"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


martes, 29 de diciembre de 2020

Reseña: "Pura pasión" de Annie Ernaux

Tusquetes, 2020.80 pp. S/.39


Cuando empiece a escribir este texto a máquina, cuando se me aparezca en letras de molde, mi inocencia se habrá terminado. Cito la última frase de la nouvelle de Annie Ernaux (Lillebonne, 1940)  por su exquisito juego temporal y la extinción de la condición a la que alude, concebida como un estado de obnubilación sin culpas y no cual mero período de ingenuidad que se deba superar por imposición externa. El único lamento del fin de la inocencia es el tránsito del éxtasis emocional del título a experiencia pasada y la imposibilidad, por más que se agoten todos los recursos de la ficción, de replicar de manera real un tiempo en el que el futuro y sus consecuencias importan poco o nada frente al objetivo de extender el presente a como dé lugar, misión en la que se es capaz de apostar la vida misma.

 

¿Cuál es la frontera entre el deseo amoroso y la obsesión enfermiza?¿Existe? No son preguntas nuevas las que surgen al leer esta novela corta, cuya trama, la confesión de la amante de un hombre casado, es tan antigua como la literatura misma. Lo que causa la disrupción, esa sensación de estar ante algo novedoso y único, es la  intensidad que emana, posible por la capacidad de Ernaux de contar y reflexionar en poquísimas líneas sobre el delirio al que la ha llevado una relación amorosa y en el que no cabe interés alguno por responder  a los juicios externos que esta puede provocar. La narración entrecortada, con cada anotación dispuesta cual resquicio de un discurso  que se sabe intraducible del todo y con el que solo es posible trabajar mediante sus  residuos y  esquirlas, le impregna un matiz único de urgencia y zozobra a la experiencia de lectura.

 

Gran parte del presente hastío que generan algunas novelas autobiográficas responde a que estas se amparan de manera exclusiva en el morbo y la pérdida gratuita de pudor. “Pura pasión” se ubica en la otra orilla por una diferencia esencial: un texto sobre la pasión solo es posible al término de ésta, no mientras está vigente. El lapso que media entre ambos estados es determinante para salvar a lo narrado  de un exhibicionismo vacuo y ramplón, cuyo único destino posible es un abismo de perpetuo e irremediable tedio. La pasión no avergüenza; su publicación y lectura sí, nos da a entender Ernaux, y es ese miedo, ese pudor, lo que sostiene el riesgo, la sensación de que la autora se está jugando el todo por el todo al publicar lo que ha escrito, algo que el lector agradece y ,por qué no, aplaude.

 

 

 Texto publicado en la web de Buensalvaje.

 

  

viernes, 17 de julio de 2020

Reseña: "Cómo comportarse en la multitud" de Camille Bordas

Malpaso, 2017. 288 pp.

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

‪ «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.


En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.

(Texto publicado en "Bitácora El Hablador")

Reseña: "Adiós a la revolución" de Francisco Ángeles

Literatura Random House, 2019. 364 pp. S/.49

¿Qué alternativas le restan a una generación desilusionada y cansada de esperar los cambios que sus ideologías prometían? ¿Qué se hace con ese descontento? ¿Y acaso dicho deseo de cambio político no encubre también un deseo por modificar por completo un aspecto más íntimo? «Cuando un guerrillero empuña las armas, en el fondo su único deseo es tirarse a quien los hábitos económicos, sociales, culturales o incluso estéticos no se lo permiten», menciona el protagonista de la cuarta novela de Francisco Ángeles y es a partir de esta afirmación que se empieza a deslizar la tensión entre las pulsiones sexuales y la teoría y praxis política que se desarrollará durante todo el libro.

Emilio, catedrático peruano en una de las instituciones académicas de mayor prestigio en los Estados Unidos, casado y reducido, según sus propias palabras, a un «revolucionario de escritorio», se ve confrontado con la oportunidad única de cambiar dicho escenario de aparente estancamiento al conocer a Sofía, joven estudiante, inteligente y guapísima, perteneciente a la clase alta norteamericana, con la cual empezará a relacionarse valiéndose del conocimiento de este sobre las revoluciones latinoamericanas, específicamente la liderada por el subcomandante Marcos en Chiapas. Ello expandirá la atracción carnal inicial hacia una obsesión intelectual y, en última instancia, una aventura capaz de llevarlo al corazón de los temas que ha abordado por años desde el plano puramente teórico y que ahora deberá confrontar con la realidad, aun cuando ello implique acercarse al borde del abismo y la posibilidad de perderlo todo, llevándolo a interrogarse si valen la pena los riesgos de sacrificar su estabilidad conyugal y emocional.

Adiós a la revolución es una historia donde los principales conflictos parten de revisitar los anhelos y deseos fallidos de la adolescencia, exacerbados por la distinciones producidas a partir del choque de clases sociales y económicas en unas de las esferas donde estas marcas puede alcanzar sus más altos extremos. Pero, además, con un trasfondo policial donde el misterio a resolver es de una profundidad más existencial a la que acostumbra este tipo de género, apoyándose en una galería de inolvidables personajes como Licho Best, el Noventero y el mismísimo Emilio, cuya transformación se alimenta de los sucesivos cuestionamientos en los que se ve sumido y en los cuales estará acompañado por Sofía, quien también ve alteradas sus creencias debido al resquebrajamiento de su fe en un cambio social que parecía tan realizable.

Una estupenda novela, llena de guiños intertextuales a Bolaño, Fuguet, Marías, Zambra y, como no podía ser de otra manera, Ricardo Piglia, en un homenaje que profundiza en ese arrebato de perseguir una idea, una estética y soportar el impacto que estas pueden tener en las existencias comunes, concibiendo la vida como un terreno para ponerlas a prueba, restaurar de sentido a nuestras experiencias, y así intentar salvarse de la terrible incertidumbre de nunca intentarlo, como lo hace este libro tan desgarrador y redentor del que es imposible salir indemne tras su lectura.

(Texto publicado en la revista Buensalvaje)

Reseña: "Mona" de Pola Oloixarac


Literatura Random House, 2019. 160 pp. S/.59


Una convención de escritores en el fin del mundo se convierte en un feroz campo de batalla en el que sus gigantescos egos se ven confrontados en una competencia donde el desprecio por las ideas del contrincante se convierte en el arma más nociva e implacable. Aplastar al que discrepa se vuelve la consigna en una lucha donde el capital y la valía de cada autor son otorgados en función del «exotismo» de su procedencia, lengua o color; atractivo y prestigio erigidos a partir de una diversidad determinada por quienes ejercen el poder en el ecosistema académico-literario en el que la joven narradora peruana, Mona, se ve inmersa, partícipe de múltiples paradojas del gato de Schrödinger que la llevan a reflexionar sobre lo que es «correcto» decir y no decir; la postura de moda a la cual debe fingir adhesión; la dependencia tecnológica capaz de permitirse, y el sutil equilibrio entre pudor e inhibición necesarios para ligar. Todo ello la lleva a evasiones de la realidad, ya sea consumiendo drogas o mediante pesadillas que la atormentan y generan dudas sobre qué es en verdad imaginario. Pero no es la única. ¿Acaso no son los festivales literarios psicodélicos a mayor escala?

Pola Oloixarac centra su mirada en las conflictivas comunidades letradas y la conciencia vigilante que se ha internalizado en estas. Un viejo fantasma puritano que, revivido con los rezagos de ideologías otrora consideradas como revolucionarias, sirve como mecanismo de dominación mental y corpóreo, inhibiendo la expresión artística. Es así que el apetito sexual y su consumación se vuelven gestos de resistencia frente a los distintos niveles de represión social de la actualidad, desde el plano más íntimo que supone el control sobre los cuerpos y la atracción entre estos, hasta el de la planificación genética, temerosa de las olas migratorias capaces de recodificar las estructuras socioculturales del Primer Mundo. La libertad creativa, en sus múltiples manifestaciones, es puesta en cuestionamiento en una magnífica novela en la que civilización y barbarie se dan cita con un lenguaje que alterna, de buena manera, inteligencia y lujuria. The world is yours?



(Texto publicado en la revista Buensalvaje)


jueves, 26 de marzo de 2020

Reseña: “La mujer soviética” de Dany Salvatierra



Planeta, 2019. 364 pp.

Para escribir sobre este libro se torna necesario describir su recepción en los medios literarios. Aparecida en abril del 2019, la novela de Dany Salvatierra (Lima, 1980) tuvo poca o nula atención de la crítica más allá de las entrevistas que se le hicieron a su autor. Este ninguneo resalta mucho más porqué “La mujer soviética”, por trama y extensión, no es una novela que se circunscriba a una tendencia dentro de la narrativa peruana de los últimos años. Y la extensión no es un tema menor en un contexto donde se alzan voces que, erróneamente a mi parecer, critican la brevedad de las novelas peruanas y, sin embargo, guardaron silencio sobre este libro de más de 350 páginas. Existen otros factores, como la fecha de aparición, su distribución, la editorial que lo publicó, que hace más inexplicable aún el silencio frente a este libro Quizá un intento por evadir la condena de “amiguismo” en un circuito literario como el limeño, donde la mayoría de sus integrantes se conocen, sea la razón de esta indiferencia. Inevitablemente quienes escribimos reseñas nos toparemos con libros de escritores a los que conocemos personalmente y el mérito no será evitar hablar sobre ellos, sino en hacerlo de manera honesta, resaltando sus virtudes y señalando sus defectos. Pero ya es momento de cerrar esta introducción y pasar al libro en sí.

Hay que dar pocas luces sobre el argumento al escribir sobre un thriller. “La mujer soviética” la protagoniza Jacqueline Metalius, diva y leyenda de las telenovelas latinoamericanas, cuyo esplendor se remonta a las últimas décadas del siglo XX, cuando el internet no tenía el monopolio de la atención mediática. Esta se verá envuelta, a raíz de un mensaje anónimo y perturbaciones de carácter anormal en su residencia de Miami, en una adictiva trama que combina una posible red de espionaje de rango internacional  con la obsesión fanática de un admirador (como en “Misey” de Stephen King)  que la hará retornar a la capital peruana.

La novela de Salvatierra destaca nítidamente por la construcción de su protagonista. Ya de por sí resulta encomiable el  uso sin chirridos  de la primera persona con un personaje del sexo opuesto (piénsese en J.M. Coetzee o Junot Díaz), y más al dotarlo de una fuerte personalidad evadiendo los clichés típicos atribuidos a las estrellas mediáticas, con una voz sin filtros para verter un ácido discurso sobre quienes la rodean y sus acciones. Si hay algo que detesta Metalius es la denominada “pose woke”, la corrección política llevada a sus últimas consecuencias y es desde ese sitial que dispara contra varios aspectos sociales sobre los que cualquier crítica negativa  se tornaría tabú: los estudios de género, la moral de los poetas, la empatía de las figuras televisivas, el activismo de redes sociales y la adicción a los horóscopos. Esta frescura para hablar sobre  la sociedad  actual, que recuerda a Houellebecq, se da sin caer en un discurso sociológico como en el que suelen caer varios autores actuales, y más bien ayudan a sostener el libro en torno a su personaje principal, apoyado en otros recursos literarios como la construcción de diálogos verosímiles, recursos idiomáticos que revelan la clase social de sus protagonistas con facilidad y giros sorpresivos  en la trama bien dosificados.

Si se trata de establecer conexiones, “La mujer soviética” es heredera de la estética pop  de  Andy Warhol. A lo largo de la novela se va revelando la construcción artística a partir de la imitación y el uso de géneros populares como insumos. Si hay algo que predomina en los grandes productores de telenovelas son los reciclajes de guiones, la  adaptación de historias para cada época con distintos protagonistas. Se utilizan las antiguas ficciones como materia  para las nuevas, y es ahí donde Metalius se erige como artista, impregnándole su sello a la caracterización de los personajes arquetípicos de las ficciones televisivas sin olvidarse la esencia del enganche con los televidentes, los elementos  eficaces para cautivarlos.

“La falsedad anunciada, la repetición a un paso de la hoguera y todo por culpa de la ficción. Nos ganamos la vida mintiéndole al público. El afán de imitar vidas ajenas es también un tipo de muerte (…) la ficción es un disfraz que nos condena a desaparecer y nos vuelve inmateriales, unidimensionales, fantasmas del melodrama, iguales a los espíritus que habitan el camerino y los demás rincones de la mansión”.
(pág.9)

La muerte rodea constantemente a los personajes de la novela, convirtiéndose en la guía de sus acciones tanto en su aspecto simbólico como real. Es a través de la inmortalidad de la ficción que Metalius busca dejar un legado, una estela alumbrada por su nombre y de ahí su rivalidad feroz con las jóvenes promesas televisivas. La eterna disputa de lo nuevo y lo viejo toma un carácter nocivo, llevando a desprenderse de cualquier vínculo, materno incluso, siendo este un campo desacralizado de tal manera que termina por convertirse en una carga nefasta para la consecución de los anhelos de los  personajes y en el origen de su perversidad.

En detrimento a una trama paralela que busca calzar de forma infructuosa una exploración sobre el mundo de la dark web,  uno de los mayores atributos de “La mujer soviética” es el planteamiento de la ficción, a través de la parodia de las telenovelas, como un elemento de dominación de masas, un sueño colectivo.

“El gobierno ejercía el control de los canales de televisión y empezó a transmitir Coral en los quince países de la Unión y en simultáneo, a las siete de la noche, la hora en que las familias se sentaban a cenar frente al televisor. El resultado fue un suceso nunca antes visto. Era la primera vez que transmitían una telenovela de Hispanoámerica, una realidad distinta donde no existían la Guerra Fría ni la crisis económica, donde los problemas eran más cotidianos”.
(Pág. 137)

El recurso del melodrama se ve reflejado como una manera de captar la atención mediática a través de la construcción artificial de historias cuyo alcance ya quisieran tener otras formas artísticas, al punto de ser esencial para validar una estructura social de manera constante. La telenovela más grande fue la del ser humano queriendo exterminarse a sí mismo, se dice hacia el final,  y al leer  el desmoronamiento moral  y físico de los personajes y su derrota progresiva frente al paso del tiempo, uno se da cuenta, que incluso siendo una parodia del mundo de los melodramas televisivos, los protagonistas están viviendo el suyo fuera de las pantallas confundiéndose la realidad y  la ficción en un inquietante policial que por momento recuerda a Rubem Fonseca. La novela de Dany Salvatierra fue una de las más gratas apariciones narrativas del año pasado, sin duda, y merece seguir leyéndose.

(Texto publicado en la Revista El Hablador)