"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


martes, 23 de junio de 2015

Cicatrices de la infancia: "La primaria" de María José Caro León-Velarde

La infancia es radiación pura que se niega a desaparecer
Rodrigo Fresán

Quisiera comenzar por afirmar algo. Soy un convencido de que los buenos libros no deben estar restringidos a ser percibidos como exclusivos de cierta edad. No debe prohibirse a lectores adultos y jóvenes como nosotros, aquellas historias que en apariencia, por estar dirigidas a niños, no deberíamos leer. Eso es ridículo. La primaria  es un libro que golpea. Golpea con cada escena. Frases con la intensidad de un logrado poema. Imágenes brutales que potencian historias en las que podemos reconocer a los niños que fuimos. A María José Caro, le bastan seis cuentos para abordar de buena forma el tema de la infancia. Al leer estos relatos recordé la emotividad que rodea la primera época de nuestras vidas. Y la frustración de no tener en aquellos años los recursos para plasmar nuestros sentimientos. Este libro, es un intento de hacerlo. Y el resultado es emocionante.

A mitad de la noche

Al leer este relato sentí como si se me hubiese dado un microscopio. Un microscopio con el cual podía observar con gran detalle a los tres integrantes de una familia herida por la ausencia de una figura paterna. A Macarena, una niña de seis años que, como todos los niños, quiere ser alguien más. Dejar atrás las limitaciones de su corta edad y ser como su hermano. A Sergio, quien guarda dentro de sí el desencadenante de una tormenta. Y a la madre de los dos, agobiada por el camino que ha tomado su vida (Se sentía culpable y , la mayor parte del tiempo, no encontraba la forma de manejarlo. Lloraba y otras veces no gritaba sin razón. Su angustia era tan grande que se le pelaban las manos, se abrían llagas que permitían ver otras capas de piel, como buscando llegar al centro de dolor). Una familia unida por el miedo de que el terremoto llegue y destruya las ilusiones de cada uno. (Nuestra ilusión se rompió como se quiebra un collar de perlas).Donde los problemas cubren sus cabezas cual nubes oscuras cargadas de sufrimiento. Niños pequeños viviendo a la sombra de alguien más. Padres que agradecen el silencio, viéndolo como un signo de paz y sosiego en medio de una guerra que comienza y acaba todos los días. Todos unidos por un solo objetivo: sobrevivir un día más.

Charcos

No tenía amigas en el colegio. Las niñas me observaban desde lejos y cuchicheaban acerca de mí como si conocieran hasta mi ADN. Me sentía una hormiga examinada a través de una lupa, de la cual crees saber todo, pero, por verla desde lejos, no tienes más que una imagen agrandada y difusa. Cito el comienzo de este cuento porque percibo que desde un inicio dispara uno de los principales temas del mismo: el desamparo. Uno de los mayores castigos que se le puede dar un niño es el condenarlo a la soledad. Pero no una soledad cualquiera. Una soledad donde uno se siente como un bicho del que todos se burlan. Como un Gregorio Samsa luego de despertar convertido en un asqueroso insecto. En esta historia, la protagonista  sólo ruega por un poco de afecto. Salir del destierro emocional al que ha sido condenada, a cualquier precio, incluso si eso implica combatir con la naturaleza. Pero la desgracia se ensaña con ella. Y el lector sólo puede compadecerse, impotente de no poder hacer nada a pesar que nos repitamos que sólo es ficción.

Zarcos

La presencia de una mujer ajena a la estructura familiar que uno ha asimilado durante los últimos tiempos, es la principal causa del derrumbe del mundo de la protagonista, Macarena. Ella había estado acostumbrada a tener los cumpleaños de la mayoría de niños con padres  divorciados. A tener un padre que compensa materialmente su culpa afectiva. Hasta que un día algo empieza a perturbar el status quo: la irrupción de Rocío, la nueva pareja de él. Una presencia que como las aceitunas en la comida, empieza a contaminarlo todo. A extenderse como un virus malicioso. A corroer las bases sobre las que se había erigido un castillo de tranquilidad, para causar lágrimas. Lágrimas calientes, estrellándose contra el interior de mis ojos, como cuando los cohetes reingresan a nuestro planeta casi incinerándose, menciona Macarena en un momento. Y es una imagen tan brutal como esa, la que demuestra la aflicción encerrada en esta breve narración.

Rebote

En este relato, Macarena cede parte del protagonismo a Pierina su amiga, obsesionada con el hermano de la primera. A Macarena, obviamente le parece algo extraño porque no percibe en él ahora cualidad alguna. Pero está dispuesta a ayudarla por una simple razón: ahora es parte de un grupo. Un grupo donde no es protagonista ni parte vital, pero del que es miembro al fin y al cabo. Es así que deciden planear un acercamiento. Lanzarse a perseguir la obsesión infantil y los inicios de las ilusiones amorosas. Y como todo lanzamiento, hay la probabilidad de tener éxito como también de caer en un pozo de fracaso. Un fracaso que marca y destruye. Una destrucción breve, pero que mientras dura, parece eterna. Y no hay quien no se reconozca en esa sensación.

Pasajeros

El primer acercamiento de Macarena con la muerte. De ello va este cuento. Sobre como la muerte es capaz de separarnos de alguien, pero puede hacer cobrar vida, fugazmente, a los vínculos que nos unen con los que todavía están vivos. Tal vez sea la ausencia de alguien la que magnifica la necesidad de acercarse a aquellos con los que formamos alguna vez lazos que creíamos irrompibles. Nos recuerda que no podemos sobrevivir solos. Existe el peligro de ahogarnos en un océano de desesperación, a menos que haya un brazo extendido al que nos podamos aferrar. Para apreciar la vida, es necesario convivir con la muerte. Como dice la protagonista: La vida y al muerte son viajes de un pasajero, pero cuando estás vivo el vidrio es imperceptible; a menos que seas un piloto de caza y siempre tengas uno delante.

Fiesta

Los cumpleaños son la celebración de un año más de vida. O de uno menos. Depende de cómo se vea. Conforme estos se van acumulando, se van quemando etapas de crecimiento. En este último cuento, Macarena está a puertas de dejar una parte de su vida y entrar a otra. Y es en ese limbo donde se siente vulnerable. Quiere desvanecerse y desaparecer por momentos. Sólo parece entenderse con aquellos que también tienen miedo de seguir creciendo. Que se refugian en la oscuridad de las sombras. Eso: refugiarse.


Así como nosotros buscamos refugio en buenos libros como éste.

+Sobre la autora:

(Lima, 1985) Zurda. Coleccionista de libros. Master en comunicología por la Universidad Complutense de Madrid. Autora de "La primaria" (Alfaguara Juvenil, 2012). También he participado en la antología Palo y Astilla: padres e hijos en el cuento peruano (Alfaguara 2009) y he sido colaboradora y miembro del comité editorial de la revista literaria "Un vicio absurdo"






+Entrevistas:



lunes, 15 de junio de 2015

Fracaso y desamparo: “Insensatez” de Horacio Castellanos Moya

Los lectores siempre estamos tomando riesgos. Cogemos y leemos libros como quien está a punto de empezar una carrera. Empezamos a leer esperando que suene ese disparo que nos indique que la obra merece que nos sumerjamos en ella sin más espera. Algunas veces tarda tanto que llegamos molestos. Otras veces ni siquiera llega y abandonamos el libro como quien siente que ha sido estafado. Pocas son las veces que el disparo llega rápido y empezamos la carrera con gusto. “Insensatez” es uno de esos casos.

Yo no estoy completo de la mente. Con esta frase sencilla en apariencia pero con un mensaje poderoso, comienza la novela de Castellanos Moya. Desde ahí ya se nos va anunciando (lo que se comprobará a lo largo de la trama) la sensación de vacío y ausencia que rodea a los principales personajes. Más allá de posibles  acercamientos a diversos temas como la violencia o la impunidad, lo que termina imperando en esta obra es ese fracaso que va rodeando al protagonista que se siente incompleto y desamparado. Extranjero en cualquier circunstancia. Algo tan universal, que rompe con cualquier intento de minimizar el sentido de esta novela a  una motivación extraliteraria (como el de insertarse en una problemática social tanto sólo para ganar lectores).

El narrador de esta novela es un hombre paranoico y perturbado, un ateo vicioso al que irónicamente la Iglesia Católica le ha encargado la revisión y documentación de los testimonios de las víctimas de la más cruda violencia en un tercermundista país centroamericano. Sin saber la envergadura del trabajo que ha aceptado, este comienza con sus labores interesándose en un primer momento por detalles como la construcción sintáctica de las frases (disparando contra aquellos que no son capaces de sensibilizarse por la magnitud de tragedia y sólo la usan como plataforma para fines egoístas) y la poesía que parece encontrarse contenida en ellas, mientras empieza a buscar distracciones que no lo derriben emocionalmente, como el calor de una mujer o el placer del alcohol en los bares que rodean su centro de trabajo. Unas peleas con  los funcionarios locales complementan una primera parte donde ya empieza a germinarse lo que será el núcleo de esta novela: la entrada a una pesadilla de la que parece que nunca despertará .

Esta pesadilla a la que me refiero no es más que la locura que empieza a desestabilizar al protagonista. Desestabilización que se deriva de la imposibilidad de comprender en su totalidad el horror mencionado en los testimonios de los indígenas que estudia el protagonista. Durante el relato, Castellanos Moya se da maña para hacernos comprender en todo momento, que por más que se aproxime, cualquier sufrimiento que padezca el protagonista será mínimo ante la gravedad del que se encuentra en las manifestaciones de las víctimas que estudia.  Somos testigos del fracaso del narrador al momento de continuar de forma constante la tarea que se la ha encargado (las constantes pausas no son gratuitas), su fracaso al momento de establecer una relación tanto sentimental como sexual (con una magnífica escena en la que la atmósfera de tristeza descrita suena tan verosímil que hay el peligro de que el lector también sea víctima de esta), el fracaso al enfrentar a los enemigos que cree que están  a su acecho, entre otros que se van develando.  Y ello conjugado con el impacto que va teniendo su trabajo en el espíritu del protagonista. Es capaz de imaginar las escenas terroríficas, ya sea como víctima o victimario y captar ciertas sensaciones , pero no por completo.  Siempre hay algo que lo aleja de la comprensión total.

Su condición de foráneo, como ya mencioné, persistirá como manifestación de la imposibilidad de encontrar un vínculo duradero con algo. Esa constante expulsión de todos los lugares en los que se encuentra, ya sea de forma voluntaria o no, expresa su imposibilidad de estabilizarse emocional o físicamente, siendo la peor la emocional. Porque como se menciona en cierto momento, el infierno es la mente y no la carne. Ello lo lleva a comprender que su infierno termina siendo personal. Que sus angustias emanan temores individuales. Y que el dolor es una facultad del hombre que no puede ser compartida por otro en su integridad. Nadie es capaz de asumir el sufrimiento de otro. Y es cuando se llega a ese punto que la más terrible de las soledades comienza a arrasar con uno.

Entre líneas, Castellanos Moya se da tiempo para lanzar sus dardos a ese tipo de libros que intentan representar “fielmente” lo que fue el horror causado por la guerra. A través de un protagonista que revisa documentos, parece indicarse que los demonios que rodean a un novelista que se inmiscuye en estos tipos de temática siempre serán los propios. Las palabras tienen un gran poder, pero parecen sucumbir ante el intento de representar de forma universal las consecuencias de una guerra. Es mejor enfocarse en ciertos aspectos para comprender la génesis del problema.

En “Insensatez”,  a pesar de que el conflicto armado ya tuvo un final para la Historia, el horror no se ha acabado. Persiste y evoluciona en formas más sofisticadas y psicológicas, lo cual termina siendo más peligroso.  Un horror que ataca a la mente antes que al cuerpo. Y es ese el que causa más daño porque persiste en las sociedades y se repite cada cierto tiempo.

Este libro  ha sido una grata sorpresa entre mis últimas lecturas. Ojalá usted  decida arriesgarse con esta obra también,



+Sobre el autor:

Horacio Castellanos Moya nació en Tegucigalpa, Honduras, en 1957. Criado en El Salvador, ha vivido en Ciudad de México y otras ciudades hispanoamericanas. De 2004 a 2006 residió en Frankfurt, como escritor invitado por la Feria Internacional del Libro. También ha sido escritor invitado en la Universidad de Tokio y actualmente imparte clases en la Universidad de Iowa. Es autor de diez novelas, traducidas a diversos idiomas, y la versión en lengua inglesa de Insensatez mereció el XXVIII Northern California Book Award 2009. En El sueño del retorno, Castellanos Moya retoma ciertos personajes y episodios aparecidos en algunas de sus novelas anteriores, tejiendo así su particular universo literario, en el que refleja de manera magistral la complejidad del ser humano ante el poder y la violencia, describiendo como pocos el humor, la obsesión y la angustia.

miércoles, 3 de junio de 2015

Conviviendo con la aflicción: “La luz difícil” de Tomás González

"Un mundo sin aflicción, pensé, estaría tan incompleto y sería tan poco armonioso, tan feo, como una escultura o un árbol que no tuviera sombra”
Tomás González

No es poco común soler escuchar la frase Los hijos deben enterrar a sus padres, no los padres a sus hijos. En la mayoría de la literatura actual es posible hallar textos sobre las relaciones entre padres e hijos, en su mayoría desde la perspectiva de estos últimos. Los padres por lo general fungen como la primera figura autoritaria en nuestra vida, y mantienen dicha imagen en mayor o menor medida, a lo largo de toda ella. Muchos han escrito sobre los traumas que esto ha significado (piénsese en Mario Vargas Llosa) tratando de lidiar con dichos demonios en sus libros. Otras veces, el cómo estos han sido vitales alentando la carrera literaria de sus hijos o simplemente los ayudaron en momentos vitales. Su pérdida también es fuente de muy logradas novelas marcando el inicio de una nueva etapa para los autores. Pero es raro encontrar padres escribiendo sobre la pérdida de un hijo. ¿Cómo plasmar tamaño dolor a través de palabras?¿Cómo transmitir un proceso tan tormentoso y traumático?¿Cómo plasmar en una simple hoja de papel un enfrentamiento con la muerte de semejante magnitud? ¿Es posible hacer una novela sobre un padecimiento tan particular sin caer en extremos que puedan sonar inverosímiles?. Tomás Gonzáles asume el reto y el producto es una corta novela de extraña belleza. Extraña porque no es un libro que nos deje con una sonrisa de alegría. Nos sumerge en un estado de melancolía y solidaridad con el protagonista, a tal grado que por momentos uno parece comprender las emociones por la que éste está pasando. Y a pesar de ello, uno se termina preguntando qué cosa evitó llegar antes a la lectura de este libro.¿Cuántas lecturas pudo obviar?

David es un pintor, de edad ya muy avanzada, que ha decidido pasar los últimos años de su existencia en un pueblito colombiano condicionado por un retiro “obligado”. Pasando sus días en acciones rutinarias con la asistencia de una mujer del pueblo, decide escribir sobre un hecho que marcaría un antes y un después  innegable en su vida: La decisión de morir de su hijo Jacobo. Un accidente de tránsito lo dejó parapléjico a éste último, sumiendo sus días en una constante agonía. Agonía en el sentido de que el dolor físico era tan grande que por momentos la muerte era una condena que se apreciaba de mejor forma que el padecimiento al que la vida lo había sometido. Por más tratamientos con los que se intentó aliviar dichas dosis de dolor, nada tuvo una efectividad destacable. Por ello es que ha decidido morir en una ciudad de Estados Unidos viajando con su hermano. Y David, nos cuenta cómo fue esa espera, ¿Se arrepentiría a último momento? ¿Qué pasaría por su mente en sus últimas horas de vida? ¿Su hermano lo convencería de no hacerlo?¿Cómo lo está tomando su madre?¿ Cómo comportarse cuando tu hijo ha decidido morir y uno no puede más que esperar?

La ciudad de New York sirve de atmósfera para la narración de la historia de David y su familia. Durante las cercas de 24 horas que dura la espera de la llamada que les diga si Jacobo murió o se arrepintió a último momento, se nos va contando parte de la historia de David, aquella que es importante.Sus anhelos como inmigrante en los Estados Unidos, su vida con Sara, el único amor que puede validar en su biografía, sus amigos, su pasión por retratar aquellas imágenes en las que se funden bellas formas que la realidad le otorga y su imaginación. Flashbacks  de distintas épocas alternándose con su presente en el país latinoamericano y las horas de tensa espera en la ciudad que nunca descansa. Todo encadenado de tal forma que uno no se pierde entre tantas escenas, sino que va siendo testigo como la suma de todos ellos sirve para el propósito de Gonzáles. Como pequeños puntos que separados no nos dicen nada, pero que en conjunto son una pintura de notable belleza.

No se vaya a pensar que este libro sirve de plataforma para  que González ensaye una posición sobre la eutanasia. El autor tiene el suficiente tino como para darle al lector el suficiente espacio para una libre reflexión. Lo que prima en las pocos más de 130 páginas de este libro, es un retrato, lo más verosímil posible, sobre la pérdida de un ser. La desaparición de una vida.  La ausencia de alguien que ha sido determinante durante la existencia de uno y cómo se sobrevive a ello, si es que se es capaz de hacerlo. ¿Alguien debe ocupar su lugar? ¿Qué actitudes debe asumir uno?¿Qué canales se usan para desahogar la tormenta que se forma y dejar ir esa sensación de desesperación en la que uno parece ahogarse por ratos? ¿Cómo plantarle cara a la muerte?

Cómo ya he dicho en anteriores posts, hay infinidad de temas sobre los cuales escribir. Hay muchos mundos que no se han explorado aún. Tomás González lo ha hecho sobre el mundo de la aflicción demostrando que la violencia colombiana no es el único tema sobre al cual los autores de dicho país pueden avocarse ( y del que muchos autores locales pueden aprender algo)

Damas y caballeros, “La luz difícil”. Un libro del que para muchos es “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana". Se consigue en  Librería Communitas. Vale la pena el monto y el tiempo invertido.


+Frases y fragmentos:

“Nunca he sido capaz de diferenciar demasiado entre el amor y deseo, así que puedo decir que nos tuvimos mucho amor toda la vida.”

“Han pasado ya tantos años desde entonces que incluso la pena en mi corazón se ha ido secando, como la humedad en una fruta, y es poco frecuente que el recuerdo de lo ocurrido de repente me agite otra vez, como si hubiera sucedido ayer, y me haga tragar fuerte, para controlar cualquier sollozo. Pero aún ocurre, y la congoja amenaza entonces como doblarme. Pero pasa también que a veces pienso en mi hijo, y los sentimientos son tan cálidos que se me ocurre pensar que la vida es eterna, quieta y eterna, y el dolor, una ilusión.”

“El infortunio es siempre como el viento: natural, imprevisible, fácil.”

 “Me gusta cómo lo que el hombre abandona se deteriora y empieza a ser otra vez inhumano y bello.”
“Cruel es el lugar común de que la esperanza es lo último que se pierde.”

“Cuando pienso en eso y siento la ausencia de Sara y el frío de esta, la inevitable soledad de la vejez humana debo recostarme un rato, apagar el alma unos minutos como soplando una vela y dormir.”

Que tu armazón, como en el caracol, se tan fuerte que pueda permitir la ternura, decía un poeta, y eso le iba a todos ellos.”

“El tiempo es materia rara. Teníamos por delante pocas horas, ya menos de once, que iban a estar más cargadas de pena que todo lo que les hubiera podido ocurrir a mis cangrejos herradura en sus millones de años de existencia. Y al mismo tiempo eran horas muertas y vacías.”

“La aflicción no es inmóvil; es fluida, inestable, y sus llamas, más azules que anaranjadas y rojas, y a veces de un verde pálido espantoso, lo torturan a uno por un costado en el interior del cuerpo, a veces por el otro costado, a veces por todo el interior y con mucha fuerza, hasta que te ves gritando en silencio como en la pintura de Munch en la que una persona da un alarido sobre un puente.”

“El tiempo es materia elástica que depende de la alegría o la aflicción.”

“La gran soledad es como un lienzo aparentemente vacío, engañosamente vacío.”

“En otras palabras, hay dos maneras de estar en la ciudad: o manteniendo bien la compostura, o esquizoide de remate y hablando solo o con fantasmas por puentes y avenidas.”

“Y ahora que vuelvo a hacerlo después de tantos años me asombra otra vez los dúctiles que son las palabras; lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo transmutable, lo poco firme de las cosas. Son iguales al mundo: inestables como casa en llamas, como zarza ardiendo.”

+Sobre el autor:

Tomás González nació en Medellín (Colombia) en 1950. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y trabajó como barman en la discoteca El Goce Pagano, que publicó su primera novela a ?nales de 1983. Ese mismo año partió hacia Estados Unidos. Vivió tres años en Miami y dieciséis en Nueva York, ciudad en la que trabajó como traductor y escribió gran parte de su obra. Volvió a Colombia en 2002, y actualmente vive en Cachipay, a dos horas de Bogotá. Es autor de las novelas Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987, ganadora del V Premio de Novela Plaza &Janés), La historia de Horacio (2000), Los caballitos del diablo (2003), Abraham entre bandidos (2010), La luz difícil (2011) y Temporal (2012); de los libros de cuentos El rey del Honka-Monka (1995) y El lejano amor de los extraños (2013), y de un poemario, Manglares (1997/2006). Libros suyos se han traducido al inglés, al alemán, al francés, al portugués, al holandés y al coreano.


+Primeras líneas de la novela:

"Esa noche pasé mucho tiempo despierto. A mi
lado, Sara tampoco dormía. Miraba yo sus hombros morenos,
su espalda aún esbelta a sus cincuenta y nueve
años, y encontraba consuelo en su belleza. A ratos nos
tomábamos de la mano. En el apartamento nadie dormía,
nadie hablaba; de vez en cuando alguno tosía o
iba a orinar y volvía a acostarse. Nuestros amigos Debrah
y James habían venido a acompañarnos y se habían
acomodado en un colchón en la sala. Venus, la novia
de Jacobo, se había acostado en el cuarto de él. Mis hijos
Jacobo y Pablo habían salido dos días antes en una
van de Rent-a-Car con rumbo a Chicago, desde donde
habían tomado un avión para Portland. En algún momento
me pareció oír el débil rumor de la guitarra de Arturo,
el tercero de mis hijos, en su cuarto. En la calle
sonaban los gritos nocturnos del Lower East Side, las botellas
quebradas de siempre. A las tres de la mañana, o
algo así, pasaron, cavernosas, dos o tres motocicletas de
los Hell’s Angels, que tenían su sede a dos cuadras de nuestro
apartamento. Dormí casi cuatro horas seguidas, sin
soñar, hasta que a las siete me despertó la punzada de
angustia en el vientre por la muerte de mi hijo Jacobo,
que habíamos programado para las siete de la noche,
hora de Portland, diez de la noche en Nueva York."

+Entrevista:


+Edición especial de Buensalvaje Colombia sobre este autor:

https://revistabuensalvaje.files.wordpress.com/2014/11/buensalvaje_co_1.pdf