"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


martes, 6 de abril de 2021

[Entrevista] Cristhian Briceño: “Más que un lector, he sido un televidente”

La producción editorial en nuestros días es tan vasta y precipitada que una de las secciones que más se ve perjudicada es la de la contratapa, al punto que uno le da la decisión de Salinger de no poner comentario alguno en ellas. Elogios desmedidos y poco creíbles o sinopsis llenas de lugares comunes. Sin embargo la del más reciente volumen de cuentos de Cristhian Briceño (Lima, 1986), publicado en Seix Barral,  es una excepción pues resulta una invitación a la lectura. Como muestra cito un fragmento: “En lugar de presentarnos un antihéroe patético y débil inmerso en su devenir hacia la intrascendencia, Su seguro servidor da cuenta de un momento posterior (un futuro cercano) en que a este ni siquiera el intercambio de una vida entregada al capitalismo, a formar parte del engranaje de una sociedad que trata a sus ciudadanos como piezas de una perfecta maquinaria autónoma a cambio de ciertas alegrías menores, es posible”. Sobre ese futuro cercano y otros temas conversamos con él en la siguiente entrevista.

 

  1. Una de las primeras críticas, desde tus ficciones, al sistema socioeconómico actual es su afán de homogeneizarnos a todos a gran escala, bajo una aparente celebración de la diversidad, provocando que nos “extraviemos de nosotros mismos”. ¿Piensas que la pandemia ha ayudado de cierta forma a desmantelar esta maquinaria o esta ha encontrado la manera de seguir intocable?


La homogenización es un instrumento que el sistema emplea a manera de embrague, es decir, para acoplar y desacoplar ciertas partes que requiere en circunstancias dadas. No olvidemos que en los inicios del Perú como nación soberana existía una república de indios y una de blancos. La gran mayoría de indios, obviamente, no sabía de la existencia del Perú como Estado, ni siquiera como territorio, ni eran informados del cambio que esto, en teoría, entrañaba. El Estado, en todo caso, era un ente abusivo y los indios añoraban la autoridad de un rey que impartiera justicia. Medio siglo después, durante la Guerra del Pacifico, la siguiente generación de estos mismos indios era obligada a enfrentarse al invasor vistiendo ropa de diario, con munición enmohecida y usando el mismo armamento con el que se expulsó al último virrey; obviamente, cada quien debía agenciarse sus alimentos; casi la totalidad no comprendía por quién o por qué se estaba arriesgando el pellejo.

No se puede desmantelar la maquinaria porque nunca estuvo cubierta con nada, siempre ha estado expuesta como un recordatorio de la infamia. La pandemia no va a cambiar nada, menos en un escenario electoral como en de ahora, infestado de un caudillismo que apesta a siglo diecinueve. Cambiar eso es como pretender que un gato ladre.

 

  1. Bajo un aparente estado de apatía, tus personajes intentan camuflar ciertos arrebatos de violencia y rabia contra los que los rodea, y uno como lector lo conecta con las noticias de estallidos salvajes de ciudadanos que siempre suelen ser tranquilos y discretos en las noticias, sobre todo en el primer mundo. ¿Esto ya se replica en Perú? ¿estamos camino a ello?

Ya está desde hace mucho. En la década del treinta del siglo pasado, un comerciante español mató a su compatriota en una habitación del hotel Comercio, que quedaba en los altos del edificio donde hasta ahora funciona el bar Cordano. El asesino parecía una persona corriente, sin visos de violencia. Clemente Palma escribió una nota entusiasmada sobre el asunto. Decía que ahora Lima ya estaba a la altura de otras capitales del mundo en cuanto a crímenes.

 

  1. “Los recuerdos felices, ah, esos son los peores, le dijo la vieja, porque solo sirven para medir cuánto hemos perdido”. Inevitable asociar dichas líneas de “Una temporada en el invierno” con este último año donde muchos entramos en un período de limbo o agujero negro. ¿Fue este un cuento escrito o reescrito en plena pandemia?

Fue escrito hace por lo menos cinco años, y apenas tuvo cambios previa publicación. De cualquier manera el tópico de la evocación dolorosa es bastante común en la literatura. Basta recordar ese diálogo de muertos en el que Luciano de Samósata da voz a un Aquiles quebrado, anhelando regresar a la vida siquiera para trabajar como labriego. O el Dante-personaje de la Comedia, cuando dice aquello de que no hay mayor dolor que recodar los tiempos felices desde el lugar de la desgracia. O Enid Lambert, en las Correcciones, deprimiéndose ante el recuerdo de las navidades pasadas, cuando su familia estaba reunida y era felices y comían perdices. Miles de ejemplos. También creo que se tiende a magnificar un hecho, uno tiene la impresión estar venciendo la adversidad de, por ejemplo, no ver en persona a un amigo para perder el tiempo. La verdad es que antes tampoco éramos felices, sino que la normalidad se vuelve valiosa por contraste. Hay gente que en verdad la pasa mal, y el sufrimiento de las personas que tienen tiempo para leer esto, comparado con el de los otros, está a años luz.

 

  1. “Él era más humano: creía en la familia, en el ahorro y en el Dínamo de Moscú”. Tres instituciones erigidas en torno a la fe en el futuro. En este presente desesperanzador, ¿crees que se hayan visto más debilitadas o se han vuelto más vitales que nunca como soporte para sobrevivir?

Difícil saberlo. Pero, como dije antes, no creo que la pandemia cambie demasiado las cosas. El cambio viene de antes, lo demás son contingencias, eventos que crean una ficción con la que solemos interpretar ese cambio. Muchas cosas han sido puestas en entredicho el siglo pasado, sobre todo, a un nivel, más que filosófico, social, del día a día, aunque, claro, las bases están en textos clave, como por ejemplo cuando lee lo que piensa Stuart Mill sobre la naturaleza o la libertad, etc. Pero si quieres una respuesta más personal, yo sí creo en la familia por experiencia propia. Por mi padre creo también en el ahorro como una forma de adelantarse a las eventualidades. La tercera institución a la que aludes la podría emparentar con el fanatismo y, por ello, con la religión. Yo creo en algo que no es precisamente el dios de los hebreos o cualquier ente que pueda revelar alguna característica antropomórfica para ser asimilado por mi fe. No confío, eso sí, en cualquier institución que genere odio entre las personas. La Iglesia, por ejemplo, y sus falsas atribuciones. Cualquier institución con poder tiende inevitablemente a corromperse, es axiomático.

 

  1. En “Los trabajos”, recreas un mundo donde la oscuridad lo ha sumido todo por completo, transformando las formas de contacto humano debido a esta externalidad inesperada. Al terminarlo uno corrobora que la situación de peligro constante termina tornando en seres más indolentes que antes. ¿Podría interpretarse como una lectura del mundo en general o de sociedades bajo regímenes específicos?

No fue escrito con esa intención. El relato parte de una noticia que leí en internet. Al parecer en una ciudad asiática la contaminación era tal que el alcalde se había visto obligado a poner varias pantallas led en zonas estratégicas, para que los habitantes puedan saber que estaba amaneciendo. Me resultó curiosa la idea, aunque podría profundizarse más e intentar una narración que prescinda de los sentidos que más nos socorren, algo así como El pozo y el péndulo, pero más extremo. Más que una ficción política es simplemente el desarrollo de un tema cualquiera que puede ser interpretado a placer por el lector.

 

  1. En “Su seguro servidor” abordas el dolor del duelo y la necesidad de anularlo mediante el uso indiscriminado de narcóticos, en una especie de relectura de “Un mundo feliz” de Huxley. Cuando salgamos de este encierro, si salimos, ¿seguiremos así de aferrados a esta anulación de cualquier emoción negativa? ¿Le tememos al dolor o a la posibilidad latente de no salir una vez que caemos en ese estado?

Tal vez la anulación de las emociones cree vacíos aún más nocivos. El relato intenta formular la pregunta de cómo sería llenar estos vacíos con otro tipo de emociones, no menos dolorosas, sino más asimilables. El dolor es un hecho inevitable, es una lección; también es parte de nuestra evolución y va de la mano con nuestra supervivencia como animales, desde el momento en que los organismos primitivos “deciden” ser criaturas inervadas. Eso en cuanto al dolor físico, pero quead el dolor emocional, que también es un rasgo evolutivo que podría partir desde el momento en que algún homínido empezó a sospechar de la naturaleza del tiempo y sus implicaciones en la realidad y, a su vez, le heredó esta característica a su descendencia. Debió haber un momento en que algo muy parecido al ser humano actual vio a un semejante muerto y de pronto empezó a llorar sin saber bien por qué, quizá enfrentado a la intuición de lo irremplazable.

Obviamente le tememos al dolor y a que exista un escenario en que nada pueda lidiar con él, por ello se dice que el verdadero castigo que promete el infierno no es la severidad de lo que ah´ñi se siente sino la eternidad misma. Esto me recuerda al Retablo de Iseheim, de Mathias Grunewald, colgado en un hospicio para pobres almas infectadas de peste y sífilis. La lógica era que ver a un Cristo crucificado y retorciéndose de dolor te ayudara a aceptar el sufrimiento. Eso, quizá ahora sería una salvajada, pero entonces debía ser algo parecido a lo que propongo en ese relato.

 

  1. El mundo literario descrito en “Es el futuro” está lleno de personajes indolentes, sin empatía, crueles por decisión, siempre atentos a la imagen que los demás perciben de ellos, sobre todo atentos a no mostrar signos de debilidad. Y al analizar históricamente el medio local, este no ha sido ajeno a confrontaciones y disputas, sobre todo al ser tan reducido. Sin embargo, parece que las redes han exacerbado los desencuentros a la vez que las han banalizado las discusiones literarias. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Siempre he tratado de mantenerme alejado de todo eso. Como en todo espacio en que se pone en juego algo de poder o beneficio (y en la literatura peruana actual esta gracia es ínfima, a menos que previamente ya la poseas y no hagas más que gozarla ostentando un membrete de “escritor”) siempre se generarán esa rencillas idiotas que son, de por sí, un género literario. Yo mismo, siendo un autor tan poco conocido, tengo un instagram donde a veces opino sin censura sobre ciertas cosas, y te creas la ilusión de que la gente comprende tu postura y la respalda. Pero creo que debo añadir a mis contadas cualidades como autor la de cerrar la boca y dedicarme a lo mío.

 

  1. Una de las cuentos más entretenidos es “El corazón de los sencillos”, donde haces haces una especie de “lados-B” de escenas bíblicas clásicas.¿Cuál es tu relación de lector con la Biblia? ¿Cómo lo percibes desde el punto de vista literario en nuestros días?

No fui un lector precoz, creo que empiezo a leer con cierta conciencia pasados los veinte años. Sí recuerdo que unos de los pocos libros que leí de pequeño fue una versión de la Biblia preparada por los Testigos de Jehová, de tapa dura color amarillo y el título en letras rojas brillantes; creo que se llamaba Mi primer libro de historias bíblicas. Me encantó desde la primera página y creo que ese momento me di cuenta de la potencia que subyace en la lectura. Después, cuando leí varios libros de la Biblia me di cuenta de que me llegaban a conmover de una forma que no lo hacían otros textos y creo que es por la idea de fe que tienen todos estos personajes, siempre esperanzados en encontrar a Dios hasta debajo de la más mínima piedra del desierto. Debe ser esa construcción de la fe lo que mueve este libro. Los evangelios sinópticos coinciden en las palabras de Jesús cuando le dice a la mujer que sufre de descensos y que ha tocado su manto con la esperanza de sanarse: Tu fe te ha sanado. Es curioso que Yavhé no se enfade con él por no darle crédito, etc. en fin. ¿Influye la Biblia hoy en día? Obvio. Podría nombrar un poemario reciente, El libro de la enfermedad, de Mateo Díaz. En un capítulo de la cuarta temporada de Rick y Morty, Rick dice que la Biblia es el infierno de los escritores. no sé bien cómo interpretar esa frase, pero podría ser por su circularidad.

 

  1. ¿Son los Simpson una referencia al momento de escribir? Leyendo tus cuentos fue inevitable asociarlos con capítulos como el del Señor Burns sumiendo a Springfield en una noche eterna o la revisita de momentos históricos de manera socarrona.

Sí, es un hecho. Más que un lector, he sido un televidente. Cualquier información que haya podido llegar a mí luego intento revertirla en la ficción. Hay que saquear todas esas influencias que la academia puede mirar por encima del hombro. Ciertas animaciones como Los Simpson o Ren & Stimpy son parte del canon de muchos. Todas las series de bajo presupuesto o lo que usualmente se desecha a la primera mirada puede llegar a ser valioso en cuanto el autor revierte los códigos, las procesa y posteriormente las vuelve literatura a secas. 


(Texto publicado en Buensalvaje)

Reseña: "Un artista del mundo flotante" de Kazuo Ishiguro

Anagrama, 2006 (Edición Compactos). 222.pp

Hace cuatro años la Academia Sueca decidió otorgarle el Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), gesto que se interpretó como un intento por calmar las aguas tras el escándalo que supuso el año previo la premiación a Bob Dylan. Novelista fulgurante a fines del siglo pasado, integrante de esa armada inglesa conformada por figuras de la talla de Rushdie, McEwan, Amis (hijo), Kureishi o Barnes, y autor de una distopía con casi medio millón de puntuaciones en Goodreads (Nunca me abandones), Ishiguro parecía el elegido para congraciar a los críticos y llenar los escaparates de las librerías otra vez. Sin embargo, el efecto no fue el deseado y la recepción fue poco más que tibia. ¿Había pasado su tiempo? ¿Otros lo merecían más? Fue así que me aventuré a leer Un artista del mundo flotante. ¡Qué prodigio de novela!


Situada en el Japón de la posguerra, con ciudades erigiéndose sobre los escombros causados por dos bombas atómicas y una sociedad con el orgullo mellado, aunque no capturada del todo aún por el neoliberalismo recalcitrante de las décadas posteriores (“No tenemos ningún interés en recibir una cantidad mayor que la del precio fijado. Lo que tenemos intención de hacer a partir de ahora es, podríamos decir, una subasta de prestigio”, pág. 13), la novela nos presenta a un pintor en el epígono de su vida cuya preocupación mediata es asegurar el matrimonio de su hija y que este no vuelva a ser cancelado, usando como moneda de cambio la fama y el prestigio obtenidos por su arte. Es en dichos trámites y peripecias, que vamos accediendo a escenas, pinturas de su pasado que van iluminando las razones de este reconocimiento y los mecanismos, no siempre honorables para obtenerlo.

Marcado desde temprana edad por la censura paternal a su vocación artística, es la ambición el móvil de toda la vida del protagonista:

“No tengo el menor deseo de verme dentro de unos años sentado ahí donde está ahora padre, hablándole a mi hijo de cuentas y dinero. Si acabara de ese modo, ¿se sentiría usted orgullosa de mí? (…) Yo no me sentiría orgulloso de mí mismo. La ambición de la que he hablado me impulsa a querer llegar más lejos” (pág. 55).

Ambición aunada a un propósito que es el de sobresalir y ascender socialmente, huyendo de la mediocridad de sus contemporáneos, una peste. El capital económico reemplazado por el artístico, que inevitablemente tendrá como consecuencia la obtención del primero, parece ser la premisa del protagonista, aunque sin ser el único motor de sus acciones. Es la vejez el estado desde el cual el balance de una vida permite tener una perspectiva mucho más compleja, completa y, por qué no, dolorosa, capaz de asimilar la vergüenza por el cometimiento de acciones condenables, al punto de reconocerla. Reconocer la traición, por ejemplo, y las vidas torcidas, quebradas y devastadas por acciones personales cometidas bajo el amparo de ideales erosionados por la derrota. O la exacerbación nacionalista, al costo de apoyar una guerra que se llevó consigo a un hijo. Por ello, cada encuentro del personaje con antiguos conocidos supone un estallido de acusaciones y emociones, donde el pasado acecha con furia y arroja todas sus recriminaciones.

El mundo flotante al que alude el título de la novela, va más allá de ese microcosmos de las noches de farra que se menciona en algún momento. Refiere también el valor oscilante de la obra artística y la vida, atadas por el aprecio y la firmeza de su legado. Cómo puede cambiar todo de un momento a otro. ¿Valió la pena intentarlo? Casi hacia el final, el protagonista afirma lo siguiente:

“Naturalmente, puede ocurrir que, con el paso de los años, ya no valoremos nuestros actos del mismo modo, pero, aun así, siempre es un consuelo saber que en la vida hemos tenido uno o dos momentos de satisfacción como el que sentí aquel día en lo alto del sendero” (pág. 217).

Y no sabemos si está convencido de ello. La virtud narrativa de Ishiguro se ve reflejada en todo su esplendor en pasajes así, donde la grisura de la duda se apropia de cada escena, por más que los personajes afirmen lo contrario, haciendo que la novela pase a tener el efecto de una pintura de Goya, llena de claroscuros y vacilante.

Un implacable retrato de la derrota.


(Texto publicado en Buensalvaje)

Reseña: "Cuentos completos" de Mario Levrero

 Literatura Random House, 2019. 656 pp. S/.109

¿Por qué uno se vuelve levreriano? ¿Cuándo el apellido se vuelve un adjetivo, una marca literaria, un estilo capaz de impulsar y formar una fervorosa comunidad, admiradores de una obra que no hacen más que seguir conectando con lectores de distintas latitudes y generaciones? Una respuesta puede ser la diversidad de caminos para acceder a su escritura. El más conocido sería abordar como punto de inicio El discurso vacío y La novela luminosa: sus historias más elogiadas, épicas de la cotidianeidad y la trascendencia del ocio. Pero también podría optarse por elegir la ruta más onírica y alucinante con la «Trilogía involuntaria» (La ciudad, El lugar y París) y Fauna/ Desplazamientos. El híbrido entre ambos caminos: El alma de Gardel y Dejen todo en mis manos; o sus deliciosas observaciones vitales recopiladas en sus Irrupciones. La publicación de sus Cuentos completos, el año pasado, conecta todas las vías anteriores.


Podríamos empezar por «La calle de los mendigos», donde una ligera y aparentemente inocua alteración de la rutina diaria, como lo es la falla de un encendedor, lleva a una búsqueda desesperada por desentrañar un misterio técnico que no hace más que crecer y crecer al punto de desviarnos de lo absurdo de la situación, para situarnos por completo en el laberinto de la curiosidad. En el «El sótano», «Las sombrillas» o «Nuestro iglú en el Ártico» ocurre lo mismo: reconfiguraciones de la realidad que se logran al recuperar la capacidad de asombro de la infancia, cuando la línea entre lo lógico y lo onírico era más difusa, e insertarla en una atmósfera ensuciada por una mecánica adulta, sucia y gris. «Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de esos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega», menciona en «Capítulo XXX» (p. 320), sugiriendo su resistencia a «la opacidad cotidiana, a este frío y a este apego insensato a las cosas. Yo no puedo darme ese lujo» (p. 337, «Surkville»)


Esta vuelta a una capacidad infantil, aparentemente perdida en las batallas diarias de la etapa «madura», se entremezcla con la urgencia sexual y el humor, ambientes cargados de tabúes y reglas, cuyos límites son transgredidos mediante un lenguaje aparentemente desmesurado y descontrolado («La casa de pensión»), pero que no es más que la solución frente a tanta solemnidad impuesta, a la que golpea sin pudor, apelando a escenas que si bien podrían escandalizar en un primer momento, poseen un efecto que va más allá de la impresión superficial, metáforas de la libertad del ejercicio de la ficción. El resquebrajamiento de la «seriedad» es un acto de resistencia, desde la literatura, en el cual el montevideano encontró una herramienta invaluable. Síntesis de ello puede representar la respuesta que brinda a un divertido cuestionario formulado por él mismo: «Yo utilizo la imaginación para traducir a imágenes ciertos impulsos —llámalos vivencias, sentimientos o experiencias espirituales. Para mí esos impulsos forman parte de la realidad o, si lo preferís de mi “biografía”. Las imágenes bien podrían ser otras; la cuestión es dar a través de imágenes, a su vez, representadas por palabras, una idea de esa experiencia íntima, para la cual no existe un lenguaje preciso» (p. 589, «Entrevista imaginaria con Mario Levrero, por Mario Levrero»).

Levrero prefería denominar relatos a este tipo de narraciones para escapar a las fórmulas repetitivas que se le asignan al cuento, como se puede constatar en las más de 60 piezas que conforman el presente volumen. A diferencia de la concepción tradicional, el relato para el autor representa una oportunidad para romper con ideas preconcebidas e inamovibles de causa-efecto-solución, para tomar opciones más azarosas, sinuosas y delirantes, pero no menos atrapantes. «Los ratones felices» y «Espacios libres» son prueba de ello, con episodios donde lo que menos abunda es la lógica en detrimento de la vitalidad, confirmando que uno no lee a Levrero para descifrar un enigma, sino para emocionarse durante la persecución del mismo: desde la angustia inquietante y asfixiante de «El inspector» al cuestionamiento existencial de «Diario de un canalla», pasando por la melancolía de «Algo pegajoso», el humor de «Confusiones cotidianas», el horror fantástico de «Aguas salobres» o la sensación de aventura de «La cinta de Moebius» y «Alice Springs», verdaderas obras maestras. Cabe decir que algunos textos contienen una mayor dosis de confusión y densidad al punto de poder desencajar al lector en contraste con los otros relatos, como ocurre con «Ya que estamos» y «La toma de la Bastilla o cántico por los mares de la luna», pero al menos habrá un párrafo o frase que denote la genialidad del escritor, o una segunda o tercera lectura posterior que permita transportarnos a planos de conciencia desconocidos como anota Nicolás Varlotta, quien estuvo a cargo de esta edición.

¿Por qué uno se vuelve levreriano? Porque al leer a Levrero, uno lo percibe cómplice, como quien lee a un amigo, según mencionaba Diego Otero. Su literatura irrumpe en nuestras rutinas, hipnotizándonos con escenas que ensanchan nuestras experiencias y nos sumergen por completo en una materia artística formada por las más diversas fuentes, conjugadas de tal manera que uno se olvida que está leyendo. No es una forma de escapar a la realidad, es una invitación a desarmarla y volverla a armar. «Cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar» (p. 208, «Todo el tiempo») La recopilación de estos relatos no hace más que seguir encandilándonos con una obra de irradiación incombustible, una nueva oportunidad para empezar.

(Texto publicado en Buensalvaje)

martes, 29 de diciembre de 2020

Reseña: "Pura pasión" de Annie Ernaux

Tusquetes, 2020.80 pp. S/.39


Cuando empiece a escribir este texto a máquina, cuando se me aparezca en letras de molde, mi inocencia se habrá terminado. Cito la última frase de la nouvelle de Annie Ernaux (Lillebonne, 1940)  por su exquisito juego temporal y la extinción de la condición a la que alude, concebida como un estado de obnubilación sin culpas y no cual mero período de ingenuidad que se deba superar por imposición externa. El único lamento del fin de la inocencia es el tránsito del éxtasis emocional del título a experiencia pasada y la imposibilidad, por más que se agoten todos los recursos de la ficción, de replicar de manera real un tiempo en el que el futuro y sus consecuencias importan poco o nada frente al objetivo de extender el presente a como dé lugar, misión en la que se es capaz de apostar la vida misma.

 

¿Cuál es la frontera entre el deseo amoroso y la obsesión enfermiza?¿Existe? No son preguntas nuevas las que surgen al leer esta novela corta, cuya trama, la confesión de la amante de un hombre casado, es tan antigua como la literatura misma. Lo que causa la disrupción, esa sensación de estar ante algo novedoso y único, es la  intensidad que emana, posible por la capacidad de Ernaux de contar y reflexionar en poquísimas líneas sobre el delirio al que la ha llevado una relación amorosa y en el que no cabe interés alguno por responder  a los juicios externos que esta puede provocar. La narración entrecortada, con cada anotación dispuesta cual resquicio de un discurso  que se sabe intraducible del todo y con el que solo es posible trabajar mediante sus  residuos y  esquirlas, le impregna un matiz único de urgencia y zozobra a la experiencia de lectura.

 

Gran parte del presente hastío que generan algunas novelas autobiográficas responde a que estas se amparan de manera exclusiva en el morbo y la pérdida gratuita de pudor. “Pura pasión” se ubica en la otra orilla por una diferencia esencial: un texto sobre la pasión solo es posible al término de ésta, no mientras está vigente. El lapso que media entre ambos estados es determinante para salvar a lo narrado  de un exhibicionismo vacuo y ramplón, cuyo único destino posible es un abismo de perpetuo e irremediable tedio. La pasión no avergüenza; su publicación y lectura sí, nos da a entender Ernaux, y es ese miedo, ese pudor, lo que sostiene el riesgo, la sensación de que la autora se está jugando el todo por el todo al publicar lo que ha escrito, algo que el lector agradece y ,por qué no, aplaude.

 

 

 Texto publicado en la web de Buensalvaje.

 

  

viernes, 17 de julio de 2020

Reseña: "Cómo comportarse en la multitud" de Camille Bordas

Malpaso, 2017. 288 pp.

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

‪ «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.


En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.

(Texto publicado en "Bitácora El Hablador")

Reseña: "Adiós a la revolución" de Francisco Ángeles

Literatura Random House, 2019. 364 pp. S/.49

¿Qué alternativas le restan a una generación desilusionada y cansada de esperar los cambios que sus ideologías prometían? ¿Qué se hace con ese descontento? ¿Y acaso dicho deseo de cambio político no encubre también un deseo por modificar por completo un aspecto más íntimo? «Cuando un guerrillero empuña las armas, en el fondo su único deseo es tirarse a quien los hábitos económicos, sociales, culturales o incluso estéticos no se lo permiten», menciona el protagonista de la cuarta novela de Francisco Ángeles y es a partir de esta afirmación que se empieza a deslizar la tensión entre las pulsiones sexuales y la teoría y praxis política que se desarrollará durante todo el libro.

Emilio, catedrático peruano en una de las instituciones académicas de mayor prestigio en los Estados Unidos, casado y reducido, según sus propias palabras, a un «revolucionario de escritorio», se ve confrontado con la oportunidad única de cambiar dicho escenario de aparente estancamiento al conocer a Sofía, joven estudiante, inteligente y guapísima, perteneciente a la clase alta norteamericana, con la cual empezará a relacionarse valiéndose del conocimiento de este sobre las revoluciones latinoamericanas, específicamente la liderada por el subcomandante Marcos en Chiapas. Ello expandirá la atracción carnal inicial hacia una obsesión intelectual y, en última instancia, una aventura capaz de llevarlo al corazón de los temas que ha abordado por años desde el plano puramente teórico y que ahora deberá confrontar con la realidad, aun cuando ello implique acercarse al borde del abismo y la posibilidad de perderlo todo, llevándolo a interrogarse si valen la pena los riesgos de sacrificar su estabilidad conyugal y emocional.

Adiós a la revolución es una historia donde los principales conflictos parten de revisitar los anhelos y deseos fallidos de la adolescencia, exacerbados por la distinciones producidas a partir del choque de clases sociales y económicas en unas de las esferas donde estas marcas puede alcanzar sus más altos extremos. Pero, además, con un trasfondo policial donde el misterio a resolver es de una profundidad más existencial a la que acostumbra este tipo de género, apoyándose en una galería de inolvidables personajes como Licho Best, el Noventero y el mismísimo Emilio, cuya transformación se alimenta de los sucesivos cuestionamientos en los que se ve sumido y en los cuales estará acompañado por Sofía, quien también ve alteradas sus creencias debido al resquebrajamiento de su fe en un cambio social que parecía tan realizable.

Una estupenda novela, llena de guiños intertextuales a Bolaño, Fuguet, Marías, Zambra y, como no podía ser de otra manera, Ricardo Piglia, en un homenaje que profundiza en ese arrebato de perseguir una idea, una estética y soportar el impacto que estas pueden tener en las existencias comunes, concibiendo la vida como un terreno para ponerlas a prueba, restaurar de sentido a nuestras experiencias, y así intentar salvarse de la terrible incertidumbre de nunca intentarlo, como lo hace este libro tan desgarrador y redentor del que es imposible salir indemne tras su lectura.

(Texto publicado en la revista Buensalvaje)

Reseña: "Mona" de Pola Oloixarac


Literatura Random House, 2019. 160 pp. S/.59


Una convención de escritores en el fin del mundo se convierte en un feroz campo de batalla en el que sus gigantescos egos se ven confrontados en una competencia donde el desprecio por las ideas del contrincante se convierte en el arma más nociva e implacable. Aplastar al que discrepa se vuelve la consigna en una lucha donde el capital y la valía de cada autor son otorgados en función del «exotismo» de su procedencia, lengua o color; atractivo y prestigio erigidos a partir de una diversidad determinada por quienes ejercen el poder en el ecosistema académico-literario en el que la joven narradora peruana, Mona, se ve inmersa, partícipe de múltiples paradojas del gato de Schrödinger que la llevan a reflexionar sobre lo que es «correcto» decir y no decir; la postura de moda a la cual debe fingir adhesión; la dependencia tecnológica capaz de permitirse, y el sutil equilibrio entre pudor e inhibición necesarios para ligar. Todo ello la lleva a evasiones de la realidad, ya sea consumiendo drogas o mediante pesadillas que la atormentan y generan dudas sobre qué es en verdad imaginario. Pero no es la única. ¿Acaso no son los festivales literarios psicodélicos a mayor escala?

Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades letradas y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas. Un viejo fantasma puritano que, revivido con los rezagos de ideologías otrora consideradas como revolucionarias, sirve como mecanismo de dominación mental y corpóreo, inhibiendo la expresión artística. Es así que el apetito sexual y su consumación se vuelven gestos de resistencia frente a los distintos niveles de represión social de la actualidad, desde el plano más íntimo que supone el control sobre los cuerpos y la atracción entre estos, hasta el de la planificación genética, temerosa de las olas migratorias capaces de recodificar las estructuras socioculturales del Primer Mundo. La libertad creativa, en sus múltiples manifestaciones, es puesta en cuestionamiento en una magnífica novela en la que civilización y barbarie se dan cita con un lenguaje que alterna, de buena manera, inteligencia y lujuria. The world is yours?



(Texto publicado en la revista Buensalvaje)