"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


martes, 22 de octubre de 2019

Reseña: “Nueva York es una ventana sin cortinas” de Paulo Cognetti



Navona, 2018. Traducción de Miguel Izquierdo. S/. 65. 186 pp.

¿Qué es lo que hace que un libro sobre viajes alcance vuelo literario? ¿Una descripción hiper detallada de escenarios? Eso lo hace una guía turística, Google Maps u otro de lo miles aplicativos existentes para el celular. ¿Anécdotas amenas? Puedes encontrar millones navegando en los comentarios de webs especializadas. ¿Fotos impresionantes? Para eso mejor entrar a Instagram. Esbozaría varias respuestas a la primera pregunta, pero me quedo con una que da Alberto Fuguet en “Apunte autistas”:  “ Lo literario de viajar es que uno después recuerda algo parecido a un cuento o una novela donde el protagonista es uno mismo. Rara motivación pero, a la vez, gran motivación. La mejor de las motivaciones. No todos los turistas puros buscan la naturaleza virgen o paisajes épicos. Muchos desean estar donde otros estuvieron antes.”
El libro del italiano Paulo Cognetti calza perfecto con dicha idea al abordar Nueva York como una suma de experiencias únicas que escapan a las del viajero tradicional, aquel coleccionista de souvenirs constantemente estresado por cumplir con un checklist diseñado antes de subirse al avión o bus, a como de lugar. Motivado por conectar con sus experiencias como lector y admirador de grandes escritores, Cognetti logra vincular dicho pasado con un presente en constante movimiento y en donde muchas veces solo tiene como respaldo poder mezclar  ficción con realidad frente a la desaparición física de muchas de las locaciones que le pertenecieron en las historias disfrutadas durante su infancia y juventud logrando resultados más que satisfactorios.

El autor nos invitar a adentrarnos en otros lugares ajenos a los de las típicas postales de la Gotham, el nombre literario de la gran metrópoli del hemisferio occidental, no por un arrebato esnobista, sino por aprehender un territorio lleno de ficción, con la fe puesta en la imaginación y así  descubrir “la ciudad de los cazadores de fortuna, de los poetas visionarios y los sueños rotos” (pág. 17) Es por eso que conecta con un lector que nunca haya pisado dicha ciudad, pues las experiencias que se narran rebozan erudición al servicio de la restauración de las emociones motivadas por las distintas partes de la ciudad que va recorriendo en distintos periodos. Para ello se vale de diversas historias como la de la verdadera motivación de la construcción del Empire State (pág. 17), la reivindicación de una autora como Grace Paley (págs.. 94-97) o  el paralelo de las cíclicas vidas de Melville y Whitman (págs. 21-37) que le permite enlazar distintos siglos como en las siguientes líneas:

“Antes de morir, Melville y Whitman pudieron admirar la obra que iba a consumir la unión de sus dos ciudades. Todavía hoy, la visión del puente de Brooklyn es una de aquellas que te reconcilian con el género humano, permitiéndote olvidar sus defectos para reconocer su gusto, inteligencia, valentía, fuerza de voluntad y afán de progreso. La combinación de granito y acero-dos torres de noventa metros de altura y miles de alambre de acero- convierte su estructura en maciza y ligera al mismo tiempo, una catedral suspendida en el viento que sopla sobre el tío.” (pág. 35)

La mirada social está presente pero no de manera informativa o didáctica. Cognetti señala la sangre que recorre las venas de la ciudad, conformada por distintas culturas, antiguas y/o nuevas, que han aportado un matiz particular a la ciudad. Características que se integran y amalgaman. Siendo un forastero y escapando a las masas, la voz se permite extraviarse y mirar detalles que escapan a los lugares comunes, “como si el viaje a una ciudad desconocida fuera una historia de amor en sus inicios, cuando la atracción es máxima pero la intimidad incipiente.” (pág. 73) Hay lugar para la amistad y las risas, pero también para información que no saldría fácilmente en los manual, como las prohibiciones de beber en ciertas locaciones o restaurantes no tan comunes. No hay lector, opino, que al terminar este libro, no diga que no lo atrapó al menos un par de capítulos. Cognetti escribe con la pulsión de quien sabe que el lenguaje no abarcará todo lo que quisiera expresar, pero es la única y mejor herramienta con la que cuenta y eso siempre se agradece. Aquí unas líneas más:

“Hay lugares de los que no te vas tranquilo: sabes que seguirán allí mientras no estás, te esperarán intactos como los recueros de infancia o la casa de tus padres. Volverás a encontrar los objetos de antaño y el mismo viejo olor. Otros son como las personas: mientras tú viajas, aprendes y evolucionas, las sigues imaginando iguales, aunque en el próximo encuentro habrán cambiado al menos tanto como tú, y deberás recomenzar de cero. Nueva York es así. He ahí el problema cuando se intenta explicarla: cualquier palabra sobre ella lleva grabada su fecha, y empieza a caducar tan pronto como la has escrito.” (pág. 170)

domingo, 14 de julio de 2019

Reseña: “El sistema del tacto” de Alejandra Costamagna



Anagrama, 2018. 192 pp.

Una buena portada es aquella que se complementa de buena manera con  la lectura del libro. La ilustración de  tapa de “El sistema del tacto” de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970)  brinda muchas luces sobre el sentido de esta novela : la intervención sobre una foto como símbolo de la modificación de la memoria y el pasado en última instancia. Rearmarlo, reconfigurarlo y sobre todo, reinterpretarlo. Sacar los recuerdos de los moldes fijos en los que parecen guardados, motivados por algún evento trágico y doloroso de la actualidad. Cambiar la historia desde el presente debido a una  nueva lectura de ella.

De Costamagna sólo había leído algunos cuentos con los que, si bien me parecían correctamente escritos, nunca pude conectar del todo como sí lo he hecho con esta novela en las que los conflictos de dos generaciones de una familia separada por la cordillera de los Andes  sirven de punto de partida para hurgar en los mecanismos universales de supervivencia y adaptabilidad al entorno social. A Ania, la protagonista, le es imposible relacionarse con la gente, al punto de pensar que es mucho más llevadero convivir con  un animal o una planta antes que con un ser humano.  Sin dinero, sin estabilidad laboral, lo único que parece quedarle como soporte es su padre, quien le avisa que su tío, Agustín,  está agonizando al otro lado de la frontera.  En paralelo, se muestra  la historia de él cuando joven, un ser sin carácter ni facultades que, sacudido por una montaña de pensamientos, busca de manera desesperada de comunicarse y expresarse; dar una señal de estar vivo, llevándolo incluso a límites de obsesión y deseos imposibles.

Conectados por el lazo familiar, la novela muestra cómo estos dos seres distanciados generacional y geográficamente, guardan más similitudes que lo que sus posibilidades físicas aparentan y que serán la condena de la estirpe familia.  “Hay una culpa extraña que se le instala. Como si ella tuviera alguna responsabilidad en la extinción de la familia. (…) Ania, en cambio, no quiere reproducirse en nadie, salvar a nadie. A lo más rescatar una mariposa herida de algún parabrisa”  (pág. 41). La mejor manera de dinamitar un legado es no extenderlo, se entiende. No “salvar” a la familia es el acto contra la sociedad que lo exige y demanda. Las capacidades de reproducción de ella y la de comunicación de él, son puestos en cuestionamiento en todo momento, preguntándose si solo están adheridos al mundo por dichas funcionalidades.

Si Costamagna construye puentes con  el pasado es para exhibir como las estructuras familiares/sociales  se han mantenido inalterables en el fondo.  Los distintos elementos que inserta en la novela, como notas mecanografiadas, fragmentos de manuales o fotos, fungen de piezas para recomponer la historia con otra mirada, una más clara, lúcida y aterradora a la distancia. Una narrativa capaz de ser interpretada de manera distinta, con testimonios que mutan y dan la sensación de horror y pánico a la luz del presente, actuando como ciertas aves que “están desarrollando canciones más complejas para evitar que el ruido de la ciudad tape su canto natural” (pág. 144), adaptándose para sobrevivir aún con el peligro de disolverse en el proceso al atentar contra el orden establecido  y transgredirlo. Finalista del premio Herralde, “El sistema del tacto” no va a ser devorada por el tiempo. Sobrevivirá.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

miércoles, 19 de junio de 2019

Reseña: “Fata Morgana” de William Kotzwinkle



Navona, 2018. 206 pp.

Hasta hace unas semanas no sabía de la existencia de William Kotzwinkle (Pennsylvania, 1943). De editorial Navona, solo que editaba libros de bonita hechura, pero cuando buscabas reseñas sobre ellos en internet obtenías resultados a cuentagotas. Tuvo que publicarlo una pequeña editorial argentina (“El nadador en el mar secreto” vía China Editora) para que se empezara a hablar de dicho autor norteamericano en la prensa especializada, obteniendo rebote en redes sociales. Una nueva búsqueda, ahora en librerías, me llevó a descubrir que sí  se podían conseguir un par de sus obras publicadas por Navona en Lima, “Fata Morgana” entre ellos. Menuda y agradable lectura. Edición de lujo en forma  y en lo que más importa: contenido.

Desde Poe a Piglia y Levrero, las novelas policiales siempre han sido de especial atractivo para los escritores como materia de análisis e inspiración.  Con tramas en apariencia superficiales, donde por lo general se da mayor luz a las acciones que a las digresiones, muchos autores talentosos hurgan  en la oscuridad de las sociedades de su tiempo. Piénsese en “Tren nocturno” de Martin Amis, donde un caso de suicidio,  común y corriente en apariencia, se vuelve el punto de partida para repensar la muerte y su sentido en el mundo contemporáneo, modificando la manera como se la concibe cuando alguien escapa del devenir natural. No son pocas las veces que dichos textos suelen etiquetarse como las obras menores de autores de renombre, incursiones en el género como divertimento. La clave reside en la manera de leerlos, la forma como uno se acerca a ciertos  detalles y profundiza en temas como el crimen, el amor, la infancia y el poder, como ocurre con la novela de Kotzwinkle de 1977, cuya vigencia,  si bien se mantiene intacta, permite apreciarla de manera más profunda. No es fácil hilar los elementos antes mencionados sin caer en la tentación del ensayo camuflado o la denuncia panfletaria, lo cual le otorga mayor valía al hallazgo de un libro como este.

¿De qué va? De Paul Picard, un investigador de la policía del París de mediados del siglo XIX a quien se le encarga capturar a Ric Lazare, un embaucador que usa la ilusión y la magia para realizar sus fechorías. Uno podría quedarse con esa idea,  satisfecho al descubrir el proceso de captura del malhechor, con algún mediano interés en las ciudades europeas que visita el protagonista. “Fata Morgana” va de eso ,como dije, y mucho más. Picard es un personaje agobiado por la mediocridad de una rutina mortal. “Demasiado coñac, demasiadas noches sin dormir por una partida de cartas, demasiada depravación en general y, últimamente, una caída de dos pisos de altura desde un edificio incendiado. Esas cosas no suelen conllevar mucho equilibrio interior” (pag. 58),  lo describe Kotzwinkle, un estilo de vida que calzaría perfectamente en la actualidad con la de  un analista de finanzas corporativas o un abogado senior especializado en litigios empresariales.  Sus errores durante la captura de un criminal ocasionan que lo vuelvan  responsable de un caso menor, de esos que se le dan a los detectives para aburrirlos y  que, sin embargo, lo embarcará en un viaje existencial.

Kotzwinkle se vale de elementos como la magia y las creencias místicas  para jugar con las nociones de infancia-ilusión y adultez-desamparo. La contraposición de la soledad y abandono de Picard con la opulencia e impunidad de Lazare, sirve como base para ficcionalizar el juego de máscaras de la sociedad en la que estas personalidades conviven y rivalizan, buscándose vías por las cuales transitar y lograr la valía social, escapando de la situación de marioneta o juguete  a la que la falta de poder lleva por descarte. El crimen es uno de dichos caminos y en el cual el truco reside en recobrar el pasado, no imitándolo así sin más, sino replicándolo con un matiz distinto, dominando el arte de conocer los miedos de la gente como fortaleza.

Los viajes y traslados por Europa para investigar el pasado del criminal, le sirven a  Picard para explorar lo mencionado a la vez que saca a flote experiencias de su pasado que le permiten entender su estado actual, exponiendo que los males sociales nunca desaparecen, solo evolucionan, situación frente  lo que sus individuos responden apelando a comportamientos como el de la seducción (desarmar al otro para acercarse) y la violencia física (el cuerpo como arma), con magníficas escenas que van de un sutil erotismo a la crudeza mortal.

Con  conexiones que van desde los juegos metafísicos de Borges hasta la desesperación de la identidad diluida presente en  Blade Runner de Ridley Scott, esta es una novela atemporal que, sin descuidar el estilo, cumple con “clavar su mirada en lo más hondo de nuestras almas, en nuestros secretos” (pág. 45) y que, cual “Fata Morgana”, nos lleva al límite de la fantasía y el sueño, el cruce de la ficción con la realidad donde el engaño puede hundirnos o redimirnos y  salvarnos.

(Texto publicado en el portal web Punto y Coma)

miércoles, 15 de mayo de 2019

Reseña: “Cold war / Guerra Fría”



Género: drama. País y año: Polonia/Reino Unido/ Francia, 2018. Director Pawel Pawlikowski.

Todo buen director del siglo XXI es consciente que la decisión de filmar en blanco y negro debe obedecer a un imperativo que vaya más allá del mero gesto estético, pues significa asumir el riesgo de ser acusado de pretencioso y esnobista si la ejecución final no es buena. Y que si bien predispone de alguna manera las expectativas de la audiencia, sigue siendo una oportunidad para cautivar al espectador a través de detalles que bajo otras circunstancias pasarían desapercibidos: una canción, un grito, una risa, una mirada. Una mirada como la de Joanna Kulig, la fascinante actriz polaca que protagoniza esta película, capaz de desarmar al espectador y llevarlos por distintas estaciones emocionales: de la zozobra a la ilusión, de la traición a la esperanza, de la amargura  de la distancia al arrebato de la pasión amorosa que se sabe imposible. Pawlikowski hace una película a su servicio y el resultado descoloca, emociona.

Historias de amor en tiempos de la posguerra europea hay miles. ¿Qué es lo que cambia? La manera de contarlo. ¿Cómo se retrata la tragedia de dos amantes entregados a una vocación, la artística, con tantos altibajos? Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Kulig) se conocen durante la formación de un grupo de baile y canto folclórico en la Polonia soviética de mediados de los años cincuenta. La distancia generacional de la típica relación amorosa profesor-alumna es subvertida por el espíritu salvaje que sabe impregnarle Kulig a Zula, la cual al saberse atractiva y talentosa, es capaz de tomar decisiones tan duras apoyándose en dichas virtudes sin percibirse como oportunista o arribista .

Pawlikowski solo nos muestra las llegadas a cada etapa amorosa y no el proceso que llevó a estas. O tal vez sí. Los paréntesis temporales dan fuerzas a los pocos diálogos y gestos de los protagonistas, haciendo partícipe al espectador al dejarle la responsabilidad de imaginarse las decisiones y mecanismos a los que acudieron los protagonistas. Ya sea en una calle de Paris, una carretera de Polonia, un tren que se dirige a Berlin  o al lado de una sencilla buhardilla, la tragedia del amor (¿qué amor no es trágico desde su concepción?) se muestra con todas sus luces y sombras, sus virtudes y defectos, sus alegrías y penas.

Hay un régimen totalitario de fondo que intensifica todo deseo de escape y evasión, y por ende, la aspiración a un mundo idílico que siempre parece estar fuera de alcance, colmado de obstáculos en el medio. La consumación del amor aparenta encontrarse fuera de las fronteras impuestas por agentes externos, y sin embargo, al huir de estas, la frustración se acentúa. El viaje espiritual de los protagonistas necesita recorrer estas vías para hacerse mucho más significativo. Entran y salen personajes de sus vidas, siempre secundarios, siempre olvidables, acentuando la trascendencia  de uno en la vida del otro, reforzando el lazo que los unirá para siempre más allá de la cercanía física.

 Ninguno es capaz de escapar de la presencia del otro. No quieren ni pueden.  La belleza de esta película no radica de manera exclusiva en su fotografía ni su banda sonora, sino en la manera como Pawlikowski vuelve y vuelve a  la eterna pregunta, esa que pronuncia Wiktor le formula a  Zula luego de haber sido traicionado por esta:  ¿Ya eres feliz? Y la aproximación a dicho estado, va a ser imposible sin la presencia del otro. Ese es su drama y fortaleza. El final de la película, más que una circunstancial vuelta al lugar de partida, a la sencillez de la atmósfera del campo, no hace más que resaltar la pureza de la travesía, más que geográfica, sentimental, con la satisfacción de reconocer que no solo cambiaron las circunstancias externas. Que cambió todo a excepción de algo, y que con ello basta para afrontar lo que vendrá.


viernes, 3 de mayo de 2019

Reseña: “Hienas” de Eduardo Plaza


Editorial Colmillo Blanco, 2018.96 pp.

Si hay algo que abunda y, peor aún, se suele resaltar como una virtud, es la confusión de concebir lo político en la literatura como el simple hecho de abordar los grandes eventos sociales con juicios morales displicentes sin trastocan el lugar común, el “correcto” . Al respecto, hay varios autores (Tabarovsky y Piglia) que han intentado despejar este panorama  volviendo a la pregunta clave: ¿qué es lo realmente político en  la literatura?

“Nuestra casa en Ossandón 60 dejaría la pobreza de cañerías rotas y se convertiría en “Edificio Ossandón 60, vive como tú y tu familia merecen”. Donde antes vivíamos seis, hoy viven doscientos cincuenta personas, una sobre otra, hasta el piso diecisiete.” (Pág. 27)

Detengámonos en esas líneas. Eduardo Plaza (La Serena, 1982) no necesita de muchas palabras para mostrar un cambio social de una dimensión estructural. No menosprecia al lector mostrándose didáctico e incluso apela al humor, tantas veces temido por los escritores. Muestra el paso del tiempo tanto en la atmósfera citadina como en la hogareña. La transformación que no pide permiso, que no perdona. Repito, lo hace en pocas frases, en el terreno netamente literario. No es una imposición de clase sociológica inmiscuyéndose en la ficción: es el relato ficticio el  que se cuela en otros campos, invadiéndolos y dominándolos. Ahí reside la fuerza literaria y es lo que el lector notará conforme vaya avanzando en la lectura de los ochos relatos que conforman el libro, el cual curiosamente empieza tambaleándose.

Si bien ya adelanta su habilidad para exponer el carácter de sus personajes e hilvanar escenas que ejemplifican sus tragedias, frases del primer relato “Teresa” como “sus extremidades eran delgadas como patas de zancudos” (pág. 14) o “huyó de sus matrimonio como huyen los perros atropellados” (pág. 17) mellan la lectura por la simpleza de sus construcciones. Sin embargo, no se vaya a pensar que se lo señala como crítica extensiva a todo el libro porque afortunadamente Plaza no vuelve a incidir en ello durante las siguientes páginas, tomando consciencia de sus virtudes narrativas como en “Federici cree ser emperador” sobre la perversión del acto de leer y en “Carolina Fellay” donde las descripciones de los cuerpos y locaciones cobran una relevancia simbólica notable,  aunándolas todas  en el crudo relato que presta su nombre al libro.

En “Hienas” se conjugan varios temas como la lealtad, la amistad, los deseos reprimidos o la melancolía por las relaciones efímeras y significativas. Frases como “Los niños de la playa vivíamos siempre con ese destino precario: hacer amigos que desaparecían” (pág. 42)  y “todavía pensábamos, a nuestros veintitantos, que no íbamos a morirnos jamás, tan conscientes de los límites de la vida ajena y tan inconscientes de la propia” (pág. 45) van configurando la sensibilidad de la narrativa de Plaza, atenta a gestos cargados de resonancias trascendentales para las decisiones que tomaron o están a punto de tomar, como en “Mariposa”, relato que gira en torno a una mentira y la validez de contarla o no.

El ocultamiento de la verdad como mecanismo de protección, tema que también alcanza relatos como “Animales de compañía” y “A ti nadie te obliga”, puede volverse en contra, como muestra en el último relato que apunta a las rigidices sociales enfrentadas a  los deseos imposibles de reprimir, con una escena que de lo caricaturesca termina por causar perplejidad en el lector. ¿Por qué? Por unos cuantos detalles. Por esas cuantas frases  bien ubicadas dentro del relato. Por ese cuidado en saber qué mostrar y qué no. Es ahí donde la narrativa de Plaza alcanza sus más altos bríos. Que se mantenga así.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

jueves, 2 de mayo de 2019

[Entrevista] Manuela Espinal Solano: “Lo bueno de la literatura, es que uno no siempre está diciendo mentiras”



 Entre tanto ruido e información que nos llega de manera caótica, cuesta muchas veces distinguir la belleza de una obra, el encanto de una prosa rebosante de musicalidad y encanto. Se vuelve difícil  distinguir el talento, por lo que su hallazgo se vuelve un acontecimiento digno de destacar y difundir, tal como ocurre luego de leer “Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto” de Manuela Espinal Solano (Medellín, 1998) , con quien pude conversar aprovechando que se encuentra de gira en el Perú presentando la tercera edición del libro vía La Travesía, tras las aparecidas en Colombia y España.

Desde el inicio se muestran las ansias por huir de las protagonistas. Y  lo que parece ser una historia enfocada  en el fracaso  de dicha empresa,  termina por adoptar la forma de un relato de supervivencia y de resistencia. La migración vista  desde otra óptica, más compleja que el hecho de moverse a otra ciudad. ¿Responde ello a una extrapolación del traslado geográfico a uno emocional? 

A la hora de escribir no estaban estas conceptualizaciones ni muchos pensamientos más allá de los que relato mismo dice, pero puede ser cierto. Incluso uno ve que en el relato cada vez que el tiempo pasa: hay una nueva casa y una nueva vida ,y  la protagonista se va dando cuenta de cosas mientras va  teniendo nuevas incertidumbres y preguntas. Puede que el cambio de casa, de ciudad y de país haga que la protagonista vaya evolucionando en esas dudas y que todas ellas, en lugar de responderse, se hagan cada vez más profundas.

En cierto momento de la novela se menciona lo siguiente: “En esas sale un cantante joven, nuevo en la industria y anuncia que es el  nuevo presentador de un  programa de talentos. Con mi misma edad y él ya está presentando un programa, ya es reconocido. No me llamó la atención, nunca he querido las luces”(pág.28)  Si bien la protagonista se va oponiendo a esta idea, yace  en el lector la sospecha sobre si se puede mantener dicha resistencia a lo largo de la vida. ¿Se ha acentuado esta idea de aplastar o  ser aplastado, en la industria artística en específico, cuando se percibe a alguien  como competidor , más aún si pertenece a la misma generación de uno?

En el mismo libro hay una reflexión sobre eso. Casi todo el tiempo los músicos quieren aplastar al otro músico. Cuando un músico, como pasa en Colombia, cobra cierto dinero por una presentación y otros músicos cobran menos es una forma de estar siempre “aplastándose”. Por eso, muchos artistas, al vivir  en esta  dinámica tan agresiva, van desapareciendo de la misma. Creo que más allá de aplastar o ser aplastado, el tema en ese fragmento es más  la presión de estar siempre pensando “yo debería estar haciendo algo”,” yo debería estar haciendo algo que esa misma persona de mi edad  está haciendo”, los cuales son pensamientos muy comunes. Mucho más que la otra reflexión, esas presiones de mirarnos siempre con respecto al otro y de compararnos y de decir “estoy atrás y necesito hacer más y más” son las que cobran mayor relevancia.

Muchos pensadores actuales reflexionan caracterizan está época como una  gobernada por la permanente aceleración , importando más ir quemando etapas lo más pronto posible, destacándose solo a aquellos que lo van logrando. Y por el contrario, la novela pone las luces sobre el b-side  de dicha mecánica a través de la historia de aquellos artistas que si bien  no llegan a surgir de manera masiva,  logran cautivar a un público limitado y fiel. ¿Crees que la industria va a permitir que sobrevivan estos últimos, conviviendo con los primeros?

Definitivamente, no, y tengo varios  datos que lo corroboran porque he hecho algunos  reportajes sobre ese tema  en mi universidad. Por ejemplo, en Colombia hay una organización que distribuye el dinero de los artistas y justamente luego del hecho de conocer que hay artistas que ganan dinero por las veces que suenan en la radio nos preguntamos cómo van a vivir de la música aquellos que no tienen presencia en las emisoras y han vivido de la música toda la vida.  Creo que no hay mecanismos que hagan que ambas partes puedan sobrevivir. La música es una profesión en la que la competencia es muy fuerte. No hay forma de que ambas  convivan en las mismas condiciones.. Por lo menos en Colombia no pasa eso.


En tu libro, los personajes padecen un fuerte  conflicto interior al vivir tanto con el deseo de evasión y escape , como con  la angustia por ser aceptados y encajar en una sociedad que parece estar retándolos todo el tiempo. ¿ Cómo fue el proceso de esbozar dichos perfiles, sobre todo cuando son seres que cargan con la dependencia de otros, como en la relación maternal?

El texto está  narrado en primera persona, mostrándose como algo que nace fuertemente desde el yo, desde lo autobiográfico, apostando por no ser fantasioso a pesar que haya ficción. La protagonista nunca indaga en  los sentimientos de los otros personajes y no asume que tal personaje esté sintiendo algo. Es una narración en la que se muestran los hechos pero no se entra a examinar los sentimientos de las personas. No me encargo mucho de dibujar ni de hacerle un perfil específico  a la madre que tiene dos hijas a su cargo y desea  seguir luchando por su carrera. Quien narra  está ahí y alcanza a imaginar a la madre (cómo es, cómo habla, cuáles son sus deseos). En ningún momento se llega a leer cómo se siente la madre respecto a sus dos hijas.

Todo el tiempo es  una narración muy parca y seca que no llega a profundizar en los sentimientos de personajes secundarios o de personajes principales diferentes a la narradora. Y  no se adentra  en dichos  sentimientos porque uno en la vida real no sabe del todo lo que el otro está sintiendo. Gabriel García Márquez sabe exactamente cómo se siente cada personaje en “Cien años de soledad” , pero, aquí en la vida real, yo hablo como lo siento y no me enfoco en los sentimientos de los demás, no me pongo a dibujar al otro personaje con sus conflictos internos, sino que todo es desde la percepción de la protagonista.

La protagonista camufla su talento, lo que el lector puede interpretar  como un símbolo de protesta frente a la mera mercantilización del arte y su consecuente banalización. ¿Puede presentar  ello una vía para contrarrestar el determinismo del éxito como una acumulación solamente de riqueza monetaria? Lo pregunto por esa cadena de sueños heredados en la familia de la novela, y el hecho que la falta de  éxito económico lleve a derivar mayores esfuerzos al ámbito como una forma de sobrevivir y posicionarse socialmente.

Creo que la preocupación de la madre, más allá de lo económico, no está en el hecho de ser artistas y lidiar por cómo van a comer sus  hijas, sino que todo el tiempo se habla de fama y  reconocimiento. Nunca se habla de dinero. Incluso la madre regaña en cierto pasaje  a la hija porque no quiso cantar en público. El tema va más allá de lo monetario. Más  allá de no dejar que te pagaran por cantar, sino por no dejar  que te escucharan cantar. Estar escondiéndolo. Es todo el tiempo el deseo del reconocimiento. Es mostrar que muchas veces esas vanidades se dan por querer el reconocimiento más allá de la recompensa monetaria que pueda significar.

“Ninguno se dio cuenta del verdadero talento, de las notas altas y bajas, de a voz que sufre en la interpretación que va más allá de la nota correcta.” (pág. 72)  En una de las escenas más significativas de tu novela, la madre está cantando y nadie puede percibir la belleza de su interpretación, distraídos por la parafernalia externa. Ello lo podemos trasladar a la realidad diaria donde leer o apreciar una obra es mucho más difícil por el nivel de exigencia y concentración, lo que en el libro  es contrarrestado por la hija  que sí logra ver la belleza de la música  de su madre y su abuelos ¿Lograremos rescatar como ella, el  arte y su belleza, sumergidos como estamos entre tanta hiperconectividad y atrofia informática?

Pienso que de alguna manera todas esas cosas van cambiando y que la música ya es otra cosa. Que todo lo que llamamos arte cada vez es un concepto más diferente y todos los conceptos ya lo manipulan y tienen miles de definiciones diferentes. Cada vez es más difícil leer. Cada vez estamos más conectados con otras cosas. Los niños incluso tienen más dificultades para concentrarse. No sé cómo va a sobrevivir la literatura frente a su enemigo: la tecnología. Ni siquiera sé cuáles son los índices de cuánta gente lee todavía un libro físico, pero sí creo que la tecnología ha afectado mucho. Y no solo la tecnología, sino otras corrientes.

Si hay una idea que perdura tras la novela es el uso de  la ficción como una herramienta para sobrevivir y salvarse. Contar historias para mantenerse unidos y salvar lazos, como los familiares . ¿Uno puede llegar a tornar en falsos ciertos hechos y alcanzar  la plenitud literaria con esas mentiras?

Digamos que  lo bueno de la literatura, es que uno no siempre está diciendo mentiras. Si a mí me dicen en este momento “es que tú mentiste sobre algo que dijiste que dijo tal personaje” , yo respondo que allí yo me estoy  autoficcionando y creando un personaje. Eso es un personaje literario, el  personaje que me estoy construyendo, y de donde voy a empezar a narrar otras historias. Lo que cuente ahí no es una mentira, sino una interpretación de una realidad. Es una forma de escribir un diario ficticio, autobiográfico. Es algo que yo quisiera explorar un poco más: el hecho de crearse un personaje. Hablar desde otra persona y que no necesariamente signifique mentira,  sino narrar desde otras voces.

Finalmente, recomiéndanos un libro y una canción que hayas disfrutado últimamente y desees recomendarnos.

En libros, “Stoner” de John Williams, donde lo más fuerte y cautivante es que no hay heroísmo ni grandes momentos. Es la vida pasando y ya. No hay grandes finales. Es  una forma de narrar muy interesante y que yo quisiera aprender, Y en cuanto  a canciones recomiendo “Bajan” ,que si bien fue originalmente de Spinetta terminó siendo interpretada por Cerati durante toda su vida como homenaje,  y “Signos” de este último con Soda Stereo.



Transcripción: Alejandro Alva
Apoyo con la edición: Sofía Salazar

(Entrevista publicada originalmente en la web de "Lee Por Gusto" )

lunes, 22 de abril de 2019

Reseña: “¿Cuánto tiempo viven los perros” de Amanda Teillery


Emecé, 2017. 148 pp.

A pesar de nunca haber tenido una mascota, no han sido pocas las veces que me he hecho la pregunta del título. La curiosidad por saber por cuánto tiempo se puede querer a otro ser demostrándole cariño de manera física es uno de los motivos, pero no el único. Subyace bajo dicha interrogante la idea de una vida acelerada como efecto de una expectativa de vida mucho menor a la de un ser humano promedio y en la que cada experiencia sensorial, aún la más pequeña, guarda en sí el potencial de volverse un hecho relevante, para bien o (sobre todo) para mal, motivando “una ansiedad extraña y obsesiva por el paso del tiempo” (pág. 13) como la que acompaña los relatos de Amanda Teillery (Santiago, 1995), grato debut narrativo en el que los pequeños detalles como una mirada, una sonrisa o unas lágrimas, pueden ser el síntoma de tragedias imparables.

Compuesto por nueve historias, el primer libro de esta autora chilena se enfoca en la maleabilidad del tiempo reflejada en el sufrimiento de la espera interminable, el olvido imposible, el rechazo tajante y la violencia inminente. Jóvenes que buscan con ansias aquel refugio idealizado llamado “adultez” y adultos que no lo han encontrado aún, los protagonistas de la historia de Teillery lidian con la frustración de imaginar escenarios alternativos en los que las decisiones que tomaron los hubieran llevado a una vida más llevadera, “tímidos sueños en que las cosas hubieran resultados diferentes” (pág.45)



Uno de los mejores cuentos del volumen, llamado “Pokemon”, que aborda el horror del momento previo a una violación sexual, muestra en pocas páginas cómo la oscuridad se va cerniendo sobre unas muchachas que buscan eludir la decepción de una noche de fiesta, motivada por una sociedad que impone a todos sus integrantes una madurez exenta de reflexión y pausa, donde la rapidez es el único atributo destacado, ya sea para ser aceptado por los dominadores del círculo en el que uno se relaciona a diario, ya sea la escuela como en “Hazte hombre”, una lectura distinta del clásico tópico del debut sexual masculino; los círculos amicales en “Nunca más vamos a hablar de esto” (tristísimo y estremecedor final), o la familia, esa vieja institución familiar, cuyos esquemas obsoletos sobre quien debe atraer o no a una niña pueden llevar a problemas de socialización en “Marina y yo”

En justamente en ese último cuento se hace explícita una de las ideas de la literatura de Teillery. “La había descubierto. Debajo de la Mariana que parecía ya saberlo todo sobre la vida, se escondía otra; pequeña, insegura y confundida. Finalmente, y a pesar de todo lo que yo había pensado, Marina era como todo el mundo.” (Pág. 138) La paradoja de ser diferente al resto y aun así estar siempre expuesto a padecer los males de cualquiera. Importan la edad, el contexto social y económico, las personas que lo rodean a uno-.Sí.  Y aún con dichos factores tomados en cuenta, nunca se puede descartar ninguna tragedia, y los roles que uno cree inalterables pueden mutar de un día para otro, como en “Como los adultos” o el relato que presta su título al libro.  Y por eso los lectores siempre acudimos a la ficción como la joven protagonista de “Teléfono” que crea una historia alterna para su madre enferma. Para dotar de un matiz distinto nuestras vidas y soporta esa cosa terrible llamada realidad.

(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")