"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 20 de mayo de 2018

Reseña: "Moronga" de Horacio Castellanos Moya


Literatura Random House, 2018. 336 pp.

Si uno busca reseñas sobre las novelas de Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957) notará que la mayoría lo asocia exclusivamente al tema de “La Memoria” y lo describe como un narrador enfocado solo en los estragos de las guerras que asolaron Centroamérica durante décadas pasadas. Y si bien, sus ficciones se contextualizan en dicho marco, Castellanos Moya ha ahondado en libros pasados sobre otros tópicos como la represión de las pasiones y consecuentes efectos nefastos como la frustración sexual o una embriaguez desenfrenada, y sobre la violencia como modus operandi perpetuo e irrefrenable, más allá de los conflictos nacionales. “Moronga”, su novela más extensa hasta el momento canaliza estos ejes bajo la atmósfera de paranoia y psique alterada propia de nuestros tiempos, logrando una de sus mejores entregas literarias.

            Castellanos Moya recupera las personalidades y voces de los personajes de “La sirvienta y el luchador” y “El sueño del retorno” para elaborar una ficción caracterizada por los contrastes. José Zeledón ya no es el joven idealista y rebelde de la década del ochenta y ahora solo intenta adaptarse a la vida de una pequeña ciudad universitaria enclavada en Estados Unidos, manteniendo una rutina en la que falta de sorpresas representa un peligro acechante,  no menor a la percepción de sentirse vigilado y controlado en todo instante, incluso fuera del ámbito laboral, y en las que las líneas entre ser víctima y victimario se difuminan de forma permanente si es que uno recibe una cuota mínima de poder, añadiéndosele la marca entre ser un extranjero útil para el engranaje económico con casi nula capacidad de subversión:

La amabilidad de esta gente es curiosa: te meten el dedo en el culo y esperan que les des las gracias, que les aplaudas con comedimiento y que les digás que son muy buenas personas, que por favor te metan otro dedo.” (pág.24) / “los gringos no tienen amigos: “Te usan y cuando ya no les servís, te dan una patada en el culo.” (pág. 44)

            Avanzan las páginas y Zeledón va hundiéndose en esa lucha interna por sentirse útil para una causa, esperando ese aviso de sus antiguos camaradas para volver a la acción así no haya una causa válida para luchar como antaño. Castellanos Moya esboza muy bien su narración con descripciones cortas propias de un pasado en la guerrilla, enfoque en los hechos y una buena descripción del declive de Zeledón, en contraste con las digresiones y reflexiones , por ratos humorísticas, de Erasmo Aragón, profesor universitario, quien no podrá enfocarse de manera exclusiva a su misión de investigar los secretos detrás de las actividades políticas del poeta salvadoreño Roque Dalton con la CIA, debido a la pulsión sexual incontrolable que le provoca una misteriosa mujer cuyas verdaderas intenciones e identidad trata de desentrañar, mientras enfrenta a una “diabólica” niña cuyas ficciones pueden destruir en un santiamén la vida de un hombre, insertándose en el fuego del debate en torno al valor y credibilidad de una denuncia en estos tiempos de redes sociales.

Es asi que en “Moronga” la angustia de ambos personajes no se encuentra en lidiar con el pasado sino con los desafíos que plantea el presente cuando la posibilidad de insertarse a un sistema  se hace cada vez más difícil y vital para sobrevivir ,y la intimidad se va convirtiendo en un concepto cada vez más limitado y cuestionado con una hipervigilancia capaz de alterar las relaciones humanas, comenzando por las sexuales aludidas desde el título, las cuales se ven amenazadas por la sombra del fracaso y la frustración. La primera derrota es sexual parece decirnos Castellanos Moya, quien con esta novela ha retornado a la narrativa a lo grande.


(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")

sábado, 5 de mayo de 2018

[Entrevista] Laura Fernández: “Cuando escribo quiero sentirme libre”



Uno de los libros más comentados y elogiados del último año fue Connerland (Literatura Random House) de Laura Fernández (Terrassa, 1981) Una novela que mezca sci-fi , humor y una crítica paródica de los círculos literaios, sirviendo además de homenaje a los escritores te cambian la vida, con una imaginación digna de elogiar


“Voss creía que era más sencillo convivir con un escritor sin lectores que hacerlo con uno que tuviera millones de ellos. Un escritor sin lectores era como un pequeño animalito indefenso en mitad del bosque.” (pág. 33) Hay un recelo constante en “Connerland” sobre los escritores que venden y los que no venden. Una satanización del bando contrario por parte de estos dos grupos. ¿Cómo ves dicho panorama en la actualidad? ¿Crees que la ilegibilidad puede resultar, como dice un personaje, en un pretexto para promocionarse como un escritor de prestigio ? ¿ Es menos frecuente ver best sellers de calidad hoy en día?


No creo que la culpa la tenga, en ningún caso, el escritor. El escritor escribe porque no puede evitarlo, porque no puede no hacerlo, al menos, es así en mi caso, y como dijo Kurt Vonnegut, el estilo de cada uno depende de sus limitaciones – algo que certifico, si en mis historias hay cientos de miles de personajes es porque para que avancen necesito que los personajes hablen entre ellos, y para que el protagonista hable, necesito crearle, constantemente, un interlocutor, que no siempre es el mismo, porque si fuera el mismo me aburriría, y yo no escribo para aburrirme sino para todo lo contrario, ¡escribo para pasarlo en grande! --, otra cosa ya es lo que opine el lector de lo que haces. Está claro que hay literatura hecha por escritores que salen cada día a cazar y que están siempre buscando mejores y más complejas maneras de construir sus historias, porque de otra manera, se aburrirían – el lector exigente es el lector que ha leído mucho y quiere más, y mejor, quiere empezar a disfrutar no ya con el argumento sino con el cómo se cuenta, no con el fondo sino, o también, con la forma --, y que esa literatura no puede ser disfrutada por un lector cualquiera, sino que sólo podrá disfrutar de ella un lector explorador, un lector aventurero, un lector que ya ha recorrido muchos y muy diversos caminos, y que está abierto a cualquier cosa que quieran contarle. Y ese lector no abunda. De ahí que hoy, como siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá, ninguna novela que juegue a ser algo más que una historia, se haya convertido en un best-seller, a excepción de El Quijote, claro, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro momento, como dice el clásico.

Desde las primeras páginas de tu novela, se muestra el deseo obsesivo de distintos personajes que rodean a Van Conner, por el dinero. Más allá de la parodia, ¿cómo crees que esta avaricia cada vez más acentuada está afectando la forma cómo nos relacionamos?

Guau. Ni idea. En el caso de Voss, que es también mi caso, porque, aunque no lo parezca, en la novela todo lo que ves es todo lo que hay – hay una parte de mí en cada uno de los personajes, y no siempre es una parte agradable --, la preocupación por el dinero se limita a no tenerlo y a lo complicado que es todo cuando no lo tienes, viviendo como vivimos en un mundo en el que existir es consumir. Así que no sé bien, pero supongo que la manera en que ya nos afecta tiene que ver con la deshumanización. Hoy en día, cada vez más, todos somos productos, nos vendemos en cada red social, y lo hacemos porque estamos obligados a hacerlo si queremos existir, aunque sea como máscara.

“Cuando eres alguien poderoso no importa lo que haces, lo único que importa es que eres alguien poderoso” repite el más famoso agente literario de “Connerland”, el Gran Ghostie Backs. El poder en nuestros tiempos legitima cualquier tipo de comportamiento, tanto en lo político (Trump) como en otros ámbitos. Lo que parece incrementarse a la par es la permisividad con ello. ¿Estamos acostumbrándonos a tener gente así en el poder que ni se cuestiona de manera real, más allá de las redes?

Por supuesto. Pero insisto en que esto no creo que sea algo nuevo. Piensa en Julio César. No sé, el poderoso es siempre alguien a quien le trae sin cuidado el resto. Y cada vez más, todos somos como niños mimados. Sólo esperamos que nos miren. Sea quien sea, que nos miren. Y estamos normalizando la idea de que quien sea que haya Ahí Arriba (la presidencia del país que sea) sea un despiadado crío sin escrúpulos. Estamos quedándonos con lo peor de la peor de las infancias posibles: la de un niño malcriado.

Tu novela está cargada de mucho humor, parodiando de buena manera el mundo editorial y la relación de los editores con los escritores y los libros que se terminan publicando. Profundizas en su rol clave y fundamental. ¿Cómo ha sido la acogida de este retrato entre las personas que conoces de este sector?

¿La verdad? ¡Nadie me ha dicho nada! Supongo que se lo han tomado con humor. En realidad no es mi intención atacar a nadie, sí lo es ridiculizarlo todo, porque, después de todo, somos ridículos, diminutos seres en un mundo inmenso preocupados por sus absurdos problemas. John Barth en esa, para mí, piedra angular de la literatura (grave) del absurdo que es La ópera flotante lo explica muy bien: nada tiene sentido, no intentemos encontrárselo, pero disfrutemos mientras tanto.

“Los escritores no son famosos”, se afirma en la novela. Y puede que tenga razón el personaje, pues a diferencia del cine, la literatura no es un arte masivo , pero hay un público devoto igual que está a la espera de lo siguiente que se publicará. ¿Cómo afecta esta exposición y el hecho de soportar la presión por el siguiente libro (si el primero tuvo acogida, claro)?

En alguien como yo no afecta en absoluto. Yo me sigo sintiendo cada día como la niña que sólo quiere escribir y que roba tiempo, como quien roba pequeños tesoros, para hacerlo. Cuando eres fiel a ti mismo, y eso, en mi opinión, es lo que debería ser todo el mundo, escritor o no escritor, artista o no artista, el único rival eres tú. Tú vas a asegurarte de que lo siguiente que harás será mejor, porque tú mismo quieres pasártelo aún mejor, y utilizar todo lo que has aprendido hasta el momento. La inseguridad es el peor enemigo de cualquier artista, pero ningún artista que conozca, ninguno que lo sea realmente, ha sido nunca inseguro.

Los escritores de ciencia ficción como Van Conner, suelen ser muy prolíficos y publicar constantemente ¿Cuáles crees que sean los factores vinculados a dicho patrón? ¿Por qué el público lector, en su mayoría, conoce más sobre sus biografías, pero no sobre su obra en sí?

La razón, supongo, es la precariedad. Durante mucho tiempo, la ciencia ficción, en tanto que género de evasión, no se consideraba LITERATURA, con mayúsculas, sino producción. Puesto que había mucho público potencial, las editoriales producían una cantidad ingente de títulos, y eso hacía que los escritores tuviesen a lo sumo dos semanas, un mes, para acabar cada novelita, y eso, evidentemente, pese a las genialidades de los que lograron sortear el obstáculo tiempo (mi querido Robert Sheckley, Philip K. Dick, Fredric Brown, los grandes), hacía que las obras no pudiesen ser gran cosa (aunque muchas lo eran precisamente por eso: la cantidad con la que se producía hacía que los argumentos fuesen totalmente delirantes y que no tuviesen tiempo de tenerle miedo a nada). Quizá por eso sabemos más de las biografías de esos escritores que de sus obras. Y también está el componente heroico. Todo escritor que ame su oficio siente una admiración infinita por aquel que vive sólo de él, abriéndose camino a machetazos que son novelas cada quince día, en mitad de la jungla. Yo nunca me he considerado escritora de ciencia ficción porque para mí sería un enorme honor que me lo consideraran.

Rompes en la novela con el orden y la mecanización a la que la rutina nos tiene acostumbrados, con la tiranía de los tiempos rígidos. ¿ Es la ciencia ficción uno de los campos más liberadores de la literatura?

Totalmente. Siempre he dicho que no me considero escritora de ciencia ficción pero sí que utilizo todos los recursos que puedo de ella porque me parece el género más libre de la literatura. Y yo cuando escribo quiero sentirme libre. Poder contar cualquier cosa y desde cualquier punto de vista. Eso se lo debo a Richard Brautigan, a Robert Coover, a Kurt Vonnegut, a Thomas Pynchon, a Donald Barthelme, a los escritores posmodernos norteamericanos de los 50 y los 60, ellos me mostraron el camino: ahí lo tienes, haz lo que quieras, me dijeron, y eso es lo que hago, sin olvidar de incorporar cada nuevo tesoro que encuentro por el camino. Pienso, por ejemplo, que mientras escribía Connerland leí un libro divertídisimo de Gail Parent que se titula Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York e incorporé sin casi darme cuenta el diálogo dentro del diálogo que aparece sólo en una parte de la novela (la parte en la que estaba leyendo a Gail Parent), y lo hice porque podía hacerlo, porque cada una de mis novelas, o mis relatos, es una caja de herramientas, o una caja de hallazgos, de sorpresas, que son las que yo como lectora voy encontrando por el camino.

“Jóvenes que se dedican a tomar notas en sus libretas en vez de pasársela en grande.” (pág. 203). ¿Es la dinámica generalizada entre los escritores de nuestro tiempo o va a terminar siendo un cliché arcaico? ¿ Es necesario cierto tipo de aislamiento? Ghost dice, exagerando tal vez, que “Los escritores se hacen daño todo el tiempo” (pág. 352).

Es lo que creo. No creo que sea una dinámica arcaica y no creo que vaya a desaparecer. Hay muchos tipos de escritores, pero, para mí, el verdadero escritor es aquel que no puede evitar escribir. Y que está escribiendo todo el tiempo, que no deja de pensar en ese otro mundo que está creando, que vive con un pie en éste, y otro en su propio universo de papel y letras en la pantalla. Y para ese escritor siempre va a ser mejor, insuperablemente mejor, lo que puede aportarle aquello que está creando, en tanto que felicidad, una felicidad poderosamente infantil e indestructible, que el mundo real. Fíjate en la vida de Voss, o en la del propio Jubb Renton: por fuera no es gran cosa, pero por dentro es apasionante. Insuperablemente apasionante. En mi caso es así también, e imagino que lo es también en el de Robert Coover o Thomas Pynchon, sus novelas son casi cuadros de El Bosco: cualquier cosa es posible y lo es de una forma alucinante.

Los escritores mueren pero sus personajes estarán vivos siempre, se dice al final de “Connerland”. ¿ Cuáles son en tu caso, los personajes de la literatura que más atesoras hasta ahora?

Arturo Bandini es mi personaje favorito de todos los tiempos. Leer Pregúntale al polvo me cambió la vida. En serio. Hasta entonces me había sentido más rara de lo normal, casi completamente sola en mis delirios de grandeza estúpidos, y cuando leí esa novela de John Fante me dije: “Ahí lo tienes, un tipo que va por la vida como tú, creyendo que todo esto es mentira y que además nadie le valora lo suficiente pero que algún día todo el mundo recordará que ARTURO BANDINI pisó esta baldosa”. Me pareció la mejor manera, una manera genial, de relatar lo que siente todo escritor que se ha sentido alguna vez (o se siente, siempre) invencible: esa idea de que no importa lo que los demás opinen de ti, porque tú eres el mejor y lo sabes, aunque en realidad no te tomas en serio en absoluto y sabes que nada tiene sentido y que todo es absurdo en realidad. La idea de reírte de ti mismo y de que reírte de ti mismo es lo único que te hará invencible. Eso me dio Arturo Bandini. De hecho, le puse a mi hijo, que ahora tiene nueve años, Arturo, en honor al grandísimo Bandini. Y podría decir muchos más: Ignatius J. Reilly, claro, pero también Esther, la protagonista de La campana de cristal, y Sal Paradise, Rick Deckard, Kilgore Trout, y Reginald Perrin, ¡miles! Pero de entre todos me quedo con Arturo Bandini. Hasta le dediqué mi primera novela. Los personajes son, a veces, siempre, en los casos indicados, mejores que sus autores, son esos mismos autores perfeccionados, aunque sea en el peor de los sentidos, y eso me encanta.

(Entrevista publicada originalmente en el portal web "Punto y Coma")

[Entrevista] Mario Mendoza: ”Nos vamos acercando a un narcisismo virtual centrípeto”




Pasaron muchos meses desde que esta entrevista se produjo durante la visita del reconocido escritor colombiano Mario Mendoza (Bogotá, 1964) a la capital peruana, pero no ha perdido ápice alguno de vigencia. Vino a dar una charla a docentes, sobre la que pudimos interrogarlo, pero más enriquecedor fue consultarle sobre algunos tópicos literarios que ha abordado durante los últimos años y ese viraje a la ciencia ficción que le ha permitido acceder a una mayor cantidad de lectores en su país y otros de la región, además de su visión sobre el devenir del mundo contemporáneo con una crítica en particular al tedio y el narcisismo rampante de las nuevas generaciones



Si bien has comenzado tu carrera literaria joven, paralelamente también ejerces la docencia en Colombia. Desde un punto de vista pedagógico, ¿crees que hay un cambio en la percepción de la lectura tanto de las autoridades políticas o académicas?

Dos ciudades tuvieron ventaja: Bogotá y Medellín. Nosotros tuvimos durante la época de los 90 un alcalde físico, matemático y filósofo llamado Antanas Mockus. Fue una persona que cambió el panorama de la ciudad, incrementó las bibliotecas públicas e hizo inversiones muy particulares en el tema. Medellín tuvo a Sergio Fajardo. Primero fue alcalde y después gobernador del departamento de Antioquía. Fajardo fue físico y profesor universitario. Como académico se dio cuenta de que una manera de luchar contra el narcotráfico era quitarle a las nuevas generaciones. ¿Cómo logras eso si no otorgas becas, si no logras incorporarlos en ciertas dinámicas creativas, culturales y educativas? Entonces, hay que invertir. Pero son ejemplos desafortunadamente aislados. Nosotros tenemos en América Latina políticos que son analfabetos funcionales. Son políticos que saben leer y escribir en teoría, pero no pasan por las librerías, no compran libros, no leen y mientras tengamos esa clase política es muy difícil. Tienes que empezar a modificar desde las altas esferas del poder y muchas veces a este no le interesa que la gente lea mucho porque inmediatamente llegas a ser una masa crítica y una masa crítica no votaría por ellos.

¿Qué piensas de las nuevas plataformas como series, internet, celulares, smartphones? ¿Cuál crees que es la medida más efectiva para fomentar la lectura en los jóvenes? ¿La idea es competir con esas plataformas o complementarlas?

No. Yo no creo que tengamos que entrar en el pensamiento binario de esto o esto. Eso se llama un pensamiento de oposición simple. Yo creo que hay que pensar complejidades. No hay que estar siempre oponiendo porque lo se trata es pensar en la complejidad. Yo creo que hoy en día por fortuna está la red que es enormemente creativa. La red es dinámica y vertiginosa. Ahora, la red también tiene un lado oscuro. La red tiene un lado siniestro porque produce adicciones, destruye y aísla, ¿verdad? Hay grandes teóricos que están hablando que a mayores autopistas de información, menos nos estamos comunicando. Pero ese lado oscuro hace parte de nuestra condición humana. Creo que el lado creativo, el lado comunicativo, el derecho a una democracia participativa ya pasa de manera inevitable por la red. Yo tengo un blog en el cual dialogo con los lectores permanentemente. Subo columnas semanalmente, recomiendo textos y películas. Aviso a veces que estoy en tal lado y me parece que ese dialogo con los lectores a través de la red es muy enriquecedor. A mí me ha producido una enorme riqueza y una fraternidad y casi hemos entendido que solos y aislados somos muy débiles. Pero si logramos interrelacionarlos, discutir sobre ciertas temáticas, me parece que somos mucho más fuertes.

Tú venías escribiendo cosas muy fuertes y cargadas de mucha violencia, pero de pronto cambias a ciencia ficción con mitos de Latinoamérica. ¿Cómo fue ese paso? ¿Qué es lo que más rescatas de este género?

Como lector de ciertas sagas, la pasé muy bien. Pero me hice una pregunta, ¿por qué no había una saga americana? ¿Por qué no pasa por América? ¿Por qué no existe una saga de la América Latina profunda? Si no la consigo, si no la puedo leer, la voy a escribir. Y empecé a viajar desde México a la Patagonia. Viajamos con los ilustradores e hicimos un trabajo de campo para cada uno de los volúmenes. Hicimos un trabajo de campo. Investigamos mucho. Después yo montaba la historia. Y así es maravilloso y extraordinario. Yo creo que América Latina sigue sin ser descubierta. Yo creo que está pendiente. Yo creo que vivimos en un continente que desconocemos. En un continente que incluso despreciamos. Soñamos con viajar a Europa, con ir a Estados Unidos, Disneyworld. Siendo poco imaginarios, un poco clichés. Pero creo que no. Se trata más bien de todo lo contrario. La idea es crear una dinámica interna; una lógica interna y a partir de ésta podemos entender el afuera. Pero si no entiendes el adentro estás mal.

¿Cómo fue tu experiencia en Machu Picchu? ¿Ya lo habías visitado antes?

En Huasao nos pasó una cosa increíble. Yo lo tenía referenciado como un caserío donde había muchos chamanes indígenas. Y alguien en la plaza del pueblo me dijo: “yo lo estoy esperando”. Y yo le dije: “no, no tengo cita aquí con nadie”. Me dijo: “sí, tiene una cita conmigo porque lo he estado esperando”. Y fue una lectura de hoja de coca. Pasé un par de horas con este personaje que aparece dentro de la novela y el libro está dedicado a él incluso. Y fue maravilloso y extraordinario porque iba de alguna manera confirmándonos la hipótesis de que sí hay un continente de brujos, hechiceros y magos que es el nuestro. Creo que viajas a otros lugares y es muy difícil. Quizás en Asia, pero creo que América es el continente más mágico de todos.

Siento que hay un desdén muy injusto y elistista a la ciencia ficción y a sagas como el Señor de los Anillos o Harry Potter. ¿Tomaste como referentes estos fenómenos para escribir tu novela?

.El realismo ha sido esa manera de responder a las condiciones históricas. Pero creo que eso ha conllevado a que los imaginarios estén restringidos. Es como si no nos fuera permitido. Como si estuviera prohibido. Como si de alguna manera fuera un pecado soñar más allá. Construir supra realidades, ¿verdad? Y unas de las formas en las que me he liberado de alguna manera de esa condición es la saga. Me dijo que por qué siempre estamos condenados a la inmediatez, a la noticia, al titular de los periódicos. ¿Por qué no hay una corriente fuerte de ciencia ficción latinoamericana? Hay exponentes por supuesto, pero no es nuestro fuerte. ¿Por qué no hay una corriente de literatura de anticipación? ¿Por qué no hay una corriente de literatura fantástica y poderosa? Entonces me dije que había que empezar a construir unos imaginarios distintos; pasar a dimensiones desconocidas, universos paralelos. De alguna manera, la saga es una forma de responder a eso también.

En la saga lo que me llama la atención es que tú tomas elementos de culturas prehispánicas (mayas, incas). ¿Siempre escribiste sobre estos temas o quizás redescubriste lo que estudiaste en el colegio?

No. Fue gracias a un profesor llamado Pablo Gamboa de la Facultad de la Universidad Nacional. Él es historiador y también es un experto en arte precolombino. En la medida que iba viajando y recorriendo Teotihuacán e iba bajando a Tikal en Guatemala; iba explorando el Museo de Oro y algunas zonas colombianas, bajé por Machu Picchu, iba conectando por Puma Punku en Bolivia, nos dimos cuenta que no entendíamos que era lo que estábamos viendo. Tú estás en la Calzada de los Muertos en México y tienes una sensación astronómica. Pero no dicen cómo es que tienen un calendario más perfecto que el nuestro, sino tenían telescopios. ¿Cómo hicieron? ¿Cómo es posible? Nosotros tenemos un desperfecto cada cuatro años. Las culturas precolombinas tenían calendarios más ajustados astronómicamente. Si no hay telescopios a ojo es imposible. No puedes entender el tiempo cósmico solo con el ojo. Entonces, ¿cómo hicieron? No hay respuestas. Tú le preguntas a cualquier guía y no logra darte la clave. Entonces, Felipe (mi protagonista) es un chiquito de 10 años que viaja con un tío que es un arqueólogo, un antropólogo, un historiador y en la medida que va recorriendo el continente de pronto pasa a realidades paralelas y entra en dimensiones e intersticios de lo real y gracias a esos viajes interdimensionales es que va captando la profundidad del continente. Lo mismo nos pasa en el Amazonas. Lo mismo nos pasa con los trances chamanicos. No hay manera de entender lo que estás viendo bajo presupuestos meramente occidentales.

Tú que tienes jornada con los alumnos y profesores. ¿Qué es lo que más les impacta cuando terminas una novela? ¿Qué te comentan?

Que Pipe es real. Pipe es un chiquito que yo me encontré en una zona cerca a Bogotá que se llama Villa de Leiva. Es un pequeño pueblito colonial muy impactante por su belleza. Es un sitio de monasterios en la mitad del desierto. Fue un lugar de peregrinaciones místicas durante el siglo XVI y XVII. Hay congregaciones religiosas que fundaron grandes monasterios y conventos en la zona. Es un lugar de una enorme espiritualidad y alguna vez me refugié para escribir ahí. Justo estaba trabajando en otro libro y un chiquito de 10 años se me acercó y me preguntó: “¿Quién eres tú? Tu eres el escritor, ¿puedo hablar contigo?”. Entonces le pedí permiso a sus padres poder hablar con él en el jardín del hotel colonial. Él empezó a decirme que había bajado a una ciudad subterránea. A mí al comienzo eso me pareció literatura fantástica y yo dije de pronto algún día escribo esta historia porque es una historia muy bella. Pero en la medida que empecé a investigar y entrar a mirar ciudades subterráneas me tropecé con Derinkuyu, con Cobeclipete, con Caimaincli y con una cantidad de ciudades contemporáneas construidas para el fin del mudo. Esa futuropolis en Kansas. Hay más de 5000 bunkers alrededor de Moscú que están listos para el fin del mundo. Hay grandes multimillonarios que ya construyeron refugios y que están preparados por si viene una guerra nuclear con Corea o algo por el estilo. Esa gente ingresa a los búnkeres en dos o tres horas. Entonces, si viene la nube radioactiva ya hay gente que está lista para sobrevivir a un desastre de esas dimensiones. Y mientras más investigaba más me sorprendía. Entonces me dije que había que empezar a escribir la historia. Empecé a reunirme con este muchacho. Hoy en día ya tiene 17 años. Ya se está graduando del colegio y conversando con él,decidí finalmente escribir la historia. Eso es lo que más le sorprende a los chicos en el colegio. Yo les voy mostrando diapositivas y vídeos de cómo fuimos construyendo la saga y se sorprenden porque Felipe es un muchacho real.

Antes la violencia en las ciudades de Latinoamérica se vinculaba de forma directa a los paramilitares y las FARC. Pero ahora se parece más a la de primer mundo que es la cotidiana. Por ejemplo, en Estados Unidos por problemas internos y por la miseria que acecha las ciudades y que no está atendida. ¿Cómo están respondiendo los jóvenes frente a la problemática?

Claro. Yo creo que, como tú bien acabas de explicar, hubo una violencia política.Pero ahora los sociólogos hablan de violencia transpolítica. Es decir, es una violencia que ya no está afuera del establecimiento, sino al interior del establecimiento: el bullyng en los colegios, la violencia de género, la violencia racial, la segregación social. Hay una cantidad de violencias que parecen invisibles y no se llevan los titulares de prensa, pero que son las peores violencias que estamos padeciendo hoy en día. Violencia laboral, la del transporte, la de la agresión permanente con los vecinos y es la razón por la cual muchos muchachos han decidido refugiarse en la red o en el mundo virtual. No hay nada que le guste más a un muchacho que no salir un fin de semana y quedarse metidos en sus aparatos todo el fin de semana. Viendo Netflix, películas, contestando correos electrónicos, porque salir a la calle es muy agresivo. Buena parte de las generaciones contemporáneas sufre alguna fobia. Ya incluso Japón llega a un punto de tener Hikikomoris que son estos chicos que deciden nunca más volver a salir de la habitación. América Latina ya tiene varios Hikikomoris. Eso demuestra que nosotros ya somos una amenaza para el otro. Ya no nos gusta interrelacionarnos o crear vínculos o lazos con los otros. Hay como una especie de monologo permanente. Selfies, selfies, selfies. Y estoy atrapado en una dinámica que me condenan a la red. Esa violencia me interesa a mí también y creo que los narradores colombianos están respondiendo muy bien y los jóvenes por eso llegan a los libros y se ven reflejados ahí en esa soledad. Somos personajes amnésicos, catatónicos, sin proyectos de vida. El mundo contemporáneo es un mundo muy duro.

Irónicamente justo cuando estamos en una “era de la hiperconectividad”

Lo que se ha generado es lo contrario, una inmensa soledad. Yo creo que incluso vamos a tener que enfrentar a algo como le pasó a Japón. Y es que también las redes nos están condenando a no tocarnos. Yo creo que se acerca una sexualidad de orden virtual. La gente prefiere ingresar a las redes, estar en una sexualidad virtual que acariciarse, tocarse o acostarse con otro en la vida real.

Es como un nuevo tabú del cuerpo

Yo creo que es un asco a los virus, a la contaminación, a que puedo en cualquier momento quedar contagiado, embarazos, enfermedades venéreas, SIDA. Hay una cantidad de cosas que me van generando rechazo o fastidio y en el fondo es mucho mejor acostarme con un avatar. Entro a un programa dentro de la red, elijo un avatar y me erotizo y quedo finalmente en mi mundo masturbatorio,en el onanismo. Esa es la cultura de selfie también. Quedo atrapado en mí. Creo que nos vamos acercando a un narcisismo virtual centrípeto.

Es algo que precisamente la ciencia ficción de los 80 ya habían predicho.

Claro. Nexus Seil Modelo de Placer, Ragel. Yo una vez le preguntaba a un chico que estaba recluido en una clínica psiquiátrica. Yo le decía: ¿por qué estás acá? Y me dijo que era adicto al porno por internet. Pero no a páginas de porno comunes y corriente. Me dijo que entraba a una página de avatars y ahí tenía 135 amantes. Me dijo: “Elijo la edad, la estatura”. “Puedo hacer lo que quiera, incluso entrar en salón de sadomasoquismo”. “Puedo elegir menores de edad y como está prohíbo a fuera nadie me va a meter a la cárcel porque tener relaciones con una menor de edad avatar”. “Después cuando salgo al mundo, mis compañeras de mi universidad no me atraen en absoluto”. “Yo soy virgen en el mundo de mis compañeras, pero soy un adicto sexual impulsivo en el mundo de los avatars”… De alguna manera creo que vamos por allá. Vamos hacia Ragel o Nexus seis Modelo de Placer. Entonces hay que narrar eso e ingresar a esos mundos.

¿Algún libro que quisieras recomendar?

A mí me gusta un filósofo alemán de origen coreano que se llama Byung-Chul Han. Tiene un libro que se llama “La sociedad del cansancio”. Se los recomiendo muchísimo. Es un libro que habla sobre la sociedad el rendimiento. Primero nos vendieron la idea del éxito, del triunfo, de una persona que tiene que hacer dos o tres profesiones, dos o tres trabajos; es la sociedad del Red Bull, es la sociedad de los termos de café, es la sociedad de las Coca Cola, de las metanfetaminas, de la cocaína, de Wall Street y de las grandes empresas. La sociedad de la “sobreexplotación”. La sociedad de la gente que duerme poco. Él dice que ya pasamos por ahí. Ahora estamos en la sociedad del cansancio, en la sociedad de la fatiga. Es decir, no nos podemos levantar de la cama. Ya hay un cansancio brutal, despiadado. Ya no queremos ir a trabajar. Ya no queremos hacer nada. Lo mejor que nos puede pasar es que llegue el fin de semana, no bañarnos, cerrar la cortinas de la habitación, quedarnos con el control de la habitación en la mano horas enteras, dormir siesta, dormir de día, dormir de noche, no bañarnos y al día siguiente volver otra vez y quedarnos ahí. Y el lunes es muy difícil levantarse de la cama para regresar a nuestros oficios, a nuestros estudios. Dice: “esa es la sociedad de la depresión zombie”. De alguna manera todos estamos en un The Walking Dead. Y ya no queremos nada. Y estamos muy cansados. No hay que creernos ese discurso de la sobreexcitación laboral, de hacer muchas cosas, de estar exigiéndonos horarios, horas extras, horarios excesivos. Hay que descansar. Hay que dormir. Hay que tener tiempo de ocio. Hay que salir y sentarse en el parque. Los aparatos también producen una sobreexcitación permanente. Hay un temblor al estar pendiente de quien me llama o quien me envía correo. Entonces creo que hay que desenchufarse, relajarse. No hay que permitir que el establecimiento te destruya de esa manera tan brutal. Hay que mirar lo que se llama síndrome de fatiga crónica. Hay una cantidad de gente que se no pueda parar de la cama. Gente famosa como Lady Gaga. Ella sufre de eso. Si tú ves el último documental de Lady Gaga es muy doloroso. La ves en acupuntura, tomando calmantes y pastillas permanentemente. La ves con masajistas profesionales dentro del documental para poderse levantarse de la cama. Y es un exceso de cinismo. Hay que poner el ego en una medida más modesta y no hay que sobre exigirse tanto Yo creo que es un gran libro. Para mí ha sido de uno de los grandes pensadores contemporáneos. Tiene muchos más, pero particularmente recomendaría ese.

Transcripción: Alejandro Alva

(Entrevista publicada originalmente en el portal "Punto y Coma"

jueves, 19 de abril de 2018

Un día glorioso: Radiohead en Lima



“En el momento en que las palabras intentan transcribir los hechos de la manera más estricta y directa posible, despojándose de toda noción de gramática, incluso entonces no hacen sino desviarse del acontecimiento”. La cita es de “Derrumbe” de Daniel Guebel,  libro que terminé horas antes del concierto y  de las que me apropio ahora porque durante las últimas horas me la he pasado pensando cómo escribir sobre un acontecimiento como el de anoche, sin encontrar la manera ideal. ¿Es posible al fin y al cabo? Una de tus bandas favoritas (o la favorita a secas) se para sobre el principal escenario de tu ciudad y lo hace vibrar por más de dos horas,  provocando euforia, éxtasis, lágrimas, sudor, gritos. Y uno no hace más que entregarse por completo y contagiarse.  Emocionarse porque por fin están en Lima y la pasión se desborda por todos lados. Por fin.

Ahí a pocos metros, luego de un entretenido Junun y una espectacular performance audiovisual de Fying Lotus,  Thom Yorke toma la batuta a las nueve en punto. El aire se percibe distinto, aplausos desordenados, miradas de impaciencia. El que tantas veces has visto en videos en Youtube, en Lollapalooza y Glastonbury,  está a pocos metros, ahora en carne y hueso. Y suenan las que sí o sí se sabían que iban a tocar. Daydreaming inicia el despegue y es Ful Stop a  la que se le encarga la tarea de comenzar  a separarte del suelo. 15 Step acelera el procedimiento que culmina con la actitud desinhibida de los pasos de baile de Yorke en  Myxomotosis. Descontrol y pausa. Es necesario. Las cosas se tranquilizan con All I need, la calma de Pyramid Song y el despertar de algún recodo de tristeza que tuvieras guardado con No Surprises. Las acciones se detienen allá arriba, Jonny Greenwood recibe la señal y tú adivinas: van a tocar Everything in its right place, le dices  o intentas decir, exaltado,  a tus amigos. Y tu mente empieza a viajar en un túnel con mil vibraciones alrededor, absorbiéndote.

Pausa otra vez.  Los a cuerpos a reposar, cuatro canciones necesarias mientras intentas almacenar mentalmente sus rostros y ubicaciones  sobre el estrado sin necesidad de una cámara, cuando aterriza Where I end and you begin y los ánimos se empiezan a elevar de nuevo. Street Spirit desentumece las gargantas, Weird Fishes / Arpeggi anuncia que el estallido está cerca y sí, esa es 2+2=5  guiando al estadio  a un estado de trance  en el que cualquier atisbo de letargo se desvanece mientras gritas a todo pulmón Payin' attention, Payin' attention y los cuerpos se mueven frenéticamente, chocando, saltando. Algo en tu interior dice que es inevitable el descenso, but it's not,but it's not porque las revoluciones  continúan y suena Bodysnatchers.I've seen it coming I've seen it coming coreas. Ya estamos completamente exaltados.  Encore 1 y  stop.

La figura de Greenwood ha ido creciendo. O es que ya lo estás notando. Su cercanía visual ayuda, claro, pero es su destreza con cada instrumento lo que explica la devoción. Y ya la nostalgia se apodera del Nacional otra vez porque han decidido tocar Fake Plastic Trees seguido de You& Whose Army, en la que la mirada de Yorke en la pantalla se apodera de la atención, controlando visualmente absolutamente todo los espacios.  Aparecen los tambores sobre el escenario, sabes que ya va a sonar There There, la sensación de suspenso que te prepara para el  clímax total. Explosión de guitarras y todos a una sola voz exhalando We aaaare accidents, waaaitiiiing….waaaaiitiiing toooo haaaapeen. No puedes más y por eso Exit music te permite recargar energías para luego dar paso al descontrol de tu cuerpo con The National Anthem. Movimientos rítmicamente desordenados y Ice age coming, ice age coming. Idioteque. Yorke centraliza, cautiva. ¿Qué está pasando? Yorke cruza miradas con Greenwood a los pocos minutos. Su máquina está fuera de control. This sometimes happens, dice, y es tan real el equívoco, tan vivo, que asimilas que sí, está pasando esto. This is happening. Más vivo que nunca. Stop y encore 2.

Solo tres meses te separan del nacimiento de esa banda que está al frente. En 1993 Radiohead lanza el Pablo Honey e inicia la cuenta regresiva para reconfigurar la escena musical álbum a álbum, canción a canción.  Todo lo que vendrá después los va a evocar inevitablemente. O´Brien se pone la camiseta de la selección, gesto que, aunque de agradecimiento, no ves necesario. Su sola presencia ya lo es. Porque tu vida ya está inevitablemente conectada a sus sonidos y letras. Composiciones espectaculares, música que te ha transformado.  Creep  solo es una mera estación de paso porque en breves segundos, ya está llegando, ya está llegando What's that? What's that?  Esa genialidad en cuatro partes llamada Paranoid Android retumba y el estadio se viene abajo. Alzas la mano y recibes esa montaña rusa de emociones. La despedida está cerca, eres consciente de ello. Karma Police va a marcar la despedida y no va haber más por ahora. You don't remember, You don't remember Pero la experiencia ya es tuya. Radiohead ha tocado en Perú por primera vez y uno ha estado ahí. It is the twenty first century in Lima. It is the twenty first century, finally.

(Crónica publicada en el portal web Punto y Coma)


domingo, 25 de marzo de 2018

Reseña: "Interruptus" de Leonardo Aguirre

Planeta, 2018.148 pp.

Tras dos años de haber publicado ese ready-made literario llamado “Asociación Ilícita”, cuyos logros iban más allá del chismorreo que destacaron muchas lecturas superficiales, Leonardo Aguirre(Lima, 1975) irrumpe de nuevo en el medio local con “Interruptus”, dispuesto a seguir dinamitando el statu quo de la literatura peruana, entrampada en la actualidad entre dos y tres temáticas demasiado manidas (con sus respectivas loas mutuas entre autores, en un pernicioso un círculo vicioso), y así proponer una nueva vía tanto estética como temática.

Desde las primeras páginas, el lector es avisado de la ininteligibilidad  de muchos pasajes de la lectura debido al uso de un lenguaje lumpen y vulgar,  lleno de jergas y jerigonzas, en lo que supone el desafío de vincular dicho ritmo con la sordidez de lo que se cuenta, con matices de humor provocados por los llamados “errores” en los que este narrador incurre por sus excesos o limitaciones, los cuales son detectados por la otra protagonista de “Interruptus”: la editora. Es ella quien, cual autoridad máxima, interrumpe las distintas historias del escritor incluso en los momentos más álgidos e interesantes, para corregir o contar anécdotas personales o del mundillo literario.

Dichos cortes que, en una primera lectura, pueden ser interpretados como meras intervenciones cómicas, con el trascurrir de la lectura terminan representando una parodia de un problema tan actual como lo es el exceso de la “corrección política”, fenómeno tan discutido en nuestros días con bandos cada vez más reconocibles, y cuyas argumentaciones a favor o en contra están conduciendo a una pregunta tan antigua como inacabada: ¿Cómo se lee una novela? Lo que bajo otra pluma podrían haber sido unas confesiones más de una vida llena de excesos e incluso delitos con un impacto temporal e intrascendente,  son en la de Aguirre un vehículo de confrontación y ataque al conservadurismo y el afán extraliterario  de no incomodar a nadie, a ningún colectivo; a la idea de una novela edulcorada donde no cabe la posibilidad de contenido racista, misógino u homofóbico, originadas por lecturas incapaces de separar la calidad de una obra de la biografía del autor, amparadas en débiles argumentaciones, o que se encuentran más interesadas en saber si lo que se contó fue real o no.

“Interruptus” se vuelve así una novela de desvío y escape; una  manera lúdica de evadir los parámetros con los que se están leyendo las novelas hoy en día. Como ya es un sello en la literatura de Aguirre, el presente es un texto con muchas capas de lecturas y posibles interpretaciones, lo que podría no resultar tan confortable para un lector acostumbrado a las historias lineales, pero que en compensación recibe la posibilidad de reflexionar en torno a la confrontación de los discursos manifestados en las voces de los dos personajes centrales. El desafío está en sus manos, estimado lector.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

miércoles, 21 de febrero de 2018

Reseña: “Primera persona” de Margarita García Robayo

Pesopluma, 2017. 156 pp. S/.35

Carolina Sanín acierta en su prólogo al resaltar la importancia de la pregunta “¿Estoy bien” (pág. 155) que se hace la narradora en la última página de este libro. Si hay algo que une este conjunto de siete narraciones autobiográficas de la escritora colombiana Margarita García Robayo (Cartagena, 1980) es la constante interpelación a sí misma mientras explora y hurga en sus recuerdos. ¿Estás bien si no encajas? ¿Estás bien ahora? No habrá respuesta certera pero sí molestia, nostalgia, disgusto o restos de alguna ilusión. Y claro, la posibilidad de hacer literatura con todo lo que sobrevivió.

El primer recuerdo es molesto” (pág. 21) es la afirmación inicial del primer relato y una señal de lo que cuesta deshilvanar uno a uno las recuerdo menos agradables, los que hincan y hieren.  García Robayo no escribe para quedar bien con los que la leerán.  Sabe que expresarse en un texto autobiográfico implica revivir experiencias que dolieron y traumatizaron, o que no se pudieron comprender del todo en su momento teniendo que esperar el paso de los años para atisbar algún tipo de respuesta satisfactoria, hallar la manera de ir aceptándose, incluso como “alguien con tendencia a la desdicha” (pág. 23), y así poder construir una individualidad con los “pequeños secretos de uno mismo” (pág. 57)

“Primera persona” resalta entre tantas publicaciones latinoamericanas de similar propuesta, porque no apela al morbo o a revelaciones que se refugian en lo tremendista pero no en lo significativo de ciertas experiencias. Si García Robayo decide escribir sobre sus miedos al mar y a lograr una buena madre primeriza,  o su atracción por los hombres mayores o sobre el complicadísimo vínculo que tiene con su madre, es para cuestionar el concepto que la mayoría supone de normalidad y el rechazo que sobreviene cuando no te alineas a ello desde distintas facetas como mujer: madre, adolescente, hija, amiga, novia o caribeña.


¿Cómo se responde a la represión, al rechazo? En relatos como “Educación sexual” o “Leche”, vemos cómo muchas de las paranoias individuales que sufre la narradora son consecuencias directas de factores sociales como el machismo, el chisme o convenciones sociales ultraconservadoras. Comportamientos colectivos espeluznantes que al verlos o padecerlos a diario terminan pasando desapercibidos, hasta que le tocan a uno o a alguien cercano. Ello se siente por ejemplo, cuando se lee sobre la violación de una alumna del colegio de García Robayo, en una fiesta de quince.  A los días aparecen los padres en la dirección del colegio que ha determinado la expulsión de la chica con un sobre que contiene los nombres y apellidos de los violadores. “Todo el mundo sabe lo que va a pasar”, dice Karina, una amiga. Y lo que pasa es lo usual: nada.  Ellos, los culpables, terminarán desapareciendo un tiempo, para luego volver y ocupar el lugar de sus padres, y así cumplir con la perpetuación del círculo. ¿Hay manera de escapar, de crecer? se cuestiona la narradora a sus quince años y a lo que responde de manera sombría mas no sorpresiva: “Vi como un chispazo de futuro. Un futuro que se entrevía, chato inocuo y oscuro. Quise imaginarnos distintas, transformadas en otra cosa. Ateas. Ninfómanas. Lesbianas. Adúlteras. Salvajes. Lúcidas. No lo conseguí” (pág. 153) ¿Son los únicos culpables o lo somos todos? Las heridas individuales se acumulan y forman las enfermedades de nuestras sociedades, es la idea que emana luego de atender la singular voz de García Robayo en este mapa emocional. ¿Estás bien?

(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")

Reseña: "Este es el mar" de Mariana Enriquez

Literatura Random House, 2016. 125 pp. S/.59

Durante la última ceremonia de entrega de los premios Grammy hubo un hecho que no pasó desapercibido para muchos: ninguna de las categorías vinculadas al rock fue premiada durante la transmisión del evento, teniendo que compartir lugar con los premios menos notorios. Lo que podría considerarse una afrenta a todo un género musical, no es más que un síntoma más de su lugar cada vez más reducido en el mercado global. Durante los últimos años, ha cedido en ventas frente al pop o el hip-hop, perdiendo su hegemonía entre los jóvenes de las nuevas generaciones. Enríquez (Buenos Aires, 1979) consciente de este contexto, nos traslada mediante la ficción a una etapa cuando el rock era aún capaz de generar pasiones y devociones, con una intensidad capaz de llevar a locura o la mismísima muerte, mediante la historia de James, destinado a convertirse en su último vestigio:


“Los tiempos se aceleran. Hay aburrimiento. James es el último. ¿La era del rock? Así le dirían ellos. Nosotras no usamos esos nombres, solamente reconocemos los cambios.” (Pág. 23)


En la presente nouvelle, hay tres nítidas personalidades sobre las que gira la trama. En primer lugar, la estrella de rock. Seres frágiles, vulnerables y expuestos constantemente a la posibilidad de extinguirse fugazmente si llegan a perder el fervor absoluto de sus fans, quienes con su entrega total dan vida a una relación rabiosa, juvenil y llena de energía. Es en el medio de esta relación que Enríquez, posiciona al ‘Enjambre’ y ‘Las Luminosas’, seres eternos que, en una clara evocación de los mitos griegos, dedican su inmortalidad a mantener vigente esta religiosidad. Helena, es la encargada de acompañar a James en su tránsito a convertirse en leyenda, tarea que además le proporcionará a ella la posibilidad de acceder a un nivel de vida que ha anhelado desde siempre. Para ello, no tendrá reparos en provocar el sacrificio de una joven o ataques en el cuerpo de James para lograr su mitificación, misión en la que tiene éxito hasta que se topa con el límite más humano posible: el deseo amoroso.

Los últimos años se han caracterizado por la digitalización, la aceleración y la disolución del sentido de la experiencia, fenómenos que provocaron cambios radicales en el mundo musical. Desde las plataformas de reproducción hasta la justificación de un estrellato. No es casualidad que un detalle importante de la fama de James, y que se destaca en muchos pasajes, es el consenso sobre su nula calidad musical. Es capaz de volver histéricas a un buen número de fanáticas con canciones horribles, piensa Helena constantemente, la Luminosa encargada de volverlo Leyenda a pesar de ese detalle en lo que obviamente es un señalamiento a la banalización progresiva de un arte al que la industria a la que responde, exige un sinfín de requisitos menos uno que debería ser el principal: la música misma. Una que sea capaz de trastocar los espíritus de sus oyentes de forma profunda. La instantaneidad es el enemigo en esta novela, al que todos quieren enfrentar, ya sea mediante la inmortalidad corporal en el mundo en el caso de los seres fantásticos, o través de la persistencia del mito en el caso de las Estrellas del rock, como Lennon, Presley, Morrison, Vicious o Cobain.

Y si hay un mito, hay una tragedia detrás. El deseo amoroso que mencioné anteriormente provoca que Helena conozca el doloroso pasado de James y la relación nefasta que tiene este con su madre debido a los eventos sórdidos de su pasado en un sector de Los Ángeles donde conviven la pobreza, el desahucio y el abandono. La humanización de un dios o un semidiós empieza por la compasión, sentimiento que en este caso, se confronta con el sentido del deber ancestral y la persistencia de una comunidad unida por la intolerancia de la que ha sido víctima y la huida constante que ello provoca. Y digo semidiós, pero podría decir monstruo, lo cual remitiría, por supuesto, al clásico Frankenstein, o el moderno Prometeo de Mary Shelley (de cuya aparición se cumplen 200 años), en el que al igual que Helena, es la imposibilidad de ser aceptado como humano lo que desencadena los cuestionamientos internos sobre su papel y función en el mundo. La figura del monstruo que nace a partir del rechazo de los demás.

Enríquez convierte la nostalgia por una era en una breve y notable ficción en el que los elementos fantásticos, al igual que en sus dos notables conjuntos de relatos anteriores, son un vehículo para narrarnos una atrapante historia que permite vislumbrar nuestras obsesiones colectivas, paranoias sociales y sobre todo, el miedo por uno de nuestros mayores enemigos: el paso del tiempo.

(Texto publicado originalmente en la revista panhispánica "Vísperas")