"These days there’s so much paper to fill, or digital paper to fill, that whoever writes the first few things gets cut and pasted. Whoever gets their opinion in first has all that power". Thom Yorke

"Leer es cubrirse la cara, pensé. Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla." Alejandro Zambra

"Ser joven no significa sólo tener pocos años, sino sentir más de la cuenta, sentir tanto que crees que vas a explotar."Alberto Fuguet

"Para impresionar a las chicas de los 70 tuve que leer a Freud, Althusser, Gramsci, Neruda y Carpentier antes de llegar a los 18. Para seducir a las chicas de los 70 me hice especialista en Borges, Tolstoi, Nietzsche y Mircea Elíade sin haber cumplido los 21. Menos mal que ninguna me hizo caso porque entonces hoy sería un ignorante". Fernando Iwasaki


domingo, 9 de noviembre de 2014

El planeta de los simios

Al parecer la máquina del tiempo había funcionado. Salí de ella y busqué de inmediato un quiosco para comprarme un periódico y confirmar si la fecha que había visto en la pantalla de la nave era correcta. Aún extasiado, no me había puesto a pensar si aún existirían los medios impresos en pleno siglo veintidós, que era la época donde asumía que me encontraba. Sin poder responder a mi interrogante, llegué a un centro comercial donde hasta los techos y pisos eran pantallas de televisión, transmitiendo todo tipo de publicidad y desde las que salía un holograma cada dos o tres minutos ofreciendo muestras gratis que se materializaban al instante. Sin salir de mi asombro, había tal cantidad de desarrollo tecnológico en todo lo que me rodeaba, que encontraba corto el vocabulario que poseía para describir lo que estaba sintiendo. Pasó un largo rato hasta que pude atreverme a preguntarle a un señor la fecha. No sin antes mirarme con extrañeza y pidiendo que por favor le hable en inglés, me dijo que sí: era el 30 (¡sí, 30!) de febrero de 2184. Le di las gracias, contestándome que no eran necesarias, pues los androides Spaders eran los mejores del mercado y estaban para servirme.
El centro comercial en el que me encontraba era el Súper Real Plaza Centro Cívico. No podía distinguir cuanto tiempo había pasado desde mi llegada, pues al estar rodeado de edificios dantescos de ¿200? ¿300 pisos?, era imposible saber si seguía siendo de día o ya había anochecido Guiado entonces por las señales de salida, casi imperceptibles entre tantos anuncios, llegué a una avenida Paseo de la República llena de alucinantes vehículos y por la que transitaban peatones ensimismados en las pantallas que les cubrían como velo el rostro. Era un paisaje irreconocible hasta que mi mirada se topó con el viejo Palacio de Justicia, que aunque parezca increíble, más de cien años después lucía igual o hasta peor que antes. ¿Debía asumir ese viejo inmueble como una metáfora de la justicia en nuestro país? ¿Decayó aún más? En esas andaba cuando una señora de rasgos mestizos y con su bebé en brazos, se cruzó apurada en mi camino, haciendo que abandone las cavilaciones que tenía. Fue corriendo a un taxi colectivo del que no me había percatado. Un objeto casi arqueológico, sobreviviente de mi siglo que de forma asombrosa aún seguía en pie y moviéndose. Ya se le habían adelantado un joven estudiante universitario con su mochila roída y un viejo vestido con el polo con la imagen de lo que al parecer había sido un candidato al congreso. La señora estaba cerrando la puerta cuando el coche explotó.
El carro volando en pedazos como sólo pasaba en las películas de guerra, con ese fuego entre naranja y rojo reforzando la imagen de horror. Terrucos de mierda, dije. ¿Acaso no se extinguen? Volteé y de súbito otro golpe emocional. Niños y niñas apartando sus rostros de las pantallas para mirar a las víctimas carbonizarse, mientras reían metálicamente y saltaban como si acabaran de abrir sus regalos de Navidad. Sus padres aplaudiendo y asintiendo como dando una señal de aprobación. ¿Qué carajos pasaba?, grité mientras trastabillaba a punto de desmayarme. Una anciana que se había puesto a mi lado me dijo que me tranquilizara. Yo de la desesperación le di un golpe, o dos o tres, ya no recuerdo. Un policía vestido como los Robocops de las películas de mi adolescencia intentó calmarme, pero ante mi actitud indomable llamó a otros refuerzos que me tomaban de los brazos conduciéndome hacia la avenida Wilson mientras me inyectaban una aguja e iba perdiendo la noción de la realidad, alcanzando a ver cómo ya la gente se dispersaba volviendo  a su apático modo de vida.

Y ahora queda una hora para mi ejecución (condenado por alterar el orden público) y mientras escribo esto, miro a una súper estilizada modelo en el televisor diciendo que en breves momentos repetirán “Explotados”, autodenominado el programa más popular y real de la actualidad, y ya me es imposible contener las lágrimas cuando salen las imágenes del taxi volando en llamas por el aire por enésima vez en la pantalla que me obligan a ver en esta prisión del cuerpo y el espíritu. ¡Lo hicimos… finalmente, lo hicimos!