y sobre todo, las efímeras sensaciones de felicidad que le proporciona la infidelidad. Finalmente, en “Soltera”, se nos muestra a una mujer de casi cuarenta años, sobreviviendo en un hostil ambiente patriarcal donde además de enfrentar las burlas y acciones deliberadas de sus colegas, lucha por no sucumbir a la pasión que le irradia la presencia de su nuevo compañero de oficina, diez años menos que ella.  Si bien en los dos últimos cuentos la autora añade escenas y detalles que poco aportan al desarrollo de la trama, en conjunto destaca la exploración del desencanto cotidiano que padecen sus personajes. Una interesante propuesta.

(Publicado originalmente en el suplemento "El Dominical" de El Comercio)

Abrazos a las últimas esperanzas: "Todo termina esta noche" de Johann Page



En el último relato de este libro, el personaje se pregunta “si era posible llegar al inicio, jalar el hilo de la madeja hasta su origen, si podría alguna vez saber cuándo había empezado a desmoronarse todo”. La frase sintetiza el doloroso camino que suelen seguir los personajes de este volumen de cuentos al buscar el origen de su frustración, esto para descubrir la principal causa del desmoronamiento de sus relaciones afectivas y, después, intentar recomponerlas. Johann Page hurga en los momentos críticos del pasado y va revelando difíciles y tortuosas verdades familiares vinculadas, de manera especial, a la figura paterna.




En “Anzuelos” se muestra una imagen casi divina del padre para la perspectiva del pequeño protagonista: una figura que se teme y reverencia por igual, capaz de motivar pequeños actos de crueldad. Esta sensación, sin embargo, se va diluyendo con el paso del tiempo, tal como se nota en “Patrimonio”, notable relato en el que un hombre y su viejo y enfermo padre van el cementerio para visitar la tumba del abuelo que nunca conocieron, mientras aprovechan para revisar fallas del pasado.




En otros cuentos, como “Escritura creativa” o “Ardor”, se representan los vínculos que se van construyendo a lo largo del tiempo y la lucha por hacerlos sobrevivir a la pesada y oscura condena de su cotidianidad. Los personajes parecen seguir el conocido dilema del erizo de Schopenhauer: se dañan tanto si se alejan o acercan demasiado a las personas que quieren, como en “Remos” o “Cosas que nunca te dije”. Page se arrima al universo privado para retratar la historia de seres que intentan abrazar la última esperanza que les queda para salir de las tragedias que han hecho borrosos sus sueños. A mi juicio, uno de los mejores libros peruanos de cuentos de los últimos años.







(Publicado originalmente en el suplemento "El Dominical" de "El Comercio")

domingo, 16 de agosto de 2015

Rabia juvenil: “Matacabros” de Sergio Galarza


“Si yo pudiera hacer el mundo tan puro y extraño como lo veo”
Lou Reed

Cuando bordeas lo veinte años y has encontrado en la literatura un refugio, es posible que surja la necesidad de escribir. Expresar a través de la escritura una incomodidad con la realidad que le ha tocado vivir a uno. Narrar aquellas historias que a uno le gustaría leer pero que nadie, más que uno mismo, podría escribir. Desahogar toda la rabia contenida escribiendo. “Mostrar la cara” como diría Alejandro Zambra.

Comentando algunos libros peruanos de los años noventa con unos amigos, surgió el nombre de Matacabros. Un cuentario escrito por Sergio Galarza, cuando éste tenía veinte años, en 1996. De ello pasó un par de semanas, cuando haciendo hora en la librería El Virrey del Centro de Lima, encontré un ejemplar abierto. Hojeando las primeras páginas encontré este fragmento donde Galarza explica la experiencia de escribir este libro, 16 años después de su publicación:

Mi intención cuando empecé a escribir fue llenar un vacío en mi vida. Deseaba gozar las experiencias que, según había visto en las películas, correspondían a la juventud. Pero yo acababa de cumplir la mayoría de edad y no me había enamorado, no tenía un grupo de amigos que compartieran mis gustos musicales, es decir, no tenía amigos para emborracharme en un concierto, la gente que conocía buscaba otras cosas. Estaba solo, lo suficiente como para crear un  universo paralelo de drogas, sexo y rock, que existía en Lima pero yo no había visitado. Creo que ese es el espíritu de Matacabros: una banda de adolescentes y jóvenes que buscan compañía sin importarles el peligro, sacrificando hasta su dignidad.

Sin pensarlo dos veces, lo compré y leí sin parar durante toda una madrugada. Era increíble como un libro de cuentos publicado hace casi veinte años, cuando yo aún estaba yendo al nido, era capaz de conectar conmigo en la actualidad. Esa urgencia por buscar experiencias tan propia de la juventud expresada en los distintos cuentos que iba leyendo y que, a pesar de los años pasados, no había perdido vigencia alguna. Me identificaba con varios personajes, vinculando las historias con ciertos momentos de mi vida. Si un libro logra eso, es porque es bueno. Y vaya que este lo es.

El día de mi suerte

Rocky espera el momento de defender su honor. La palabra empeñada.

Nadie parecía saber la verdadera razón por la que se había pactado. Tenían tantas cosas en qué pensar. Pero eso no importaba, porque a la hora de defender el honor cualquier razón era válida. Y Rocky, a sus quince años, lo sabía mejor que todos.

Un chico de quince años que se ciñe a las reglas de la “ley de la calle”. Una normativa donde la violencia es la única autoridad. Adolescentes pertenecientes a una generación acostumbrada a enfrentarse a la vida a través del uso de máscaras.  Aparentar personalidades para sobrevivir en la “selva de cemento”. En una historia que evoca al primer cuentario de ese demiurgo que es Vargas Llosa, Galarza es capaz de expresar el miedo en una pelea que más allá del contacto físico, es la psicológica con uno mismo.

Encapuchados, polo manga cero, jeans roto sin basta, zapatillas desamarradas, sucios. Por fuera eran mierda, carajo, puta y gramputa. Pero por dentro: harto miedo y ganas de mejor lo dejo ahí.

Domingo sin Ruth

Diente de Leche, el protagonista de esta historia es un chico enamorado de Ruth. Una chica que más que querer, idolatra. La  tiene en un altar. Y sobre todo es capaz de hacerlo pensar en sus carencias. En su cobardía y timidez. Su falta de “virtudes” necesarias en la turbulenta época de la juventud. Una diosa todo poderosa que controla todas sus acciones con su sola imagen.

Si no fuera porque eres cobarde como una gallina y solo sabes empollar los huevos, le hubieras sacado la mierda al Lanza, Diente de Leche. Se la hubieras sacado por burlón, por cizañero, pero no por mentiroso, porque tú sabes que la Ruth es así. Con moto y plata cualquiera, piensas. Y tú no tienes ninguna de las dos. De nada te sirven tu cara bonita, tus ojos verde agua sucia de pileta, tus buenos modales, si eres misio, Diente de Leche.

No importa cuánto Ruth lo rechace. Él no es capaz de olvidarla, convirtiéndola en una obsesión casi religiosa. La máxima expresión de devoción. Una devoción por la que muchos sin duda hemos pasado durante el proceso de idealizar a alguien creyendo que es el amor de toda la vida.

Cada vez que alguien te pasa la voz para ir al troca, te chupas. Según tú, te estás guardando para cuando la Ruth se case contigo. Ya están empezando a creer que tiras para el otro lado, por eso a veces te meten la mano, te bajan el pantalón y se frotan con tu culo.

Esperando a Alice

Alice llega al barrio para cambiarlo todo. Una norteamericana, que como un violento huracán arrasa con las costumbres de los jóvenes vecinos. (A partir de entonces la mancha adoptó hábitos y posturas hippie, tal y como Muñeco había entendido que le gustaban los chicos a Alice.)  Una chica que llega para despertar en el joven protagonista sentimientos hasta ese momento desconocidos. Galarza narra una historia de amor inolvidable en pocas páginas, donde además es capaz de describir las poses juveniles que uno ya de viejo evoca con nostálgico pudor.

Alice decía que éramos bohemios, artistas, aunque ninguno excepto yo hiciera algo que nos pudiera catalogar como tales. Íbamos a exposiciones de pintura para beber gratis, a conciertos en el Centro y acabábamos en charlas de cantina. / (…)Había bastado  con su presencia para quebrar nuestra orden. Las vestimentas seudo hippie, los aretes en la nariz y el ombligo, las reuniones en el parque, eran parte de una cultura que ella nos había inoculado.

Alice es la imagen de la pérdida de la inocencia y el inicio de una etapa mucho más sórdida y violenta. El descubrimiento del sexo en sus facetas más luminosas y oscuras.  Uno termina desolado con este cuento, pero satisfecho por haber leído un genial relato también.

Historia para tres

Una relación enfermiza donde hay más golpes que caricias. Una chica débil y un chico patán. Ellos dos y un joven narrador que los observa destruirse. Atacarse sin mesura, ignorando las consecuencias. 
Admirador de uno:

Sebastíán era nuestro héroe. Veíamos en él al tipo irreverente y despreocupado que todos queríamos ser. Disponía de su propio dinero mientras que nosotros seguíamos atados a las propinas que nos daban en casa. A cualquier lugar al que iba, por muy recóndito que fuese, lo conocían desde el vigilante de la puerta hasta el dueño del local. Y por si fuera poco, tenía a Adriana, la chica a la que todos pretendíamos.

Y enamorado de ella:

Para quienes la conocíamos un poco, o al menos habíamos intercambiado alguna palabra con ella, nos era casi imposible comprender cómo podía sentir amor, compasión o lo que fuera por un tipo de la calaña de Sebastián. Ella soportaba que él se acostar con otras, la insultara y a veces le pegara. Su relación era enfermiza para todos. Nadie sabía qué pasaba en realidad.

La ambivalencia de sentimientos y la aceptación de migajas de pasión son temas que recorren las páginas de este cuento cuyo final lo deja a uno con un grito contenido.

Cruzando la frontera

¿Cuántas veces se ha querido dejar todo lo que uno está haciendo atrás?¿Cuántas veces se ha tomado la decisión e efectivamente hacerlo? Un chico se escapa de casa y se pone a recorrer el Sur peruano. Huyendo de sus problemas, incapaz de enfrentarlos (La moral la dejaba para los que renegaban de su falta de huevos.)En el camino se encuentra con un personaje que entra y sale de su vida en momentos clave. Que lo hace pensar en su propia situación. Y sobre todo, reflexionar sobre la validez de lo que está haciendo. Sobre su condición frente al mundo que conoce. El autor nos describe una metáfora de la huida. De la sensación de fracaso de una generación que no encuentra el camino donde se sientan cómodos sus miembros.

Era verdad, había tenido miedo de enfrentarme a la realidad. Yo no quería ser, odiaba, rechazaba la idea de convertirme en uno más de aquel grupo de burgueses que había visto desfilar ante mí. A diario, en mi mundo, por las avenidas con sus carros último modelo, luciendo la felicidad de su riqueza en reuniones, trabajando como esclavos en las cárceles de cemento. Había buscado evadirme.

Perdidos en la noche

No lo puedo evitar, lo mío no es el agarre, soy un tanto conservador, un romántico, un huevón como dirían mis patas

Así se describe el protagonista. Por lo que sabemos de ante mano, que está perdido en una época donde lo que sirve es actuar y no “pensarla tanto”. Un chico vulnerable al enamoramiento que idealiza en demasía y no es capaz de actuar con la malicia necesaria en un periodo donde esto es un defecto fatal.

Para mí las mujeres bellas se diferencian de las otras por la impresión que causan en uno, y aquello fue lo que me sucedió con Lauren. La impresión que me causó fue tan demoledora, que hasta ahora me estremezco al evocar su nombre en la oscuridad de mi cuarto.

Leyendo el cuento, uno se da cuenta de los inexpertos que somos al momento de lidiar con el sexo opuesto durante estos años. De ello, y ciertas cuestiones que uno piensa (para bien o para mal) pero nunca expresa a esta edad como en las siguientes líneas.

Lauren era una de esas fulanas recontra liberales que asumen el sexo como un deporte. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran desconcertantes, soltaba frases sin sentido para que los otros notaran que estaba ahí nada más. En Lima abundan este tipo de fulanas, loquitas pitucas que les encanta estar a la moda lo que equivale a : subirse en motos, drogarse y ser tan populares como se los permitan sus agallas. También están las artistas, esas sí que fuman duro, lo suyo es la pintura, la escultura, los libros (Kerouac y Ginsberg, por supuesto), aunque no sepan ni dibujar y no entiendan ni un carajo. Por último, en el rubro rucas, están las auténticas guerreras, estas no creen en nadie y arrasan con todo a su paso como un torbellino. Lauren no encajaba en ninguna de las categorías, había algo en ella que la hacía diferente, podía acostarse con cualquiera pero yo la sentía diferente.

Ruta al centro

El Centro de Lima sirve de metáfora para describir la frustración de un joven que padece los sinsabores del fracaso. En una estética que evoca al Ribeyro cuentista, se narra la pérdida de autenticidad de un joven que termina ahogándose en la apatía y la insatisfacción de la masa que camina junto a él.

Los rayos solares afinaban su puntería sobre las cabezas de los transeúntes. Gabriel era uno de ellos, uno de los tantos que se confundían entre el mar generado en el Parque Universitario. El estómago le gruñía, el calor de la gente lo bañaba en sudor y un sentimiento de insatisfacción aprisionaba sus sentidos.

Al que sin importar cuánto se ha esforzado, la vida ha condenado a un rol mínimo e ínfimo. Un papel sin importancia en una sociedad que no dudará dos veces antes de pisotearlo para seguir avanzando.

¿Qué hacía allí?, se preguntaba. ¿Para qué seis años de estudios?¿Para que lo envíen a recoger partidas, revisar expedientes, pelear en pasillos oscuros con secretarias y escribanos?¿Por qué era el único en la oficina que no tenía carro o tomaba taxi?

Sociedad conformada por personas que casi como autómatas son gobernadas por sus respectivas rutinas. Ya no importa el otro. Lo que importa es sobrevivir primero. Si queda tiempo, ya se pensará si se atiende al resto.

Arrimado a un costado del charco de sangre que bañaba la pista, el cuerpo del policía asesinado semejaba un bulto fangoso. La gente lo miraba de reojo al pasar y seguía su camino. Alguien llegó a exclamar: “Borracho”.

Un cuento que esconde más de un mensaje, y cuyas líneas que más me deslumbraron fueron estas donde describen al Centro de Lima de mi infancia. Donde me críe. El lado B de una metrópoli a la que le cuesta aceptar sus defectos.

El Centro no había cambiado en nada desde que Gabriel recordara haber ido por primera vez. Sus calles llenas de desperdicios, los orates y mendigos estirando la mano para golpearte o pedir limosna; los edificios con sus paredes negras de hollín y llenas de afiches, las casonas antiguas, refugio de las familias más respetables en sus buenos tiempo, convertidas ahora en focos de prostitución. El más optimista no hubiera podido decir que el Centro era siquiera un recuerdo de lo que fue.

Matacabros

Sobre el último cuento, que le presta su título al libro, hay mucho que decir. Pero quisiera ceñirme a dos temas. El primero es la genial forma en la que Galarza describe la rabia y desazón que reinaban en los noventa y cuyo eco aún nos alcanza. La forma violenta de expresar las frustración: personal primero, y luego colectiva. Y segundo, la manera como en medio de esa espiral sanguinaria se da luz a una herida del pasado, determinante en la conducta de un grupo de jóvenes bestializados.

Ríen como enajenados, como huevones que no entienden que les pasa, fuera de sí. Hasta que sus miembros erectos dejan de chorrear y se suben las braguetas. Lucy está irreconocible, tiene el rostro hinchado y la carne morada, celeste, verde. Ni siquiera ha gritado, no ha tenido tiempo para hacerlo, los golpes le han caído uno tras otro. Casi no respira . ¿Estará muerto ya?, se preguntan. Seguro.



Conclusión: Matacabros es un libro que sobrevivirá al inclemente paso del tiempo. 

+Sobre el autor:


Estudió Derecho pero nunca ejerció dicha profesión. Trabajó en una universidad, fue redactor de noticias para un canal de televisión y editor de cultura para una revista. Colabora con las revistas Letras Libres, Etiqueta Negra, El Estado Mental y la librería digital Kiputeca. En la actualidad es dependiente en una librería donde se permite la entrada a los perros, y jugar al fútbol es su droga.

Su primer libro de cuentos es Matacabros y el último Algunas formas de decir adiós, XI Premio de Relatos Cortes de Cádiz 2014. El reportaje Los Rolling Stones en Perú, coescrito con Cucho Peñaloza, fue reeditado en España por la editorial Periférica (2007).

Por su novela Paseador de perros (Candaya, 2009), que tuvo una excelente acogida de crítica y público, Sergio Galarza fue considerado Nuevo Talento FNAC. En 2012 publico JFK, segunda parte sobre su trilogía sobre Madrid y la soledad en las ciudades contemporáneas, completada con La librería quemada.

miércoles, 5 de agosto de 2015

A history of violence: “Derretimiento” de Daniel Mella


No sé cuántos de los que leen mis textos han tenido la oportunidad de ver la película de Cronenberg (protagonizada por Viggo Mortensen y María Bello) que da título a esta reseña. Una película donde la violencia se va incrementando con el correr de los minutos, llegando dicha atmósfera a trascender la pantalla del televisor y ser capaz de aturdir a quien esté viendo la película en la tranquilidad (luego de la película, desterrada) de su sala. Una película imprescindible.  De ella me acordé mientras avanzaba con las páginas de “Derretimiento”. De esa película y de la “La naranja mecánica”, un clásico de los setenta. Pues en este libro abundan las escenas escabrosas. Aquellas que lo dejan a uno atónito por ver el nivel de decadencia moral al que puede llegar el ser humano en situaciones límite,y posteriormente, en su vida cotidiana. Pero no escenas aisladas para impactar por momentos. Sino una que construyen una historia,con un mensaje: el hombre puede ser el más vil de los seres que habitan este planeta si se lo propone.

Acostado boca arriba podía respirar sin dificultad, quizás fuera ese el único movimiento que se permitía. Era como estar apretado entre dos paredes, la nariz y la cara y el resto del cuerpo aplastados.   El protagonista de esta novela, es un psicópata que empieza a rememorar su infancia cuando se hallaba postrado en una cama. Inmóvil e indefenso antes los abusos de los cuales era parte. Débil por una enfermedad que lo carcomía físicamente. Un pedazo de ser humano para los demás, cuyos cuidados iniciales se van perdiendo con el transcurrir del tiempo. Nótese en estas líneas:

Me convertí, para ellos, en una botella o una caja de latón, vacía no solo de alimento sino también de respuestas vitales, de sentimientos, y que además debía ser constantemente cuidada, limpia, ser vida.

¿Acaso no recuerda al personaje rechazado por excelencia de la literatura del siglo XX? Sí, a Gregorio Samsa. El protagonista se vuelve asqueroso como un insecto para su familia. Algo de lo cual buscan deshacerse. Una cosa que no hace más que generar repulsión. Mi cuerpo era un muñeco con las terminales nerviosas irritadas cuyos cables llegaban, como ríos afluentes, hasta la posición medular, mi extenso podio interior. Pero había otra cualidad esencial en ese cuerpo, tal vez la más determinante: la memoria.

Una infancia destruida por la enfermedad. Tanto la física como la que dañaba su espíritu de seguir sobreviviendo. Se me notaba en la cara; suspiraba mucho. Pero lo peor era la tristeza. El deseo de reincorporarme a las actividades de los demás sin ser una carga se veía frustrado una y otra vez. (…) Me derrumbaba llorando, y alimentaba lástima. //En la mente se me produjo un agolpamiento de preguntas e imágenes que no conducían a nada. Mi cabeza daba vueltas imprescindibles; sentía la agitación del pecho, podía oír sus sonidos graves;  eso la debilidad, eso era ser pequeño, indefenso, inútil, desprovisto de todo.

Ya de grande, en su proceso de adaptación a una sociedad de la cual se ha ausentado por año, es testigo de una brutalidad sin igual.  Las imágenes que recibe en sus primeros acercamientos son capaces de estremecer incluso, a aquellos que se consideran "de piedra". La imagen del asesinato de un indefenso animal es narrada de una manera tan limpia y directa, que uno termina preguntándose qué más puede esperarse al seguir avanzando el libro que sea capaz de superar ese nivel. ¿ Se puede?. Y Daniel Mella nos dice que sí. Que aún falta el verdadero descenso a los infiernos.

Intento gritar pero ni un gemido. La materia igual me envuelve, me hundo y no encuentro un fondo. Cuando la onda está a punto de ahogarme, cierro los ojos y la ilusión desaparece.

El viaje al desierto (representado en las dunas de un litoral costero), como en el Nuevo Testamento sirve como metáfora del aislamiento. De la preparación mental de lo que está por venir. Pero a diferencia de la Biblia, lo que viene no es el sufrimiento de quien vuelve al mundo de los mortales. Sino el de los demás.El de ellos. Es un demonio que desciende a la Tierra para verla arder. Para causar caos y desatar la locura. Para volverse un ser sin conciencia moral. Sin dudas éticas.

Los llevo como puedo hasta la choza. A veces los cargo, otras los arrastro. El detalle de que no se suelten me hace sentir una inmensa repulsión, no hacia mí ni hacia ello, sino respecto a algo que no puedo definir ni tocar.

Que no tiene contemplaciones para ver a los demás seres humanos como materia que puede desecharse. Algo intercambiable y que no tiene valía más allá de un cuerpo con límite de tiempo: La veía, una gorda llena de bufidos y huesos esponjosos, hundida en los almohadones, y no servía para nada; ni para ella misma.

Que no ha encontrado más mecanismo para desahogar toda su rabia y odio contenidos a través de los asesinatos. Pero sobre todo, su frustración. Eso.  La frustración de haber sido tratado como menos que un ser humano de niño. De no haber tenido la misma oportunidad de percibir el mundo como los demás. La desigualdad. Y que por ello no llega a encontrar un sentido a su vida. Crisis existencial que lo lleva a una degeneración total.Hay una cuota de rabia que llevo desde hace tiempo, y que arruina estos momentos, probablemente únicos en el día, haciéndolos más preciosos pero más patéticos también. Me maldigo, y ese es, quizás, el único dolor que llego a sentir, el más profundo; los ojos se me anegan de lágrimas.¿ Qué es de mí? Eso es lo que no sé.

Y que lo acompaña hasta sus últimos días.

Bueno, esa es la vejez. El tiempo medido por los pasos cortos de un mastodonte. Y ese ovillo, hecho de recuerdos e imágenes, distorsionados por la ficción y rodeados de la apestosa nebulosa que proporciona la compasión por uno mismo.

Poco más de 100 páginas le sirvieron a Daniel Mella, cuando tenía 22 años (sí, 22 años), para escribir una historia de terror y esbozar a su vez la degradación moral en la que se encuentra el mundo hasta nuestros días. Capaz de crear atmósferas de cine gore y explorar la mente de un psicópata, estremeciendo al lector que por momentos llega a temer lo que está por venir, pero igual sigue leyendo.  “Derretimiento” es una novela de culto, que gracias a la nueva editorial independiente “Santuario” llega a nuestras manos, más de una década después de publicada por primera vez en Uruguay y España.


Si quieren temblar con un libro, este es uno de los indicados. 

-Reseña publicada en la web literaria Solo Tempestad

+Sobre el autor:

Montevideo, 1976. Publicó su primera novela con veintiún años: Pogo (Aymará, 1997; HUM, 2007), a la que le siguieron Derretimiento (Trilce, 1998; Lengua de Trapo, 1999; HUM, 2007, 2009) y Noviembre (Alfaguara, 2000; Irrupciones, 2010). Participó de las antologías El vuelo de Maldoror (Aymará, 1997), Líneas Aéreas (Lengua de Trapo, 1999), El descontento y la promesa (Trilce, 2008). Lava (HUM, 2013) fue Premio Bartolomé Hidalgo 2013. Actualmente es colaborador de El País Cultural.


miércoles, 29 de julio de 2015

Hijos del desamparo: "Incompetentes" de Constanza Gutiérrez




“Yo he tenido 20 años y no permito que nadie 

venga a decirme que es la edad más hermosa”


Paul Nizan



Hace ya algunos años, tuve la oportunidad de ver “Ratatouille”. Una película del tándem Disney/Pixar que debe estar entre lo mejor que se ha hecho en los últimos años en el campo del sétimo arte. Y si bien hay muchas cosas bellas de esa película para destacar, existe una que me impresionó de forma particular: la autocrítica del crítico de cocina.

El trabajo del crítico es sencillo en más de un sentido. Arriesgamos muy poco, y sin embargo usufructuamos de una posición situada por encima de quienes someten su trabajo y su persona a nuestro juicio. Prosperamos gracias a nuestras críticas negativas, que resultan divertidas cuando se las escribe y cuando se las lee. (…) Sin embargo,a veces el crítico realmente arriesga algo, y eso sucede en nombre y en defensa de algo nuevo.

Esas palabras fueron las que recordé al momento de lanzarme a escribir una reseña sobre “Incompetentes”

El mundillo literario es súper cómico. A pesar de estar conformado por un número ínfimo de personas (si lo analizamos a nivel de porcentaje respecto a la población de sus países originarios) es uno de los mundos artísticos donde se dan más pullas y combates. Una batalla de egos constante, donde la mayoría (no todos) siempre está tratando de destacar sobre los otros, cueste lo que cueste. En mi caso, creo que de esa forma no se logra nada. Al final lo que quedan son los libros. Los buenos libros.

Y es en esas batallas de egos, donde muchos tratan de impedir que se dé luz a las nuevas generaciones de escritores. Generaciones donde existan talentos que puedan opacar a aquellos que no lo han hecho a pesar de las oportunidades brindadas. Llegan al punto de exigir obras maestras al nivel de Quijote, cuando lo que han escrito ellos no alcanza más que el nivel de la parodia de una parodia. Pero creo que se está cambiando poco a poco. El mismo Roberto Bolaño no tuvo reparos al momento de defender a los contemporáneos en los que creía ver un talento innegable (para contrastar los dardos venenosos que también lanzaba).

Y en esta ocasión (disculpen esta larga introducción) quiero saludar la aparición del libro de una chica de mi generación. Digo mi generación, porque a pesar que es dos años mayor que yo y su origen chileno (donde pienso que se está escribiendo lo mejor de la narrativa latinoamericana actual), siento que los problemas que aborda en su texto pertenecen a una realidad más amplia que la circunscrita a Santiago de Chile. Tanto allá como acá, nuestras sociedades andan igual de jodidas. Y qué mejor plataforma para representar eso que el microcosmos de nuestra etapa estudiantil.

Dividida en 55 capítulos y una extensión que no supera las 70 páginas, este relato largo o novela no se ampara en “recursos metaliterarios” que no sirven de nada, como muchos hacen en la actualidad. Tampoco rellena el texto de historias que suenan impostadas y agregadas sólo para extender el número de páginas. “Incompetentes” es la decisión de una joven escritora de escribir una historia con un lenguaje directo y contundente. Algo que parece tan simple, pero que es difícil de hallar entre tanta tentativa de demostrar “genialidad e inteligencia” pero no de contar algo. 

En “Incompetentes” se narra la historia de un grupo de estudiantes chilenos que han decidido tomar la escuela y quedarse a vivir ahí. Alejados de sus hogares, estos chicos no tienen una explicación clara o lógica sobre el porqué de esta decisión. Simplemente están allí, encerrados por decisión propia. Y no es un grupo cualquiera. Es la crema y nata de los perdedores y marginados de su sociedad: los expulsados. Con el transcurrir de las páginas, vamos descubriendo poco a poco las historias de cada uno de ellos. Historias donde podemos reconocer a ciertos personajes de nuestra juventud, o incluso a nosotros mismos: los chicos punk, los nerds, las populares, el ricachón, el alien, el fanático de la lectura, etc. Personajes heterogéneos en la superficie, pero homogéneos en un aspecto: el desamparo en el que se encuentran.

Hace tiempo que ninguna mamá viene a dejarnos comida. Algo tan inverosímil como el abandono total, es una figura poderosa para demostrar el nivel de desamparo en el que se encuentran estos muchachos. Son como insectos a los que los demás rechazan. Y para ello buscan formas de afecto entre ellos. A través del sexo (imposible mantener a tantos chicos en un solo ambiente controlando sus impulsos hormonales), las peleas, los grupos que se forman, entre otras cosas que ya descubrirá el lector. Hay carencias que intentan cubrirse en cada momento. Incluso en la búsqueda de poder dentro de un grupo de marginales. 

“Incompetentes” muestra además que pueden denunciarse muchas cuestiones de una sociedad sin que tenga que recurrirse a una descripción explícita de los hechos. Es mucho más impactante leer las referencias sutiles dentro de una microhistoria, que las noticias de un diario que al día siguiente será desechado. Es muchísimo más probable que una historia como esta se impregne en nuestra mente por varios días que la de un libro lleno de datos y números macabros.

Este libro es la demostración de que no está mal leer a nuestros contemporáneos. En ellos podemos percibir problemas que nos atañen. Por mi parte, espero leer lo nuevo que publique Constanza. Y que usted, que se ha tomado el tiempo de leer este texto, busque “Incompetentes”. No se arrepentirá.


+Aquí un fragmento del libro:


Al final, y por mucho que uno se queje, se abraza la miseria como se abraza cualquier cosa en la que hayamos sido criados: por la fuerza de la costumbre. Supongo que tiene que ver con el hábito, con conocer bien lo que se tiene (lo usual: mejor diablo conocido que por conocer) y gracias a eso, por miserable que sea, saber de memoria sus pasadizos y atajos.

Llevo años quejándome del jipismo de mi antiguo colegio: sus ridículas danzas, el falso relajo, la obligación de conversarlo todo y expresar nuestros sentimientos al final del día. Sara también aprovecha de quejarse, cada vez que puede, de las monjas del suyo. Comparamos y nos reímos, los igualamos y diferenciamos según el estado de ánimo, siempre haciendo lucir nuestro propio castigo como algo peor. Lo cierto es que, muy en el fondo, existe algún resabio de orgullo. Prefiero mi educación de izquierda a su educación de derecha, prefiero el orden relajado que su estricto pasado de uniforme impecable y rezos matutinos. Así como, por mucho que odie a sus padres, cualquier adolescente prefiere la suya a la mamá de todos sus amigos, nosotras preferimos nuestra propia historia, nuestra propia basura. De algo tiene que sentirse parte uno, supongo. Yo prefiero mi mierda a la de todos los demás.


+Sobre la autora:
Constanza Gutiérrez (Castro, Chiloé, 1990).

Licenciada en Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. En el año 2011 obtuvo el primer lugar en el Concurso Roberto Bolaño por el cuento Arizona.El 2013, ganó el Primer concurso literario sobre la ilegalidad de la marihuana en Chile organizado por La Pollera Ediciones y su cuento Las cinco de la tarde en algún lado fue incluido en la antología 20.000: diez relatos espeluznantes.

Ha sido elogiada por críticos de la talla de Diego Zúniga y Rodrigo Pinto.



jueves, 23 de julio de 2015

Sala de espera: "Reinos" de Romina Reyes

Gran parte de lo mejor que se está  escribiendo en la narrativa latinoamericana actual proviene, sin duda alguna, de tierras chilenas. Conocido por ser un país de poetas, en los últimos años ha sido una vitrina de buenos exponentes de cuentos y novelas. Zambra, Bisama, Zuñiga, Costamagna, Jeftanovic, entre otros. A ellos habría que añadirles un nuevo nombre: Romina Reyes (Santiago, 1988).  Reinos  es su primer libro. Un cuentario galardonado con el Premio Mejores Obras Literaria Inéditas 2013 del Consejo Nacional del Libro y la Lectura chileno. Sí, es típico que uno por lo general empiece escribiendo cuentos. Es en ese tipo de libros donde empiezan a germinar los demonios con los que probablemente va a combatir el autor toda su vida. Donde están los primeros miedos e intereses. Donde se empieza a perfilar la voz que se espera que sacuda el mundo de la literatura. Reyes bosqueja en este libro las angustias de ser un joven clasemediero cuyos problemas han pasado de la sobrevivencia física, al vacío existencial. A bordear los límites de la perdición y ahogarse en un océano de confusión. A vivir esperando una señal que indique que ya, ya podemos desahogar todo aquello que le carcome a uno el alma.  Y convertirnos en artífices de un destino menos angustiante y ya no seguir soñando que sea alguien más quien nos indique la salida de la sala de espera en la que al parecer se ha estacionado la vida.

Julio

Han pasado muchas cosas y, quizá, siguen pasando. Sofía está bien o está igual, ya no sé. Hace un mes que todo me parece lo mismo. Me cansa la clínica. No se puede hacer nada porque no hay nada nada que se puede hacer. Solo esperar a que pase algo. Así empieza este primer  cuento. Uno de los mejores del libro. Julio es un padre de familia con un hijo en casa, y otro esperando  conocer el mundo, mientras su madre, Sofía, está internada en la clínica a puertas de darlo a luz.  Mientras espera, Julio escribe un diario donde empieza a manifestar su soledad, su desencanto y sobre todo su impotencia. Ya no siente afecto. Ni para darlo ni para recibirlo. Llega al punto de materializar y desechar a Sofía en su interior pues la lejanía no sólo se vuelve física sino emocional. (En estos momentos extraño a Sofía. Extraño su cuerpo, sus olores, el aire que sale de su boca. Ahora Sofía es sólo un nombre.)(Sofía nunca me pareció exactamente bonita, pero sí interesante. Ahora me parece sólo lo que es: una mujer gorda en la cama de un hospital.) Llega al punto de adoptar un erizo que pueda brindarle ese calor humano que nadie más parece dispuesto a darle. Y bueno, tampoco es que él haga mucho mérito. Incluso empieza a desmoralizarse hasta que conoce a su nuera. Hoy me miré en el espejo. Miré mi guata. Estoy peludo y gordo. No pensé que acabaría así, aunque no soy viejo, pero tampoco soy joven. Empieza a confundir las cosas. Ya no sabe distinguir qué es real y que es onírico. El final sólo será la consecuencia inevitable de una bomba que había estado en cuenta regresiva desde que Sofía entró al hospital. O  más bien, desde que Julio empezó a perderse en sus dudas.

La Karen

En el fondo la gente es triste. El cuento más breve del libro trata el proceso de cómo (no) sobrevivir a la inevitable sensación de melancolía cuando una relación se ha extinguido. A cómo uno se enfrenta al cambio mientras lo van atrapando sensaciones de angustia y arrepentimiento. Cómo la tristeza busca canales a través de los cuales pueda salir y abandonar un alma rota.  Y sobre todo, cómo todo lo anterior lleva a la germinación de un veneno capaz de extender sus efectos a quienes nos rodean. (Entonces comenzó un relato, una historia breve pero llena de frases que transitaban en esos buenos años que siempre son años que ya pasaron, o años que ya no existen, o años habitados por personas desaparecidas que mantienen el nombre y la cara pero ya no siguen ahí).

Geert Lehman/Los gringos

Dividido en dos partes, el tercer cuento de Reinos aborda el tema de los contrastes. Contrastes en la nacionalidad,  en la forma de sentir, en el contexto que lo rodea a uno. Ello se ve en líneas como estas: Lehman dijo que allá en Dusseldorf vivía con su madre y  dos hermanas; Díaz, que la gente con la que vivía le parecía sólo un personaje que cambiaba la cara constantemente. Lehman dijo que allá el frío te acuchillaba y Díaz, que acá el frío era sólo otro estado del calor. Lehman le habló del Rihn y Díaz, del Mapocho. Lehman quería saber si era chileno, si era posible ser chileno. Díaz le respondió que para todo escenario, ser chileno era una mentira. Llega a cuestionarse todo lo que uno va aprendiendo como fijo e inamovible. Incluso Reyes se da maña para atacar el chauvinismo, un mal no exclusivo de Chile por cierto. A Dusseldorf lo conozco porque unos chilenos ganaron ahí un torneo de dobles, ¿te acordái? El 2003 parece que fue. Da lo mismo, es un torneo de mierda, pero cuando no hai ganao guerras ni hai ganao mundiales ni hai ganao olimpiadas ni hai ganao un Oscar y no le hai ganao a nadie, cualquier hueá sirve. Ello a través de un personaje como Geert, alemán o chileno, ni él mismo sabe que significa cada uno de ellos. (Cuando Nicolás giraba para traducirle algunas de las cosas, Geert optó por perderse en la soledad de su idioma, donde tenía más palabras que cosas para nombrar.) . Y no sólo él. En este cuento, todos se tambalean en una frontera que más allá de lo físico, se torna mental. (Me dijo que era de Puerto Montt y lo hizo de una manera que me hizo creer que para Nico había algo malvado en vivir en esta ciudad o que era heroico venir de la provincia)

Larvas.

¿Qué pasa si al querer abrazar el destino uno siente que la piedra que lo ata al pasado es demasiado fuerte para seguir intentándolo? En este relato, dos personajes se encuentran pero nunca llegan a conocerse del todo. Cada uno carga con una mochila tan pesada que les es imposible comprenderse el uno al otro, pero ello no les impide conectarse de una u otra manera. (¿Quién era ella? Nunca podría responder a esa pregunta con claridad.). Son seres que no han tenido las mejores familias cuyos fantasmas no paran de atormentarlos. (Una noche escuché a mi mamá gritarle a mi papá lo más triste que le oí nunca: que ni para el sexo servía.) Y que van desencantándose de la vida. Como si fueran cadáveres que caminan como zombies, sin metas u objetivos. (Al final esos gatos chicos nacieron para nada, ¿o no?) Un abuelo con un extraño secreto. Un padre que sólo vive para embriagarse. Una madre que se ha acostumbrado a sufrir. Todos los personajes están dañados. Son larvas que nunca llegan a mostrar su mejor rostro. Sólo a rodearse de otros de su misma especie para no ahogarse en la inmundicia en la que les ha tocado vivir. (El día veintiuno me di cuenta de que ya estábamos acostumbradas. A las larvas, a las moscas y a todo en realidad).

Ana y el resto

A Ana le ha tocado vivir esperando. Esperando que algo bueno llegue a su vida, que ha sido una triste seguidilla de relaciones fracasadas. Apenas iluminada por luces fugaces que no duran. (Pero yo todavía no soy un cadáver y de pronto pienso que si lo fuera, me sentiría un fracaso, como si en mi vida no hubiera hecho nada que valiera la pena. Lo pienso y se lo digo a Richard quien me mira con los párpados arrugados y los ojos medio abiertos o medio cerrados, pero no de sueño, sino como si estuviera ajustando la mirada para comprender bien lo que estaba sucediendo.).Que vive cuestionando los motivos de su existencia y  los motivo para seguir intentando mejorarla. Desamparo. Es lo único que parece fijo en su vida. (Últimamente pienso mucho en esto, en todas las formas en que podría morir por salir a caminar. A veces me pregunto si alguien más pensará las cosas que yo pienso y concluyo que nadie o casi nadie, lo que no sé si es bueno o es malo.). Nadie parece con la intención de querer salvarla. De tirarle un salvavidas. (Nunca me llamó ni me escribió, y aún a veces yo espero que lo haga. Entonces pienso que yo tenía razón, que quizá todo el mundo estaba conectado menos nosotros. Pero ni siquiera puedo encontrar una forma de decírselo.)( A veces me parece respetable conformarse. Debe ser desgastante vivir pensando que hay que esperar algo, como si la vida estuviera en otra parte.) Como si esto no fuera lo verdadero. Que es sólo una sala de espera para lo mejor que está por llegar. (-¿Y qué pasa en tu historia?-Alguien se va y la otra persona se queda esperando. Eso es todo).

Reinos

El cuento que a mi parecer está más cargado de pasión y violencia. De brutalidad y golpes. Golpes no sólo físicos sino emocionales. Una vorágine brutal cuyos efectos llegan a la cabeza del lector que es paseado por la pluma de Reyes a través de las historias de Sofía y Alejandra. Un reino terrible y lleno de espanto. Un cuento donde hay una extraña forma de querer. (Qué terrible debe ser no tener que hacer otra cosa que pensar. ¿En qué pienso yo ahora? Pienso: todos tienen formas distintas formas de querer. Pienso que está bien, que es cosa de acostumbrarse o de sólo contemplar para tratar de entenderlo. Pienso que es eso, que todos tienen, todas tenemos distintas formas de querer. Pienso que el cariño es una elección, como la política, los amigos o el equipo de fútbol. En fin.) Pero también una monstruosa forma de desahogarse. (Y entonces pienso en la perra, en la rabia y en la muerte. Y luego en Sofía, en ese exacto orden.)

Romina Reyes. Una autora que si sigue escribiendo así, promete regalarnos muchas horas de agradable lectura. No es una joven promesa. Es una realidad.


+Sobre la autora:

Romina Reyes Ayala (Santiago, 1988). Es periodista de la Universidad de Chile y autora del libro de relatos Reinos(2014), por el cual el 2013 obtuvo el primer lugar en Mejores Obras Literarias Inéditas del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Ha trabajado en The Clinic Online, Las Últimas Noticias y está a cargo de la columna Letras y Palabras de Revista Caras.