"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 26 de enero de 2014

Enamorarse es un oficio muy triste


“El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento, ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora”

“Las palabras que callamos eran las que deberíamos haber pronunciado. (...) Otros lo hicieron en nuestro lugar. Paguemos ahora las consecuencias”


Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro

I

Desde hace dos meses  he caído en el hechizo de la ilusión amorosa. Dos meses durante los cuales he sufrido los estragos  de ese rayo que cayó fulminante,  sin advertencia alguna, invadiendo y acaparando toda mi atención. Tu presencia persiguiéndome a todos lados sin pausa alguna como extensión de mi sombra. Erigiéndote como la única protagonista de mis desvelos, mientras escribía, noche tras noche, las tres sílabas de tu nombre mecánicamente en las  paredes, tan solo por el placer de oír cómo se articulaban mientras las pronunciaba de forma conjunta. Centro neurálgico de una poesía incipiente pero avasalladora por su concepción apasionada en cuadernos y notas regados por esta habitación. Viajo por mi memoria, recobrando tu figura. Así evito  sentirme tan solo. 

II

¿Recuerdas cuando nos conocimos? ¿La primera vez que nos vimos? Miento. Sí nos habíamos visto antes supongo, en pasillos y aulas pero sin tomar conciencia  de nosotros mismos. Simples seres que cruzaban miradas sin poner atención en ello. Más siempre hay un día en que se desmorona la rutina de saludar y olvidar personas para que no quedar adheridos a ellas. Como ese día, que estaba en la cafetería  estudiando con mis amigos de cuarto año, una tarde que no invitaba a la sorpresa, monótona y gris. Te acercaste con una amiga a la mesa, y sin darme oportunidad a cobrar sentido de tu irrupción, tenía tus labios rozando mi mejilla. Tartamudeé  un saludo que no cobró fuerza alguna y sonreíste. Empezaste a hablar con Mario, aclarando algunas dudas sobre la clase que llevaban juntos. Dudas que crecían mientras los minutos morían en el reloj y mi forma de disimular que no te miraba de forma directa perdía realismo. Logré soltar unas frases fuera de contexto para cobrar protagonismo, en cuyo patetismo era posible hallar alguna forma de humor que sólo tú parecías entender, siendo capaz de soltar una risa genuina. Santiago respondí. Sí, me llamo Santiago. No, estoy en tu facultad, sólo que suelen confundirme por mi parecido con el chico de economía que mencionaste. ¿También llevas clases con Bermejo? Voy a prestar más atención a las chicas que llegan tarde entonces. Respondiendo tus preguntas me fui presentando. Cuando ya había perdido mis reticencias iniciales, recibiste un mensaje de tu enamorado. Un gusto conocerte, adiós. Así empezó.

III

Solía escribir cuentos, artículos y poemas. A pesar de no ser tan talentoso, me sentía bien haciéndolo. En algunos me burlaba de mí mismo y lo que me pasaba, valiéndome de personajes y situaciones ficticias para enmascarar el pudor. Era extraño que estudiando lo que yo estudiaba tuviese afinidad para ese tipo de cosas, pues, no era materia como para entablar una conversación duradera con los compañeros de mi salón. Díaz, un chico del último año de Derecho desencantado con su carrera, solía reunir lo mejor de mi incipiente obra en su blog. Cada semana me torturaba revisándolo a ver si alguien comentaba algo, un elogio o insulto, no importaba pues cualquier cosa era mejor que la sensación de fracaso al notar la indiferencia del espacio vacío luego del punto final de mis textos. La tentación de clausurar  mi temprana vocación escritora y avocarme sólo a mi carrera estaba a punto de concretizarse, cuando al cumplir los veinte años en medio de la retahíla de saludos, entre pomposa y ridícula, que llenaban mi bandeja de correo, estaba uno tuyo. Sorprendido pues ni me acordaba cómo así teníamos aquel engañoso vínculo virtual que pretende acercar a las personas, pero termina haciendo todo lo contrario. Feliz cumpleaños, pásala bien, sigue escribiendo. Fueron las dos últimas palabras las que me desestabilizaron. Hasta aquel momento nadie se había referido a mis textos. Y que justo lo hicieras tú, una chica con la que después de aquel día en la cafetería, sólo había cruzado unas seis o siete frases más. ¿Cómo te va? ¿Qué temas vienen en el examen final? ¿Cómo te fue en el examen? Fue el único correo que respondí, confesándote mi sorpresa y mi agradecimiento por ser tal vez mi única lectora. No tardaste en aclarar en otro correo, de forma cortés, que de hecho tenía más lectores anónimos ahí, en la sombra, de la que tú acababas de salir. Y así salieron y vinieron veinte correos más. Hasta que ya por la hora te despediste hasta otra ocasión. Gracias, adiós.

IV

A los veinte años, el enamoramiento se había convertido en una sensación dolorosa que solía castigarme cada cierto tiempo. Siempre anidando sentimientos que no iban de la mano con los que exteriorizaba. Quedándome en ese mediocre limbo de una amistad incipiente con chicas que me veían cómo tan sólo un hermano. Figura odiosa que aborrecía. Hasta el rechazo más vil era preferible a ponerme la máscara de un falso amigo, siempre pendiente ahí para escucharlas y consolarlas, fingiendo una sensación de real interés y preocupación, cuando sólo quería desnudarlas la mayor parte del tiempo. Estaba desesperado. Gómez interrumpió mis extravíos mentales para avisarme que ya comenzaba la práctica de Informática. Llené la hoja de respuestas sin ganas para salir lo antes posible de ahí. No me fue tan mal como  pensaba. En el pasillo, sentado en el suelo charlaba con Alva y Villar, cuando interrumpiste una plática que ni forzada daba para más y me preguntaste cómo me había ido. ¿Qué marcaste en la tres? ¿Habías imaginado que iba a venir eso en la cinco? De hecho ya cerraste el curso. Lo que parecía un diálogo con los segundos contados, fue cobrando vida. No era por lástima que lo hacías. En tu mirada se traslucía interés. Sonreíamos. No había caído en la cuenta de cuan simpática eras, algo que otros compañeros sí habían notado. ¿Has visto a las de segundo año? En esa promoción hay una diosa. No, no es Lucía de la que hablo. Me refiero a su amiga. Hizo su traslado hace año y medio. La de los escotes. No mientas que no la habías notado. La vez pasada la invité a salir, pero tiene enamorado desde el colegio creo. Ojalá terminen y comience a ir a las reuniones de facultad sola. ¿Te pasa algo Urbina? ¿La conoces? Tu amiga te llamó en lo mejor de nuestra conversación. Voy a leer tu último cuento, dijiste. Chau. No me dieron ganas de ensuciar el momento, maldiciendo por dentro a tu impertinente amiga. Quince minutos después tu sonrisa no me abandonaba. Yo también sonreía.

V

Uno de esos días de oficina, en los que hastiado de no sentirme nada productivo era preso de una profunda apatía, llamé a Rosas. Me dijo que normal, podíamos ver el partido en su casa. Ganaba el Liverpool al final del primer tiempo. Oye Urbina, no me habías contado que tenías tu fan. Bien escondido te la tenías. Y simpática encima. ¿No te conté? La semana pasada, salía de un parcial, cuando vi un grupo de chicas de mi salón rodeando a Pinto. Sí, todavía llevo el curso ese con él. El maldito gordo no me quiere aprobar. En fin, lo vi sonriendo a Pinto, lo cual era raro. Era una chica del grupo con la que hablaba. Escuché tu nombre. ¿Conoce a Santiago Urbina? Claro, trabaja con nosotros en la oficina, le contestó el gordo. Casi ni va, añadió. ¿También es jefe de prácticas no? ¿Es buen alumno? Sí, aunque no era el mejor de mi clase. ¿Y cómo le va en la oficina? No sabría decirte, pero ¿por qué tanto interés en Urbina? ¿Te gusta? Y no te imaginas lo sonrojada que se puso, hermano. Sus amigas se reían de forma cómplice. No, no sé que más pasó porque en ese momento me llamaron. En serio, no te molestes .Hay que averiguar cómo se llama, algo no tan difícil siendo de la facultad. No, no es Verónica ni Macarena. ¿Ivana? No, ella es de otro año. ¿De quién sospechas? ¿Ella? Bueno si te dijo que te lee, debe ser por algo. Fácil le gustas o le atraes cómo escribes. ¿Y sigue con su enamorado? Estás jodido hermano, como siempre. Pero ya le terminará, no pierdas la fe. Ten más confianza en ti. ¿Te lo imaginas? Hasta yo dejaría a mi enamorada si tuviese si quiera la sospecha de que le gusto a ella. Mañana te confirmo si es la misma chica de la que sospechas. Ya, trae las cervezas que va a empezar el segundo tiempo.


VI

¿Qué va a entrar mañana en la prueba? No seas malo pues, 
necesito pasar ese curso. Dime los temas, no me soples las respuestas No seas gracioso. En verdad sí. Sí es gracioso ver cómo se duerme el flaco López en tus clases. Tengo registrado el diálogo en mi bandeja de mensajes, pero prefiero recrearlo a mi manera. Tu presencia en mi clase era prácticamente la única motivación de estar en ese salón atestado de jóvenes adormilados y  tan desinteresados como yo del tema que les exponía. Sentada en la segunda fila con el cabello recogido. Me esforzaba en ser interesante dentro de lo posible, cosa no tan fácil con tantas ecuaciones. Una o dos veces nos quedamos hablando antes y después de mis clases, ironizando sobre mi trabajo, antes de vernos interrumpidos por impertinentes interlocutores. Te juro que si apruebo ese examen seré la chica más feliz del mundo. ¿Seguro que viene eso nomás? Confío en ti. Seguiré estudiando.


VII

El último examen que te tomé fue motivo de conversación por Facebook, durante días. Lo exprimí lo más que pude, y como conversar por el chat no necesita nuestra presencia física, podíamos dejar en pausa el diálogo sin incomodarnos, cada vez que teníamos que hacer algo. Y en eso me contaste de tus problemas con otros cursos, con lo cual aproveché para hacer preguntas que fomentara esas ganas de derribar aquel muro establecido entre dos personas que no se conocen bien. No era nada serio. Burlándonos de amigos en común, de profesores odiosos o funcionarios  irritables de la universidad tendimos un puente comunicativo cada vez más sólido. Así pasaron dos semanas antes de invitarte a salir, bajo la premisa de que me acompañaras a comprar un maletín de viaje para mi papá que se iba del país por dos semanas. Respondiste que sí normal. Justo ese día estabas libre de trabajar. Seguimos enviándonos mensajes hasta que dijiste que ya tenías que  dormir, sino al día siguiente no te ibas a poder levantar temprano. Adiós, nos vemos mañana. Miré el reloj y raudo salí a tomar un taxi. Tenía que estar en el aeropuerto  para recibir a mi papá a las dos de la madrugada y ya era la una y media.

VIII

Daban las diez de la noche y seguíamos caminando por Aviadores. No nos dirigíamos a ningún lugar en especial, absortos en escucharnos el uno al otro. Ni siquiera importaba si nuestras palabras se perdían en un bosque de temas, cada vez más frondoso. ¿Cuánto  tiempo ya íbamos así? ¿Cinco? ¿Seis horas?  No era una cita común. Nada de coqueteos o galanterías edulcoradas. Lo nuestro era el sarcasmo, la ironía continua. Una catarata de anécdotas cada una más graciosa que otra. Ni recordábamos la dichosa maleta que supuestamente necesitaba y que nunca buscamos. Vueltas y vueltas por calles paralelas a tu casa. ¿Fumas? Está bien que lo hayas dejado, yo me estoy volviendo adicta creo. Más desde que terminé con el idiota de mi enamorado. Un inmaduro que aun no sabe que quiere de la vida. Por fin pude lograr la voluntad para hacerlo hace un mes. Lástima que estén mis padres sino te diría que entres. Además ya es tarde. No sigas contándome de eso, sino me voy a ver obligada a permanecer en la calle otras dos horas contigo. La hemos pasado bien, ¿no? Tienes que llevarme a ese restaurante que dices la próxima semana, de todas maneras. Promételo. Avísame cuando llegues a tu casa.

IX

En contraste con la mía, tu vida era fascinante. Una familia conformada por personajes inverosímiles. Amigas de toda  clase, desde monjas hasta precoces mamás adolescentes. Tus antiguos enamorados, caricaturizados hasta más no poder. Siempre me contabas de algo único que te estaba sucediendo en ese mismo momento. Y los lugares desde donde me escribías tus mensajes iban desde alguna discoteca alejada de la capital hasta la terraza de un edificio en un distrito venido a menos. Habías viajado a lugares a los que yo sólo había ido a través de los personajes de las novelas que leía la mayor parte del día. No me interesaba hablar con nadie más que no fueses tú. Eran tan increíbles tus historias que me sentía corto al responderte. Tenía que matizar de vez en cuando lo que te contaba añadiéndole elementos de ficción para estar a tu altura. Y a pesar de ello, podía ser transparente contigo en lo esencial, sin ocultar mis vulnerabilidades y miedos. Y cuando describías el vínculo que te unía con aquellas personas que habían marcado tu vida me sentía especial al ser el receptor que habías elegido para ello. Mis demás amigas dejaron de parecerme interesantes. Madrugadas enteras atento a la pantalla de mi celular. Así por horas, días y semanas. Me repetía en vano que evitara ilusionarme contigo. No podía concebir esperanza alguna. Estas siempre eran aplastadas según mi experiencia. A pesar que me describiste casi a la perfección cuando me contaste sobre cómo sería tu pareja ideal, no quise creer que en verdad fuese yo. Estas cosas nunca me pasaban ¿por qué justo ahora?

X

Pero sí. Recién he aceptado por completo que efectivamente estaba enamorado de ti. Que no, no era un simple gusto o atracción. Esto se había forjado casi sin verte. Sólo a través de las palabras. Ni siquiera miro tus fotos para así mantener inalterada la imagen que poseo de ti. Sonriendo, siempre sonriendo. Con aquella mirada que me dice que te importo. Que mi vida te parece interesante y que es admirable lo que hago, la última cosa que yo podría creer sobre mí. Me acuesto con la esperanza de que antes que despierte hayamos estado juntos aunque sólo sea en sueños. Y no, esta vez no quiero ser un amigo. La amistad entre hombres y mujeres es un teatro donde cada uno toma un rol para el cual no postuló. Y yo ya me cansé de mi rol siempre secundario


XI

Y es por todo lo anterior que prometo esperarte. Esperarte para confesarte de una vez por todas que sí,  que eres especial para mí y  no creo que haya mejor dúo en el mundo que nosotros dos . Para ya no dar tantos rodeos a esta situación que se me está haciendo insostenible y ya no puedo evadir, sin ser capaz si quiera de pensarte de otra forma que no sea la de la dueña de mis ilusiones más puras. A pesar que hace sólo una hora, antes que comenzara a escribir, apareciese en la fría pantalla de mi monitor una foto tuya. Sonriendo, como siempre. Con tu antiguo enamorado al lado, rodeándote con su brazo fornido y mostrando la seguridad de quien ha jugado y vencido mientras yo caigo otra vez al abismo, cada vez más oscuro y horroroso, del segundo plano.  Cuando te canses avísame. Estaré esperándote para tentar los días felices que la gente dice, caracterizan al amor juvenil. Avísame.Avísame y no me olvides.


Santiago Urbina
Lima, 25 de enero del 2014






domingo, 12 de enero de 2014

Vacaciones (?)

Último día del año en la oficina. Acumular papeles inútiles sobre el escritorio, papeles que te sirvieron y donde hay registrada información que alguna vez presumiste importante y que ahora no representan  más que un bulto inerte y pesado que tendrás que cargar todo el trayecto del micro hacia tu casa. Borrar toda la información de tu historial de Internet, tu música, documentos personales descargados. Que no quede rastro de algo que pueda ser visualizado por algún curioso con ganas de satisfacer sus deseos de indagar en lo que hiciste por cerca de un año. Hacer gestos donde se maticen la nostalgia y cierto grado de afinidad con aquellas personas que se te acercan y te tocan el hombre diciendo "Felices fiestas". Abrazos con tu jefe, con los compañeros, incluso con aquellos de otras oficinas con los que nunca pudiste entablar una conversación más allá del "Buenos días, ¿Cómo te va?" mecánico al cruzar miradas en los pasillos. Para cuando llegues al paradero estarás otra vez solo.

El verano no es tu estación favorita pensarás al levantarte tarde el día siguiente. Un calor que no hace más que irritarte el estado de ánimo. Tu familia recorriendo alguna calle haciendo compras de fin de semana y una nota sobre la mesa diciendo que comerás solo. Enciendes la computadora y utilizas tu conexión a Internet para recorrer las mismas redes sociales, donde tus compañeros publicarán sus fotos en New York, California, Madrid, Huancayo, Arequipa, Londres. No importa cuál sea el escenario, sólo te servirá para reconocer que la están pasando mejor que tú. O de lo que tú tienes posibilidad en ese momento. Llamas a una amiga para saber si puede salir pero ya hizo otros planes. Tu círculo de amigos que también se quedó en la ciudad anda disperso, ya sea recuperándose de una parranda previa o disfrutando de la belleza de sus enamoradas. Agarras un libro de Ribeyro que lees hasta que te cansa la vista. El periódico no dice nada nuevo y al final todo te parece una extensión tan emotiva como los avisos clasificados. Decides no calentar el táper que te han dejado en la cocina y sales a comprar un menú. Rodeado de parejas de ancianos almorzando a las cuatro de la tarde no te demoras mucho comiendo. Para cuando vuelves, tu familia ya volvió y salió otra vez. Enciendes la computadora  de forma mecánica y ves por enésima vez videos que ya perdieron su gracia. Te tiras a tu cama a dormir.

Los días siguientes antes de la Nochebuena, seguirás con una rutina parecida. Levantarte tarde, una incómoda ducha seguida de un desayuno para nada nutritivo, ordenar tu cuarto sin ánimo, salir a comprar periódico, ver comedias agridulces en la televisión, esperar la hora del almuerzo leyendo, almorzar, seguir leyendo, salir solo a caminar por esas calles invadidas por compradores compulsivos sin remordimiento alguno por gastar como si el día siguiente se acabase el mundo y los créditos no tengan que ser pagados, volver, leer, ver televisión y dormir. Dormir para soñar en días distintos, en aquellos momentos que en universos paralelos prolongan los retazos de felicidad que ocurrieron hace semanas, meses o años. Pensar en la chica que te está comenzando a atraer, por ejemplo. Y tratar de no despertar.

Pero despiertas.

Ya es 24. Sólo tienes dinero obtenido en base a sueldo y propinas. Le compras regalos a tu familia. A alguna amiga por ahí, y paras de contar. Para ti también claro. Vas a una librería, diciendo que en verdad vas a pagar la cuota mensual de la línea telefónica del celular, y observas a algunos apurados comprando obras por kilos. Sólo quieren aparentar cultura, no como la chica que desde que llegaste anda indecisa leyendo  contraportadas porque sabe que cada uno de esos artefactos es una inversión en la que pondrá a juego su mayor activo: el tiempo. Te cruzas con algunos escritores famosos y ocultando por un momento tu timidez, los saludas felicitándolos por su obra y de paso pedirles alguna recomendación. Ya de regreso y con solo un porcentaje mínimo de dinero en comparación a hace una hora, caminando por la ciclovía de Salaverry irás pensando como la emoción de dicho día se ha diluido a través de los años. ¿Habrá muerto aquel infante que inocentemente se alistaba para pasar un día fuera de lo común? ¿Esa luz en medio de 365 puntos grises? ¿O era un aura material lo que siempre te rodeó? Ya son las doce, te abrazas con tus padres, tíos, abuela, hermana y primos pequeños. Entre conversaciones y vinos se diluyen tus expectativas. A las seis de la mañana te habrás quedado sólo, viendo televisión y tratando de sumergirte en el sueño.

Visitas a la casa de los abuelos, de algunas amigas, de amigos. Desayunos compuestos de panetón, bebidas calientes y pan con pavo. Una semana y se acaba el año. Uno quisiera tirarse a su cama y descansar. O salir con alguien, recorrer aquellos lugares que tanto te confortan y sostener conversaciones interesantes. Nunca el lugar intermedio, que es la casa y sus labores. Pero tienes que hacerlo. Todos limpian. Y si no lo haces sientes remordimientos internos, a pesar de tu inutilidad y total apatía para con las labores de la casa. Pues al final, es tu casa y tu madre la que te lo ordena. Tú no eres el dueño de la casa, y eso es algo que nunca se cansarán de inculcarte. Cuando menos te des cuenta, se te acabó el tiempo para terminar aquella serie que habías empezado a ver online, la chica con la que pensabas salir ya no tiene tiempo como los primeros días de diciembre y a tu diario le faltan anotaciones de aquellos días. ¿Cuándo aprenderás, que lo único que obtienes de planear cosas es la sensación de fracaso al no completar tus objetivos?

Año nuevo siempre ha sido una celebración ajena para ti. La mayoría de personas que frecuentas poseen el recuerdo de alguna fiesta memorable acontecida el último día del año. Tú no. Sin planes. Sin motivaciones tampoco. La mayoría se obsesiona por vivir en un día toda aquella energía que no ha sido desbordada durante los 364 días previos. Pero la apatía te gana y sin esfuerzos de  tratar de ser partícipe de una fiesta inolvidable, te rindes ante lo que te depara la nula acción voluntaria. Y es así cómo el último día, ante la respuesta negativa a tus padres sobre la propuesta de pasar la fiesta en casa de tu tío, decides ir a la casa de una amiga que te había invitado. No comentarás sobre ello, pues se sucedieron los hechos según los esperabas con un margen de error mínimo. A las doce de la noche del último día del 2013 o cero horas del 2014, depende de la posición filosófica que se tome al respecto, habrás abrazado a la persona que menos hubiese esperado saludar primero,  una de esas cuestiones que causan curiosidad por darse en ciertos días del año.  A las cinco de la madrugada, afectado por una mezcla de alcohol que desequilibraba tu desenvolvimiento psicomotriz, ya estabas durmiendo. Durmiendo como sabrías que no lo harías el resto de los 364 días que vendrían: sin preocuparte sobre el día siguiente.

Y es así como de las 6 de la tarde del 01 de enero hasta hoy que estás frente a la computadora, digitando estas palabras sin saber la motivación racional o el posible interés que obtengas de interpelarte en segunda persona, no pasó nada importante mas que las reflexiones que pasaron por tu mente pero que al no concretizarse en acciones visibles no quedarán registradas para la memoria histórica del mundo. Sólo chispazos de momentos que luego comprenderás como importantes. Se acabaron tus vacaciones, y aunque no fueron lo que deseabas, las esperarás con ansias lo que reste del año.  Ojalá ya no escribas sobre eso.



Texto escrito el día 05 de enero, horas antes de comenzar el LXI Curso de Extensión Universitaria de Economía Avanzada en el Banco Central de Reserva del Perú.