"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


lunes, 8 de octubre de 2018

Reseña: “La diáspora” de Horacio Castellanos Moya


Literatura Random House, 2018. 160 pp. S/.69



Ya quisiera uno escribir una primera novela con el ímpetu y soltura que exhibe Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) en “La diáspora”, publicada originalmente en 1989. Vaya manera de irrumpir en la ficción narrativa con un libro que, en una época tan álgida como fueron los ochenta, aborda y critica de manera aguda las desilusiones de una generación que creía de forma inquebrantable en el poder de la Revolución al punto de arriesgar la vida por ella. Escribir una parodia de la derecha lo hace todo el mundo. Lo arriesgado es hacer una de la izquierda desde la misma izquierda, denostando la mercantilización de sus causas en un negocio que reclama un aura de ética intachable que no merece muchas veces. Y más difícil aún, hacer esta diatriba con una maestría que mostrará también en libros posteriores como “Insensatez” (2004) o Moronga (2018), confirmando que cada texto suyo es una pieza más de un proyecto narrativo coherente como pocos a nivel mundial, para no acotar su alcance solo a nivel hispanoamericano donde compartiría espacio con titanes de la talla de Piglia y Bolaño.

Uno de los más gratos hallazgos de este libro es corroborar que las principales preocupaciones temáticas y emocionales de Castellanos Moya ya se encontraban aquí, comenzando por el cuestionamiento de las convicciones ideológicas. Los personajes de esta novela se encuentran a la deriva, apartados y marginados en el DF, alejados del campo de acción, pero sobre todo de una causa que les brinde la sensación de pertenecer a un colectivo que le dé sentido a sus nimias vidas. Tanto Juan Carlos y el Turco reniegan del Partido, el colectivo al que consagraron su vida por muchos años y que desvió su rumbo al punto de desvirtuar su accionar debido a las ambiciones de sus dirigentes y la pugna por el control que terminaría causando al asesinato de la comandante Ana María y el aparente suicidio del comandante Marcial, máximas figuras de las guerrillas salvadoreñas. La sensación de orfandad y desamparo terminará por convencerlos de que la única salida posible es romper con sus ideales e intentar descifrar que hay más allá de la lucha política, en un territorio ajeno, lidiando con la única herencia que les legó su participación en el conflicto además de la pobreza: la paranoia.



Si algo hermana a la mayoría de los personajes de la novela (y de la narrativa de Castellanos Moya) es la constante sensación de paranoia y desconfianza hacia todo aquel que quiera acercarse. Siempre estar en guardia y relacionarse lo menos posible con alguien desconocido, es la marca con la que deambulan por la vida tanto los dos personajes mencionados, como Quique, el exguerrillero ansioso por regresar a combatir con un rifle en las manos. El temor de ser emboscado y traicionado es la secuela más duradera no solo de un conflicto sino del rompimiento con una ideología, viendo en cada rostro a un potencial enemigo, en contraste con aquellos denominados “burgueses” que no padecen ello y hasta tienen empleos y familias. Aquí la semilla de violencia impregnada en cada uno no explota como en “El arma y el hombre” o “La sirvienta y el luchador”, pero sí se trasluce de manera más sutil al momento de concebir las relaciones posibles con sus antiguos camaradas o sus potenciales conquistas sexuales, además de que puede ser una buena manera de adaptarse a la urbe capitalista: “Si San Salvador le resultaba grande y extraña, la ciudad de México le produjo escalofríos, las calles enormes repletas de autos y buses. Pero las costumbres del peligro crean un poderoso instinto de sobrevivencia.” (pág. 81) 

Y aunque los personajes mencionados son los protagonistas de la novela, Castellanos Moya dedica algunas páginas a otro que se lleva todas las palmas: Jorge Kraus. Este periodista que evoca a esa inolvidable y tenebrosa voz de “Insensatez”, es una suma de arribismo y aprovechamiento ramplón capaz de causar escozor en el lector debido a que su ambigüedad y capacidad camaleónica provocan que su toxicidad corrosiva pase desapercibida frente a los demás. Castellanos Moya muestra esta frialdad extrema para seguir trepando en líneas como las siguientes:


"Kraus barajeaba las diversas alternativas para la escritura del libro, los argumentos a los que recurriría para convencer a las FPL y a los sandinistas de que un libro de esa naturaleza ayudaría en gran medida al proceso revolucionario salvadoreño. Se regocijaba por las tremendas posibilidades editoriales que se le abrirían: escribiría un verdadero best seller, que le produciría fama y dinero. De inmediato tendría ofertas de traducciones, adelantos por la escritura de nuevas obras. Porque su idea para la estructuración del libro le parecía sencillamente genial: lo elaboraría con la técnica de la novela policíaca, pero con puros hechos reales. Algo semejante a "A sangre fría" de Truman Capote o a "Recuerdo de la muerte" de su compatriota Miguel Bonasso. Sólo que el libro de Kraus superaría a éstos por una razón esencial: los sucesos que abordaría constituían una tragedia universal, digna de un clásico griego o de una obra dostoievskana." (Pág, 118)

Este símbolo de la capitalización individual de una tragedia social es la principal crítica a cierto sector de la izquierda que si bien aparece en otros pasajes, adquiere una dimensión mucho más peligrosa en figuras como la de Kraus en el capítulo seis de la tercera parte de este libro, dándose incluso maña para concebir una metodología capaz de moldear y replicar la escritura de una tragedia, al punto de desvirtuar los hechos con tal de acomodarse a un fin al que se busca justificar de cualquier forma antes que ver cuestionada su veracidad. La sensación de sentirse superior moralmente termina siendo el aceite de un turbio y pérfido engranaje que se vislumbra hasta el día de hoy, refugio de tantos abusos y atropellos sociales. Escrituras de libros que edulcoran y aprovechan el morbo de los conflictos armados, ¿dónde hemos visto eso antes?


Castellanos Moya vislumbró hace treinta años cómo el tópico de la violencia iba a convertirse en un modelo exótico para armar y desarmar de manera descafeinada en gran parte de la literatura latinoamericana posterior, llena de clichés y personajes acartonados, y se arrojó a escribir esta novela tan potente y vigente. En una época donde las principales apuestas literarias parecen ser las reediciones de libros inhallables, “La diáspora” terminar erigiéndose como el más valioso rescate de este año.






(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

lunes, 24 de septiembre de 2018

[Entrevista] Juan Manuel Robles: "Los excesos tecnológicos nos terminarán confundiendo"


En “No somos cazafantasmas” (Seix Barral, 2018),libro de cuentos que se presentó en la más reciente Feria Internacional del Libro de Lima y próximo  a aparecer en Colombia y España, el escritor peruano  Juan Manuel Robles aborda en relatos como “Constelación nostalgia”, “Valentina en las nubes”, “Elefantes blanco” y el que presta su nombre al libro,  los trastornos y las distorsiones originadas por los cada vez más prolíficos avances tecnológicos ,mostrando las nuevas dinámicas que surgen al interactuar con nuestros más íntimos miedos, el anhelo obsesivo por lograr una felicidad continua y perpetua, y los intereses económicos de las industrias por monetizar nuestra nostalgia sin límites ético la mayoría de veces. Sobre ello conversamos en la presente entrevista en la que la palabra paranoia sobrevoló la mayoría de las respuestas.

¿Ha cambiado demasiado nuestra sensibilidad en esta época de innovación tan acelerada o es solo una percepción por la mayor exposición sobre cómo nos afectan estos cambios?

En realidad la sensibilidad, no ha cambiado. Si hubiera cambiado, no habría mayor problema porque significa que nos hemos adaptado. Lamentablemente, no es así aún por lo que existe un desfase mientras aparecen nuevas maneras de concebir temas como la socialización y las relaciones interpersonales. A mí me gusta observarlo y analizarlo desde mi contexto que es el Tercer Mundo, lo cual considero que es importante decirlo debido a nuestra situación de receptores de tecnología que otros producen. 

Casa de América
Considero que la sensibilidad por la que preguntas  podríamos relacionarla a la relectura de la primera parte de “Cien años de soledad”, con el personaje de Melquíades mostrando una serie de productos a Buendía que le interroga  si con ello se puede obtener oro, viéndose ahí una imaginación y necesidades particulares en las que la tecnología nos puede ayudar o confundir.  Esa interacción es súper interesante. Me gusta imaginar un mundo en el que algunos excesos tecnológicos pueden terminar confundiéndonos, nublando nuestra vista y haciéndole creer que esta es mucho más sofisticada. Nos hace pensar de qué está hecho el ser humano. Uno puede creer que el ser humano está hecho de perfecciones y que la tecnología las completa de manera espléndida, pero en realidad te das cuenta de que parte de nuestra virtud son las imperfecciones y llegas a temas como la memoria o el olvido demasiados perfectos. No comprendemos que las distracciones de la memoria son parte de nuestra organicidad y que la obsesión por el almacenamiento no mejora ese mecanismo, sino que de alguna manera lo desmiente y lo confronta.

El tema económico es importante en tus crónicas y cuentos pues no todos pueden tener acceso a los cambios tecnológicos de forma inmediata, volviéndose un mecanismo para obtener un mayor prestigio social. ¿Llegaremos a un punto de hartazgo de estar subyugados a la obtención de lo más novedoso?

La tecnología en cierto momento se vuelve democrática. Hay una parte de ella que llega y cala a un nivel no tan esperado, como en algunas comunidades nativas de Ecuador, por ejemplo, que utilizan cantos para anunciarse cosas y lo hacen vía mensajes de voz por Whatsapp. A pesar de que no existan los recursos muchas veces, se busca igual que la tecnología esté presente.

La literatura de ciencia ficción si bien es criticada muchas veces de tener cierto aire clasista al imaginar que todos accedemos a la tecnología de manera similar, hay varias maneras de contrarrestar dicha afirmación. Los fenómenos de las redes y la posverdad  por ejemplo, son globales e inciden de manera directa en países como el nuestro, copiados al modo latinoamericano, generando una narrativa alterna y haciendo posible que las élites sigan controlando el estado de ánimo y los signos de la época, algo fuerte pero cierto al final.

En tus cuentos uno percibe que lo más peligroso que la pérdida de la memoria es su adulteración. Y si la narrativa oficial de una sociedad estaba antes bajo el poder del Estado, hoy parece bajo el control de una hidra económica sin una sola cabeza visible que edulcora el pasado.

Uno de los principales efectos de la posverdad es la presencia de relatos alternativos y en un futuro, también la de realidades alternativas. Eso sí me queda claro. Alguien que ahora tenga veinte años, tendrá versiones de la Historia cuando envejezca, que serán falsas y que otro no tiene. ¿Por qué? Por cierta dirección que toma ahora la información. Está el caso del “efecto Mandela”, por ejemplo, en el que muchas personas pensaban que había muerto en la cárcel y defendían esa posición con mucha energía. Y lo que describe este efecto es que una colectividad pueda recordar un hecho distinta a otra, teniendo una memoria en conjunto completamente distinta al resto, lo cual no es tan difícil teniendo los medios de comunicación adecuados y la posibilidad del contagio de información.

A lo que yo juego un poco en mis cuentos es a exponer la idea de la felicidad como un móvil para imponer una idea. Cómo el hecho de tener cientos de miles de imágenes te permite editar el pasado del modo que quieras, incluso con un algoritmo que te permita “eliminar” hechos traumáticos o tristes de tu vida, o hacer cómputos de tus experiencias diarias, como una especie de curaduría de tus recuerdos. Y está la contraparte que también muestro de usar esta edición para amenazar a alguien y realizar crímenes con archivos específicos de tu pasado.

En “Valentina en las nubes” y “Elefantes blancos” hay un miedo generalizado al futuro, de enfrentar lo que va a venir, lo cual muchas veces se termina convirtiendo en un insumo capitalizable para la Industria. ¿Qué tan presente lo ves en tu generación?

La nostalgia es la constelación de recuerdos de los momentos en los que soñábamos en lo que todo era posible, pero con los años esa constelación pasa a ser el instante de felicidad en sí. Es el engolosinamiento de la memoria. Como nos pasa con los ochenta por ejemplo. Así que más una época, es una idealización que ocurre posteriormente que la industria ayuda a promover a través de la música y que ocurre en las listas de Spotify, cuando uno las arma y luego esta plataforma te ofrece otra “ideal para ti” o Sublime que vuelve a sacar nuevas ediciones de su producto cada cierto tiempo. Y ello lleva a preguntarse mas bien qué es lo que se está yendo en la competencia desleal de memorias y por qué algunas de estas se vuelven más férreas y acaparan más espacios en uno. La virtualidad a futuro generará más distorsiones debido a la modificación de la experiencia física además.

En “Botón de emergencia” me llamó la atención que se muestre cómo alguien puede lograr el poder político defendiendo causas que siendo válidas no son las más trascendentes. ¿Es una especie de desazón y anhedonia de la población que responde de manera emotiva a las propuestas que se les ofrecen?

Lo que lo retiene en la burocracia a muchas personas es el atractivo del poder, lo cual también se presenta en el caso tecnológico.  Y en el cuento lo que abordaba era esa especie de rutina mecánica de llamar a elecciones. Muestro sobre todo el afán por lograr ungir a alguien como el ser perfecto, aquel que atrae todas las simpatías, lo que uno ve en Instagram siempre de manera obsesiva. Hacer esa historia fue un divertimento sobre el tema del destino, sin tratar de proponer una solución a esta realidad dentro del marco de la ficción.

En el cuento que presta su título al libro tocas el tema de la expropiación de los recuerdos, pero si uno ve la realidad uno aún no ve una paranoia generalizada por esta situación, como si estuviésemos sedados en general. ¿Cómo lo percibes?

Es por el tema de la felicidad sobre el que hablábamos antes. Yo por ejemplo no tengo activada ninguna de las opciones de recuerdos de Facebook y a veces me preguntan las razones, a lo que respondo que el único curador de mi memoria soy yo. Y a mucha gente le encanta que Facebook haga esto, así sea una máquina que procesa una serie de hechos tuyos de manera automatizada. Pero surge la interrogante de cómo controlas miles y miles de fotos que lleva a la gente a preferir dejárselo encargado a alguien más, además del hecho de que las redes sociales te llevan a estar al día con tus afectos.

De todas maneras sí creo que surgirán olas de paranoias colectivas, primero en lugares más centrales y desarrolladas y que aparecerán empresas que te administren tu contenido digital, con términos mucho más claros que Facebook.

¿Cómo fue el proceso de documentación científica para la realización de estos cuentos?

Todo empezó cuando estaba escribiendo la novela anterior y me interesó el tema de la memoria llegando primero a textos de psicología y luego a aquellos más específicos vinculados a la neurociencia, los cuales me puse a leer con mucha curiosidad, fuente de la disciplina y el rigor la mayoría de las veces, al punto que me metí a un curso del doctorado de este tema. Suelo leer papers sobre este tema, lo cual  muchas veces resulta gracioso al notar cómo se muestran descubrimientos que en cualquier otro contexto serían terribles, como si fuera lo más normal del mundo (risas). Así pude descubrir que muchas de las cosas que nos hacen humanos tienen una mediación física, y también poder descartar otras ramas pseudocientíficas como el neuromarketing. El borrado de memoria que aparece en mis cuentos, por ejemplo, es un fenómeno que se pueden explicar desde lo físico, con estudios que empezaron en los años cincuenta y sesenta con babosas de mar, y que con el trascurrir de las décadas hicieron  posible llegar a importantes conclusiones sobre las conexiones de los recuerdos y que la mejor forma de volver robusta una memoria es usándola así se generen distorsiones de manera colateral.

En tu crónica para Radio Ambulante abordabas a un personaje crucial que se adelantó a su época al trazar un mapa de las calles de Lima, por lo que en dicha línea me gustaría consultarte por aquellos autores que han cartografiado el futuro y te gustaría recomendar.

En Latinoamérica me gusta mucho lo que ha hecho Liliana Colanzi en su libro “Nuestro mundo muerto”, con distopías estupendas, el argentino Martín Castagnet y el colombiano Christian Romero. Y en Estados Unidos, Adam  Johnson con su libro “Fortune Smiles”, que tiene un par de cuentos maravillosos.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

lunes, 17 de septiembre de 2018

Reseña: “Memorias de una osa polar” de Yoko Tawada



Anagrama, 2018. 296 pp. S/. 79

“Mi voluntad de vivir residía básicamente en las garras y en mi lengua”, confiesa una osa polar en la primera página de su diario reduciendo sus ganas de vivir a defenderse y tratar de comunicarse con quienes le rodean cada vez que puede. Si ya para muchos es cada vez más difícil adaptarse en un mundo cada vez más competitivo, ¿se imaginan hacerlo siendo una especie en extinción? Yoko Tawada (Tokio, 1960) esboza una fábula en tres actos en las que se pregunta cuáles son aquellos rasgos de nuestra humanidad que solían ser inherentes y fuimos olvidando o defenestrando, siendo la vulnerabilidad y el miedo los rasgos que aún nos hermanan en los escenarios menos favorables.

“Estudios sobre la nieve” sería una mejor traducción del título en alemán de esta novela, y aclararía mucho mejor la trama de esta novela, en la que abuela, madre e hijo osezno van narrándonos su devenir en el mundo de los humanos, en el que transitan de manera incierta alejados de la nieve del Polo Norte, su hábitat ancestral y cuya imagen aun así se encuentra enraizada en lo más profundo de su consciencia. Tawada usa los recursos de la fábula con un planteamiento el en que no se termina de definir de forma clara  la situación de los osos polares, a veces encerrados como cualquier animal doméstico, trabajando en un zoo sin hablar la lengua de los humanos y en otras interactuando con el público alrededor suyo como cualquier adulto común y corriente. Aún así logra, sobre todo en la primera y tercera parte darle fluidez a su propuesta, que goza de muy buenos momentos y lúcidas observaciones sobre distintos campos sociales, como el sector editorial o el ámbito académico:

Las reuniones son como los conejos: La mayoría de las veces solo sirven para concluir que hay que celebrar otra reunión. Se multiplican rápidamente. Y si no se hace nada para remediarlo, se vuelven tan numerosas que no somos capaces de satisfacer la demanda, por más que cada uno sacrifique a diario la mayor parte de su tiempo con más reuniones. “(pág. 21)

O la necesidad vital por comunicarse:

En mis oídos comenzó a crecer moho, porque ya nadie hablaba conmigo.” (pág., 46)

Y si bien por ratos  la narración deja al descubierto el afán de la autora por moralizar y denunciar mucho de los males que fueron intensificándose en el siglo XX, con un tono progresista que amenaza con romper el hechizo de la ficción, el libro se salva  por el manejo destacado de las voces por parte de Tawada, recurso en el que se apoya para mostrar los sentimientos de los oseznos al reflejarse en humanos que al igual que ellos, no se sienten parte de un mundo en el que no cumplen con los requisitos de “normalidad” que se busca por parte de ellos. Y no lo hace en un tono exclusivamente melancólico. Resulta hilarante por ratos lo ridículo que son muchas de las actitudes de nuestra especie y el narcisismo provocado por nuestra evolución, exhibido por ejemplo en la desesperación de muchos por extender su legado más allá de la muerte: “Me decepcionó comprobar cuántas autobiografías voluminosas existían ya. Llenaban por completo los diez pisos de aquella estantería. Al parecer, la autobiografía es el género que escribe cualquiera que sea capaz de sostener una pluma” (pág. 59); el afán de subyugar a su prójimo: “Los seres humanos me intentaban vender su generosidad demasiado a menudo, con el único fin de manipularme mejor.” (pág. 69); o nuestra tendencia a la autodestrucción: “El Homo Sapiens no está hecho para el combate, debería emular a las liebres y los ciervos y aprender las virtudes y el arte de la huida. Pero el combate y la guerra le encanta. ¿Quién ha podido crear una criatura tanto tonta? Hay personas que afirman ser la imagen de Dios. Eso sería una ofensa para Dios.” (pág. 79)

Y así uno podría seguir mostrando extractos de este libro que sin ser deslumbrante, tiene momentos de una belleza literaria que hacen que valga la pena su lectura. Para leer con un lápiz en la mano.

(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")


domingo, 19 de agosto de 2018

Reseña: “Ámok” de Giacomo Roncagliolo


Pesopluma, 2018. 226 pp. S/.39

A veces es mejor hacer una pausa para leer ciertos libros. Quise comenzar esta nueva novela en medio del fragor de la pasada feria, entre entrevistas, presentaciones y conversaciones con amigos y amigas, pero no pude. No conectaba ni enganchaba. Y es que esta primera novela de Giacomo Roncagliolo (Lima, 1989) tiene un arranque desordenado, poco claro. Había que tenerle paciencia. Y si escribo esto es porque el segundo intento funcionó.

Era difícil encontrar, al menos dentro de lo que he venido leyendo en los últimos años en narrativa peruana, una historia que tenga la atmósfera de las películas de carretera de clase B, sin localización definida y en las que no se encuentra una ansiosa necesidad de moralizar. Roncagliolo nos presenta a X, un protagonista cuyas deficiencias para recordar su pasado de manera fiable lo hacen alguien atractivo para ser un ámok  con el que se identifica a una nueva especie de forajidos responsables de crímenes en una sociedad sin rumbo, perdida como el protagonista, quien llevado por una inercia bien esbozada se deja llevar por los mandatos de las personas que forman parte de su nuevo círculo, motivado por su afán de pertenecer a un colectivo luego de abandonar a Nía,  antigua pareja y cable a tierra.

Ese abandono a las circunstancias por parte de X y la búsqueda por adaptarse mientras se mantiene a raya al monstruo que habita en su interior, es uno de los principales logros de Roncagliolo en esta novela, en las que hay una sensación de los personajes principales por tener metas, propósitos, individuales o colectivos,  que les permitan adherirse a algo, ya sea un amor, un deseo, un sueño, una mujer, un reconocimiento, más que cuando intenta dotar a X de una densidad solemne, de pasado trágico con una santa figura maternal que desvirtúa la interrogante universal que recorre toda la novela: ¿es posible comenzar nuevo? Buscando esa imposible respuesta es cuando “Ámok” presenta sus mejores páginas.  Eliminar el pasado y desaparecer pero pasando a ser pieza esencial de un grupo mientras se está a la expectativa de vivir aventuras, crear nuevas relaciones en base a códigos extraños que sirven de enlace con personas a los que uno les será necesario en determinando momento, y mantener la capacidad de disfrutar realidades alternas mediante el sueño.  Sobre todo este último puente, borroso, apenas definido, determinante en el tramo final de la novela, es el que mejor expresa esa ambigüedad y vacilación constante de no saber qué es lo real, cuál es la dimensión común con las demás personas y la certeza con la que uno se suele conducir por la vida para no caer en el delirio, uno de los miedos de X.

Como la mayoría de primeras novelas, en “Ámok” hay frases manidas, una aglomeración de distintos temas que no terminan por integrarse o escenas que no funcionan, pero hay una apuesta. Y no se trata solo de saludar una buena intención, sino que los riesgos son suplidos en muchas de las páginas del libro, cuyo ritmo vertiginoso y alucinatorio en muchos tramos son dignos de destacar. Sí, habrá que leer los libros que Roncagliolo entregue después, pero comencemos por este.



(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")

jueves, 9 de agosto de 2018

[Entrevista] Carlos Torres Rotondo : “La crítica directa al sistema, en general, estuvo ausente”

Planeta acaba de publicar hace unas semanas una nueva edición de "Demoler: el rock en el perú 1965-1975" de Carlos Torres Rotondo, crónica en la que se intenta rescatar aquellos años en los que la juventud peruana de ese entonces, produjo la que para muchos fue música más original e innovadora de América Latina. En Punto y Coma pudimos conversar con él brevemente al respecto. 

¿Si el rock en el Perú entre 1965 y 1975 era de altísima calidad por qué no tuvo un impacto en los demás países de la región de manera masiva? 

Por supuesto tuvo impacto en el continente. En los países del Caribe y en algunos otros como Paraguay, Ecuador o Bolivia no tanto; pero en Brasil, México y Argentina se crearon escenas tan grandes como la nuestra. Los grupos mexicanos no alcanzaron un nivel musical tan alto como el nuestro, hay que decirlo. En Chile y Uruguay no hay tantos representantes a nivel cuantitativo, pero sí a nivel cualitativo. 

¿Qué tan correlacionado estuvo el rock en esa época con el apasionamiento político de dicha época? 

Los músicos no fueron progresistas a nivel político y no hubo ningún acercamiento con la Nueva Izquierda. Hubo, sí, un rechazo a la dictadura velasquista que se vio expresado a nivel de letras en canciones específicas. La crítica directa al sistema, en general, estuvo ausente. 

¿Cuál es la perspectiva melómana hoy en día de la significancia del rock de esa época? 

Los entendidos lo valoran como una de las mejores expresiones culturales de la época; los aficionados al reggaetón desconocen su existencia. 

¿Cuáles son los elementos de la escena de dicha época que perduran como tradición hasta nuestros días? 

Las condiciones de producción, distribución y consumo han cambiado. Sí se han reciclado elementos musicales de la época y los nuevos músicos han acabado por conocer la existencia de esta tradición y saben que forman parte de una continuidad. 

¿Cómo ha sido la experiencia de revisitar Demoler para esta edición? 

El nuevo Demoler es un nuevo libro con el mismo índice que la edición anterior. He entrevistado al cuádruple de personajes y he vuelto a hablar con los que participaron en la primera. Hay una nueva estrategia narrativa: ellos hablan de manera directa y confrontan sus distintos puntos de vista con una mediación mía mucho menor. 

Finalmente, ¿Por qué no tuvimos “la banda” como Soda Stereo en Argentina o “Los prisioneros” en Chile? ¿Cuál pudo ser? 

No tuvimos un gran frontman, un gran vocalista y un gran compositor de canciones pegajosas. Pudo ser Pedro Suárez Vértiz, pero como suele suceder en el Perú, pudo ser.

(Entrevista publicada en el portal web "Punto y Coma")

jueves, 2 de agosto de 2018

[Entrevista] Arelis Uribe: “El arte siempre surge de una inquietud personal”


Al escribir desde la disconformidad con muchas cosas, uno corre el peligro de quedarse estancado solo  en sus buenas intenciones. Arelis Uribe, joven periodista chilena, enfrentó ese riesgo con “Quiltras” (Los libros de la Mujer Rota, 2016) , entregándonos unos relatos en los que el valor literario se percibe de buena manera haciendo posible que no sean pocos los lectores y lectoras quienes se hayan identificado con dichas historias. Como demostración están las sucesivas ediciones que ha tenido el libro, que se hizo acreedor además del Premio a la Mejor Obra Publicada en 2017, categoría cuento. Arelis ya había resultado finalista del concurso de cuentos de la revista Paula y  ganado el concurso Santiago en 100 palabras con el cuento “Lionel”. La intención era conversar sobre dicho libro, pero la entrevista se terminó extendiendo lo cual siempre es un imprevisto que se agradece.

Yo no hablo inglés / vivo en un barrio que no es burgués, es el epígrafe de Supernova que acompaña a “Quiltras”, lo cual indica que desde el inicio ya hay una toma de posición frente a la problemática de la marca de clase. ¿ Cómo se hace literatura a partir de dicho fenómeno sin caer en el tono sociológico?

Alguien me dijo que era a través de la estética y yo también creo que es así, porque al final mis cuentos recogen vivencias que responden a los mismos tópicos de siempre, pero con la singularidad de que estas ocurren en el contexto social del que yo provengo que es el de la clase media baja chilena. Las cosas que le pasan a todo el mundo pero en un contexto específico. Y se puede oler, se puede palpar, se puede reconocer dicha realidad por la ambientación que está en los cuentos.  Son chicas que cuando  salen de su casa no se suben a una limusina, sino que caminan solas de noche, andan en transporte público o viven en casa pequeñas o cuyos padres  tienen un fenotipo de gente trabajadora. Y es a través de dichos detalles que es posible identificar la procedencia social de los personajes.

En el discurso de lanzamiento de “Quiltras” afirmaste que estudiar arte es un lujo burgués. Lo que me lleva a interrogarte por cómo un campo que debería oponerse al sistema burgués, termina siendo un capricho de este.

Ahora con el tiempo me he dado cuenta de que probablemente cualquier persona puede estudiar arte. El tema es que hay artes que son caras y las que no lo son tanto. Por ejemplo el teatro es un arte caro en general (a excepción del de estilo brechtiano). En  la otra orilla estaría la literatura, en la que solo se necesita un lápiz y conectarte con tus emociones. Entonces creo que hay arte de resistencia, arte en todos los sectores sociales, lo cual hace que ya no me reconozca mucho en dicha frase.  En lo que sí me reafirmo es que generalmente, los privilegios y facilidades para poder acceder a cualquier cosa,  los tienen la gente adinerada. Asi que sigo pensando lo mismo pero de una forma un poco diferente.

Algunos lectores califican que “Quiltras” es también un libro sobre la adolescencia. ¿ Cómo fue el proceso de trasladar los desbordes emocionales  de dicha etapa a los cuentos?

Empecé a experimentar con la ficción porque venía escribiendo muchas columnas de opinión y haciendo trabajo periodístico  y un día decidí que quería indagar en otros formatos, por lo que me puse a escribir cuentos. Y lo que hice en ellos, fue escribir reportajes de ficción o reportajes de mentira, por lo que las acciones que ocurren allí son una mezcla de cosas que me pasaron a mí, a mi familia, a mis amigas y cosas que vi en otros lugares o que leí de referencia, en una especie de robo gigante mezclado.

Y eso se conecta con el tema de la adolescencia, porque para “Quiltras” me puse a recordar, a recordar en falso.  A construir una “memoria falsa”, como califica Álvaro Bisama al proceso de crear literatura, por lo que creo haber escapado al peligro de lo caricaturesco al haber mucho de biografía, mía y de otras personas, y escenarios que son reales,  en conjunto con nudos y conflictos inventados. Los accidentes principales que ocurren en los cuentos no son cosas que me hayan pasado a mí necesariamente, pero que intenté  que en el libro parecieran reales. Incluso hay un cuento con una chica lesbiana y siempre me pregunta por quien es en la vida real y yo solo me río y no respondo (risas).

Lei vi en Goodreads  los comentarios de algunos lectores que valoraban el retrato de los jóvenes actuales que viven en los bordes, al margen del centro de la movida económica. ¿Sentiste en algún momento el riesgo de que las historias sonaran a  un contexto social particular e individual y no a algo que ocurre de forma más general?

 Creo que el arte es su origen es un ejercicio solitario y surge de una inquietud personal, pues aún cuando a veces converso y discuto con otras  personas sobre ello, siempre es algo interior. Y este resentimiento de clase que yo tengo, porque en algún momento de mi vida fui muy pobre y vi a mi mamá trabajar mucho por una miseria de plata, siento que es genuino. Y si lo siento, ¿por qué va a ser poco válido? Si lo siento, es real.

Y cuando publiqué el libro y otras columnas que siempre son como muy “atrincherados”, me di cuenta que no pocas personas pensaban o se sentían muy parecido a mí y lo verbalizaban con otras palabras, lo cual pienso que es la magia de la literatura y el arte al final. Demostrarte que en eso que sientes, no estás sola, que hay otra gente que ha sentido lo mismo y lo sintió primero y ya lo escribió.

Las relaciones lésbicas se muestran en tu libro con naturalidad y no como una desviación como lo exponen otros textos. Basta leer la primera escena de “Ciudad desconocida” para darse cuenta de ello, con dichas sensaciones presentes en la infancia como algo natural hasta que llegan los adultos a interrumpir esa inocencia provocando un corte, una interrupción. Ello me lleva a preguntarte por las familias chilenas y cuan conservadoras siguen siendo como institución.

Algo que no he dicho mucho es que este libro toca mucho las relaciones íntimas: una chica con su prima y su familia, otra con su novia que conoce a la familia cuica o una con su mejor amiga del colegio. En el libro hay muchas relaciones de pares. Y lo que busqué retratar es que lo personal es político, estando muy convencida de esa consigna. Estamos muy acostumbrados a criticar siempre a alguien más, pero no a nosotros mismos.  Cada vez que veamos a Trump comportarse como un imbécil, por ejemplo, la mejor pregunta que podríamos plantearnos  de vuelta es qué tan imbéciles como Trump podemos llegar a ser.

Así que me preguntas por las familias y  yo respondo que sí, siguen siendo conservadoras. Las instituciones están construidas por la forma de sentir de las personas que las conforman en ese momento. Está todo conectado, y lo macro y lo micropolítico están concatenados y en la medida que cambie uno podrá cambiar el otro.

Hablando de micropolítica, otro espacio en el que se pueden dar estas segregaciones de las que venimos hablando son las instituciones educativas. A nuestro país llegaron las noticias de las marchas de los estudiantes, de las protestas por las desigualdades que se pueden hallar al interior de las aulas y otros ambientes. ¿Cómo lo viviste tú?

He aprendido en Chile y otros países en los que he estado que por lo general son los estudiantes quienes son puntas de lanza de los movimientos sociales. Después de la época de la dictadura, la adultez se “enchanchó” como se dice en Chile y fueron los jóvenes y las jóvenes quienes empezaron a levantar el tema. Y  en el 2011 que  se dio lo que se conoce como la “revolución estudiantil”, yo justo había salido de la universidad y me daba rabia mientras me decía que por qué no me atrasé un año, que por qué no reprobé un par de materias (risas), así que lo viví como testigo aunque involucrándome inevitablemente pues el movimiento surgió a partir de que distintas personas se dieron cuenta de que su dolor personal era también colectivo.

El sueño de seguir una carrera universitaria genera que las familias se endeuden hasta el tope, y la mitad de las familias chilenas padecen dicha situación. Se supone que la educación es un derecho y no un bien de consumo. Eso explotó, resultando imposible no identificarse con esa lucha. Incluso yo estoy con una deuda aún y sigo pagándola y parece que nunca voy a terminar de hacerlo.

Eres una declarada feminista, a pesar de que no haya una manera unívoca de definir dicho término. Este movimiento ha tenido significativos avances frente a décadas pasadas pero ¿ cómo crees que estos gestos de disconformidad social se trasladen a una efectiva acción política del Estado y otras organizaciones?

Creo que se relaciona a lo que hablábamos de lo micro y lo macroestructural y de las instituciones grandes versus las pequeñas como la familia, la amistad o incluso el amor, y cómo ello está ligado a la toma de conciencia política de una persona acerca de ciertos comportamientos. Lo que están denunciando las jóvenes hoy en Chile es que al interior de las universidades que se suponen son los espacios de mayor progresismo, ocurren abusos sexuales, violaciones, hostigamiento de los profesores y estudiantes hacia las compañeras, o discriminación por homofobia, así que nos vamos dando cuenta que no importa dónde estemos ubicados como seres humanos, parece que la violencia la vamos a reproducir igual. De todas maneras pienso que micropolítico es más fácil de “mover” y las instituciones irán cambiando, siempre y cuando este proceso sea permanente.

La llamada “marca de clase” está presente incluso al interior del movimiento feminista y este es en muchos casos aprovechado por cierta gente que lo ve solo como una industria económica. ¿ Es posible sortear ello?

Difícil.  Hay un gran concepto que ha traído el feminismo que me gusta mucho y es la denominada “interseccionalidad”. Siento que las personas somos un asterisco atravesado por distintas cosas que nos constituyen como identidad. Y esas cosas son sobre todo relaciones. Una no flota sola en el espacio y siempre está en relación a algo. Si soy mujer es porque no soy hombre, si soy bisexual es porque no soy heterosexual, si soy chola es porque no soy blanca.  Son todos esos elementos las que la constituyen a una. De lo cerca que esté al centro, que es el lugar privilegiado, o a la periferia que es la identidad de resistencia, va a depender la toma de posición que una tenga. Creo que el feminismo autobiográfico depende de todas estas variables que construyen la identidad por lo que no me parece extraño que choquen y que cada una de las heterogeneidades que existan en el movimiento, tenga su propia agenda y que estas choquen entre sí. Es lo más normal. Es la diferencia lo que nos constituye y para mí la política es el ejercicio de estar administrando las diferencias permanentemente.

Cuéntanos un poco sobre “Que explote todo”, una recopilación de columnas tuyas. ¿Cómo fue este proceso de revisarlas, de leerlas de nuevo?

¡Horrible! (risas) Veo los textos antiguos y me pregunto por qué escribía así, con qué convicción decía cosas con la que ya no estoy de acuerdo. Pero es una locura porque veníamos hablando de las diferencias, y te das cuenta cómo esta variación puede ser contigo misma incluso. Hay una frase de un famoso jugador chileno que dice “no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso.” Y si la analizas, es cierta en muchos momentos. A veces pienso algo y a los pocos segundos me doy cuenta de que es un pensamiento obsoleto, pero solo me puedo dar cuenta de ello porque ya lo pensé. Uno tiene que hacer ese recorrido oscuro y terrible para poder cambiar y ese es el ímpetu del libro. Es una bomba contra todo con lo que estoy disconforme pero también en parte contra mí misma.

Como dices, uno a veces se encuentra en permanente cambio, incluso en lo que respecta a las creencias. Pero siempre termina habiendo algo a lo que es posible aferrarse, algo que permita salvarnos por así decirlo. En lo que respecta a lo literario, ¿cuáles han sido aquellas lecturas que siempre han estado presentes, que han sido determinantes?

Me han formado mucho los periodistas y cronistas. Yo soy periodista y las primeras experiencias que tuve en la literatura vinieron de dicho campo como las crónicas y las entrevistas. Figuras como Alberto Salcedo Ramos, Daniel Titinger, Gabriela Wiener, Ivonne Toro, Juan Pablo Meneses o Gabriela García,  que me permitieron entrar al alma de las personas, narrándolas con una habilidad magistral, fueron muy especiales para mí.

Y de lo literario me gustó mucho leer a Bolaño, Lemebel,  Amelie Nothomb, Alma Guillermopietro, Julián Herbert, Julio Ramón Ribeyro, Claudia Apablaza y mucha otra gente. Y después me puse a leer a mis contemporáneos para escribir y ver que se venía haciendo, como a Rodrigo Olavarría o Romina Reyes, encontrando mucha belleza en lo que  hacían  y que no era algo imposible de hacer. Y ahora último me he encontrado con escritoras feministas que me parecen estupendas como Rebeca Solnit,  Virginie Despentes. En Chile me gusta lo que hace Javiera Tapia que es contemporánea mía. Así que es mi camino de lecturas es ese, recorriendo lo periodístico, lo canónico, lo contemporáneo y lo feminista.

Por último,  recomiéndanos un libro y un disco que te haya impresionado recientemente.

Me gusta mucho lo que hizo Fernanda Melchor en “Temporada de huracanes”, un libro de párrafos largos y que suenan fuerte, con una oralidad mexicana intensa y feroz. Me encanta esa sensación que transmite. Y en cuanto a discos, el último que me tocó el corazón fue “Loza” de Niña Tormenta, especialmente una canción llamada “Lo que dejo”.


(Entrevista publicada en el portal web "Punto y Coma")




sábado, 28 de julio de 2018

[Entrevista] Marcos Giralt Torrente: ““Cada vez hay más formas de concebir el matrimonio””


Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) debutó en 1995 con la colección de cuentos Entiéndame, a la que siguieron, entre otros libros, las novelas París (Premio Herralde de Novela) y Los seres felices. En 2010 publicó la novela autobiográfica Tiempo de vida, uno de los libros más influyentes de los últimos años, y en 2011 ganó el Premio Internacional de Narrativa Breve Rivera del Duero con los relatos reunidos en El final del amor. Pudimos conversar con él brevemente durante su paso por la Feria Internacional de Libro de Lima.

Foto: Anagrama Editorial
En “El final del amor” hay una frase que me gustó mucho: “La locura es llevar tantos tiempos juntos, habiéndonos destrozado la vida”. Dicho libro de cuentos apareció poco después de “Tiempo de vida”, hermanados por la presencia de la familia, ya sea disfuncional, en crisis o inmersa en la búsqueda de sobrevivir a la disolución del amor. ¿Cómo se relacionó la escritura de ambos libros? ¿Fue en paralelo?

-          “El final del amor” fue una desintoxicación, por decirlo de alguna manera, del “yoísmo” de “Tiempo de vida”. A pesar de que en toda mi narrativa siempre está  la figura de un narrador en primera persona, en este ultimo libro era la primera vez que ese “yo” coincidía conmigo. Así que después de la intensidad, del reto de la escritura, por lo novedoso de escribir desde esa primera persona real, necesitaba volver a la ficción, lo cual salió de una manera muy natural, muy rápida, lo que dice mucho del nivel de intoxicación que tenía antes (risas). Y sobre lo otro, sí, todas mis ficciones orbitan alrededor de la familia, de hecho ahora mi siguiente libro que saldrá por Anagrama, “Mudar de piel”, gira en torno a ese tema

 “Creo que mi padre no soportaba a mi madre, pero también que siguió enamorado de ella durante muchos años” es otra frase que sale en el libro de cuentos, lo que me lleva a consultarte sobre la institución del matrimonio como símbolo social y cómo ha variado en España durante los últimos años.

-No tengo cifras acerca de ello, pero lo que sí es un hecho es que cada vez hay más formas de concebir el matrimonio más allá del heterosexual y bendecido por la iglesia. Ahora mismo hay familias más plurales y amplias en todo el mundo, y en ese sentido me siento orgulloso que España haya sido pionera en el reconocimiento del matrimonio homosexual. Las variedades de las familias hoy son infinitas lo cual no quiere decir que antes no lo fueran también, sino que antes era  más soterrado y clandestino. Y eso es parte de la realidad sobre la que yo escribo, contra una visión estereotipada y maniquea que hace pensar que todos los matrimonios han de ser felices o desgraciados absolutos, sino que hay matices. Puedes estar muy enamorado de una persona y no soportar vivir a su lado, siendo ese tipo de paradojas son las que encienden mi necesidad de escribir o mi indagación sobre la realidad, que es al final como concibo la  literatura, como una investigación acerca de la realidad.

Han pasado ocho años de la publicación de “Tiempo de vida” ¿ Qué representa dicho libro en tu obra, ahora?

-          Soy un escritor lento, concienzudo. Me demoro mucho entre libro y libro, por lo que no me gustaría destacar uno por encima de otro ya que todos son como piezas únicas (risas). Pero “Tiempo de vida” es un libro que me ha dado muchas felicidades, pues ha sido uno de los más reconocidos, premiado en España e Italia, y el más vendido, lo cual tampoco hay que ocultarlo (risas). No lo he releído. Para mí fue un reto necesario el hacerlo, no tanto por una necesidad autoimpuesta de tipo terapéutico, sino convencido de que era una buena historia y así lo sigo creyendo.  Mi libro fue tomado con mucha generosidad por escritores que han tomado el testigo, reconociendo esta influencia, lo cual siempre agradezco..

¿Cómo ves la labor del crítico hoy en día, tú que la has ejercido por muchos años, en un panorama donde agobiados por la instantaneidad los libros aparecen y desaparecen de los estantes con una velocidad impresionante?

-           Desgraciadamente, antes que llegásemos a esta crisis donde  parece que no hay pausa ni tiempo para hacer nada duradero, viviendo por la dictadura de lo novedoso, multiplicado por las redes sociales y en el que se ve afectado los periódicos y hasta la literatura, pues en mi país, España, no había un espacio real para la crítica. Había crítica universitaria muy metida en su mundo y desconectada de la literatura que se venía escribiendo, y luego  estaba el reseñismo de los periódicos, pero no había ese lugar intermedio como sí hay en Estados Unidos, con esas grandes reseñas. que le permitían a uno entrar a fondo con un libro. De manera que veo este estado de las cosas  con mucha preocupación, pero siendo consciente que se remonta a más tiempo. Hemos perdido el tiempo de reflexión en la sociedad contemporánea y el futuro no augura cosas muy buenas. El pensamiento crítico es necesario y necesita apoyarse en la lectura y ciertos escenarios culturales que cada vez son más deficitarios,  donde prima lo espectacular o novedoso, de lo verdaderamente engarzado con una tradición y hecho con sentido.

Libro recomendado por el autor: “Apegos feroces” de Vivian Gornick

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

Reseña: “Días laborables” de Diego Otero



Literatura Random House, 2018. 140 pp. S/.49

Hay autores que ejercen una fuerte impronta en uno, un quiebre en la manera de concebir la literatura (y tal vez la vida) al punto de provocar la escritura de una obra que les rinda homenaje como el que, a mi parecer, ha hecho Diego Otero (Lima, 1973) a la figura de Jorge Varlotta, mejor conocido por todos sus lectores como Mario Levrero, en su primera incursión en la narrativa.

El desaparecido escritor uruguayo dejó libros que intentaron escapar de los moldes de su época, cómoda en la extrañeza que provocaba,  pero en la que es posible identificar algunas etapas, con sus luces y sombras,  percibidas de manera latente en la novela de Otero. El protagonista es un oficinista, subgerente de Recursos Humanos (o inhumanos, mejor dicho), que se acaba de mudar a un edificio con unos vecinos enigmáticos, se encuentra en el epígono de su relación amorosa a distancia y su rutina radica en no hacer más que lo suficiente para mantenerse en su puesto de trabajo. Pero la llegada de un dúo brasilero de dudosa procedencia  a la compañía, con el objetivo de poner en marcha una “reingeniería organizacional” empieza a resquebrajar su estado de ánimo al punto de poner a prueba, no solo sus aptitudes para la función que desempeña, sino su capacidad de acomodarse a las nuevas y adversas circunstancias que se le presentan y frente a las que debe decidir si actuar o no.

Levrero fue un fiel lector de la obra de Kafka y Carroll, presentes de marcada manera sobre todo en sus primeros libros, y cuyos elementos también se hallan en esta novela. Del checo, nos encontramos con ese sujeto al que parece venírsele el mundo encima de un momento a otro, como si todos quienes lo rodearan se hubiera puesto de acuerdo para hacerle la vida imposible, sobre todo en el cada vez más agobiante mundo de la oficina, conjugado con el legado del autor de “Alicia en el país de las maravillas” a través la ruptura de la monotonía de la realidad con la evocación de un disparatado mundo onírico y la transformación de la realidad en un juego,  ¿Te gusta jugar?”  (pág. 38) le pregunta Marconne, uno de los dos brasileros al protagonista, como amenaza velada y que funde de disparador de las acciones , sosteniendo la intriga durante las poco más de cien páginas y la cruzada del hasta ese momento, apático personaje. ¿Debe cambiar su forma de responder a la adversidad?¿Es posible resistir o postergar esa decisión “hasta algún punto extremo” (pág. 27)? ¿Hasta qué punto es posible seguir siendo un Bartleby, y negarse, soportando la anhedonia como se muestra en pasajes como el que sigue?

“A veces, especialmente durante los últimos años, todo se me hacía tedioso y desagradable, y me desesperaba; entonces venía la sospecha de que adentro de mí estaba incubándose  una criatura huidiza y rabiosa. Pero luego me olvidaba y me quedaba pegado en alguna cosa que encontraba en Internet. O me levantaba del asiento y permanecía quieto frente al paisaje de cubículos, cabezas bien peinadas y luces fluorescentes.” (pág. 17)

Es en esa confusión sobre qué es real y qué no, que la novela logra sus mejores escenas con alegorías humorísticas  a la competencia desmedida y el abuso consentido como se vislumbra en los pasajes del show de los monos, cuyo montaje de domesticación laboral se usa como ejemplo de lo que se puede lograr si se inserta en el inconsciente de los trabajadores aquellos mantras llamados “competitividad” y “productividad”. Sin llegar a lo didáctico,  Otero parodia el mundo oficinesco, apoyándose en otros personajes exagerados, pero bien esbozados, como la practicante hipersexualizada o el empleado despedido que encuentra su vocación en la penuria del despido.

Pero este homenaje, también refleja los elementos pulp de sus obras menos logradas como “La banda del ciempiés” y “Nick Carter”, al acumular otros personajes sin propósito alguno, que no aportan mucho a la novela, como los gángsters con los que el protagonista se ve obligado a hacer trato o los vecinos del cuarto piso del edificio donde vive, cuya irrupción no termina de ser lo simbólica que parecía buscar Otero, presentes tanto al inicio como al final del libro. Simbólico sí es el recuerdo cruel de infancia de desacato a la autoridad (pág. 114) o la búsqueda de la luz, el espíritu y la iluminación de la experiencia como materia artística como hizo Levrero en la llamada “Trilogía Luminosa”: “El mundo puede ser un lugar bastante desagradable y oscuro, pero siempre hay formas  de contribuir con la luz, aunque esa luz solo sea simbólica y de modesto voltaje. “ (pág. 21) además del uso de aves como reflejo de la presencia o ausencia de estos, por citar algunos elementos  bien logrados en esta primera apuesta narrativa de Otero, quien entrega aquí una propuesta válida, interesante y distinta en muchos aspectos de sus contemporáneos locales, dicho esto último como un elogio.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")

sábado, 14 de julio de 2018

Reseña: “República luminosa” de Andrés Barba


Anagrama, 2017. 192 pp. S/. 69

Hace mucho tiempo que no leía en una novela un gesto de provocación como el que ha hecho Andrés Barba (Madrid, 1975) al cargar contra “El Principito”, una de las novelas más idealizadas en todo el planeta. En las páginas 39 y 40 se dice lo siguiente: “Lo había leído en mi infancia con cierto interés, pero al leérselo a mi hija me empezó a producir un rechazo que me costaba trabajo explicarme. Al principio pensé que me irritaba su cursilería, toda aquella instancia solitaria del niño y su mundo, el planeta, la bufandita cimbreada por el viento, el zorro, la rosa, hasta que de pronto entendí que se trataba de un libro perfectamente maligno. El Principito lega a un planeta en el que se encuentra con un zorro que le dice que no puede jugar porque aun no está <<domesticado>>. <<¿Qué significa domesticar?>>, pregunta el Principito, y, tras un par de evasivas, el zorro contesta que <<crear lazos>>. << ¿Crear lazos?>>, replica el Principito, más asombrado todavía y el zorro responde con una magnífica joya de mala fe: << Claro, todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Pero si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro.>> (…) Al igual que El Principito, también nosotros pensábamos que nuestro amor privado por nuestros hijos lo transfiguraba, que incluso con los ojos vendados habríamos podido identificar sus voces entre miles de voces infantiles. Lo confirmaba tal vez el hecho inverso: el de que aquellos otros niños que iban ocupando poco a poco nuestras calles eran versiones más o menos indistinguibles del mismo niño o la misma niña, niños <<parecidos a otros cien mil niños>>. A quienes no necesitábamos. Que no nos necesitaban. Y a los que, por supuesto, había que domesticar.”

Enfrentarse a los libros de autoayuda lo hacen prácticamente todos los escritores, lo mismo que a los políticos viles de turno. Pero hacerlo desde lo literario contra uno de los libros más citados cuando se pregunta por los “libros favoritos de toda la vida”, sí que provoca una sonrisa cómplice. Y por si no basta con ello, cuestiona políticamente de paso la idea de la “apropiación” y la valoración de solo lo que se piensa propio y que aquello que no se tiene, debe ser conquistado/ domesticado. Y Barba lo hace sin interrumpir la ficción, citando el episodio del zorro, pero que le sirve como recurso para caracterizar el sentimiento de rechazo de una sociedad por aquellos con menos posibilidades de sobrevivir como sucede en San Cristóbal, erigida en medio de una selva que iguala la pobreza, la unifica y la borra. Si no se es capaz de controlar algo, debe procederse a su eliminación.

Lo sórdido está a un pequeño paso de lo pintoresco, se dice en la novela, lo cual es cierto si nos remitimos a una trama en la que un grupo de niños de origen desconocido irrumpe de a pocos en una pequeña ciudad olvidada y empieza a robar y realizar otro tipo de delitos, y nadie parece saber dónde se esconden, aumentando la incomodidad y desesperación. Caricaturesco si se resume así, pero el ambiente de la novela se va impregnando de una oscura pátina de terror mientras vamos conociendo los hechos relatados por la crónica de este foráneo en una crónica escrita con resignación y culpa, décadas después. La novela comienza con este narrador diciendo que 32 niños perdieron la vida, transformando la curiosidad por conocer las consecuencias trágicas, en una por esclarecer los motivos que llevaron a tal fatídico desenlace.

Los niños pueden ser los seres más crueles, es una frase común, pero de tantas veces que se menciona, pierde fuerza y su terrible significado se diluye. Durante la infancia, la ley y el orden no existen o son solo mitos, construcciones de la “domesticación” por parte de los adultos. Es la edad en la que ser salvaje está permitido y con ello, la crueldad encuentra una tierra fértil donde germinar. Y parece absurdo el tan solo hecho pensar que unas criaturas de tan corta edad puedan pensar con maldad, pero “el hecho de que ciertas cosas sean demasiado absurdas no impide que suceda. (pág. 80). De ahí la incomodidad de los ciudadanos de San Cristóbal por tan solo imaginarlo, y de que estas ideas puedan aplicarse a sus propios hijos. De que el mal del otro, el rechazado pueda ser el propio también.

Barba narra con oficio, con una novela que no pierde interés en ningún momento, y que despliega los hechos sin algún tufillo moralista pero que sí apela al cuestionamiento del lector, invitando a preguntar cuál seria nuestra reacción y como el poder de crear monstruos no nos están ajeno, y cómo las instituciones sociales pueden pender de un hilo si la confianza se empieza a resquebrajar por un hecho tan simple como contundente: el no reconocimiento del otro como igual, sino como alguien a quien se debe “domesticar”. Muy recomendable.


(Texto publicado originalmente en el portal "Punto y Coma")

lunes, 9 de julio de 2018

Reseña: “La reunificación de las dos Coreas”


Hace unos días ojeaba una novela cuya contratapa mencionaba que iba sobre sobre la odisea del matrimonio. Sorpresivamente, las primeras páginas no daban luces sobre eso, estando compuestas más bien por pequeños párrafos sin conexión entre sí en apariencia. Hablaban sobre descubrimientos científicos, observaciones en un café cualquiera o reacciones en una conversación sin trascendencia. Pero página a página, ya enganchado, dichas líneas empezaban a reflejar algo más profundo, y uno ya empezaba a percibir el horror del vacío sentimental.

Trabajar con escenas, pequeños destellos que en su conjunto permitan acercarse y visualizar algo más profundo y significativo. De eso va “La reunificación de dos Coreas”. Veinte historias de amor en las que diez actores abordan la problemática más humana de todas y sus vertientes: qué es, cuándo se acaba, cuándo es dañina, qué pasa cuando se extingue, cuándo se confunde con la amistad, si se puede olvidar. Se muestran pequeños destellos de dichas preguntas, a veces exagerados, a veces demasiado realistas, pero siempre apelando a evocar algo en el espectador.

Hay drama, pero también humor, incluso del más oscuro. Si bien la mayoría de los actores destaca en sus roles, la continuidad de las historias provoca en algunos casos que uno no termine de procesar las sensaciones de una para pasar de manera inmediata a la siguiente o encasille a algunos en el rol de un personaje, aunque no es un detalle menor que los actores entran y salga como referencia a cómo en la vida se construyen y se diluyen las relaciones.

De las veinte historias, destaco la de la pareja que reconstruye todos los días su relación combatiendo el olvido; la del suicidio y las expectativas que genera la seguridad irracional de la pertenencia sentimental; las confesiones hilarantes en los momentos previos a un matrimonio; la ilusión amorosa de una prostituta por su cliente “religioso”; la ardua negociación entre una prostituta y un autodenominado “hombre de familia”, y la perturbadora exploración de un delito en un retiro escolar.

Como si Corea del Norte y Corea del Sur abrieran sus fronteras y se reunificaran y que la gente que había tenido prohibido verse durante años se encontrara, expresa uno de los personajes al hablar sobre cómo su relación se encuentra estancada en una frontera que va más allá de lo físico, convirtiendo así una referencia a una situación política a la que estamos acostumbrados en una reflexión sobre cómo todo puede cambiar de la noche a la mañana, y los lazos perdidos puedan terminar recuperándose, o simplemente despertar de su adormecimiento. La novela que mencionaba al comienzo se llama “Departamento de especulaciones”, y de ello va esta obra también: de especular sobre lo que sentimos y aferrarnos a ello, apostando a reconocer que hay alguien más buscando responder a las mismas preguntas que nosotros.

(Texto publicado en el portal web "Punto y Coma")



domingo, 20 de mayo de 2018

Reseña: "Moronga" de Horacio Castellanos Moya


Literatura Random House, 2018. 336 pp.


Si uno busca reseñas sobre las novelas de Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957) notará que la mayoría lo asocia exclusivamente al tema de “La Memoria” y lo describe como un narrador enfocado solo en los estragos de las guerras que asolaron Centroamérica durante décadas pasadas. Y si bien, sus ficciones se contextualizan en dicho marco, Castellanos Moya ha ahondado en libros pasados sobre otros tópicos como la represión de las pasiones y consecuentes efectos nefastos como la frustración sexual o una embriaguez desenfrenada, y sobre la violencia como modus operandi perpetuo e irrefrenable, más allá de los conflictos nacionales. “Moronga”, su novela más extensa hasta el momento canaliza estos ejes bajo la atmósfera de paranoia y psique alterada propia de nuestros tiempos, logrando una de sus mejores entregas literarias.

Castellanos Moya recupera las personalidades y voces de los personajes de “La sirvienta y el luchador” y “El sueño del retorno” para elaborar una ficción caracterizada por los contrastes. José Zeledón ya no es el joven idealista y rebelde de la década del ochenta y ahora solo intenta adaptarse a la vida de una pequeña ciudad universitaria enclavada en Estados Unidos, manteniendo una rutina en la que falta de sorpresas representa un peligro acechante, no menor a la percepción de sentirse vigilado y controlado en todo instante, incluso fuera del ámbito laboral, y en las que las líneas entre ser víctima y victimario se difuminan de forma permanente si es que uno recibe una cuota mínima de poder, añadiéndosele la marca entre ser un extranjero útil para el engranaje económico con casi nula capacidad de subversión:






“La amabilidad de esta gente es curiosa: te meten el dedo en el culo y esperan que les des las gracias, que les aplaudas con comedimiento y que les digás que son muy buenas personas, que por favor te metan otro dedo.” (pág.24) / “los gringos no tienen amigos: “Te usan y cuando ya no les servís, te dan una patada en el culo.” (pág. 44)

Avanzan las páginas y Zeledón va hundiéndose en esa lucha interna por sentirse útil para una causa, esperando ese aviso de sus antiguos camaradas para volver a la acción así no haya una causa válida para luchar como antaño. Castellanos Moya esboza muy bien su narración con descripciones cortas propias de un pasado en la guerrilla, enfoque en los hechos y una buena descripción del declive de Zeledón, en contraste con las digresiones y reflexiones , por ratos humorísticas, de Erasmo Aragón, profesor universitario, quien no podrá enfocarse de manera exclusiva a su misión de investigar los secretos detrás de las actividades políticas del poeta salvadoreño Roque Dalton con la CIA, debido a la pulsión sexual incontrolable que le provoca una misteriosa mujer cuyas verdaderas intenciones e identidad trata de desentrañar, mientras enfrenta a una “diabólica” niña cuyas ficciones pueden destruir en un santiamén la vida de un hombre, insertándose en el fuego del debate en torno al valor y credibilidad de una denuncia en estos tiempos de redes sociales.

Es asi que en “Moronga” la angustia de ambos personajes no se encuentra en lidiar con el pasado sino con los desafíos que plantea el presente cuando la posibilidad de insertarse a un sistema se hace cada vez más difícil y vital para sobrevivir ,y la intimidad se va convirtiendo en un concepto cada vez más limitado y cuestionado con una hipervigilancia capaz de alterar las relaciones humanas, comenzando por las sexuales aludidas desde el título, las cuales se ven amenazadas por la sombra del fracaso y la frustración. La primera derrota es sexual parece decirnos Castellanos Moya, quien con esta novela ha retornado a la narrativa a lo grande.

(Texto publicado originalmente en el portal web "Punto y Coma")

sábado, 5 de mayo de 2018

[Entrevista] Laura Fernández: “Cuando escribo quiero sentirme libre”



Uno de los libros más comentados y elogiados del último año fue Connerland (Literatura Random House) de Laura Fernández (Terrassa, 1981) Una novela que mezca sci-fi , humor y una crítica paródica de los círculos literaios, sirviendo además de homenaje a los escritores te cambian la vida, con una imaginación digna de elogiar


“Voss creía que era más sencillo convivir con un escritor sin lectores que hacerlo con uno que tuviera millones de ellos. Un escritor sin lectores era como un pequeño animalito indefenso en mitad del bosque.” (pág. 33) Hay un recelo constante en “Connerland” sobre los escritores que venden y los que no venden. Una satanización del bando contrario por parte de estos dos grupos. ¿Cómo ves dicho panorama en la actualidad? ¿Crees que la ilegibilidad puede resultar, como dice un personaje, en un pretexto para promocionarse como un escritor de prestigio ? ¿ Es menos frecuente ver best sellers de calidad hoy en día?


No creo que la culpa la tenga, en ningún caso, el escritor. El escritor escribe porque no puede evitarlo, porque no puede no hacerlo, al menos, es así en mi caso, y como dijo Kurt Vonnegut, el estilo de cada uno depende de sus limitaciones – algo que certifico, si en mis historias hay cientos de miles de personajes es porque para que avancen necesito que los personajes hablen entre ellos, y para que el protagonista hable, necesito crearle, constantemente, un interlocutor, que no siempre es el mismo, porque si fuera el mismo me aburriría, y yo no escribo para aburrirme sino para todo lo contrario, ¡escribo para pasarlo en grande! --, otra cosa ya es lo que opine el lector de lo que haces. Está claro que hay literatura hecha por escritores que salen cada día a cazar y que están siempre buscando mejores y más complejas maneras de construir sus historias, porque de otra manera, se aburrirían – el lector exigente es el lector que ha leído mucho y quiere más, y mejor, quiere empezar a disfrutar no ya con el argumento sino con el cómo se cuenta, no con el fondo sino, o también, con la forma --, y que esa literatura no puede ser disfrutada por un lector cualquiera, sino que sólo podrá disfrutar de ella un lector explorador, un lector aventurero, un lector que ya ha recorrido muchos y muy diversos caminos, y que está abierto a cualquier cosa que quieran contarle. Y ese lector no abunda. De ahí que hoy, como siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá, ninguna novela que juegue a ser algo más que una historia, se haya convertido en un best-seller, a excepción de El Quijote, claro, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro momento, como dice el clásico.

Desde las primeras páginas de tu novela, se muestra el deseo obsesivo de distintos personajes que rodean a Van Conner, por el dinero. Más allá de la parodia, ¿cómo crees que esta avaricia cada vez más acentuada está afectando la forma cómo nos relacionamos?

Guau. Ni idea. En el caso de Voss, que es también mi caso, porque, aunque no lo parezca, en la novela todo lo que ves es todo lo que hay – hay una parte de mí en cada uno de los personajes, y no siempre es una parte agradable --, la preocupación por el dinero se limita a no tenerlo y a lo complicado que es todo cuando no lo tienes, viviendo como vivimos en un mundo en el que existir es consumir. Así que no sé bien, pero supongo que la manera en que ya nos afecta tiene que ver con la deshumanización. Hoy en día, cada vez más, todos somos productos, nos vendemos en cada red social, y lo hacemos porque estamos obligados a hacerlo si queremos existir, aunque sea como máscara.

“Cuando eres alguien poderoso no importa lo que haces, lo único que importa es que eres alguien poderoso” repite el más famoso agente literario de “Connerland”, el Gran Ghostie Backs. El poder en nuestros tiempos legitima cualquier tipo de comportamiento, tanto en lo político (Trump) como en otros ámbitos. Lo que parece incrementarse a la par es la permisividad con ello. ¿Estamos acostumbrándonos a tener gente así en el poder que ni se cuestiona de manera real, más allá de las redes?

Por supuesto. Pero insisto en que esto no creo que sea algo nuevo. Piensa en Julio César. No sé, el poderoso es siempre alguien a quien le trae sin cuidado el resto. Y cada vez más, todos somos como niños mimados. Sólo esperamos que nos miren. Sea quien sea, que nos miren. Y estamos normalizando la idea de que quien sea que haya Ahí Arriba (la presidencia del país que sea) sea un despiadado crío sin escrúpulos. Estamos quedándonos con lo peor de la peor de las infancias posibles: la de un niño malcriado.

Tu novela está cargada de mucho humor, parodiando de buena manera el mundo editorial y la relación de los editores con los escritores y los libros que se terminan publicando. Profundizas en su rol clave y fundamental. ¿Cómo ha sido la acogida de este retrato entre las personas que conoces de este sector?

¿La verdad? ¡Nadie me ha dicho nada! Supongo que se lo han tomado con humor. En realidad no es mi intención atacar a nadie, sí lo es ridiculizarlo todo, porque, después de todo, somos ridículos, diminutos seres en un mundo inmenso preocupados por sus absurdos problemas. John Barth en esa, para mí, piedra angular de la literatura (grave) del absurdo que es La ópera flotante lo explica muy bien: nada tiene sentido, no intentemos encontrárselo, pero disfrutemos mientras tanto.

“Los escritores no son famosos”, se afirma en la novela. Y puede que tenga razón el personaje, pues a diferencia del cine, la literatura no es un arte masivo , pero hay un público devoto igual que está a la espera de lo siguiente que se publicará. ¿Cómo afecta esta exposición y el hecho de soportar la presión por el siguiente libro (si el primero tuvo acogida, claro)?

En alguien como yo no afecta en absoluto. Yo me sigo sintiendo cada día como la niña que sólo quiere escribir y que roba tiempo, como quien roba pequeños tesoros, para hacerlo. Cuando eres fiel a ti mismo, y eso, en mi opinión, es lo que debería ser todo el mundo, escritor o no escritor, artista o no artista, el único rival eres tú. Tú vas a asegurarte de que lo siguiente que harás será mejor, porque tú mismo quieres pasártelo aún mejor, y utilizar todo lo que has aprendido hasta el momento. La inseguridad es el peor enemigo de cualquier artista, pero ningún artista que conozca, ninguno que lo sea realmente, ha sido nunca inseguro.

Los escritores de ciencia ficción como Van Conner, suelen ser muy prolíficos y publicar constantemente ¿Cuáles crees que sean los factores vinculados a dicho patrón? ¿Por qué el público lector, en su mayoría, conoce más sobre sus biografías, pero no sobre su obra en sí?

La razón, supongo, es la precariedad. Durante mucho tiempo, la ciencia ficción, en tanto que género de evasión, no se consideraba LITERATURA, con mayúsculas, sino producción. Puesto que había mucho público potencial, las editoriales producían una cantidad ingente de títulos, y eso hacía que los escritores tuviesen a lo sumo dos semanas, un mes, para acabar cada novelita, y eso, evidentemente, pese a las genialidades de los que lograron sortear el obstáculo tiempo (mi querido Robert Sheckley, Philip K. Dick, Fredric Brown, los grandes), hacía que las obras no pudiesen ser gran cosa (aunque muchas lo eran precisamente por eso: la cantidad con la que se producía hacía que los argumentos fuesen totalmente delirantes y que no tuviesen tiempo de tenerle miedo a nada). Quizá por eso sabemos más de las biografías de esos escritores que de sus obras. Y también está el componente heroico. Todo escritor que ame su oficio siente una admiración infinita por aquel que vive sólo de él, abriéndose camino a machetazos que son novelas cada quince día, en mitad de la jungla. Yo nunca me he considerado escritora de ciencia ficción porque para mí sería un enorme honor que me lo consideraran.

Rompes en la novela con el orden y la mecanización a la que la rutina nos tiene acostumbrados, con la tiranía de los tiempos rígidos. ¿ Es la ciencia ficción uno de los campos más liberadores de la literatura?

Totalmente. Siempre he dicho que no me considero escritora de ciencia ficción pero sí que utilizo todos los recursos que puedo de ella porque me parece el género más libre de la literatura. Y yo cuando escribo quiero sentirme libre. Poder contar cualquier cosa y desde cualquier punto de vista. Eso se lo debo a Richard Brautigan, a Robert Coover, a Kurt Vonnegut, a Thomas Pynchon, a Donald Barthelme, a los escritores posmodernos norteamericanos de los 50 y los 60, ellos me mostraron el camino: ahí lo tienes, haz lo que quieras, me dijeron, y eso es lo que hago, sin olvidar de incorporar cada nuevo tesoro que encuentro por el camino. Pienso, por ejemplo, que mientras escribía Connerland leí un libro divertídisimo de Gail Parent que se titula Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York e incorporé sin casi darme cuenta el diálogo dentro del diálogo que aparece sólo en una parte de la novela (la parte en la que estaba leyendo a Gail Parent), y lo hice porque podía hacerlo, porque cada una de mis novelas, o mis relatos, es una caja de herramientas, o una caja de hallazgos, de sorpresas, que son las que yo como lectora voy encontrando por el camino.

“Jóvenes que se dedican a tomar notas en sus libretas en vez de pasársela en grande.” (pág. 203). ¿Es la dinámica generalizada entre los escritores de nuestro tiempo o va a terminar siendo un cliché arcaico? ¿ Es necesario cierto tipo de aislamiento? Ghost dice, exagerando tal vez, que “Los escritores se hacen daño todo el tiempo” (pág. 352).

Es lo que creo. No creo que sea una dinámica arcaica y no creo que vaya a desaparecer. Hay muchos tipos de escritores, pero, para mí, el verdadero escritor es aquel que no puede evitar escribir. Y que está escribiendo todo el tiempo, que no deja de pensar en ese otro mundo que está creando, que vive con un pie en éste, y otro en su propio universo de papel y letras en la pantalla. Y para ese escritor siempre va a ser mejor, insuperablemente mejor, lo que puede aportarle aquello que está creando, en tanto que felicidad, una felicidad poderosamente infantil e indestructible, que el mundo real. Fíjate en la vida de Voss, o en la del propio Jubb Renton: por fuera no es gran cosa, pero por dentro es apasionante. Insuperablemente apasionante. En mi caso es así también, e imagino que lo es también en el de Robert Coover o Thomas Pynchon, sus novelas son casi cuadros de El Bosco: cualquier cosa es posible y lo es de una forma alucinante.

Los escritores mueren pero sus personajes estarán vivos siempre, se dice al final de “Connerland”. ¿ Cuáles son en tu caso, los personajes de la literatura que más atesoras hasta ahora?

Arturo Bandini es mi personaje favorito de todos los tiempos. Leer Pregúntale al polvo me cambió la vida. En serio. Hasta entonces me había sentido más rara de lo normal, casi completamente sola en mis delirios de grandeza estúpidos, y cuando leí esa novela de John Fante me dije: “Ahí lo tienes, un tipo que va por la vida como tú, creyendo que todo esto es mentira y que además nadie le valora lo suficiente pero que algún día todo el mundo recordará que ARTURO BANDINI pisó esta baldosa”. Me pareció la mejor manera, una manera genial, de relatar lo que siente todo escritor que se ha sentido alguna vez (o se siente, siempre) invencible: esa idea de que no importa lo que los demás opinen de ti, porque tú eres el mejor y lo sabes, aunque en realidad no te tomas en serio en absoluto y sabes que nada tiene sentido y que todo es absurdo en realidad. La idea de reírte de ti mismo y de que reírte de ti mismo es lo único que te hará invencible. Eso me dio Arturo Bandini. De hecho, le puse a mi hijo, que ahora tiene nueve años, Arturo, en honor al grandísimo Bandini. Y podría decir muchos más: Ignatius J. Reilly, claro, pero también Esther, la protagonista de La campana de cristal, y Sal Paradise, Rick Deckard, Kilgore Trout, y Reginald Perrin, ¡miles! Pero de entre todos me quedo con Arturo Bandini. Hasta le dediqué mi primera novela. Los personajes son, a veces, siempre, en los casos indicados, mejores que sus autores, son esos mismos autores perfeccionados, aunque sea en el peor de los sentidos, y eso me encanta.

(Entrevista publicada originalmente en el portal web "Punto y Coma")