"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


jueves, 16 de septiembre de 2021

[Reseña] "Un verdor terrible" de Benjamín Labatut

La tentación de la caída

Anagrama, 2020. 216 pp. S/.89

¿Qué viento lo arrastra con la furia de un ángel lanzando desde el cielo, cayendo y cayendo y cayendo?


-Karl Schwarzschild

    Hay momentos estelares en la vida de un lector cuando un libro irrumpe modificando su forma de leer. Cuando una propuesta literaria lo aproxima a un ámbito de la vida inasible hasta ese momento, desestabilizando algunas estructuras mentales percibidas como inamovibles. “Un verdor terrible” del chileno Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980) representa un parteaguas en la narrativa contemporánea reciente por ejecutar una operación compleja y riesgosa con infinitas posibilidades de fracasar: intervenir en otros campos vedados por la complejidad de sus técnicas como son los de la física, la química y las matemáticas, desde la literatura. Y lo hace, no a través de la simplificación de las complejas fórmulas sobre las que estas ciencias se erigen, sino sobre la inoculación del pecado en su naturaleza pura y abstracta, al desacralizar las mentes detrás de estas y navegar entre las sombras que dejaron, con el fin de mostrar su lado más emocional y vulnerable. De esta manera, se reconfigura no la realidad, pero sí la óptica desde la que esta se concibe; con el fin de poder vislumbrar la frontera que separa a la genialidad y la locura por la multiplicidad de vías existentes y las limitaciones de recorrerlas por la restricción más humana de todas: el tiempo y nuestra mortalidad.


    Gran parte de la brillantez que se exhibe en “Un verdor terrible” de Benjamín Labatut radica en la posibilidad de ser concebida como el ejercicio de lectura de alguien empeñado en descifrar e iluminar aquellos aspectos que se encuentran vedados para el común de los mortales puesto que dicha aproximación significaría el sufrimiento, alejarse de lo que se concibe como “normal”, e incluso la pérdida de la vida misma. Como parte de este ejercicio, Labatut empieza a destejer e hilar de manera particular eventos históricos desde la ficción literaria, para hurgar en esos agujeros negros a los que se arrojaron muchos de los personajes clave del siglo XX. ¿El resultado? Una forma de leer la existencia y la complejidad de vivir, pues como él declara en una entrevista:

    “Por eso admiro tanto a los científicos (y me aburre tanto buena parte de la literatura), porque están atrapados en un baile, en una pelea a muerte con la realidad. A mí me interesa todo aquello para lo cual las explicaciones actuales no bastan. Es un placer muy específico, porque la mente exige explicaciones para todo, la razón quisiera alumbrar hasta el último rincón de nuestras almas. Y sin embargo, no puede. De ahí surge un cierto delirio, una facultad creativa desatada, porque el ser humano es un mono porfiado, no acepta el vacío, se rebela contra esa falta y fabula, crea realidad, inventa todo tipo de explicaciones e historias para arropar lo que es misterioso. Y luego todos vivimos enredados por los hilos de esa red”

    La política, decía Ricardo Piglia, todo el tiempo está definiendo qué cosa debe ser entendida como verdadera y qué cosa debía ser excluida de la verdad, y que frente a ese tipo de relatos cristalizados, la literatura trabaja con las inestables e incómodas incertidumbres acerca de lo real y lo verdadero. Los cinco textos de “Un verdor terrible” extrapolan este choque de narrativas al campo de la ciencia, donde sus más célebres protagonistas –como los grandes lectores de novelas–, se toman en serio la incertidumbre de la realidad y la forma de un relato: el químico Fritz Harber creando un método de exterminio a escala industrial bajo la premisa de que “la guerra era la guerra y la muerte era la muerte, fuera cual fuera el medio de infringirla”; el astrónomo, físico, matemático, y teniente del ejército alemán, Karl Schwarzschild remitiéndole a Einstein la primera solución exacta a las ecuaciones de la teoría de la relatividad general desde su unidad de artillería en el frente ruso, entre estallidos y nubes de gas venenoso, consciente de que habiendo alcanzado el punto más alto de la civilización, la caída es inminente; el genio de Alexander Grothendieck sumergiéndose en su propia psiquis en un intento por entender el todo, dejando expuesto un intelecto vasto y aterrorizador, precariamente balanceado entre la iluminación y la paranoia, cada vez más despojado de volver a la cotidianidad de los que lo rodean; el enfrentamiento titánico entre Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, que tuvo al primero alejándose más y más del mundo real con cada nuevo avance de sus cálculos y lo llevó a contratacar usando esos instrumentos de ficción suprema que representan los números para describir el inobservable mundo subatómico, mientras el austríaco lidiaba con la restricciones de su propio cuerpo para potenciar su mente, en una batalla por redefinir no la realidad, sino lo que se puede decir acerca de ésta; y finalmente, la historia de un jardinero nocturno en los extramuros del mundo, para quien las matemáticas se ha vuelto una mezcla de anhelo y temor, al afirmar que estas son las que están cambiando el mundo a tal punto, que en tan sólo un par de décadas, a lo sumo, no seremos capaces de entender qué significa ser humano, evitando cualquier comprensión verdadera.

    “El físico -como el poeta- no debía describir los hechos del mundo, sino solo crear metáforas y conexiones (…) Heisenberg entendió que aplicar conceptos de la física clásica -como posición, velocidad y momento- a una partícula subatómica era un despropósito total. Ese aspecto de la naturaleza requería un idioma nuevo” (pág. 110) ¿No son las ciencias, en sus múltiples variantes, una serie de batallas por nuevos lenguajes? Las polémicas a lo largo del libro de Labatut se erigen sobre la hegemonía de una teoría que domine a las existentes y la rebeldía contestaria que estas generan. ¿No es acaso más atractiva una idea cuando se percibe un posible desmoronamiento? ¿No radica ahí la génesis de una obsesión y el gesto de desafiarlas? Leyendo “Un verdor terrible” y pensando en posibles hilos que conecten a los textos, recordé el mito fundacional del avance científico y sus peligros: Ícaro. Su padre Dédalo trabajando día y noche en la creación de un mecanismo para escapar de la oscuridad de la cueva en la que se encuentran encerrados hasta dar con las alas que lo salvarían, pero pagando el precio de la muerte de lo más preciado de su existencia. La aproximación al sol, la curiosidad desmedida, el desvío del sosiego que brinda lo conocido. Labatut reactualiza el mito griego demostrándonos que está más arraigado que nunca en nuestra época. La pregunta es cuál destino nos depara, si el de Dédalo o Ícaro.

    Tal vez la mejor forma de terminar este texto sea con una cita de Lovecraft que Labatut mencionó durante la presentación del libro vía Facebook y dejó estupefactos a sus interlocutores y, sospecho, a la mayoría de los lectores:

    “Creo que más que lo misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros del infinito, y eso no significaba que viajáramos lejos. Las ciencias, cada una de las cuales se esfuerza en su propia dirección, hasta ahora nos han hecho poco daño; pero algún día, la reconstrucción del conocimiento disociado abrirá perspectivas tan aterradoras de la realidad y de nuestra espantosa posición en ella, que nos volveremos locos por la revelación o huiremos de la luz mortal hacia la paz y la seguridad de una nueva era oscura”.

    Una obra maestra.

(Reseña publicada en la web de Buensalvaje)

martes, 3 de agosto de 2021

Reseña: “La diáspora” de Horacio Castellanos Moya


Literatura Random House, 2018. 160 pp. S/.69


Ya quisiera uno escribir una primera novela con el ímpetu y soltura que exhibe Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) en “La diáspora”, publicada originalmente en 1989. Vaya manera de irrumpir en la ficción narrativa con un libro que, en una época tan álgida como fueron los ochenta, aborda y critica de manera aguda las desilusiones de una generación que creía de forma inquebrantable en el poder de la Revolución al punto de arriesgar la vida por ella. Escribir una parodia de la derecha lo hace todo el mundo. Lo arriesgado es hacer una de la izquierda desde la misma izquierda, denostando la mercantilización de sus causas en un negocio que reclama un aura de ética intachable que no merece muchas veces. Y más difícil aún, hacer esta diatriba con una maestría que mostrará también en libros posteriores como “Insensatez” (2004) o Moronga (2018), confirmando que cada texto suyo es una pieza más de un proyecto narrativo coherente como pocos a nivel mundial, para no acotar su alcance solo a nivel hispanoamericano donde compartiría espacio con titanes de la talla de Piglia y Bolaño.

Uno de los más gratos hallazgos de este libro es corroborar que las principales preocupaciones temáticas y emocionales de Castellanos Moya ya se encontraban aquí, comenzando por el cuestionamiento de las convicciones ideológicas. Los personajes de esta novela se encuentran a la deriva, apartados y marginados en el DF, alejados del campo de acción, pero sobre todo de una causa que les brinde la sensación de pertenecer a un colectivo que le dé sentido a sus nimias vidas. Tanto Juan Carlos y el Turco reniegan del Partido, el colectivo al que consagraron su vida por muchos años y que desvió su rumbo al punto de desvirtuar su accionar debido a las ambiciones de sus dirigentes y la pugna por el control que terminaría causando al asesinato de la comandante Ana María y el aparente suicidio del comandante Marcial, máximas figuras de las guerrillas salvadoreñas. La sensación de orfandad y desamparo terminará por convencerlos de que la única salida posible es romper con sus ideales e intentar descifrar que hay más allá de la lucha política, en un territorio ajeno, lidiando con la única herencia que les legó su participación en el conflicto además de la pobreza: la paranoia.



Si algo hermana a la mayoría de los personajes de la novela (y de la narrativa de Castellanos Moya) es la constante sensación de paranoia y desconfianza hacia todo aquel que quiera acercarse. Siempre estar en guardia y relacionarse lo menos posible con alguien desconocido, es la marca con la que deambulan por la vida tanto los dos personajes mencionados, como Quique, el exguerrillero ansioso por regresar a combatir con un rifle en las manos. El temor de ser emboscado y traicionado es la secuela más duradera no solo de un conflicto sino del rompimiento con una ideología, viendo en cada rostro a un potencial enemigo, en contraste con aquellos denominados “burgueses” que no padecen ello y hasta tienen empleos y familias. Aquí la semilla de violencia impregnada en cada uno no explota como en “El arma y el hombre” o “La sirvienta y el luchador”, pero sí se trasluce de manera más sutil al momento de concebir las relaciones posibles con sus antiguos camaradas o sus potenciales conquistas sexuales, además de que puede ser una buena manera de adaptarse a la urbe capitalista: “Si San Salvador le resultaba grande y extraña, la ciudad de México le produjo escalofríos, las calles enormes repletas de autos y buses. Pero las costumbres del peligro crean un poderoso instinto de sobrevivencia.” (pág. 81) 

Y aunque los personajes mencionados son los protagonistas de la novela, Castellanos Moya dedica algunas páginas a otro que se lleva todas las palmas: Jorge Kraus. Este periodista que evoca a esa inolvidable y tenebrosa voz de “Insensatez”, es una suma de arribismo y aprovechamiento ramplón capaz de causar escozor en el lector debido a que su ambigüedad y capacidad camaleónica provocan que su toxicidad corrosiva pase desapercibida frente a los demás. Castellanos Moya muestra esta frialdad extrema para seguir trepando en líneas como las siguientes:


"Kraus barajeaba las diversas alternativas para la escritura del libro, los argumentos a los que recurriría para convencer a las FPL y a los sandinistas de que un libro de esa naturaleza ayudaría en gran medida al proceso revolucionario salvadoreño. Se regocijaba por las tremendas posibilidades editoriales que se le abrirían: escribiría un verdadero best seller, que le produciría fama y dinero. De inmediato tendría ofertas de traducciones, adelantos por la escritura de nuevas obras. Porque su idea para la estructuración del libro le parecía sencillamente genial: lo elaboraría con la técnica de la novela policíaca, pero con puros hechos reales. Algo semejante a "A sangre fría" de Truman Capote o a "Recuerdo de la muerte" de su compatriota Miguel Bonasso. Sólo que el libro de Kraus superaría a éstos por una razón esencial: los sucesos que abordaría constituían una tragedia universal, digna de un clásico griego o de una obra dostoievskana." (Pág, 118)

Este símbolo de la capitalización individual de una tragedia social es la principal crítica a cierto sector de la izquierda que si bien aparece en otros pasajes, adquiere una dimensión mucho más peligrosa en figuras como la de Kraus en el capítulo seis de la tercera parte de este libro, dándose incluso maña para concebir una metodología capaz de moldear y replicar la escritura de una tragedia, al punto de desvirtuar los hechos con tal de acomodarse a un fin al que se busca justificar de cualquier forma antes que ver cuestionada su veracidad. La sensación de sentirse superior moralmente termina siendo el aceite de un turbio y pérfido engranaje que se vislumbra hasta el día de hoy, refugio de tantos abusos y atropellos sociales. Escrituras de libros que edulcoran y aprovechan el morbo de los conflictos armados, ¿dónde hemos visto eso antes?


Castellanos Moya vislumbró hace treinta años cómo el tópico de la violencia iba a convertirse en un modelo exótico para armar y desarmar de manera descafeinada en gran parte de la literatura latinoamericana posterior, llena de clichés y personajes acartonados, y se arrojó a escribir esta novela tan potente y vigente. En una época donde las principales apuestas literarias parecen ser las reediciones de libros inhallables, “La diáspora” terminar erigiéndose como uno de los más valiosos rescates.

(Texto publicado en la web de la revista "El hablador")


[Reseña] "Open" de Andrés Agassi

Duomo, 480 pp.

Propongo lo siguiente: leer las memorias de personajes famosos cuatro a cinco años después de su publicación. Uno se despeja del ruido mediático del lanzamiento y la morbosa curiosidad para apreciar con calma su calidad literaria. Y vaya que la hay en las páginas de este libro publicado originalmente el 2009. Pocas veces uno se topa con un texto que esté a la altura de los vaivenes biográficos de un deportista que marcó un antes y un después en su campo.

No creo que haya un símbolo tan claro de la acelerada obsolescencia de nuestros cuerpos y su funcionalidad laboral como la vida de los deportistas profesionales. Conminados a mostrar sus dotes desde temprana edad y a responder con rápida madurez al nivel de presión demoníaco con el que conviven, cualquier tropiezo puede devenir en la oscuridad del olvido. Y la exigencia no cesa en ningún momento, solo se acentúa mientras se acorta el camino al Parnaso deportivo, con cada vez más gente dependiendo de uno, desde el público tan ávido de adorar a un nuevo dios atlético hasta los patrocinadores de los que se depende para concentrarse exclusivamente en mejorar sin agobiarse por el dinero. Un nanosegundo puede ser clave para el devenir de toda una carrera y eso lo saben más que nadie los tenistas, sobre todo Andre Agassi (Las Vegas, 1970) cuya carrera fue tan irregular como espectacular.

Si había un tenista que acaparaba las páginas deportivas de fines del siglo pasado e inicios del este, ese era él. Si bien fue una época de feroz competencia, ninguno de sus colegas llevó a este deporte a un posicionamiento en medios tal como lo hizo el chico “Viva las Vegas”. Estilo inconfundible, relaciones con estrellas del firmamento de Hollywood y una actitud que escapaba a los parámetros comunes en el deporte blanco, Agassi era un meteoro que no dejaba indiferente a nadie. Para la prensa y el público era una estrella de rock, el distinto, el rebelde. Nada más alejado de sus deseos como lo revelan estas páginas.

Agassi posa junto a su familia. Créditos: El Confidencial.

El mayor peligro de este tipo de textos por encargo es el deseo de mostrarse como un ejemplo de superación y centrarse en brindar una moraleja. Aquí no. Aquí se reniega del tenis desde la primera línea. Ser un dotado para el deporte supone una condena a la que es imposible escapar sin herir a alguien en el camino. Solo hay una vida posible: jugar. Jugar y jugar hasta la extenuación, venciendo, aplastando a los demás para poder destacar y ser visible. Peor cuando es en el mismísimo hogar donde se juega para existir, subyugado a la mirada del padre, una figura omnipotente de cuyos deseos se desprenden los hilos que manejarán su vida.

La primera mitad del libro hace hincapié en la sensación de orfandad en la que Agassi se ve sumido por su sombra constante y agresiva, una máquina a la que solo se satisface ganando puntos. Año tras año, Agassi atacaría la ausencia de cariño paternal extrapolando su figura en los diversos amigos que irá consiguiendo, quienes serían clave para los distintos altibajos que supondría sus carreras.

J.R. Moehringer, el premio Pulitzer elegido por Agassi para llevar a cabo esta empresa, optó por narrar su vida en tiempo presente, confiriéndole a la lectura una sensación permanente de suspenso y expectativa frente a lo que implicará cada decisión a su protagonista, cada experiencia por la que pase. Desde las humillaciones juveniles en la academia en la que pasó su adolescencia hasta la ruptura de su relación con la mega estrella, Brooke Shields.

Pero “Open” es una biografía deportiva, y si hay algo que destaca por encima de los conflictos familiares y amorosos es la recreación de la tensión de cada partido, de cada punto que está en juego y del que depende saborear las mieles de éxito o asomarse a una derrota implacable. Cada partido narrado provoca buscar en la web su video correspondiente y disfrutar de cómo ha sido abordado por Moehringer, que supo mostrar la grandeza del norteamericano en el deporte, no como un niño prodigio de carrera incólume sino como un titán que podía pasar de una ominosa racha de eliminaciones en las rondas iniciales de torneos de ínfimo nivel a obtener ocho Grand Slams que lo convirtieron en una leyenda atípica, para lo que contrasta su figura con una galería de personajes, como Peter Sampras o Boris Becker, de forma humorística y feroz en varios pasajes geniales, a tal punto que se le perdona su propaganda filantrópica o el soso misticismo de su viaje para conocer a Mandela.

¿Qué rebelión queda ya? ¿Qué nuevo pecado puedo cometer para demostrarle al mundo que no soy feliz y que quiero volver a casa? Nadie lee las memorias de alguien que te quiere contar lo feliz que ha sido siempre, sino las de alguien que ha pasado por trances tan míseros que permitan, al menos de ese modo, a su ídolo. Y que esté muy bien narrado, claro. Ace.

(Texto publicado en la web "Página en Blanco")

domingo, 13 de junio de 2021

Reseña: "La cucaracha" de Ian McEwan

 Anagrama, 2020. 128 pp.


¿Y si la falta de humanidad mostrada por gran parte de la clase política actual se debiera a que en realidad son cucarachas? Cucarachas que de un día para otro despertaron convertidas en la especie más peligrosa y dañina de este planeta: seres humanos. Ian McEwan (Reino Unido, 1948), uno de los más destacados novelistas en lengua inglesa muestra en “La cucaracha” su historia más divertida y ácida, denostando página a página a la élite gubernamental más ominosa de Occidente.

Jim Sams, un ser inteligente pero de ningún modo profundo, se  nota convertido, de la noche a la mañana,  en el primer ministro del Reino Unido. La huida de la noche anterior por las calles londinenses culmina con este inexplicable acontecimiento. Sin tiempo para cuestionar esta peculiar resaca, que incluye nuevo cuerpo y funciones vitales, tiene que adaptarse rápido por las mil actividades pendientes que tiene que atender como líder de la otrora todopoderosa potencia mundial. El reversionismo, una teoría socioeconómica risible, está ganando cada vez más adeptos a pesar del grado de ridiculez de sus propuestas y dependerá de Sams que se concrete su aplicación y propagación por el resto del mundo, así que mucho tiempo para explorar su nueva condición de homo sapiens sapiens no tiene, forzado a decidir rápido la estrategia que va a tomar mientras se topa en el camino con  un rival político entre sus filas, un accidente diplomático con Francia y la sorpresiva garantía de tener como aliados a más de su especie devenidos en ministros o presidentes.

“Las cosas se estaban encarrillando bien. En tiempos difíciles como aquellos, el país necesitaba un enemigo encarnizado. Los periódicos patriotas elogiaron al primer ministro por enfrentarse con determinación a los franceses y hablar claro en nombre de “nuestros muchachos caídos”” (pág. 74)

Su historial lidiando con alcantarillas y suciedad lo ayuda en esta nueva etapa al punto  de convencer a la sociedad inglesa con menos reparos de los que imaginaba. Haber vivido tanto tiempo entre la oscuridad lo ha preparado para sobrevivir a tantas amenazas, por lo que la política, más allá de las dificultades iniciales, no le supone un grado mayor de dificultad, cuando descubre la mayor arma en tiempos de redes sociales y sobreinformación: la mentira mediante la fabricación de noticias. ¿Qué es la dignidad de un enemigo frente a la posibilidad de reconstruir un imperio?

La propuesta de subvertir la premisa de la más conocida obra de Kafka puede leerse como un gesto que supera lo lúdico al plantear que lo más vil de nosotros, a cien años después de la pesadilla del checo, se ha normalizado, camuflado entre el libertinaje de expresión y los chauvinismos exacerbados en tiempos de crisis. A quienes más propugnan mensajes de odio y polarización los convertimos en gobernantes, líderes encumbrados bajo la promesa de defender los valores de antaño , a modo de refugio frente a la percepción del prójimo como potencial enemigo y amenaza, en un camino que sólo puede culminar en el más absoluto delirio. McEwan captó todo ello y en vez de insistir con un ensayo furioso sobre los problemas contemporáneos como los que publican mucho de sus colegas (llenos de lugares comunes la mayoría), optó por escribir algo más liviano pero más plausible: una sátira para nuestros días.


(Texto publicado en la web de "El hablador")

jueves, 3 de junio de 2021

[Entrevista] Farid Kahhat: “Los beneficios de la apertura económica han sido mayores en la costa que en el resto del país”

Desde que se publicó hace unos meses, justo cuando comenzaba el fragor de la primera vuelta electoral y en el pico de la segunda ola de la pandemia de la Covid 19, “Pandemias, dragones y muertos vivientes” (Planeta, 2021) de Farid Kahhat y Gabriela Camacho se ha vuelto un faro de análisis político para distintos fenómenos que concentran la atención social, desde la gestión política de una crisis de proporciones apocalípticas hasta los líos en los que se involucran los seleccionados de un país, destinados en el imaginario a unirlos. Por ello, entrevistamos a ambos autores, presentando aquí la primera entrega con Farid Kahhat.

1.- ¿En qué medida hacemos nuestra propia historia con base en nuestro libre arbitrio, por oposición a la medida en la que la hacemos influidos por las circunstancias legadas por el pasado?” es una de las preguntas con las que inicia el libro, y la cual calza perfecta con el contexto electoral actual, lleno de miedos generados por fantasmas del pasado, muchas veces imaginarios, incluso. ¿Que las campañas se hayan enfocado en ello y no en una visión a futuro habla de un miedo a lo que vendrá? ¿Es una sensación de conformidad derivada de este miedo lo que hace inviable una mirada mucho más optimista?

Creo que la respuesta a ambas preguntas es “sí”. Que, por ejemplo, haya gente que, siendo consciente de todos los crímenes del fujimorismo, crea que votar por su candidata es la única opción posible sugiere que los motiva un miedo raigal frente a lo que consideran una amenaza comunista. Y aunque creo que hay razones válidas para temer la candidatura de Castillo, esa no es una de ellas: se trata de un equívoco que se repite hace casi un siglo, desde el APRA a partir de los años 30 hasta Sagasti en 2021, pasando por Belaúnde en los años 60, parte de nuestras élites ha vivido atemorizada por fantasmas de su propia creación, a los que asocian en forma invariable con el comunismo (aunque no haya mayor fundamento para ello).  

2.- Se afirma que el fútbol puede ser visto como una forma de religiosidad secular, capaz de proveer cohesión social y dotar de una identidad social, y no recuerdo unos años en los que esto haya sido tan evidente como cuando clasificamos al Mundial o quedamos segundos en la Copa América, con una sensación de fraternidad que ni la conmemoración del Bicentenario ha generado.  Pero también es un espejo de nuestras taras, como cuando tenemos que organizarnos a nivel de clubes y participar en copas internacionales con resultados paupérrimos. ¿Cuál es tu lectura de que a pesar de haber tenido logros destacables, no se haya avanzado nada a nivel de gestión más allá que sea un lugar común pedirlo? ¿Por qué los gobiernos peruanos no han sido capaces de generar una política nacional realmente efectiva de fomento del deporte con el capital político que esto podría haberles generado?

El caso del fútbol profesional no es como el de cualquier otro deporte, dado que en él la máxima autoridad no es el gobierno peruano sino una entidad internacional: la FIFA. Cuando el gobierno peruano cuestionó el mandato del entonces presidente de la Federación Peruana de Fútbol (FPF), Manuel Burga, la FIFA sugirió la posibilidad de suspender la participación de la selección peruana de las competiciones internacionales que organiza, lo cual bastó para que el gobierno retrocediera. A su vez, la FPF reproduce a nivel local las taras de la propia FIFA (las cuales conocimos a través de sus problemas legales).

En cuanto a los equipos de fútbol profesional, se decía que, en lugar de clubes sociales, debían ser empresas privadas para ser más eficientes. Pero descubrimos que, si se trata de empresas en las que un individuo es el propietario indiscutido del equipo en lugar de, por ejemplo, tratarse de una entidad que cotiza en bolsa (y que, por ende, debe presentar reportes sobre su desempeño a sus accionistas), la privatización no hace necesariamente una gran diferencia.  

3.- Al mencionar las ideas de Cappa y Niembro sobre el fútbol peruano como algo que funciona a nivel micro pero no macro, me es inevitable extrapolarlo a otras esferas, como nuestra sostenibilidad económica, tan endeble frente a cualquier choque externo, debido entre otros factores a que las élites económicas se contentan con los recursos que proveen las actividades extractivas sin alentar el desarrollo de las otras fases industriales que podrían generar mucho mayor valor agregado. ¿Por qué ese visión tan ajustada al corto plazo y al beneficio inmediato pero no duradero?

Aunque esta respuesta no agota el tema, creo que parte del problema deriva de los incentivos institucionales que enfrentan los actores involucrados. Por ejemplo, los estudios sobre la materia sugieren que los partidos políticos tienen mayores incentivos para hacer una buena gestión de gobierno cuando tienen perspectivas razonables de perdurar en el tiempo, y cuando temen un castigo electoral en caso de realizar una mala gestión. Pero el Perú debe ser el único país en el mundo en el que, en cuatro elecciones consecutivas, el partido en el gobierno ni siquiera presenta candidato en la siguiente elección presidencial.

Un tema más específico del Perú podría tener que ver con los incentivos que, en ocasiones, ofrecen ciertas actividades económicas, como las extractivas. De un lado, explotan un recurso finito, no uno renovable. De otro, en ocasiones su rentabilidad depende menos de la inversión o de la productividad de la empresa que de un factor fuera de su control, como el precio internacional del recurso que explotan. Esas características no necesariamente inducen a pensar en la sostenibilidad a largo plazo del negocio: eso dependerá del entorno institucional en el que se desenvuelven.

4.- Mencionas en el libro la problemática del dengue que tuvo unos picos de propagación casi al mismo tiempo que iniciaba la actual pandemia y en la que se corrobora que un problema sanitario no es “urgente” en los medios o la conversación pública hasta que llega a la capital y las principales zonas urbanas, símbolo de la falta de políticas efectivas de descentralización sanitaria. Más allá de lo que depare los resultados de estas elecciones, ¿piensas que los problemas regionales empiecen a deparar, ahora sí, una mayor atención por parte del Gobierno Central? Y de no ser así, ¿qué más choques se requieren para que esto se dé?

El drama peruano en la materia es que, cuando finalmente se propició un proceso de descentralización, este terminó siendo un proyecto en lo esencial fallido. Pero incluso en el mejor escenario, sigue siendo cierto que los beneficios de la apertura económica hacia el exterior han sido mayores en la costa (que ya antes tenía una mejor situación económica), que en el resto del país. Un autor confeccionó un mapa al respecto, y queda claro el patrón: en las presidenciales de 2006, 2011 y 2021, las zonas que recibían menores beneficios de la apertura económica votan por Humala en dos ocasiones, y hoy lo harían por Castillo. Las que obtuvieron mayores beneficios, comenzando por Lima, votaron por García y luego en dos ocasiones por Fujimori. En ese sentido, cobrar más impuestos a quienes más tienen para brindar mejores servicios públicos a quienes menos tienen favorecería no sólo a estos últimos, sino al interior del país secularmente postergado. Creo que el mediocre desempeño económico del último lustro, unido a las devastadoras consecuencias de la pandemia hacen algo así más probable, pero no inevitable.  

5.- Mencionas el caso de los bancos del Primer Mundo rescatados durante la crisis del 2008 y pienso que es un caso comparable a lo ocurrido con Reactiva, donde muchas empresas privadas recibieron ayuda económica por parte del Estado y siguieron con prácticas que atentaban no sólo contra sus propios trabajadores, sino contra los consumidores. El caso sueco es interesante porque se rescató a las entidades mas no a sus propietarios y ejecutivos. ¿Qué podría establecerse en el Perú donde esa figura podrían asumirla los sindicatos, cuya importancia ha sido erosionada en las últimas décadas?

No me opongo a programas como Reactiva en tiempos de recesión, y menos aun cuando esta es en parte consecuencia de las políticas públicas adoptadas para afrontar la pandemia (como las cuarentenas). El punto es que, para asegurar que los beneficios de programas como ese lleguen al mayor número posible, el acceso a ellos debería tener ciertas condiciones (tal como ocurrió en otros países). Por ejemplo, en algunos casos en que se subsidió a empresas, el subsidio fue directamente a pagar parte del salario de los trabajadores: si la empresa despedía trabajadores, perdía el subsidio. En países como Dinamarca, no podían acceder a los programas públicos de estímulo económico empresas que tuvieran su matriz fuera del país (habitualmente para eludir el pago de impuestos), y así, sucesivamente. En el Perú, por ejemplo, tuvimos conglomerados de clínicas que, mientras accedían a los créditos subsidiados del programa Reactiva, cobraban 150 soles por un omeprazol (que podía conseguirse por 1 sol), o pedían un depósito de 150,000 soles como garantía para acceder a una cama UCI.

6.- Al tratar el tema de la probabilidad de ocurrencias de eventos, se denota que la irrupción de esta pandemia fue un “cisne blanco” más que uno “negro”, ¿lo mismo podría aplicarse para el caso de estos resultados electorales de la primera vuelta?

Tiendo a pensar que sí, en el siguiente sentido. Desde 1990 (con Fujimori), hasta la última elección para la alcaldía de Lima (con Muñoz), hemos visto un repetirse con cierta frecuencia la siguiente experiencia: una proporción significativa de electores, inconforme con quienes ocupan los primeros lugares en las encuestas, espera hasta la etapa final de la campaña antes de decidir su voto. Y, en ese tramo final, se decanta en su gran mayoría por una candidatura relativamente rezagada hasta ese momento en la competencia: tras cinco años en los que los niveles de pobreza se habían estancado sucedidos por un aumento dramático de la misma producto de la pandemia, era previsible que podíamos esperar una reedición de ese fenómeno y que una candidatura crítica del orden establecido podía ser la beneficiaria. No digo que fuera un desenlace necesario, pero sí uno probable.   

 

7.- Mencionas el caso de las mujeres liderando los gobiernos en los países que mejor afrontaron la problemática de la Pandemia, y en el Perú se habló de ello al ver cómo habían cambiado las jerarquías en los tres poderes del Estado en los últimos meses.  ¿Pero qué ocurren en los mandos medios y más operativos?

En el libro cito estudios que sugieren que, producto de una socialización diferente, las mujeres en puestos de liderazgo son más proclives a trabajar en equipo y menos proclives a tomar grandes riesgos, y que ambas características resultaron beneficiosas para enfrentar la pandemia. Pero antes digo que, según esos mismos estudios, para que las mujeres en posiciones de liderazgo lo ejerzan de manera diferente a los hombres, parecía ser una condición necesaria que hubiese una masa crítica de mujeres en puesto de liderazgo, a todo nivel. Es decir, no sólo que hubiera mujeres en los cargos más altos, sino además que su entorno general incluyese una proporción considerable de mujeres ,cosa que no suele ocurrir, por ejemplo, con las ejecutivas que ocupan los cargos más altos en grandes corporaciones.

 

8.- Resulta curioso cómo los republicanos analizaron las preferencias televisivas  de los estadounidense (los zombis de The Walking Dead) para la campaña de Trump en el 2016. Si tuvieras que analizar la evolución de los contenidos televisivos más consumidos por los peruanos hoy en día, ¿qué crees que podrían aprovechar los candidatos políticos si tuvieras que idear una campaña de marketing a partir de los valores más importantes para los peruanos?

 Los republicanos identificaron sólo a un segmento de los cultores de The Walking Dead como votantes potenciales, y creo que ese es el mensaje fundamental: hace medio siglo no existían internet, redes sociales, televisión por cable, etc. Por esa razón, uno podía esperar que, por ejemplo, un sábado en la noche personas de toda condición vieran en gran parte del país un programa como “Risas y Salsa” (el de mayor audiencia por años en el Perú). Hoy en día hay menos referentes comunes, razón por la que las campañas de marketing (político o no), deben afinarse para apelar a nichos específicos.

Aunque añadiría que, la candidatura de Castillo implica una representación simbólica que apela a identidades que trascienden nichos específicos. Por ejemplo, regionales (sierra sur y central, sobre todo rural), estratos socio-económicos (población en situación de pobreza y extrema pobreza), en incluso étnicas (me sorprende, por ejemplo, la escasa alusión a este último tema durante la presentación de su equipo técnico, mientras en el equipo técnico de Fujimori el único que no parecía provenir de las élites tradicionales era Rómulo Mucho). No es que Fujimori no tenga capacidad de apelar a grupos más amplios que los denominados “nichos de mercado”, pero no en la misma proporción (por eso ella necesitaría en mayor medida complementar esa base apelando a nichos electorales específicos). Todo esto, por cierto, es mera especulación, dado que no soy especialista en el tema.     

 

9.- ¿Qué tendría que hacer el próximo presidente en el corto plazo para construir una legitimidad que le permita afrontar los futuros cinco años sin que lo vaquen?

 Creo que el riesgo de vacancia sería menor con Fujimori. De un lado, el denominado “modelo económico” tiene una serie de problemas, pero entre sus virtudes está la capacidad de generar crecimiento y, además, gane quien gane, hacia fin de año podría tener condiciones favorables para ello (porque la mayor parte de la población adulta ya estaría vacunada y porque los precios de algunos de nuestros principales productos de exportación, como el cobre, han crecido en tiempos recientes). En segundo lugar, Fujimori tiene mayor probabilidad de tener una mayoría parlamentaria y, de otro lado, tendría menor oposición por parte de los poderes fácticos (prensa, gremios empresariales, fuerzas armadas, etc.).

 Por ello la pregunta tiene más sentido en la eventualidad de un triunfo de Castillo. Diría que cumplir sus promesas redistributivas sería un paso que ayudaría a sostener su legitimidad social. Pero, incluso en el mejor escenario, un gobierno que pretende cambiar el statu quo (incluyendo un cambio de constitución), suscitará incertidumbre y, por ello, una retracción de la inversión privada hasta que los inversionistas sepan a qué atenerse. Mientras más demoren en definirse las nuevas reglas del juego, mayor es el riesgo de que esa retracción de inversiones perdure y termine por afectar de modo perdurable el desempeño económico. Por ende, creo que Castillo tendría que resolver ciertos asuntos (como la renegociación de contratos con empresas en industrias extractivas), lo más pronto posible y de manera que permita obtener ingresos adicionales para el Estado sin ahuyentar la inversión privada. Creo que eso es posible por dos razones. De un lado, por los costos hundidos que implican las actividades extractivas (es decir, costos que ya se asumieron y que sólo podrían recuperarse en un período prolongado de tiempo), y, de otro, por la posibilidad de que estemos ad portas de otro ciclo de precios favorables para nuestras exportaciones primarias (aunque siempre es difícil prever cuanto podría durar). Repito que, aunque creo que ese escenario es posible, no me atrevería a afirmar que sea el más probable.



10.- ¿Cómo percibe la instrumentalización de la selección y la camiseta para apoyar la campaña de una de las candidatas a la presidencia en las elecciones más polarizadas que se recuerde? ¿podría menoscabar la imagen de unidad del fútbol en el mediano plazo?

Creo que la mayoría es consciente de que no fueron revelaciones espontáneas por parte de los jugadores, sino parte de una campaña orquestada. Y, además, creo que la mayoría pensó poco en las consecuencias de sus actos, porque no esperaban que hubiera alguna: virtualmente todo personaje que tuviera alguna figuración o influencia pública optó por la misma candidatura y, por lo dicho respecto a los poderes fácticos, optar por ella no atraería la animadversión de grupos de interés poderosos. Creo que el único error de cálculo podría ser el de Advíncula, que no pareció tomar en consideración el hecho de que la barra de su equipo (el Rayo Vallecano), tiene una vieja filiación de izquierda.

Ahora bien, más allá del fútbol, el que casi todos aquellos que, ejerciendo algún grado de influencia en la sociedad peruana, hayan tomado partido por Fujimori, podría terminar teniendo un efecto adverso para su candidatura. Su rival podría, por ejemplo, usar ese hecho para alegar que se trata del bando de los poderosos, no del de las mayorías. Y, en cuanto a los futbolistas, lo más interesante no son las presencias, sino las ausencias: Paolo Guerrero y Renato Tapia son probablemente los futbolistas peruanos más exitosos de sus respectivas generaciones (Guerrero, por ejemplo, es el único futbolista peruano que ganó un mundial de clubes, y Tapia es hoy el jugador peruano mejor cotizado). Guerrero es, además, ídolo y caudillo indiscutible de la selección peruana. Tal vez eso lo haya inducido a pensar que ponía en riesgo su capacidad de representar un símbolo de unidad entre los peruanos si tomaba partido en la elección más polarizada del presente siglo.          

martes, 6 de abril de 2021

[Entrevista] Cristhian Briceño: “Más que un lector, he sido un televidente”

La producción editorial en nuestros días es tan vasta y precipitada que una de las secciones que más se ve perjudicada es la de la contratapa, al punto que uno le da la decisión de Salinger de no poner comentario alguno en ellas. Elogios desmedidos y poco creíbles o sinopsis llenas de lugares comunes. Sin embargo la del más reciente volumen de cuentos de Cristhian Briceño (Lima, 1986), publicado en Seix Barral,  es una excepción pues resulta una invitación a la lectura. Como muestra cito un fragmento: “En lugar de presentarnos un antihéroe patético y débil inmerso en su devenir hacia la intrascendencia, Su seguro servidor da cuenta de un momento posterior (un futuro cercano) en que a este ni siquiera el intercambio de una vida entregada al capitalismo, a formar parte del engranaje de una sociedad que trata a sus ciudadanos como piezas de una perfecta maquinaria autónoma a cambio de ciertas alegrías menores, es posible”. Sobre ese futuro cercano y otros temas conversamos con él en la siguiente entrevista.

 

  1. Una de las primeras críticas, desde tus ficciones, al sistema socioeconómico actual es su afán de homogeneizarnos a todos a gran escala, bajo una aparente celebración de la diversidad, provocando que nos “extraviemos de nosotros mismos”. ¿Piensas que la pandemia ha ayudado de cierta forma a desmantelar esta maquinaria o esta ha encontrado la manera de seguir intocable?


La homogenización es un instrumento que el sistema emplea a manera de embrague, es decir, para acoplar y desacoplar ciertas partes que requiere en circunstancias dadas. No olvidemos que en los inicios del Perú como nación soberana existía una república de indios y una de blancos. La gran mayoría de indios, obviamente, no sabía de la existencia del Perú como Estado, ni siquiera como territorio, ni eran informados del cambio que esto, en teoría, entrañaba. El Estado, en todo caso, era un ente abusivo y los indios añoraban la autoridad de un rey que impartiera justicia. Medio siglo después, durante la Guerra del Pacifico, la siguiente generación de estos mismos indios era obligada a enfrentarse al invasor vistiendo ropa de diario, con munición enmohecida y usando el mismo armamento con el que se expulsó al último virrey; obviamente, cada quien debía agenciarse sus alimentos; casi la totalidad no comprendía por quién o por qué se estaba arriesgando el pellejo.

No se puede desmantelar la maquinaria porque nunca estuvo cubierta con nada, siempre ha estado expuesta como un recordatorio de la infamia. La pandemia no va a cambiar nada, menos en un escenario electoral como en de ahora, infestado de un caudillismo que apesta a siglo diecinueve. Cambiar eso es como pretender que un gato ladre.

 

  1. Bajo un aparente estado de apatía, tus personajes intentan camuflar ciertos arrebatos de violencia y rabia contra los que los rodea, y uno como lector lo conecta con las noticias de estallidos salvajes de ciudadanos que siempre suelen ser tranquilos y discretos en las noticias, sobre todo en el primer mundo. ¿Esto ya se replica en Perú? ¿estamos camino a ello?

Ya está desde hace mucho. En la década del treinta del siglo pasado, un comerciante español mató a su compatriota en una habitación del hotel Comercio, que quedaba en los altos del edificio donde hasta ahora funciona el bar Cordano. El asesino parecía una persona corriente, sin visos de violencia. Clemente Palma escribió una nota entusiasmada sobre el asunto. Decía que ahora Lima ya estaba a la altura de otras capitales del mundo en cuanto a crímenes.

 

  1. “Los recuerdos felices, ah, esos son los peores, le dijo la vieja, porque solo sirven para medir cuánto hemos perdido”. Inevitable asociar dichas líneas de “Una temporada en el invierno” con este último año donde muchos entramos en un período de limbo o agujero negro. ¿Fue este un cuento escrito o reescrito en plena pandemia?

Fue escrito hace por lo menos cinco años, y apenas tuvo cambios previa publicación. De cualquier manera el tópico de la evocación dolorosa es bastante común en la literatura. Basta recordar ese diálogo de muertos en el que Luciano de Samósata da voz a un Aquiles quebrado, anhelando regresar a la vida siquiera para trabajar como labriego. O el Dante-personaje de la Comedia, cuando dice aquello de que no hay mayor dolor que recodar los tiempos felices desde el lugar de la desgracia. O Enid Lambert, en las Correcciones, deprimiéndose ante el recuerdo de las navidades pasadas, cuando su familia estaba reunida y era felices y comían perdices. Miles de ejemplos. También creo que se tiende a magnificar un hecho, uno tiene la impresión estar venciendo la adversidad de, por ejemplo, no ver en persona a un amigo para perder el tiempo. La verdad es que antes tampoco éramos felices, sino que la normalidad se vuelve valiosa por contraste. Hay gente que en verdad la pasa mal, y el sufrimiento de las personas que tienen tiempo para leer esto, comparado con el de los otros, está a años luz.

 

  1. “Él era más humano: creía en la familia, en el ahorro y en el Dínamo de Moscú”. Tres instituciones erigidas en torno a la fe en el futuro. En este presente desesperanzador, ¿crees que se hayan visto más debilitadas o se han vuelto más vitales que nunca como soporte para sobrevivir?

Difícil saberlo. Pero, como dije antes, no creo que la pandemia cambie demasiado las cosas. El cambio viene de antes, lo demás son contingencias, eventos que crean una ficción con la que solemos interpretar ese cambio. Muchas cosas han sido puestas en entredicho el siglo pasado, sobre todo, a un nivel, más que filosófico, social, del día a día, aunque, claro, las bases están en textos clave, como por ejemplo cuando lee lo que piensa Stuart Mill sobre la naturaleza o la libertad, etc. Pero si quieres una respuesta más personal, yo sí creo en la familia por experiencia propia. Por mi padre creo también en el ahorro como una forma de adelantarse a las eventualidades. La tercera institución a la que aludes la podría emparentar con el fanatismo y, por ello, con la religión. Yo creo en algo que no es precisamente el dios de los hebreos o cualquier ente que pueda revelar alguna característica antropomórfica para ser asimilado por mi fe. No confío, eso sí, en cualquier institución que genere odio entre las personas. La Iglesia, por ejemplo, y sus falsas atribuciones. Cualquier institución con poder tiende inevitablemente a corromperse, es axiomático.

 

  1. En “Los trabajos”, recreas un mundo donde la oscuridad lo ha sumido todo por completo, transformando las formas de contacto humano debido a esta externalidad inesperada. Al terminarlo uno corrobora que la situación de peligro constante termina tornando en seres más indolentes que antes. ¿Podría interpretarse como una lectura del mundo en general o de sociedades bajo regímenes específicos?

No fue escrito con esa intención. El relato parte de una noticia que leí en internet. Al parecer en una ciudad asiática la contaminación era tal que el alcalde se había visto obligado a poner varias pantallas led en zonas estratégicas, para que los habitantes puedan saber que estaba amaneciendo. Me resultó curiosa la idea, aunque podría profundizarse más e intentar una narración que prescinda de los sentidos que más nos socorren, algo así como El pozo y el péndulo, pero más extremo. Más que una ficción política es simplemente el desarrollo de un tema cualquiera que puede ser interpretado a placer por el lector.

 

  1. En “Su seguro servidor” abordas el dolor del duelo y la necesidad de anularlo mediante el uso indiscriminado de narcóticos, en una especie de relectura de “Un mundo feliz” de Huxley. Cuando salgamos de este encierro, si salimos, ¿seguiremos así de aferrados a esta anulación de cualquier emoción negativa? ¿Le tememos al dolor o a la posibilidad latente de no salir una vez que caemos en ese estado?

Tal vez la anulación de las emociones cree vacíos aún más nocivos. El relato intenta formular la pregunta de cómo sería llenar estos vacíos con otro tipo de emociones, no menos dolorosas, sino más asimilables. El dolor es un hecho inevitable, es una lección; también es parte de nuestra evolución y va de la mano con nuestra supervivencia como animales, desde el momento en que los organismos primitivos “deciden” ser criaturas inervadas. Eso en cuanto al dolor físico, pero quead el dolor emocional, que también es un rasgo evolutivo que podría partir desde el momento en que algún homínido empezó a sospechar de la naturaleza del tiempo y sus implicaciones en la realidad y, a su vez, le heredó esta característica a su descendencia. Debió haber un momento en que algo muy parecido al ser humano actual vio a un semejante muerto y de pronto empezó a llorar sin saber bien por qué, quizá enfrentado a la intuición de lo irremplazable.

Obviamente le tememos al dolor y a que exista un escenario en que nada pueda lidiar con él, por ello se dice que el verdadero castigo que promete el infierno no es la severidad de lo que ah´ñi se siente sino la eternidad misma. Esto me recuerda al Retablo de Iseheim, de Mathias Grunewald, colgado en un hospicio para pobres almas infectadas de peste y sífilis. La lógica era que ver a un Cristo crucificado y retorciéndose de dolor te ayudara a aceptar el sufrimiento. Eso, quizá ahora sería una salvajada, pero entonces debía ser algo parecido a lo que propongo en ese relato.

 

  1. El mundo literario descrito en “Es el futuro” está lleno de personajes indolentes, sin empatía, crueles por decisión, siempre atentos a la imagen que los demás perciben de ellos, sobre todo atentos a no mostrar signos de debilidad. Y al analizar históricamente el medio local, este no ha sido ajeno a confrontaciones y disputas, sobre todo al ser tan reducido. Sin embargo, parece que las redes han exacerbado los desencuentros a la vez que las han banalizado las discusiones literarias. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Siempre he tratado de mantenerme alejado de todo eso. Como en todo espacio en que se pone en juego algo de poder o beneficio (y en la literatura peruana actual esta gracia es ínfima, a menos que previamente ya la poseas y no hagas más que gozarla ostentando un membrete de “escritor”) siempre se generarán esa rencillas idiotas que son, de por sí, un género literario. Yo mismo, siendo un autor tan poco conocido, tengo un instagram donde a veces opino sin censura sobre ciertas cosas, y te creas la ilusión de que la gente comprende tu postura y la respalda. Pero creo que debo añadir a mis contadas cualidades como autor la de cerrar la boca y dedicarme a lo mío.

 

  1. Una de las cuentos más entretenidos es “El corazón de los sencillos”, donde haces haces una especie de “lados-B” de escenas bíblicas clásicas.¿Cuál es tu relación de lector con la Biblia? ¿Cómo lo percibes desde el punto de vista literario en nuestros días?

No fui un lector precoz, creo que empiezo a leer con cierta conciencia pasados los veinte años. Sí recuerdo que unos de los pocos libros que leí de pequeño fue una versión de la Biblia preparada por los Testigos de Jehová, de tapa dura color amarillo y el título en letras rojas brillantes; creo que se llamaba Mi primer libro de historias bíblicas. Me encantó desde la primera página y creo que ese momento me di cuenta de la potencia que subyace en la lectura. Después, cuando leí varios libros de la Biblia me di cuenta de que me llegaban a conmover de una forma que no lo hacían otros textos y creo que es por la idea de fe que tienen todos estos personajes, siempre esperanzados en encontrar a Dios hasta debajo de la más mínima piedra del desierto. Debe ser esa construcción de la fe lo que mueve este libro. Los evangelios sinópticos coinciden en las palabras de Jesús cuando le dice a la mujer que sufre de descensos y que ha tocado su manto con la esperanza de sanarse: Tu fe te ha sanado. Es curioso que Yavhé no se enfade con él por no darle crédito, etc. en fin. ¿Influye la Biblia hoy en día? Obvio. Podría nombrar un poemario reciente, El libro de la enfermedad, de Mateo Díaz. En un capítulo de la cuarta temporada de Rick y Morty, Rick dice que la Biblia es el infierno de los escritores. no sé bien cómo interpretar esa frase, pero podría ser por su circularidad.

 

  1. ¿Son los Simpson una referencia al momento de escribir? Leyendo tus cuentos fue inevitable asociarlos con capítulos como el del Señor Burns sumiendo a Springfield en una noche eterna o la revisita de momentos históricos de manera socarrona.

Sí, es un hecho. Más que un lector, he sido un televidente. Cualquier información que haya podido llegar a mí luego intento revertirla en la ficción. Hay que saquear todas esas influencias que la academia puede mirar por encima del hombro. Ciertas animaciones como Los Simpson o Ren & Stimpy son parte del canon de muchos. Todas las series de bajo presupuesto o lo que usualmente se desecha a la primera mirada puede llegar a ser valioso en cuanto el autor revierte los códigos, las procesa y posteriormente las vuelve literatura a secas. 


(Texto publicado en Buensalvaje)

Reseña: "Un artista del mundo flotante" de Kazuo Ishiguro

Anagrama, 2006 (Edición Compactos). 222.pp

Hace cuatro años la Academia Sueca decidió otorgarle el Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), gesto que se interpretó como un intento por calmar las aguas tras el escándalo que supuso el año previo la premiación a Bob Dylan. Novelista fulgurante a fines del siglo pasado, integrante de esa armada inglesa conformada por figuras de la talla de Rushdie, McEwan, Amis (hijo), Kureishi o Barnes, y autor de una distopía con casi medio millón de puntuaciones en Goodreads (Nunca me abandones), Ishiguro parecía el elegido para congraciar a los críticos y llenar los escaparates de las librerías otra vez. Sin embargo, el efecto no fue el deseado y la recepción fue poco más que tibia. ¿Había pasado su tiempo? ¿Otros lo merecían más? Fue así que me aventuré a leer Un artista del mundo flotante. ¡Qué prodigio de novela!


Situada en el Japón de la posguerra, con ciudades erigiéndose sobre los escombros causados por dos bombas atómicas y una sociedad con el orgullo mellado, aunque no capturada del todo aún por el neoliberalismo recalcitrante de las décadas posteriores (“No tenemos ningún interés en recibir una cantidad mayor que la del precio fijado. Lo que tenemos intención de hacer a partir de ahora es, podríamos decir, una subasta de prestigio”, pág. 13), la novela nos presenta a un pintor en el epígono de su vida cuya preocupación mediata es asegurar el matrimonio de su hija y que este no vuelva a ser cancelado, usando como moneda de cambio la fama y el prestigio obtenidos por su arte. Es en dichos trámites y peripecias, que vamos accediendo a escenas, pinturas de su pasado que van iluminando las razones de este reconocimiento y los mecanismos, no siempre honorables para obtenerlo.

Marcado desde temprana edad por la censura paternal a su vocación artística, es la ambición el móvil de toda la vida del protagonista:

“No tengo el menor deseo de verme dentro de unos años sentado ahí donde está ahora padre, hablándole a mi hijo de cuentas y dinero. Si acabara de ese modo, ¿se sentiría usted orgullosa de mí? (…) Yo no me sentiría orgulloso de mí mismo. La ambición de la que he hablado me impulsa a querer llegar más lejos” (pág. 55).

Ambición aunada a un propósito que es el de sobresalir y ascender socialmente, huyendo de la mediocridad de sus contemporáneos, una peste. El capital económico reemplazado por el artístico, que inevitablemente tendrá como consecuencia la obtención del primero, parece ser la premisa del protagonista, aunque sin ser el único motor de sus acciones. Es la vejez el estado desde el cual el balance de una vida permite tener una perspectiva mucho más compleja, completa y, por qué no, dolorosa, capaz de asimilar la vergüenza por el cometimiento de acciones condenables, al punto de reconocerla. Reconocer la traición, por ejemplo, y las vidas torcidas, quebradas y devastadas por acciones personales cometidas bajo el amparo de ideales erosionados por la derrota. O la exacerbación nacionalista, al costo de apoyar una guerra que se llevó consigo a un hijo. Por ello, cada encuentro del personaje con antiguos conocidos supone un estallido de acusaciones y emociones, donde el pasado acecha con furia y arroja todas sus recriminaciones.

El mundo flotante al que alude el título de la novela, va más allá de ese microcosmos de las noches de farra que se menciona en algún momento. Refiere también el valor oscilante de la obra artística y la vida, atadas por el aprecio y la firmeza de su legado. Cómo puede cambiar todo de un momento a otro. ¿Valió la pena intentarlo? Casi hacia el final, el protagonista afirma lo siguiente:

“Naturalmente, puede ocurrir que, con el paso de los años, ya no valoremos nuestros actos del mismo modo, pero, aun así, siempre es un consuelo saber que en la vida hemos tenido uno o dos momentos de satisfacción como el que sentí aquel día en lo alto del sendero” (pág. 217).

Y no sabemos si está convencido de ello. La virtud narrativa de Ishiguro se ve reflejada en todo su esplendor en pasajes así, donde la grisura de la duda se apropia de cada escena, por más que los personajes afirmen lo contrario, haciendo que la novela pase a tener el efecto de una pintura de Goya, llena de claroscuros y vacilante.

Un implacable retrato de la derrota.


(Texto publicado en Buensalvaje)