"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


viernes, 17 de julio de 2020

Reseña: "Cómo comportarse en la multitud" de Camille Bordas

Malpaso, 2017. 288 pp.

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

‪ «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.


En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.

(Texto publicado en "Bitácora El Hablador")

Reseña: "Adiós a la revolución" de Francisco Ángeles

Literatura Random House, 2019. 364 pp. S/.49

¿Qué alternativas le restan a una generación desilusionada y cansada de esperar los cambios que sus ideologías prometían? ¿Qué se hace con ese descontento? ¿Y acaso dicho deseo de cambio político no encubre también un deseo por modificar por completo un aspecto más íntimo? «Cuando un guerrillero empuña las armas, en el fondo su único deseo es tirarse a quien los hábitos económicos, sociales, culturales o incluso estéticos no se lo permiten», menciona el protagonista de la cuarta novela de Francisco Ángeles y es a partir de esta afirmación que se empieza a deslizar la tensión entre las pulsiones sexuales y la teoría y praxis política que se desarrollará durante todo el libro.

Emilio, catedrático peruano en una de las instituciones académicas de mayor prestigio en los Estados Unidos, casado y reducido, según sus propias palabras, a un «revolucionario de escritorio», se ve confrontado con la oportunidad única de cambiar dicho escenario de aparente estancamiento al conocer a Sofía, joven estudiante, inteligente y guapísima, perteneciente a la clase alta norteamericana, con la cual empezará a relacionarse valiéndose del conocimiento de este sobre las revoluciones latinoamericanas, específicamente la liderada por el subcomandante Marcos en Chiapas. Ello expandirá la atracción carnal inicial hacia una obsesión intelectual y, en última instancia, una aventura capaz de llevarlo al corazón de los temas que ha abordado por años desde el plano puramente teórico y que ahora deberá confrontar con la realidad, aun cuando ello implique acercarse al borde del abismo y la posibilidad de perderlo todo, llevándolo a interrogarse si valen la pena los riesgos de sacrificar su estabilidad conyugal y emocional.

Adiós a la revolución es una historia donde los principales conflictos parten de revisitar los anhelos y deseos fallidos de la adolescencia, exacerbados por la distinciones producidas a partir del choque de clases sociales y económicas en unas de las esferas donde estas marcas puede alcanzar sus más altos extremos. Pero, además, con un trasfondo policial donde el misterio a resolver es de una profundidad más existencial a la que acostumbra este tipo de género, apoyándose en una galería de inolvidables personajes como Licho Best, el Noventero y el mismísimo Emilio, cuya transformación se alimenta de los sucesivos cuestionamientos en los que se ve sumido y en los cuales estará acompañado por Sofía, quien también ve alteradas sus creencias debido al resquebrajamiento de su fe en un cambio social que parecía tan realizable.

Una estupenda novela, llena de guiños intertextuales a Bolaño, Fuguet, Marías, Zambra y, como no podía ser de otra manera, Ricardo Piglia, en un homenaje que profundiza en ese arrebato de perseguir una idea, una estética y soportar el impacto que estas pueden tener en las existencias comunes, concibiendo la vida como un terreno para ponerlas a prueba, restaurar de sentido a nuestras experiencias, y así intentar salvarse de la terrible incertidumbre de nunca intentarlo, como lo hace este libro tan desgarrador y redentor del que es imposible salir indemne tras su lectura.

(Texto publicado en la revista Buensalvaje)

Reseña: "Mona" de Pola Oloixarac


Literatura Random House, 2019. 160 pp. S/.59


Una convención de escritores en el fin del mundo se convierte en un feroz campo de batalla en el que sus gigantescos egos se ven confrontados en una competencia donde el desprecio por las ideas del contrincante se convierte en el arma más nociva e implacable. Aplastar al que discrepa se vuelve la consigna en una lucha donde el capital y la valía de cada autor son otorgados en función del «exotismo» de su procedencia, lengua o color; atractivo y prestigio erigidos a partir de una diversidad determinada por quienes ejercen el poder en el ecosistema académico-literario en el que la joven narradora peruana, Mona, se ve inmersa, partícipe de múltiples paradojas del gato de Schrödinger que la llevan a reflexionar sobre lo que es «correcto» decir y no decir; la postura de moda a la cual debe fingir adhesión; la dependencia tecnológica capaz de permitirse, y el sutil equilibrio entre pudor e inhibición necesarios para ligar. Todo ello la lleva a evasiones de la realidad, ya sea consumiendo drogas o mediante pesadillas que la atormentan y generan dudas sobre qué es en verdad imaginario. Pero no es la única. ¿Acaso no son los festivales literarios psicodélicos a mayor escala?

Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades letradas y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas. Un viejo fantasma puritano que, revivido con los rezagos de ideologías otrora consideradas como revolucionarias, sirve como mecanismo de dominación mental y corpóreo, inhibiendo la expresión artística. Es así que el apetito sexual y su consumación se vuelven gestos de resistencia frente a los distintos niveles de represión social de la actualidad, desde el plano más íntimo que supone el control sobre los cuerpos y la atracción entre estos, hasta el de la planificación genética, temerosa de las olas migratorias capaces de recodificar las estructuras socioculturales del Primer Mundo. La libertad creativa, en sus múltiples manifestaciones, es puesta en cuestionamiento en una magnífica novela en la que civilización y barbarie se dan cita con un lenguaje que alterna, de buena manera, inteligencia y lujuria. The world is yours?



(Texto publicado en la revista Buensalvaje)


jueves, 26 de marzo de 2020

Reseña: “La mujer soviética” de Dany Salvatierra



Planeta, 2019. 364 pp.

Para escribir sobre este libro se torna necesario describir su recepción en los medios literarios. Aparecida en abril del 2019, la novela de Dany Salvatierra (Lima, 1980) tuvo poca o nula atención de la crítica más allá de las entrevistas que se le hicieron a su autor. Este ninguneo resalta mucho más porqué “La mujer soviética”, por trama y extensión, no es una novela que se circunscriba a una tendencia dentro de la narrativa peruana de los últimos años. Y la extensión no es un tema menor en un contexto donde se alzan voces que, erróneamente a mi parecer, critican la brevedad de las novelas peruanas y, sin embargo, guardaron silencio sobre este libro de más de 350 páginas. Existen otros factores, como la fecha de aparición, su distribución, la editorial que lo publicó, que hace más inexplicable aún el silencio frente a este libro Quizá un intento por evadir la condena de “amiguismo” en un circuito literario como el limeño, donde la mayoría de sus integrantes se conocen, sea la razón de esta indiferencia. Inevitablemente quienes escribimos reseñas nos toparemos con libros de escritores a los que conocemos personalmente y el mérito no será evitar hablar sobre ellos, sino en hacerlo de manera honesta, resaltando sus virtudes y señalando sus defectos. Pero ya es momento de cerrar esta introducción y pasar al libro en sí.

Hay que dar pocas luces sobre el argumento al escribir sobre un thriller. “La mujer soviética” la protagoniza Jacqueline Metalius, diva y leyenda de las telenovelas latinoamericanas, cuyo esplendor se remonta a las últimas décadas del siglo XX, cuando el internet no tenía el monopolio de la atención mediática. Esta se verá envuelta, a raíz de un mensaje anónimo y perturbaciones de carácter anormal en su residencia de Miami, en una adictiva trama que combina una posible red de espionaje de rango internacional  con la obsesión fanática de un admirador (como en “Misey” de Stephen King)  que la hará retornar a la capital peruana.

La novela de Salvatierra destaca nítidamente por la construcción de su protagonista. Ya de por sí resulta encomiable el  uso sin chirridos  de la primera persona con un personaje del sexo opuesto (piénsese en J.M. Coetzee o Junot Díaz), y más al dotarlo de una fuerte personalidad evadiendo los clichés típicos atribuidos a las estrellas mediáticas, con una voz sin filtros para verter un ácido discurso sobre quienes la rodean y sus acciones. Si hay algo que detesta Metalius es la denominada “pose woke”, la corrección política llevada a sus últimas consecuencias y es desde ese sitial que dispara contra varios aspectos sociales sobre los que cualquier crítica negativa  se tornaría tabú: los estudios de género, la moral de los poetas, la empatía de las figuras televisivas, el activismo de redes sociales y la adicción a los horóscopos. Esta frescura para hablar sobre  la sociedad  actual, que recuerda a Houellebecq, se da sin caer en un discurso sociológico como en el que suelen caer varios autores actuales, y más bien ayudan a sostener el libro en torno a su personaje principal, apoyado en otros recursos literarios como la construcción de diálogos verosímiles, recursos idiomáticos que revelan la clase social de sus protagonistas con facilidad y giros sorpresivos  en la trama bien dosificados.

Si se trata de establecer conexiones, “La mujer soviética” es heredera de la estética pop  de  Andy Warhol. A lo largo de la novela se va revelando la construcción artística a partir de la imitación y el uso de géneros populares como insumos. Si hay algo que predomina en los grandes productores de telenovelas son los reciclajes de guiones, la  adaptación de historias para cada época con distintos protagonistas. Se utilizan las antiguas ficciones como materia  para las nuevas, y es ahí donde Metalius se erige como artista, impregnándole su sello a la caracterización de los personajes arquetípicos de las ficciones televisivas sin olvidarse la esencia del enganche con los televidentes, los elementos  eficaces para cautivarlos.

“La falsedad anunciada, la repetición a un paso de la hoguera y todo por culpa de la ficción. Nos ganamos la vida mintiéndole al público. El afán de imitar vidas ajenas es también un tipo de muerte (…) la ficción es un disfraz que nos condena a desaparecer y nos vuelve inmateriales, unidimensionales, fantasmas del melodrama, iguales a los espíritus que habitan el camerino y los demás rincones de la mansión”.
(pág.9)

La muerte rodea constantemente a los personajes de la novela, convirtiéndose en la guía de sus acciones tanto en su aspecto simbólico como real. Es a través de la inmortalidad de la ficción que Metalius busca dejar un legado, una estela alumbrada por su nombre y de ahí su rivalidad feroz con las jóvenes promesas televisivas. La eterna disputa de lo nuevo y lo viejo toma un carácter nocivo, llevando a desprenderse de cualquier vínculo, materno incluso, siendo este un campo desacralizado de tal manera que termina por convertirse en una carga nefasta para la consecución de los anhelos de los  personajes y en el origen de su perversidad.

En detrimento a una trama paralela que busca calzar de forma infructuosa una exploración sobre el mundo de la dark web,  uno de los mayores atributos de “La mujer soviética” es el planteamiento de la ficción, a través de la parodia de las telenovelas, como un elemento de dominación de masas, un sueño colectivo.

“El gobierno ejercía el control de los canales de televisión y empezó a transmitir Coral en los quince países de la Unión y en simultáneo, a las siete de la noche, la hora en que las familias se sentaban a cenar frente al televisor. El resultado fue un suceso nunca antes visto. Era la primera vez que transmitían una telenovela de Hispanoámerica, una realidad distinta donde no existían la Guerra Fría ni la crisis económica, donde los problemas eran más cotidianos”.
(Pág. 137)

El recurso del melodrama se ve reflejado como una manera de captar la atención mediática a través de la construcción artificial de historias cuyo alcance ya quisieran tener otras formas artísticas, al punto de ser esencial para validar una estructura social de manera constante. La telenovela más grande fue la del ser humano queriendo exterminarse a sí mismo, se dice hacia el final,  y al leer  el desmoronamiento moral  y físico de los personajes y su derrota progresiva frente al paso del tiempo, uno se da cuenta, que incluso siendo una parodia del mundo de los melodramas televisivos, los protagonistas están viviendo el suyo fuera de las pantallas confundiéndose la realidad y  la ficción en un inquietante policial que por momento recuerda a Rubem Fonseca. La novela de Dany Salvatierra fue una de las más gratas apariciones narrativas del año pasado, sin duda, y merece seguir leyéndose.

(Texto publicado en la Revista El Hablador)


martes, 22 de octubre de 2019

Reseña: “Nueva York es una ventana sin cortinas” de Paulo Cognetti



Navona, 2018. Traducción de Miguel Izquierdo. S/. 65. 186 pp.

¿Qué es lo que hace que un libro sobre viajes alcance vuelo literario? ¿Una descripción hiper detallada de escenarios? Eso lo hace una guía turística, Google Maps u otro de lo miles aplicativos existentes para el celular. ¿Anécdotas amenas? Puedes encontrar millones navegando en los comentarios de webs especializadas. ¿Fotos impresionantes? Para eso mejor entrar a Instagram. Esbozaría varias respuestas a la primera pregunta, pero me quedo con una que da Alberto Fuguet en “Apunte autistas”:  “ Lo literario de viajar es que uno después recuerda algo parecido a un cuento o una novela donde el protagonista es uno mismo. Rara motivación pero, a la vez, gran motivación. La mejor de las motivaciones. No todos los turistas puros buscan la naturaleza virgen o paisajes épicos. Muchos desean estar donde otros estuvieron antes.”
El libro del italiano Paulo Cognetti calza perfecto con dicha idea al abordar Nueva York como una suma de experiencias únicas que escapan a las del viajero tradicional, aquel coleccionista de souvenirs constantemente estresado por cumplir con un checklist diseñado antes de subirse al avión o bus, a como de lugar. Motivado por conectar con sus experiencias como lector y admirador de grandes escritores, Cognetti logra vincular dicho pasado con un presente en constante movimiento y en donde muchas veces solo tiene como respaldo poder mezclar  ficción con realidad frente a la desaparición física de muchas de las locaciones que le pertenecieron en las historias disfrutadas durante su infancia y juventud logrando resultados más que satisfactorios.

El autor nos invitar a adentrarnos en otros lugares ajenos a los de las típicas postales de la Gotham, el nombre literario de la gran metrópoli del hemisferio occidental, no por un arrebato esnobista, sino por aprehender un territorio lleno de ficción, con la fe puesta en la imaginación y así  descubrir “la ciudad de los cazadores de fortuna, de los poetas visionarios y los sueños rotos” (pág. 17) Es por eso que conecta con un lector que nunca haya pisado dicha ciudad, pues las experiencias que se narran rebozan erudición al servicio de la restauración de las emociones motivadas por las distintas partes de la ciudad que va recorriendo en distintos periodos. Para ello se vale de diversas historias como la de la verdadera motivación de la construcción del Empire State (pág. 17), la reivindicación de una autora como Grace Paley (págs.. 94-97) o  el paralelo de las cíclicas vidas de Melville y Whitman (págs. 21-37) que le permite enlazar distintos siglos como en las siguientes líneas:

“Antes de morir, Melville y Whitman pudieron admirar la obra que iba a consumir la unión de sus dos ciudades. Todavía hoy, la visión del puente de Brooklyn es una de aquellas que te reconcilian con el género humano, permitiéndote olvidar sus defectos para reconocer su gusto, inteligencia, valentía, fuerza de voluntad y afán de progreso. La combinación de granito y acero-dos torres de noventa metros de altura y miles de alambre de acero- convierte su estructura en maciza y ligera al mismo tiempo, una catedral suspendida en el viento que sopla sobre el tío.” (pág. 35)

La mirada social está presente pero no de manera informativa o didáctica. Cognetti señala la sangre que recorre las venas de la ciudad, conformada por distintas culturas, antiguas y/o nuevas, que han aportado un matiz particular a la ciudad. Características que se integran y amalgaman. Siendo un forastero y escapando a las masas, la voz se permite extraviarse y mirar detalles que escapan a los lugares comunes, “como si el viaje a una ciudad desconocida fuera una historia de amor en sus inicios, cuando la atracción es máxima pero la intimidad incipiente.” (pág. 73) Hay lugar para la amistad y las risas, pero también para información que no saldría fácilmente en los manual, como las prohibiciones de beber en ciertas locaciones o restaurantes no tan comunes. No hay lector, opino, que al terminar este libro, no diga que no lo atrapó al menos un par de capítulos. Cognetti escribe con la pulsión de quien sabe que el lenguaje no abarcará todo lo que quisiera expresar, pero es la única y mejor herramienta con la que cuenta y eso siempre se agradece. Aquí unas líneas más:

“Hay lugares de los que no te vas tranquilo: sabes que seguirán allí mientras no estás, te esperarán intactos como los recueros de infancia o la casa de tus padres. Volverás a encontrar los objetos de antaño y el mismo viejo olor. Otros son como las personas: mientras tú viajas, aprendes y evolucionas, las sigues imaginando iguales, aunque en el próximo encuentro habrán cambiado al menos tanto como tú, y deberás recomenzar de cero. Nueva York es así. He ahí el problema cuando se intenta explicarla: cualquier palabra sobre ella lleva grabada su fecha, y empieza a caducar tan pronto como la has escrito.” (pág. 170)

domingo, 14 de julio de 2019

Reseña: “El sistema del tacto” de Alejandra Costamagna



Anagrama, 2018. 192 pp.

Una buena portada es aquella que se complementa de buena manera con  la lectura del libro. La ilustración de  tapa de “El sistema del tacto” de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970)  brinda muchas luces sobre el sentido de esta novela : la intervención sobre una foto como símbolo de la modificación de la memoria y el pasado en última instancia. Rearmarlo, reconfigurarlo y sobre todo, reinterpretarlo. Sacar los recuerdos de los moldes fijos en los que parecen guardados, motivados por algún evento trágico y doloroso de la actualidad. Cambiar la historia desde el presente debido a una  nueva lectura de ella.

De Costamagna sólo había leído algunos cuentos con los que, si bien me parecían correctamente escritos, nunca pude conectar del todo como sí lo he hecho con esta novela en las que los conflictos de dos generaciones de una familia separada por la cordillera de los Andes  sirven de punto de partida para hurgar en los mecanismos universales de supervivencia y adaptabilidad al entorno social. A Ania, la protagonista, le es imposible relacionarse con la gente, al punto de pensar que es mucho más llevadero convivir con  un animal o una planta antes que con un ser humano.  Sin dinero, sin estabilidad laboral, lo único que parece quedarle como soporte es su padre, quien le avisa que su tío, Agustín,  está agonizando al otro lado de la frontera.  En paralelo, se muestra  la historia de él cuando joven, un ser sin carácter ni facultades que, sacudido por una montaña de pensamientos, busca de manera desesperada de comunicarse y expresarse; dar una señal de estar vivo, llevándolo incluso a límites de obsesión y deseos imposibles.

Conectados por el lazo familiar, la novela muestra cómo estos dos seres distanciados generacional y geográficamente, guardan más similitudes que lo que sus posibilidades físicas aparentan y que serán la condena de la estirpe familia.  “Hay una culpa extraña que se le instala. Como si ella tuviera alguna responsabilidad en la extinción de la familia. (…) Ania, en cambio, no quiere reproducirse en nadie, salvar a nadie. A lo más rescatar una mariposa herida de algún parabrisa”  (pág. 41). La mejor manera de dinamitar un legado es no extenderlo, se entiende. No “salvar” a la familia es el acto contra la sociedad que lo exige y demanda. Las capacidades de reproducción de ella y la de comunicación de él, son puestos en cuestionamiento en todo momento, preguntándose si solo están adheridos al mundo por dichas funcionalidades.

Si Costamagna construye puentes con  el pasado es para exhibir como las estructuras familiares/sociales  se han mantenido inalterables en el fondo.  Los distintos elementos que inserta en la novela, como notas mecanografiadas, fragmentos de manuales o fotos, fungen de piezas para recomponer la historia con otra mirada, una más clara, lúcida y aterradora a la distancia. Una narrativa capaz de ser interpretada de manera distinta, con testimonios que mutan y dan la sensación de horror y pánico a la luz del presente, actuando como ciertas aves que “están desarrollando canciones más complejas para evitar que el ruido de la ciudad tape su canto natural” (pág. 144), adaptándose para sobrevivir aún con el peligro de disolverse en el proceso al atentar contra el orden establecido  y transgredirlo. Finalista del premio Herralde, “El sistema del tacto” no va a ser devorada por el tiempo. Sobrevivirá.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

miércoles, 19 de junio de 2019

Reseña: “Fata Morgana” de William Kotzwinkle



Navona, 2018. 206 pp.

Hasta hace unas semanas no sabía de la existencia de William Kotzwinkle (Pennsylvania, 1943). De editorial Navona, solo que editaba libros de bonita hechura, pero cuando buscabas reseñas sobre ellos en internet obtenías resultados a cuentagotas. Tuvo que publicarlo una pequeña editorial argentina (“El nadador en el mar secreto” vía China Editora) para que se empezara a hablar de dicho autor norteamericano en la prensa especializada, obteniendo rebote en redes sociales. Una nueva búsqueda, ahora en librerías, me llevó a descubrir que sí  se podían conseguir un par de sus obras publicadas por Navona en Lima, “Fata Morgana” entre ellos. Menuda y agradable lectura. Edición de lujo en forma  y en lo que más importa: contenido.

Desde Poe a Piglia y Levrero, las novelas policiales siempre han sido de especial atractivo para los escritores como materia de análisis e inspiración.  Con tramas en apariencia superficiales, donde por lo general se da mayor luz a las acciones que a las digresiones, muchos autores talentosos hurgan  en la oscuridad de las sociedades de su tiempo. Piénsese en “Tren nocturno” de Martin Amis, donde un caso de suicidio,  común y corriente en apariencia, se vuelve el punto de partida para repensar la muerte y su sentido en el mundo contemporáneo, modificando la manera como se la concibe cuando alguien escapa del devenir natural. No son pocas las veces que dichos textos suelen etiquetarse como las obras menores de autores de renombre, incursiones en el género como divertimento. La clave reside en la manera de leerlos, la forma como uno se acerca a ciertos  detalles y profundiza en temas como el crimen, el amor, la infancia y el poder, como ocurre con la novela de Kotzwinkle de 1977, cuya vigencia,  si bien se mantiene intacta, permite apreciarla de manera más profunda. No es fácil hilar los elementos antes mencionados sin caer en la tentación del ensayo camuflado o la denuncia panfletaria, lo cual le otorga mayor valía al hallazgo de un libro como este.

¿De qué va? De Paul Picard, un investigador de la policía del París de mediados del siglo XIX a quien se le encarga capturar a Ric Lazare, un embaucador que usa la ilusión y la magia para realizar sus fechorías. Uno podría quedarse con esa idea,  satisfecho al descubrir el proceso de captura del malhechor, con algún mediano interés en las ciudades europeas que visita el protagonista. “Fata Morgana” va de eso ,como dije, y mucho más. Picard es un personaje agobiado por la mediocridad de una rutina mortal. “Demasiado coñac, demasiadas noches sin dormir por una partida de cartas, demasiada depravación en general y, últimamente, una caída de dos pisos de altura desde un edificio incendiado. Esas cosas no suelen conllevar mucho equilibrio interior” (pag. 58),  lo describe Kotzwinkle, un estilo de vida que calzaría perfectamente en la actualidad con la de  un analista de finanzas corporativas o un abogado senior especializado en litigios empresariales.  Sus errores durante la captura de un criminal ocasionan que lo vuelvan  responsable de un caso menor, de esos que se le dan a los detectives para aburrirlos y  que, sin embargo, lo embarcará en un viaje existencial.

Kotzwinkle se vale de elementos como la magia y las creencias místicas  para jugar con las nociones de infancia-ilusión y adultez-desamparo. La contraposición de la soledad y abandono de Picard con la opulencia e impunidad de Lazare, sirve como base para ficcionalizar el juego de máscaras de la sociedad en la que estas personalidades conviven y rivalizan, buscándose vías por las cuales transitar y lograr la valía social, escapando de la situación de marioneta o juguete  a la que la falta de poder lleva por descarte. El crimen es uno de dichos caminos y en el cual el truco reside en recobrar el pasado, no imitándolo así sin más, sino replicándolo con un matiz distinto, dominando el arte de conocer los miedos de la gente como fortaleza.

Los viajes y traslados por Europa para investigar el pasado del criminal, le sirven a  Picard para explorar lo mencionado a la vez que saca a flote experiencias de su pasado que le permiten entender su estado actual, exponiendo que los males sociales nunca desaparecen, solo evolucionan, situación frente  lo que sus individuos responden apelando a comportamientos como el de la seducción (desarmar al otro para acercarse) y la violencia física (el cuerpo como arma), con magníficas escenas que van de un sutil erotismo a la crudeza mortal.

Con  conexiones que van desde los juegos metafísicos de Borges hasta la desesperación de la identidad diluida presente en  Blade Runner de Ridley Scott, esta es una novela atemporal que, sin descuidar el estilo, cumple con “clavar su mirada en lo más hondo de nuestras almas, en nuestros secretos” (pág. 45) y que, cual “Fata Morgana”, nos lleva al límite de la fantasía y el sueño, el cruce de la ficción con la realidad donde el engaño puede hundirnos o redimirnos y  salvarnos.

(Texto publicado en el portal web Punto y Coma)