Culpa clandestina
Fondo de Cultura Económica, 2024. 184 pp.
A propósito del centenario del
nacimiento de José Donoso, se han llevado a cabo eventos que abordan su obra y
figura. La publicación de numerosos textos críticos acompañó estos homenajes (y
anti-homenajes), discutiendo el impacto de sus novelas, cuentos y diarios. Se
examinó, por ejemplo, cómo sus libros intervienen en las formas de leer el
presente, además de su capacidad de abrir nuevos derroteros en la literatura
contemporánea. Curiosamente, este “fantasma donosiano” acompañó mi lectura de Nuestras mujeres, la tercera novela de
Jennifer Thorndike (Lima, 1983). Una influencia identificable en sus entregas anteriores
–pensemos en la atmósfera claustrofóbica de [ella],
por citar un ejemplo–alcanza, en esta ocasión, nuevos niveles. Esto se
evidencia en la manera en que aquel ambiente de terror inescapable, anticipado
por novelas como El obsceno pájaro de la
noche, Coronación y El lugar sin
límites, ha mutado su carácter pesadillesco para instalarse de forma mucho
más palpable en la realidad.
En las antípodas
de propuestas narrativas que exotizan los testimonios de las víctimas, entregan
villanos planos e inverosímiles y revictimizan a quienes padecieron la violencia
en Latinoamérica, Thorndike apuesta por una protagonista como Ana. Ella es una
doctora que, en los primeros años de su ejercicio profesional, opta por
participar en las campañas de esterilización forzada impulsadas por el gobierno
peruano. Años después, en el presente de la novela, se halla deambulando como
prófuga de la justicia, junto a Ricardo, su jefe y amante. Una situación a la
que llegan tras ser relegados por sus antiguos aliados políticos, cuya reciente
reconquista del poder, tras quince años de haberlo perdido, podría peligrar si
la atención pública se centra en estos antiguos operarios del terror. Para
aumentar el desamparo en el que se ven sumidos, descubren una forma de
supervivir a través del negocio de los abortos clandestinos, actividad que
ejercen mientras enfrentan la constante paranoia de ser descubiertos por la
policía, sus antiguas víctimas, los medios de comunicación, o, peor aún, por todos
ellos al mismo tiempo.
El pasado y presente conversan en las rememoraciones de Ana: cómo llegó a dicha situación, qué decisiones la condujeron a ejercer el rol de victimaria, cómo fue que perdió toda empatía por las mujeres a quienes esterilizaban, sin informarles acerca de los terribles efectos de las intervenciones implicaban sobre sus cuerpos. Thorndike humaniza a su protagonista, no para justificarla por la responsabilidad de las atrocidades que cometió, sino para profundizar en el origen su ambición por controlar otros cuerpos: el goce de tener poder y la preocupación constante por mantener el sitial desde donde ejercerlo.
“La relación entre Ricardo y yo sólo se basa en culpas compartidas.
Ahora ni siquiera podemos refugiarnos en el recuerdo placentero que nos
procuraba dominarlas y convertir sus cuerpos en materia que sólo nuestras manos
podían moldear. Nos regalaron ese poder y nosotros nos quedamos aturdidos con
el encanto que produce el control. Era sublime”. (pág. 15)
El principal factor
que erosiona la conciencia de Ana es el miedo a perder el poder conquistado
bajo el amparo de una amplia maquinaria. Primero con la pérdida progresiva de
compasión por el dolor de sus víctimas hasta un estado de indiferencia total
frente a sus vidas, inversamente proporcional
a la posibilidad de arrepentirse y asumir sus actos. Esta exploración de la
degradación humana se ve enriquecida por la exposición del lenguaje usado que
enmascara lo abyecto con eufemismos de ‘progreso’ y ‘mejora’. De ahí que las
políticas gubernamentales de ‘higiene social’, se vean colmadas de términos
como ‘planificación’, ‘progreso’ o ‘eficacia’. Una práctica comunicativa que en
su rigidez persigue la pérdida de la empatía y la compasión. Como en la novela
canónica de Donoso, los canales del terror se conducen bajo una lengua que,
simulando proteger a las víctimas, no busca más que aniquilarlas y así acabar
con el miedo de las élites quienes, en su imaginario culposo, conciben a estos
otros como monstruos que cualquier día las van a devorar.
“Nuestras
cifras mensuales de intervenciones y nuestro bajo índice de mortalidad los
dejaban asombrados. A nadie parecía importarle que el número de decesos fuese
sistemáticamente alterado por Ricardo.
Todos los sabíamos. Pero todos callábamos porque lo más importante para
nosotros era el orgullo de la buena fama de la que disfrutaba nuestra unidad”.
(pág. 129)
De las anteriores
líneas se desprende el cuestionamiento que realiza la novela sobre ciertas prácticas
científicas y médicas. La novela
explora cómo cierto cientificismo se vuelve una barbarie conducida por el afán
de control y poder, que concibe a las personas de manera dicotómica: como
aliadas o como obstáculos. Una
resolución simple y perniciosa que campea en la actualidad y a la que Thorndike
confronta en esta novela exhibiendo sus falencias y peligros.
Impactante y
aterradora, Nuestras mujeres se
sumerge así en la dimensión más pervertida de la ciencia, la indiferencia
médica y el mal que surge de los deseos irrefrenables del ascenso social. Un thriller
que explora la imposibilidad de escapar de la culpa y la paranoia que emana de
la frustración por no lograrlo. Una narrativa que escapa de la comodidad y la
falta de riesgos que campea en la narrativa local al abordar ciertos tópicos y
que es sin duda, una de las mejores novelas peruanas publicadas este año.
(Texto publicado en la web de la Bitácora de El Hablador)