Antes de comenzar este texto debo aclarar algo para que este tema no se preste a suspicacias: yo no
consumo ningún tipo de sustancias alucinógenas (aunque el Panadol antigripal
pueda caber dentro de esta categoría de vez en cuando). Si por ejemplo,
viajara a Uruguay, sería por ver un partido de Peñarol, visitar Punta del Este
o por las uruguayas.. No por la reciente “ley verde”. Y aunque la mayoría de
veces digo en son de broma, que no lo hago porque son muy caras y con las
justas me alcanza para pagar un viaje (de ida y no de vuelta) en el
Metropolitano, la verdad es que no me llama la atención. Así que lo que escribiré
a continuación será a partir de lo que he visto y escuchado, no leyéndose como un testimonio
personal ni autobiográfico. Para ello, mejor tome cualquier micro sin audífonos.
Recuerdo que mis
primeros encuentros con este tipo de seres, se dieron a partir de mis rondas
nocturnas de los sábados buscando una royal contundente. Para ello, le decía a
mi papá que me acompañara, más que por buscar una conversación amena, por una
cuestión monetaria. Teníamos que dar la vuelta a la manzana. Justo en la
esquina, sentados frente al pórtico de una casa más o menos decente, había un
grupo de jóvenes de más o menos veinte años, vestidos como salidos de un
partido de baseball(lo más probable es que ni supieran qué era ese deporte),
envueltos en una atmósfera humeante y las miradas perdidas en el cielo. En ese
cielo de donde surgía un cable de luz con unas zapatillas grises y viejas
colgadas en él. Sentí en un inicio temor de que nos asaltaran, y eso que a lo más tenía un Halls y la llave de mi
alcancía en mi bolsillo. Sí, era temor, que se fue transformando en una
molestia general por un olor extraño hasta ese momento que se iba haciendo su
propio espacio en mi mente. La sensación era desagradable como cuando recién te
da la gripe en el cambio de estación o
te quedas demasiado tiempo oliendo la gasolina cuando el taxi se estaciona en e
l grifo. Mi papá se dio cuenta de mi extraño comportamiento y me dijo que
avanzara. Ya en la otra cuadra, seguía igual. Mi viejo me dijo que no tenía que
demostrar miedo, pues se darían cuenta y viéndonos vulnerables, nos atacarían.
Eso sí, que ni le dijera a mi mamá por dónde habíamos pasado porque pegaría el
grito en el cielo. Pero que recordara la cara de esos fumones. Por culpa de esa
mierda se van a cagar la vida esos pastrulos. La droga te caga el cerebro. Recuérdalo.
Bueno, tenía doce años, de hecho no lo dijo así, pero ese es más o menos el
mensaje que recuerdo.
Quise recordar ello porque ahora que más de la mitad de mi
generación ha probado de alguna u otra forma algún tipo de sustancia, quise
saber cuál fue el primer tipo de imagen que tenía asociada a dicho tipo de
sustancias antes de ver a los de mi edad hablar de ellas como si nada. A fines
de secundaria, ni por asomo podía imaginarme a uno de mis compañeros de salón
con un porro en la mano. Aunque igual asociaba la palabra “pastrulo” a los “emos”
con cabellos ensortijados. Todo cambiaría al acabar la etapa escolar.
No, no quiero pegarla de cucufato. Hay diversos subtipos de “herbívoros”.
Empecemos por algunos de ellos:
-
Los reformados: Si te has subido a un micro y no
has escuchado a un ex convicto del penal de Lurigancho o Sarita Colonia, clamando
que la palabra del Santísimo Señor Jesucristo le cambió la vida, ofreciéndote turrones
arequipeños (horribles por cierto, se te quedan pegados en los dientes) a 50
céntimos, por oferta, dos por un nuevo sol, que servirá para apoyar el Hogar
Centro Victoria, más conocido como Clamor en el Barrio, simplemente te has
subido a un taxi, no a un micro. Son gente que viene de los barrios marginales, aunque a
veces surjan algunos extranjeros con acento risible. Parecen multiplicarse en
cada paradero. Algunos si dan pena. Otros son más falsos que un político
honesto.
-
Los skaters: Vestidos con polerones oscuros,
zapatillas con plataforma que parecen submarinos, siempre andando en
grupos. Bermudas a la altura de la
rodilla. Siempre los asocio con la imagen de la hojita verde. Sí, puede sonar a
prejuicio, pero es que se han ganado una imagen a pulso. No serán los que más
consumen, deben haber los que son sanos, pero justos pagan por pecadores.

-
Los hispters: Pantalones pitillos, zapatillas
Converse sucias y viejas, anteojos del tamaño de una vitral de misa con una
montura de carey del grosor de un tubo de Sedapal, cabello largo los hombres,
corto las mujeres, con gorras tejidas. Fingiendo leer cosas de envergadura.
Siempre que ves su imagen de portada en el Facebook, ves algo como “liberalización”
o “legalínzela”. No, no fuman. Pero de hecho que tiene sus hornos llenos de
happy brownies.
-
Los de sociales: Los chicos que estudian
sociales se han forjado una fama de transgresores a lo largo de toda su
existencia. No, no me refiero a los hippies, sino a los que siempre ves en los
pasillos pintando papelógrafos gigantes, publicando o compartiendo noticias
de la “lamula.pe”, con pantalones
multicolores que dañan la vista. La mayoría te dice que está a favor de que se
legalice. Es en lo único que estarán de acuerdo con Vargas Llosa .Y sí, varios
las consumen , pero “de vez en cuando nomás”. Igual son chéveres para conversar
de cosas más trascendentes que “Esto es Guerra” o “Combate”.
-
Los músicos: Debo aclara que varios de mis
mejores amigos son músicos. Es por ellos que se cómo es la movida barranquina y
miraflorina (yo con las justas llego a la calle de las pizzas creo). La mayoría
ha consumido. No sé cómo sobreviven semana a semana económicamente. A ellos no les importa que sea un tema que se
legalice o no. Su atmósfera es más íntima, de exploración interna, no social.
Además, siempre aclaran que es su herramienta de “inspiración”.
-
Los rasta: Así me lluevan piedras, no me gusta
ninguna canción del buen Bob Marley. Y el color amarillo, rojo y verde, sólo lo
asocio con la bandera de Camerún en el mundial. Son lo más pacíficos, pero también
los más cochinos (no, no soy prejuicioso, sólo dense una vuelta por Galerías
Brasil o un bar del Centro de
Lima).Igual, nadie les quita su humor relajado.
-
Las flacas “chéveres”: Tengo varias amigas, que
estudian diferentes carreras, que son juergueras, publican “selfies” y twittean
como si el teclado sólo tuviese el símbolo “#”. Todas diferentes entre sí, pero
que me han hecho la misma pregunta: ¿Y tú por qué no pruebas? No te volverás
adicto por ello. Insisten, pero ante mi negativa, levantan los hombros y me
siguen contando sus problemas. Ellas exploran el mundo. Yo…escribo en un blog.
-
Literatos: Todos los escritores dicen que han
probado. Yo no lo he hecho y lo más probable es que no lo haga. ¿Será por eso
que mis cuentos no evolucionan? Nunca lo podré saber
-
Los metaleros: Todos la han consumido. Y es
mejor no decirles nada al respecto si eres flaco, usas lentes y sacas buenas
notas.
-
Los ingenieros, abogados, doctores,
administradores: No, no todos los que consumen son “desadaptados de sociales” o
de la “Cato”. Los hay de todas las carreras y en todas las universidades.
Clases altas y bajas. Los que tienen carro y los que viajan colgado en una
Orión. No discrimina a nadie.
Me faltan muchos más. Pero cuando sientan un
olor extraño en la calle, verán a uno de ellos.
CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD NO ES PURA COINCIDENCIA