Hwarang Editorial, 2025. 220 pp. Traducción de Charo Albarracín.
“¿Por qué nos enojamos con gente que no nos hizo nada?”, se pregunta el
narrador de ‘Sunchan Kwon y unas personas de buen corazón’, el tercer cuento de
este libro. Un hombre se instala en la entrada de su urbanización sosteniendo
un tablón de madera con dos carteles pegados en los que reclama una vieja
deuda. Pasan los días y el tipo sigue ahí, incólume. “¿Qué hacer con él?”,
comienzan a preguntarse los vecinos. El fastidio que provoca su presencia se
hace cada vez más elocuente. El aparente deudor ya no está; aparentemente, ya
no vive allí, por lo que no habría una pronta solución. Se hace una colecta
para saldar el monto reclamado, pero el resultado no es el esperado. El tipo
continúa con su reclamo, con más obstinación aún. Agotada la solución que, en
teoría, era más beneficiosa para todos, los vecinos fingen ignorarlo, pero el
fastidio sigue allí, creciendo hasta convertirse en furia.
Los personajes de Lee Kiho (Wonju, 1972) no saben explicar su comportamiento ni por qué reaccionan de manera iracunda ante situaciones que, en principio, deberían poder controlar mejor.
“Durante mis viajes a Seúl, me
intentaba convencer a mí mismo de que no debía enfadarme con mi mujer e hijos
que no tenían culpa alguna. Sin embargo, en los trayectos de vuelta los
maldecía, aunque no hubiera hecho nada. Desataba mi enfado dando golpes con los
puños en el reposabrazos del autobús.
¿Por qué eran objeto de mi ira sin tener nada que ver con ella? ¿Por qué
notaba la necesidad de tomar represalias contra gente que no me hacía ningún
mal? Esas eran las reflexiones que me mantenían ocupado gran parte del tiempo
cuando me sentaba ante mi escritorio en aquel pequeño departamento”. (pág. 59)
Esta frustración se manifiesta también en el escritor fracasado de ‘El
paradero de Mijin Choi’, quien encuentra en la reseña negativa de un vendedor
de libros de segunda mano en línea, una vía para canalizar todos sus demonios,
hasta el punto de viajar a otra ciudad para conocerlo. Esa decisión, aunque en
un primer momento parezca irracional, empieza a cobrar sentido en el contexto
socioeconómico y afectivo en el que se desenvuelven los personajes de Kiho.
En ‘Jeongman Na y la pluma de la Grúa Torcida’ la policía de Seúl
empieza a investigar la conducta negligente de los operadores de grúa de la
ciudad ante un incendio en el que perece un grupo de vecinos que protestaba por
el desalojo de sus viviendas y negocios.
Uno de los acusados responde, durante el interrogatorio, que su accionar
no tiene una “gran explicación”:
“Los conductores que trabajamos
para esta empresa, cuando nos toca el turno que ha decidido el capataz, tenemos
que laburar sí o sí. Así son las cosas. Aquí uno no puede venirle con historias
del tipo “me queda lejos”, “el lugar me da mala espina” o “ahí se trabaja
peor”. No, en Corea no puedes hacer trabajo de grúas si te pones así. Eso será
posible en sitios como Arabia Saudí, pero este país es un pañuelo y si hablan
mal de uno, ya no lo llaman más para conducir camiones de alto tonelaje. Los
capataces hasta tienen un foro donde se meten para compartir los perfiles de
los perfiles de los conductores”. (pág. 38)
Esa explicación no resulta tan menor como da a entender el acusado. La descripción de su régimen diario de
trabajo expone también los riesgos con los que tienen que convivir. Se trata de
un sistema en el que no resulta visible una acción de resistencia capaz de
mejorar la situación de sus integrantes más vulnerables. Cualquier gesto de
rebeldía puede conducir a la marginación.
Una de las virtudes de las ficciones de Kiho, sobre todo en el díptico
conformado por el relato que da título al conjunto y ‘Hace mucho, Sukhee Kim’,
es mostrar cómo el silencio termina por convertirse en la forma más común de
lidiar con el vacío existencial que padecen sus personajes:
“Fue justo en ese instante cuando
él empezó a tener un extraño y nefasto presentimiento. Sin embargo, intentó por
todos los medios dejar de lado esa emoción y siguió pulsando sin pausa el
disparador de la cámara. Era la fuerza de la costumbre: así había actuado
durante los siete años que había estado enamorado de ella en secreto, un tiempo
el que vio sólo lo que le interesaba mientras hacía la vista gorda a todo lo
demás. Así fue como consiguió mantener todos esos años sus sentimientos por
ella sin que flaqueara”. (pág. 166)
Hacer de la vista gorda a todo lo demás. La ceguera como consigna para
mantenerse a flote. Una forma de sobrellevar los problemas del día a día que,
cuando empieza a mostrar sus grietas, libera odio y rabia: primero hacia los
demás, pero sobre todo hacia uno mismo. Lee Kiho describe esta desesperación
colectiva en siete relatos que difuminan la distancia geográfica que nos separa
de Corea y permiten vernos reflejados en una cadena de fastidio y resignación
que agobia nuestro presente.
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